Capitalismo, feminismo y Estado

La mejor forma de confrontar una ideología no es refutarla desde un punto de vista teórico, argumentar otras ideas, sino enfrentarla a la realidad misma, mostrar que la propia experiencia niega con brutalidad sus preceptos.

La noticia de que la feminista Leticia Dolera rescindió un contrato de trabajo a una actriz, Aina Clotet, cuando se enteró de que estaba embarazada es la realidad manifiesta de la lógica mercantil capitalista, instaurada por un Estado autodeclarado feminista. Además, es otro ejemplo real que niega por enésima vez el axioma fundacional del feminismo, a saber, que las mujeres configuran un grupo humano homogéneo (sororidad y demás mentiras, tratadas en profundidad en esta serie de artículos). La prominencia de Dolera y la carnaza mediática que empieza a ser la humillación merecida del discurso feminista no deben impedir una honda reflexión sobre las razones que convierten el caso concreto de Aina Clotet no en un suceso aislado, ni muchísimo menos. Quienes no quieran estudiar la inexorable relación que mantienen el feminismo, el capitalismo y el Estado están condenados a no entender el cuadro completo.

Capitalismo: más por menos

En el desarrollo de la producción, la lógica capitalista propia del trabajo asalariado exige un rendimiento máximo en la mano de obra al mínimo coste posible. Esto es así debido a un interés de rendimiento sobre la competencia y sobre los costes de producción, gastar lo menos para producir lo más. Es algo que todos podemos observar en la experiencia y que dicta el sentido común bajo el sistema capitalista. Bajo esta dinámica inexpugnable será siempre impositivo la contratación de mano de obra que a mínimo coste produzca el mayor beneficio, o de otra forma la competencia podría generar mejor rendimiento, acaparar más mercado, generar más beneficios para reinvertir en mejoras y desbancar a una empresa no optimizada. El capitalismo obliga a una competencia feroz y para ello las empresas optimizan sus rendimientos mediante la fórmula expresada: producir lo más por lo menos. 

En el caso de Clotet, tal y como describe en el comunicado, su embarazo amenazaba con aumentar los costes de producción, razón por la que se optó por elegir a otra actriz cuyo proceso vital femenino no supusiese una desventaja competitiva, un gasto añadido, debido al afán de beneficio capitalista y también a la brutal competencia entre la demanda, que ofrece miles de mujeres actrices para el mismo puesto de trabajo. El capitalismo tiene estrategias competitivas secundarias, como hubiese sido asumir que el Estado, bajo una política natalista, subvecionara la contratación de embarazadas, pagando a las empresas los costes derivados, lo que no compromete la estricta necesidad de pagar esos costes de una forma u otra, reafirmando las necesidades del capitalismo. También se podría haber asumido el coste añadido de contratar a una embarazada por la propia empresa para amortizarlo con una publicidad favorable a la causa feminista, presumir de compromiso con las mujeres, etc., práctica que no obstante tampoco escapa a la lógica capitalista. De todas formas, en este caso se optó por una actriz sustituta.

La emancipación laboral de la mujer

A pesar de que la experiencia real del capitalismo impone la lógica de mercado expuesta, desmintiendo a algunos teóricos ilustrados que se afanan en tergiversar la realidad con teorías que no tienen un descenso real al mundo; a pesar de que la experiencia de millones de personas corrobora que el capitalismo prefiere una persona cuanto más concentrada y capacitada en producir, a todos los niveles, mejor; a pesar de ello, el feminismo tuvo la desvergüenza de aducir que la mujer encuentra liberación y emancipación en el trabajo asalariado capitalista. Deberían preguntarle a Clotet.

Desde que el feminismo se construye bajo estos vectores deja de constituirse como una teoría por una feminidad libre y pasa a erigirse como una doctrina para incluir a las mujeres en las mecánicas del trabajo asalariado. Los procesos vitales que sufren las mujeres por su condición biológica son contrarios a las máximas de rendimiento del capital. Un sistema económico afanado por el beneficio utópico constante es incompatible con procesos humanos que suponen al trabajador no como un o una autómata entregados a una producción óptima para otros, sino como un ser humano con dimensiones no productivas, espacios privados y de afecto que, entre otras cosas, originan la vida. El capitalismo es un sistema perverso porque diseña una lógica de producción donde el individuo más deseado es una máquina vaciada de toda existencia humana.

El embarazo provoca que la mujer sufra cambios sustantivos en su organismo, lo que dependiendo del trabajo realizado puede dificultar o del todo impedir un rendimiento aceptable bajo las lógicas mercantiles del más por lo menos. Que el feminismo sea incapaz de asumir que la mujer es un ser menos idóneo para el sistema capitalista debería traducirse, desde una perspectiva de la decencia, el sentido común y el respeto, en una denuncia encarnizada del propio sistema capitalista, por ser en la práctica un sistema que dificulta la vida humana a las mujeres y al resto de varones. En cambio, tenemos que soportar que el feminismo siga perpetuando no sólo su silencio sobre la realidad original anti-humana de la mecánica capitalista, sino que encima considere que en el trabajo asalariado la mujer se empodera y se libera.

Las razones que sustentan este feminismo tramposo y, ante todo, anti-femenino, son también lecturas interesadas de la realidad y de la historia. Se aduce constantemente que la reclusión en el hogar de la mujer es detestable, la dependencia en el marido, una realidad que fue impuesta por el Estado y su normativa civil y de trabajo durante el siglo XIX. Al marido se le otorgó la obligación del salariado fabril y a la mujer se le impidió la remuneración. El feminismo considera que la no retribución del trabajo femenino fue una condición de sumisión frente al varón que generaba dinero. Lo que el feminismo es incapaz de entender es que la mujer dependía del marido y el marido a su vez dependía del dinero, que tenía que cosechar en el infierno del trabajo de fábrica para pagar unos impuestos abusivos crecientes, lo que condujo en generaciones enteras de varones a unos índices criminales de alcoholismo, drogadicción, depresión crónica, agresividad, etc. Lo que el feminismo trasnochado está verdaderamente haciendo con su discurso por la emancipación salarial es trasladar la dependencia de la mujer del marido por el dinero. Está diciendo que el dinero libera a la mujer. ¿Acaso puede existir proclama más capitalista? La dependencia de la mujer en el salario que generaba el marido es indeseable, pero porque la dependencia en el salario es ante todo indeseable en sí. Obviar esto y centrar el enfado en la asimetría legal (algo secundario en el debate por la emancipación del trabajo, pertinente si acaso como debate político) supone asumir que el capitalismo es deseable, y centrar la queja en que la mujer no puede trabajar. Por tanto argüir que un traslado en la dependencia del salario del marido al propio, decisión que además implica condicionar los procesos propios femeninos tales como la maternidad a la dialéctica capitalista; argüir que esa transmutación de dependencia es una conquista femenina, es un insulto a las mujeres y, sobre todo, es una estrategia perfecta para hacer soportable en las mujeres la reclusión moderna en la empresa.

Cuando Leticia Dolera despide a una mujer por su embarazo mientras se dedica a promocionar en las mujeres una renuncia a su feminidad a través de la brutalidad de trabajo empresarial, está confirmando la dinámica del sistema, a la vez que está poniendo en evidencia la perversión del feminismo. Mientras se anima a las mujeres a ganar independencia financiera, la realidad obliga a cientos de miles de mujeres a supeditar sus proyectos vitales al salariado, cuando no directamente a no embarazarse, a abortar, por no mencionar a sufrir sin posibilidad de escapatoria violencia sexual en la empresa que ninguna ley se atreve a perseguir. El discurso sobre la protección de las violencias contra las mujeres no incluye las ocurridas fuera del núcleo familiar; leyes como la LIVG establecen la inversión de la carga de la prueba para justificar la dificultad probatoria de delitos ocurridos en la intimidad, pero al no incluir las violencias laborales, cualquier denuncia por acoso sexual en la empresa debe ser probada, lo que evidencia que el mensaje que cuestiona la presunción de inocencia como obstáculo para la protección de la mujer es sólo fruto del sectarismo político.

Por todo ello, es el Estado el principal patrocinador del feminismo. Financia a las organizaciones feministas que vehiculan en su labor el discurso que aplaude la inclusión de la mujer en el mercado de trabajo, porque cincelan la mente de las mujeres con la rúbrica afirmativa del capitalismo como un sistema deseable.

wheel of fortune by mark henson

Wheel of fortune by Mark Henson

El Estado feminista

Sin necesidad de entrar en la teoría liberal u otros dogmas ilustrados, solamente observando la realidad, casos como el de Dolera prueban que el trabajo asalariado es contrario a los procesos vitales femeninos como el embarazo, la lactancia o la crianza. Las mujeres precisan ser libres para elegir el proyecto de vida que desean, si quieren ser madres o no, amantes o no, familia o no. Como ya se ha visto, el feminismo invita a medir el medro laboral como un éxito tipicamente femenino, y aquél, dentro del sistema capitalista y a pesar de muchos paliativos endebles que se le pongan, es en esencia contrario a los proyectos de vida humanos íntimos, personales; su máxima expresión es, en definitiva, contraria a las dimensiones no productivas de las personas: prefiere personas-máquina sin preocupaciones ajenas al trabajo que perturben su producción y entrega óptimas en la empresa. El feminismo es, entonces, un suicidio femenino.

Bajo estas consideraciones, tenemos un Estado que se autodeclara feminista. Un Estado que premia con subveciones multimillonarias a toda organización que se autodesigne feminista. Un Estado con legislación y tribunales de excepción que ajustician a razón de sexo como empeño feminista. En definitiva, un Estado que promociona de manera directa e indirecta el discurso en el que está inserta la conquista laboral de la mujer como redención moderna de la feminidad. La inclusión del feminismo como ideología de Estado completa el triángulo que permite comprender la multi-dependiente relación que mantienen entre sí feminismo, capitalismo y Estado.

El Estado, al financiar este discurso de forma multimillonaria, está haciendo que las mujeres piensen su feminidad a través de una mercantilización de su fuerza de trabajo, está haciendo pensar que esta labor define su feminidad, ahora liberada. Está impidiendo comprender que el capitalismo destruye las relaciones afectivas humanas y dificulta los procesos vitales que protagonizamos como seres humanos. Cuando Ana Patricia Botín se declara feminista, o Carmen Calvo, están siendo altavoz de un discurso que inserta a la mujer en las dinámicas más perversas del capitalismo y del Estado de Bienestar: primero, porque le hace ansiar la independencia económica, el medro profesional, en detrimento de los procesos propiamente humanos que definen su feminidad pero que son contrarios a una producción sostenida; segundo, porque le hace odiar al varón y a las mujeres que critiquen el feminismo, lo que debilita su relación horizontal entre iguales y potencia las estructuras asistenciales del Estado de Bienestar, un Estado que se financia mediante los impuestos sobre las clases trabajadoras en las que ahora están incluidas las mujeres que compran el mensaje de Botín.

El Estado tiene máximo interés en promocionar el enfrentamiento controlado entre hombres y mujeres y hacer a las segundas obligatorio su encuadramiento en la empresa como único destino posible de su liberación femenina para así desnaturalizar las relaciones de afecto, de cooperación y de mutua asistencia entre las personas. Es naturaleza del poder del Estado y principio fundacional del Estado de Bienestar sustituir las relaciones horizontales de cercanía y acuerdo entre las personas por estructuras verticales no consensuadas. La ruptura de la convivencia y el odio entre iguales que predica el feminismo sirven perfectamente a esta dinámica. Las mujeres solitarias, que han aprendido a despreciar el amor, que no quieren ser madres, que temen a sus vecinos varones, compran el mensaje redentor del capitalismo, porque no les queda otro lugar al que ir.

El feminismo justifica las dinámicas mercantiles y de servilismo propias del capitalismo y del Estado. Loa el capitalismo más brutal mientras es financiado por el Estado para que su mensaje de odio penetre en la sociedad. El capitalismo privado también se suma a la orgía depravada de adulación de un mensaje de odio y financia campañas para promover la perfidia feminista, como prueba ésta obscena campaña financiada por el tándem ElPaís-BBVA.

Debemos atajar el feminismo con la más estricta realidad. Sin ser idealistas, vivimos en el aquí y ahora; para plantear un sistema de vida distinto al que tenemos, necesitamos ponernos en común y proponer vías de vida alternativas, algo que el feminismo impide  hacer ferozmente cuando se posterga ante una ideología del servilismo irreverente y además genera odio entre todos nosotros. El feminismo es ultra-capitalismo y ultra-estatismo. Para poder pensar qué futuro del mundo deseamos construir es necesario denunciar con el peso de la realidad los discursos del odio, en concreto el feminismo. Trabajamos y vivimos bajo un Estado ultra-regulador, cada vez más, lo que no quiere decir que tengamos que caer víctimas de los discursos que lo justifican, lo elogian e incitan a entregarse con vehemencia. Y por supuesto, no podemos consentir pensar la feminidad como adulación enloquecida de ambos dos, Estado y capitalismo.

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PSOE+Podemos: infierno convivencial y violaciones legales

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El acuerdo a Presupuestos negociado y ratificado durante los últimos días constituye finalmente a PSOE y Podemos como Frente unificado de izquierda. Sus dos marcas, la de Gobierno de España y la de Podemos firman juntas un documento que compone, primero, un acuerdo ideológico, no sólo con arreglo a teoría económica, sino con foco en otras cuestiones incluso más decisivas, como es la cuestión feminista y de género, ya habituales como avatar de vanguardia de la causa progresista.
En el documento se alega que la causa feminista “es clave para el bienestar social y el progreso económico”, asunto que se trata en el epígrafe 8. La habitual y etérea formulación buenista de la izquierda da luego paso a proposiciones concretas que deben ser estudiadas como signo de la política que se quiere implementar. En este primer panfleto de acuerdo entre PSOE y Podemos (que recaudará, previsiblemente, más apoyos en el Congreso) es donde por primera vez se formaliza el compromiso en legislar las relaciones sexuales como generalidad, esto es, cubrir las relaciones eróticas entre sexos con la rúbrica de la ley, tipificando lo legal y lo delictivo, sin que sea lo anecdótico y lo casual (un desacuerdo, una violación, etc.) el abordaje primero. Aquí se pretende extender la potestad legal de dirimir entre lo adecuado e inadecuado a toda relación sexual íntima entre los sexos, y se empieza por apuntalar que sólo el consentimiento expreso de una mujer otorga legitimidad legal al encuentro sexual.
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En primer lugar, esto supone una intolerable intromisión de la ley, esto es, del Estado, en las relaciones íntimas personales, sagrado espacio de la vida privada de las personas, para el que se estipula una reforma de nada menos que el Código Penal. Es del todo ilegítimo y execrable que la ley estipule la conducta que cada persona llevamos en nuestra intimidad apolítica, que defina marcos de legalidad según qué supuestos, y esta reforma camina hacia esta dirección, pues configura un nuevo tipo penal sexual que requiere de una burocracia impositiva para confirmar la voluntad de las partes en el acto sexual privado. Es decir, se requiere una carga probatoria de la voluntad o consentimiento en el acto sexual, y “todo lo demás es no”. Ni siquiera esto es así, pues para más descaro sólo se quiere exigir la voluntad expresa de la mujer en sus relaciones sexuales. Esta reforma quiere conceptualizar y hacer normativo que, en ausencia de consentimiento demostrable, las personas (los hombres) pueden concurrir en delitos penales. Esta intromisión, repudiable en sí como asalto de nuestros espacios convivenciales, se realiza de la forma más deleznable posible, otorgando sólo a la mujer la capacidad legal de argüir que su falta de consentimiento expreso indica una violación de su voluntad, “sólo sí expreso es sí y todo lo demás es no”.

 

Infierno convivencial

El descenso de estas formulaciones a la realidad de las relaciones humanas dibuja un maquiavélico infierno convivencial. La vida de lo que es quizás nuestra intimidad más personal, nuestra sexualidad y nuestro encuentro sexual con los demás, queda intervenida por la ley, que se arroja la potestad de establecer categorías penales generales a todo encuentro entre pares, bajo la ya desvirtuada consigna de proteger la integridad sexual (de las mujeres).
La asimetría legal que otorga semejantes privilegios a las mujeres coacciona la libertad sexual entre iguales, que queda sujeta al ojo de la ley. El encuentro sexual ya no es un espacio liberado de la moral estatal, sino que, de no suscribir sus preceptos, puede constituir una ofensa, no ya personal hacia la otra persona, sino hacia la administración misma, como tipo penal formal. Esta norma sexual que quiere imponerse obliga a los hombres a tener que considerar la dimensión legal para su relación afectiva y les hace necesitar de ese consentimiento expreso demostrable para no ser, como posibilidad, señalados como agresores sexuales. Esta realidad levanta un muro entre los sexos y cancela el deseo erótico como una pulsión humana ajena a la política. El erotismo, como dimensión prepolítica, queda coartado y por tanto impedido bajo la nueva burocracia feminista. Lo espontáneo del encuentro afectivo entre hombres y mujeres debe sacrificarse por el contrato entre partes con arreglo a una suerte de psicosis social que ha cincelado en la mente colectiva la eterna amenaza del sexo heterosexual como una violación de la voluntad de la mujer. Así, mujeres y hombres se temen, las primeras por ser inducidas a apoyar medidas que se dicen “feministas” pero que ahondan en victimizarlas hasta límites indecibles, hasta que su síndrome de inseguridad les hace temer el más leve pestañeo que identifican como una violación en ciernes. Por su parte, ser varón es un agravane penal y de cara a la ley los hombres deben anteponer su capacidad de probar su inocencia ante posibles acusaciones que no garantizan su derecho a la defensa, amparada en el derecho natural de la presunción de inocencia, figura que ya es ninguneada y cuestionada abiertamente por personajes como Manuela Carmena o movimientos como el #metoo. El resultado: los encuentros heterosexuales están cada vez más intervenidos, más dificultados y expuestos a condicionantes propios de un puritanismo sórdido, y el deseo sexual languidece como dimensión humana no política, preso del deseo estatal de introducir la ley en el dormitorio.
Por si fuera poco, cabe añadir otra realidad monstruosa que deviene de la aplicación de estos principios normativos. Por supuesto que todo el mundo sabe que una persona que quiera violentar sexualmente a otra de forma contraria a su voluntad no va a solicitar ningún permiso, pues el propio acto violento implica la negación de la calidad humana decisoria. Por lo tanto, estas medidas no van a impedir las violaciones y agresiones sexuales reales, de la misma forma que la Ley de Violencia de Género no impide las agresiones en la pareja. Pero, además, bajo las nuevas leyes de consentimiento, si un encuentro sexual queda legitimado con el consentimiento expreso de la mujer, bastará con manipular, coaccionar o falsear dicha prueba de voluntad para nada más y nada menos que hacer legal una violación sexual. Este escenario obliga a pensar en situaciones donde mujeres sometidas y coaccionadas de muy distinta forma otorgan un consentimiento expreso vaciado de su voluntad real, por miedo y parálisis, que luego serían incapaces de contradecir bajo esta nueva justicia feminista. La voluntad de una mujer queda así presa no de su propia evocación ante un tribunal, llegado el caso, sino como juramento al encuentro sexual, bien a través de mensajes, aplicaciones de consentimiento, firmas, etc., lo que abre la puerta a que el verdadero violador ponga su empeño en asegurar la coartada de dichas pruebas para formalizar un acto violento sexual incapaz de ser atajado por la justicia. Así, una mujer que no otorga un consentimiento expreso tendrá cada vez más dificultades para encontrar un compañero, temerosos éstos del abuso que la ley pone en manos de la mujer de forma potencial; pero si concede el consentimiento, tendrá impedimentos añadidos si quisiera retractarse de cara a la ley si, por ejemplo, ese encuentro se torna indecente, violento o contrario a la voluntad real de la persona. Retractarse implicará arremeter contra el artificio del consentimiento expreso, que confina su voluntad, y deberá aportar más pruebas de las debidas para probar situaciones de abuso reales.
Las propuestas sobre el consentimiento sexual que abandera la nueva izquierda, ya en bloque, todos a una, les señala como maestros en la desintegración de las dimensiones humanas de las personas. Su afán totalizante, policial y carcelario les hace verdugos del pueblo que dicen defender. La indecencia moral de sus dirigentes les hace firmar propuestas políticas que pueden volverse en contra de sí mismos, por lo que el hacer de sus dirigentes no puede ni siquiera entenderse como un egoísmo embrutecido, sino más bien como un acto de irreflexión malvada, inconsciente y demencial. 

La feminidad y el fascismo (2): Alemania Nazi, realidad o discurso de género

Si se dice que el mundo del hombre es el Estado, su lucha, su disposición a dedicar sus habilidades al servicio de la comunidad, entonces quizás se pueda decir que el mundo de la mujer es más pequeño. Su mundo es su marido, su familia, sus hijos y su hogar. […] La nueva comunidad nacional Nacional Socialista adquiere una base firme precisamente porque nos hemos ganado la confianza de millones de mujeres como compañeras combatientes fanáticas, mujeres que han luchado por la vida común al servicio de la tarea común […]

Adolf Hitler, discurso ante la Liga Nacional Socialista de Mujeres, 8 de septiembre de 1934

La Liga Nacional Socialista de Mujeres alcanzó los 2 millones de mujeres miembro en 1938.

A history of Fascism 1914- 1945, Stanley George Payne

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La primera parte de esta serie de artículos puso el acento en los datos para funcionar de ventana en el tiempo y descubrir la disparidad de opciones femeninas en la España de los años 30. Aquí se darán algunos nombres y datos pero se pondrá el acento en una interpretación que es bien necesitada en el presente. La necesidad de cantidad (más y más datos) no debe hacer olvidar el principal objetivo que aquí se persigue: utilizar la historia para librarnos de la locura de género del presente. La existencia de más datos no eclipsa las historias que aquí se recogen. La primera parte acentuó la proporción y aquí se acentúa la mera desigual calidad humana de las mujeres alemanas de la época.

La realidad de las mujeres en la Alemania nazi, tanto antes como durante el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial, ilustra muy bien, por ser brutal, la falacia que la pretendida antropología feminista mantiene, muy acentuada hoy día, como principal axioma: el concepto de clase de “mujer” como grupo humano homogéneo. Se dice que la mujer sufre de diferentes opresiones, lo que lleva implícito que la mujer es un-todo igual, una identidad colectiva, en definitiva, una clase social, utilizando la analogía con la teoría de clase marxista (analogía que los propios teóricos socialistas realizan, como se verá). La historia misma hace saltar los resortes de este reduccionismo decimonónico, empecinado en explicar la realidad humana en su dialéctica colectivizante, comunista (pensar al individuo ignorando sus dimensiones interiores y emulsionarlo en grupos con arreglo a categorías arbitrarias como el sexo). Tan difusa es la noción unitaria del proletariado como la de la mujer, en tanto que clases sociales. La analogía que hace Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que se explicará, termina por comprometer, a la luz de la historia, el concepto de clase también en lo que al feminismo respecta: “En la familia el hombre es el burgués y la mujer representa al proletario“, se atrevió a decir el teórico marxista. August Bebel, en La mujer y el socialismo espeta, en la misma línea arrogante: “La mujer y el trabajador tienen esto en común: los dos están oprimidos.” Pero regresemos, por ahora, al cruento episodio del nazismo alemán.

Frauenschaft

Las mujeres del Nacional Socialismo alemán

Además de los datos de afiliación femenina masiva, realidad que reproduce la situación habida en el contexto fascista español, hay numerosos testimonios que necesitan ser estudiados. Hitler propone un discurso sexista, como se cita más arriba, en 1934 para las mujeres alemanas, un discurso que confina a la mujer en el hogar y le despoja de responsabilidad civil con su comunidad. Cuatro años más tarde, la Liga Nacional Socialista de Mujeres pasa de 1 a 2 millones de mujeres miembro. Es decir, cientos de miles de mujeres apoyaron explicitamente un régimen patriarcal. Si la mujer es un grupo que comparte visiones e intereses comunes, ¿cómo puede el feminismo explicar este episodio histórico? No puede, y no lo explica, lo silencia. Para el feminismo estas mujeres no forman parte de la historia. Se podría argüir: la visión de la feminidad era distinta en aquella época, las mujeres pensaron que era lo mejor; como dirá Simone de Beauvoir, “no comprendían la naturaleza de sus cadenas”, no eran conscientes de lo que era el patriarcado, etc. Claro, alguna de estas cuestiones cotejó tan dramática situación, lo que a todas luces también desmonta la idea feminista de que la mujer de hoy y del ayer son la misma cosa sustancial. Quienes tienen la arrogancia de atreverse a definir cómo ha sido la historia de lo femenino sin cotejar su principal rasgo, la subjetividad de las propias mujeres, son la apisonadora que impone su visión de las cosas, nuestra subjetividad moderna, sobre todo lo que miran. Esto es lo mismo que realizan los teóricos socialistas cuando se atreven a explicar bajo su pensamiento científico las realidades “feudales” del pasado sin asumir lo vasto (por diferente y plural) de sus gentes. Es lo mismo que hará Beauvoir, apoyada en el existencialismo, cuando sugiera que las mujeres son fruto de su sociedad, son una ‘existencia’, postulado que se refuta a sí mismo como un esencialismo teórico; o cuando la francesa diga que las mujeres de su época “no son feministas, son pasivas resignadas”. El feminismo teórico adolece del mismo afán totalizante.

Rescatemos más ejemplos que de por sí ilustran lo que aquí se viene defendiendo: el fraude de la teoría de clase indisoluble del feminismo. En Guardianas nazis: El lado femenino del mal, Mónica González Álvarez da cuenta de mujeres fanáticas nazis que maltrataron, torturaron y asesinaron a otros varones y mujeres, adultos, ancianos y niños. El libro se apoya en datos del régimen, testimonios de supervivientes (como Eugen Kogon, que escribe El estado de las SS. El sistema de los campos de concentración alemanes) y las vistas orales de los diferentes juicios políticos que se produjeron más tarde. Así, perfila las biografías de personas como Ilse Koch, con cerca de 5000 asesinatos, experimentos y torturas a su nombre en el campo de concentración de Buchenwald en Weimar; Irma Grese, “el ángel de Auschwitz” y colaboradora de Mengele, con hasta 30 crímenes diarios; María Mandel, “la bestia de Auschwitz” que acopia 500.000 crímenes contra mujeres judías, gitanas y prisioneras políticas; Herta Bothe “la sádica de Stutthof”, Dorothéa Binz o Hermine Braunsteiner; así, pasando lista de sólo las principales gerifaltes nazis, el libro se erige como pieza fundamental en castellano para comprender el “lado femenino del mal” y refuta, sin quererlo, la raíz del discurso feminista histórico.

En febrero de 1943 un grupo de varones judíos fue recluido por el régimen en un centro de la comunidad judía en el corazón de Berlín. Cuando la situación fue conocida, miles de mujeres, principalmente sus esposas y familiares, se concentraron a las puertas del centro en el número 2 de la calle Rosenstraße. Estas mujeres esposas eran alemanas, de raza aria, y ambos formaban un grupo de unos 2000 matrimonios entre varones judíos encarcelados y mujeres libres. Las mujeres, al grito de “¡Devolvednos a nuestros maridos!” se concentraron durante tres días y resistieron la presencia de la Gestapo, que arma en mano, vociferó por la disolución de la protesta con amenazas de muerte. En Dissent in Nazi Germany (The Atlantic, septiembre 1992) un testigo describe como las calles “estaban abarrotadas de gente, y los gritos exigentes y acusadores de las mujeres se elevaron sobre el ruido del tráfico como declaraciones apasionadas de un amor fortalecido por la amargura de la vida”. Estas mujeres, amantes, y los familiares, que renunciaron con su resistencia a su vida por intentar hacer justicia, consiguieron la liberación de los judíos recluidos y el régimen, ante otras manifestaciones de disidencia popular, retrocedió, y no impuso represalias a las más de 6000 personas que se vieron en la calle Rosenstraße.

En la Alemania nazi hubo mujeres amantes de sus maridos, amigas de sus amigos, hermanas, madres, vecinas y compañeras. También hubo mujeres prisioneras, asesinadas, represaliadas, mujeres y niñas judías. Hubo también millones de mujeres nazis, mujeres engañadas, ingenuas y convencidas; algunas mujeres fanáticas, mujeres asesinas y torturadoras de hombres y mujeres asesinas y torturadoras de otras mujeres. Las mujeres del presente, del mañana y del ayer, siempre serán mujeres, seres humanos capaces del mayor crimen, la tortura, o del más noble amor, el desinteresado. Su condición sexual no les define como personas ni les pone en común entre sus semejantes femeninas. Su conciencia y sus elecciones les definen como seres humanos y necesariamente les enfrentan con otras mujeres que, existentes (Beauvoir) bajo una misma cultura, son de distinta condición.

Realidad o discurso de género

El argumento histórico es uno de los más poderosos para ilustrar el gran error que contiene todo el pensamiento feminista moderno. Y digo todo, porque el uso en su contra, el de la historia, ataca el sustrato base que comparten todas las manifestaciones históricas del feminismo. Hay quizás que hacer cierta excepción en los movimientos feministas liberales primigenios, la denominada primera ola feminista, si se considera que su relato está centrado en la derogación del patriarcado civil, la ley sexista que impone de forma extendida la Revolución Francesa y tras de sí todo el liberalismo. Su centro de gravedad fue la demanda de garantías jurídico-sociales igualitarias. Se tratará en otra ocasión este primer feminismo que, no obstante, ya comienza a apuntalar el error propio del cientifismo ilustrado: encerrar bajo la categoría de “mujer” a toda una amalgama heterogénea de mujeres de muy distinta condición, para las que se adjudica un mismo destino, a saber, la igualdad de trato legal, cuestión que jamás aglutinó a una mayoría de mujeres en ninguna época, que concibieron sus vidas y sus luchas de muy distinta manera. Incluso entre la minoría elitista, urbana y adinerada, distinta del 80% de la población, hubo desavenencias; incluso entre la ínfima minoría parlamentaria, como ilustran en España Clara Campoamor y Victoria Kent, que se manifestaron a favoren contra respectivamente del sufragio femenino. ¿Qué hace pensar que todas las mujeres de un tiempo legitimaban o se sentían representadas por mujeres como Olympe de Gouges, cuando la mayoría ni siquiera fue consciente de su existencia debido a las limitaciones en los medios de difusión? La propia teoría de clases en la que está basada el feminismo refuta esta idea. Las mujeres del campesinado, las mujeres de la burguesía, las mujeres del proletariado y las mujeres del Estado tenían subjetividades, vidas e intereses distintos. Ni siquiera en el presente, sociedad de pantallas, se da esa coincidencia: las feministas discuten entre ellas, articulan sus luchas mientras el resto, con las mujeres, estamos a otra cosa.

La dialéctica feminista comienza a profundizar en su equivocación y alejarse de la realidad cuando incorpora a su discurso, haciéndolo progresivamente prioritario, la denuncia de estructuras socioculturales que oprimen a la mujer, es decir, cuando se aleja del estudio objetivo de la legalidad (la desigualdad normativa real del primer liberalismo) para señalar otras líneas divisorias entre hombres y mujeres que ya no son puramente estructuras objetivas, con literalidad, específicas de un tiempo y un lugar en el mundo, como es una ley, sino que apelan más bien a si las mujeres se sienten oprimidas. Este nuevo feminismo social o cultural tiene su origen doctrinal en el primer marxismo, concretamente en la obra antes citada de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884. A partir de este momento, la cuestión de la mujer quedará relegada indefectible y lastimeramente a la interpretación histórica del marxismo, en su dominancia oficial, es decir, en lo que se ha convenido como la historia oficial del movimiento. Existirán autores posteriores que piensen la cuestión femenina y humana alejados del marxismo, pero serán autores olvidados, detestados y hoy día sin presencia en los discursos dominantes. Además, el decurso fascistizante del feminismo de Estado hoy día impone legislación civil que está inspirada en (cuando no cita directamente) autores de esta corriente feminista cultural, pues se afirma sin ambages que “la mujer sufre opresión como grupo”, por lo que esta línea discursiva está oficializada (ya que en España no existe ley discriminatoria por sexo con las mujeres -desde aquí se reta a algún colectivo feminista a que mencione alguna). Pero, en el mundo real, siempre existirán personas, mujeres, que imprimen en el tiempo su feminidad como un agente histórico diametralmente opuesto a los delirios teóricos marxistas, y es éste, el argumento histórico, el estudio del papel real de las mujeres, el que destrona del todo las fantasías tanto del socialismo y marxismo teóricos como de su vástago el feminismo cultural, también apodado a veces o que forma parte de lo que se conoce como marxismo cultural.

 

Odio racial y no odio de sexos

feminidad fascismo feminismo generoEn el régimen nazi, las mujeres, como los varones, participaron del antisemitismo, esto es, un rechazo u odio visceral de base irracional y no experiencial a aquello identificado como judío. Melita Maschmann, mujer letrada, hija de padres universitarios, miembro de la Liga Femenina de las Juventudes Hitlerianas, explicaría años después en Account Rendered: A Dossier of My Former Self la concepción del antisemitismo instalada en las juventudes urbanas cercanas al partido nazi,  de forma que “nadie parecía preocuparse por el hecho de que no tenían una idea clara de quiénes eran los judíos“, lo que Daniel Jonah Goldhagen en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto define muy bien como “la imagen alucinada que tenía de los judíos”. Esta confusión es un cualidad elemental de toda manifestación de odio colectiva, por irracional, que expresa la irresponsabilidad moral e histórica, o si se quiere, el error sin más, que condujo a muchas personas, entre ellas dos millones de mujeres, a apoyar la causa nacionalsocialista. La propia Maschmann, en el epígrafe citado, culpa a aquel antisemitismo racial de que  “más adelante pudiera entregarme en cuerpo y alma a un sistema político inhumano, sin que esto me hiciera dudar de mi propia decencia.”

Antes se hacía referencia a algunas voces femeninas históricas que no comulgan o que se expresan fuera de la dialéctica marxista feminista. Bien, de las declaraciones de Maschmann, una ex-militante nazi, se extraen algunas enseñanzas que bien podrían servir para pensar la feminidad en aquel tiempo y en el presente, como son la necesidad de estudiar los fenómenos de odio sospechosos de ser bulos interesados en su momento presente y no cuando es demasiado tarde; o a preguntarse constantemente por la propia decencia y moralidad de formar parte activa de una opción política. Cabe preguntarse si quizás Maschmann, cuando confiesa arrepentida el horror nazi del que participó, quizás sólo busque limpiar su imagen, expiar su culpa, no ser juzgada; cabe preguntarse, entonces, ¿tiene una mujer conciencia, remordimiento? ¿puede una mujer mentir? Algo tan elemental que causa vergüenza plantearlo, sí, pero que está ausente en la ramplonería feminista actual, donde legislación penal y alta jurisprudencia asumen la veracidad del testimonio de una mujer (figura de la inversión de la carga de la prueba) por el hecho de ser mujer, y donde tenemos que soportar que se sostenga por las asociaciones feministas y por el Consejo General del Poder Judicial que no existen denuncias falsas, ¡negando que cualquier mujer pueda mentir!

 

De Beauvoir hasta el presente machista

¿Por qué no puede el feminismo ver en el testimonio de Maschmann enseñanzas dignas, humanas, de concienciación, de llamada a la cautela por los nuevos aduladores, de escepticismo ante las modas en boga? ¿Por qué no se cita como testimonio histórico femenino de lo que conviene prevenir; en definitiva, como alegato a primar el sentido crítico y al individuo como conciencia en el mundo, a no fanatizarse ni censurar opiniones, en lugar de priorizar las teorías de identidad de grupo? El feminismo sólo rescata los textos históricos de fanáticas, su mayoría marxistas o comunistas confesas, que reproducen la ideología del conflicto constante entre clases o grupos porque son quienes asumen las mismas falacias interpretativas, como considerar a la mujer un grupo o clase social uniforme: Clara Zetkin, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Shulamith Firestone, Kate Millet, Judith Butler, etc. Es apabullante ver cómo estas autoras se citan entre ellas, en un continum bochornoso: Beauvoir citará a Zetkin, Friedan a Beauvoir, Firestone a Friedan, Millet a Firestone, Butler a Miller, … Todas ellas comparten la misma dialéctica clasista, nacida en el marxismo, y con intención o sin ella, han traído hasta el presente un feminismo absurdo, desprovisto del menor atisbo de realidad y acierto, pues aunque identifiquen alguna verdad relativa, se equivocan del todo en los fundamentos del análisis y por tanto todas sus propuestas conducen al error.

La mujer como unidad, como grupo, categoría, clase; transversal y total, se desvanece en los avatares de la historia; la mujer, como segmento constante de la humanidad, como 50% pretérito. Son, como individuo humano, sus decisiones morales fruto de su conocimiento del mundo las que le empujan, como a todo ser humano, hacia una dirección u otra. Paradojicamente, en su epistemología humana juega un papel fundamental el conocimiento de la historia, y si mujeres como Melita Maschmann hubieran tenido referencias históricas para poder abordar fenómenos cognoscitivos como el odio racial “alucinado”, seguramente no hubieran participado con “propia decencia” de su gestación y apoyo. De la misma forma, si no se ocultara la verdad histórica con intereses espurios, como hace toda corriente feminista hoy, por ignorancia o despotismo, se otorgarían herramientas poderosas para el porvenir moral de nuestras decisiones. Pero, claro, el feminismo es un gigantesco Uroboros, reptil que se muerde la cola. Su concepción de la mujer como clase le obliga a ocultar las manifestaciones históricas que dan prueban de lo contrario, que el sexo no define una realidad de grupos humanos de manera uniforme por encima de otros condicionantes tan variados como el lugar y el tiempo, la conciencia individual y de grupo, la moral, el poder, la conveniencia, la voluntad, la valentía, la libertad, etc.

De forma que, digámoslo claro, cuando el feminismo habla de la mujer no sólo niega la verdad histórica, sino que al hacerlo, acentúa el empobrecimiento del entendimiento humano, no sólo por operar como un reduccionismo muy burdo, idéntico discursivamente al socialismo científico y su materialismo histórico marxista, al utilizar categorías universales falaces como “mujer”, sino por imposibilitar que nuestra historia sea una gran maestra de vida.  El colmo de su maldad destructiva es que su constante victimización de la mujer, fruto entre otras cosas de negarle su conciencia histórica, propicia que aflore en ella esa misma “imagen alucinada” de fenómenos de su entorno actual; cuando el odio racial nazi odiaba lo judío “sin tener muy claro quienes eran los judíos”, hoy día es el machismocomo categoría cultural (y no como realidad legal, lo que da prueba de la inspiración marxista-culturalista del feminismo de hoy) el que encarna esa nueva categoría de odio. El antisemitismo era “un poder maligno, con los atributos de un espectro”, según Maschmann, definición que hoy corresponde entre otros al machismo, término en constante (in)(re)definición, utilizado con o sin argumentos, cuando no esgrimido como argumento en sí (¡eres un machista!).

Sin siquiera entrar a valorar aquí las cacerías y campañas de desprestigio que con arreglo al machismo realiza el feminismo recalcitrante actual, que no se quedan cortas en similitudes con las campañas de acoso antisemita que gestaron el clima social y el ascenso del partido de Hitler (recuérdese, votado en urnas), se puede argüir, una vez más, que el feminismo es un cáncer epistemológico, que se ramifica a todos los estratos del ser: victimiza a la mujer (opresión perpetua), le extirpa su conciencia de nuestro pasado (la historia como herramienta) y de sí misma (sororidad o pertenencia a una clase ilusoria), le hace ciega ante su realidad presente (demanda que vista sus gafas moradas), le enfrenta a sus iguales (a los varones -hay una conspiración cultural machista- y a las mujeres que no participan del credo) y encima y como resultado de todo ello, sienta las bases para una cultura del odio con semejanzas al caldo de cultivo de los fascismos históricos, que tuvieron un apoyo civil precisamente porque calaron en la población nociones como el antisemitismo.

Afortunadamente, el feminismo sufre de un fuerte desprestigio teórico en la actualidad, motivo por el cuál es el momento idóneo para entregar las herramientas, proponer otra vía, señalar su maldad y apostar por que una mayoría social rechace sus preceptos y quede así marginado a ínfima minoría. Prevalecer, en resumidas cuentas, pero nunca vencer por imposición, pues bajo la innegociable libertad de expresión, tiene todo su derecho a existir y manifestarse.

La feminidad y el fascismo (1): el fascismo como fenómeno de masas femenino

mujeres de azul

De nuevo, es un estudio objetivo de la historia, sin fundamentalismos ideológicos, el que es incómodo para los fanatismos del momento, pues su hacer se basa en la tergiversación, ocultación e interpretación interesada de la verdad. En el asunto que aquí se tratará, izquierda y feminismo vuelven de la mano a insultar nuestra memoria histórica, sólo con intención de justificar sus desmanes ‘intelectuales’, que ante los hechos probados se exponen como pura mitología no sólo alejada de la realidad sino completamente opuesta a la historia, negados por la misma; una historia, por tanto, ocultada.

El feminismo doctrinario actual no puede hacer frente a una verdad velada, a saber, que durante la Guerra Civil y durante la dictadura franquista el número de mujeres activamente fascistas o católicas religiosas fue de hasta diez veces superior al número de mujeres activamente antifascistas, comunistas o libertarias. La sindicación de mujeres en las organizaciones femeninas afines a la derecha fascista supera de forma estremecedora a las afiliadas a las organizaciones promovidas por la República de izquierdas. Para ocultar esta comprometida realidad histórica, que supone, antes de descender a una interpretación cualquiera, que la mujer fue un agente decisivo en la victoria, sustento y promoción del fascismo, algo que niega el discurso feminista-victimista cuando aduce que la mujer no es un sujeto activo de la historia, es víctima de estructuras de dominación, o que ha permanecido silenciada y sin capacidad organizativa y decisoria;  para tal operación de ocultación, de santificación del rol femenino histórico, con la erradicación del mal como cosustancial a su sexo, se han creado leyendas dignas de la más difusa ciencia ficción, aupadas por el izquierdismo más embustero, como la gloriosa figura de las milicianas o el elogio desmedido por asociaciones como la Agrupación de Mujeres Antifascistas, que se tratarán en otros textos. Antes de entrar en detalle, conviene subrayar el principal acicate de este texto, que es señalar que lejos de ser incapaces del mal más perverso, las mujeres han contribuido decisivamente a su perpetración histórica. Además, y en contra del mentiroso manifiesto feminista del 8 de marzo de 2018, de defensa unánime por todo el feminismo español, que oculta a todas las mujeres que han defendido el horror histórico, aquí se defiende algo que es más importante para desmontar toda la perfidia y mentiras del feminismo: las mujeres han sido un sujeto activo histórico decisivo para la imposición, justificación e instauración del patriarcado.

Se hace aquí un repaso de las principales y mejor conocidas organizaciones con sindicación femenina (si no de afiliación exclusivamente femenina), para el periodo republicano, de la Guerra Civil y el primer Franquismo. En el epígrafe se distingue entre asociaciones de ideología izquierdista y de derecha. Existen más, y si alguien tiene fuentes que aporten datos sobre el grueso de afiliación, son más que bienvenidos.

 

Organizaciones de izquierda, laicas, anarquistas-libertarias o antifascistas

Mujeres Antifascistas

Como se dice en Historia de la mujer e historia del matrimonio: “la presencia de las mujeres en los partidos republicanos no fue masiva“. Hay datos dispersos sobre la afiliación de mujeres a los grandes partidos políticos, sobre todo debido a las circunscripciones comarcales y dependiendo del año. Por ejemplo Mª Victoria López Cordón, en ese mismo libro citado, contabiliza con datos de la Fundación Pablo Iglesias no más de 554 mujeres afiliadas al PSOE en la región de Murcia para comienzos de 1937. Para un partido como el PSOE, que formaba gobierno en aquel año, es una cantidad ridícula, máxime si se estudia el crecimiento exponencial de afiliaciones a la Falange y su Sección Femenina en ese año, lo que está detallado más abajo. Para el Partido Comunista, Fernando Hernández Sánchez, en su tesis doctoral El PCE en la Guerra Civil contabiliza el pico de afiliación femenina en Madrid en mayo de 1937, con 500 mujeres en toda la provincia. Además, estudia que ese partido, en abril de 1936 contaba con unas 50 mujeres afiliadas en la provincia de Madrid.

En el seno de los grandes partidos de izquierda existieron, además, organizaciones especificamente femeninas-feministas, esto es, formadas solamente por mujeres y en lucha por los derechos civiles de las mujeres, en las que se reconoce el feminismo actual con una literalidad atemporal. El hecho de que estas asociaciones, que son las que se listan más abajo, fueran escasamente seguidas, prueba que el grueso del activismo femenino de época no estuvo con la izquierda. Félix Rodrigo Mora, en Investigación sobre la II República, 1931-1936 afirma que “durante la II República hubo bastante más militancia femenina con la derecha, la Iglesia, el carlismo, la extrema derecha y el fascismo que con el republicanismo, la izquierda y el anarcosindicalismo”.

Además, el desafecto de la juventud femenina por la izquierda socialista fue notorio. Las Juventudes Socialistas Unificadas, unión de las facciones de juventudes del Partido Comunista de España y del PSOE, para 1936 sólo contaba con 400 jóvenes mujeres militantes a nivel nacional. Entre 1927 y 1936, esto es, más de la totalidad del periodo republicano, la suma de nuevas mujeres afiliadas en las juventudes del PCE y las del PSOE es de 350 mujeres (Los ojos de Hipatia, nº 5 Eduardo Montagut Contreras, octubre 2016). Si Unión Republicana tuvo también una afiliación femenina escasa, es de esperar que órganos pretendidamente feministas, como Unión Republicana Femenina, de Clara Campoamor, tuvieran una militancia similar. La polémica feminista en la España contemporánea, 1868-1974 describe el fracaso en los intentos por atraer a la militancia a las mujeres de partidos y propuestas como los de Unión Republicana y su bancada feminista liderada por Campoamor, y llega a calificar este derrumbe como ‘suicidio político’.

Un estudio pormenorizado debería arrojar luz sobre la afiliación femenina a los grandes partidos en la izquierda, compararla con los partidos de derecha, dar cuenta de por qué, en las primeras elecciones donde se ejerció el voto femenino, ganó la derecha, explicar sucesos como la legislación del PSOE de Largo Caballero en 1937 que decreta la retirada de las mujeres del frente, en un achaque de sexismo intolerable, que se tratará en un siguiente texto, y otras cuestiones. El objetivo aquí, no obstante, es comparar a groso modo las diferencias abismales en militancia entre las organizaciones femeninas de izquierda y de derecha. Así, pasemos a listar datos sobre algunas organizaciones progresistas autodenominadas por sus fundadoras como femeninas.

Asociación Femenina de Educación Cívica, organización de circunscripción madrileña dirigida a ‘señoras y señoritas’ de ‘clase media’ fundada en el Ateneo de Madrid en 1931. Es significativo que en la capital republicana, supuesto epicentro de las corrientes de ‘igualdad y modernización’ progresistas de la vida política frente al atraso de la tradición rural, una organización feminista tuviera, apenas, 1500 inscritas.

Agrupación de Mujeres Antifascistas creada por el PCE en 1933, que tuvo su apogeo durante la Guerra con hasta 50.000 afiliadas (Women and the politics of the Spanish Popular Front: Political Mobilization or Social Revolution?, Martha A. Ackelsberg). Tuvo una sindicación internacional comunista, y fue sin duda la organización feminista antifascista más importante de la época, junto con Mujeres Libres. En futuros artículos se analizará su contenido, pero de nuevo ha de destacarse lo contradictorio de sus pretendidas luchas armadas antifascistas con la legislación del Frente Popular que retira por ley a todas las mujeres del frente de guerra en 1937.

Mujeres Libres, organización promovida por CNT, de bagaje libertario-anarquista, en funcionamiento entre 1936 y 1939. Se cuentan 20.000 integrantes en 1938 (Mujeres Libres: El anarquismo y la lucha por la emancipación de las mujeres). Entre sus formulaciones, vehiculadas a través de una revista homónima, que se tratarán en otro artículo, se encuentran el apoyo a la incorporación al salariado de la mujer, igualdad legal, posturas a favor de una prostitución regulada, a favor de una educación infantil y una educación sexual, y de nuevo, coincidiendo con la postura frentepopulista de retirar a las mujeres del frente de guerra, se encuentran formulaciones específicamente sexistas en sus medios afines. Así reza una consigna aparecida en Mujeres, ed. 1 nº 7, de septiembre de 1936: “¿Quién vestiría a nuestros milicianos, soldados y marineros? ¿Quién les prepararía la comida? ¿Quién cuidaría a sus hijos? Allí está nuestra vanguardia. La vida dura de campaña no puede ser resistida por las mujeres”.

Unión de Muchachas, creada en 1937, anexa a las Juventudes Socialistas Unificadas pero de tinte activamente antifascista, tuvo 2000 afiliadas (Investigación sobre la II República Española, 1931-1936, Félix Rodrigo Mora).

 

Organizaciones de derecha, religiosas o fascistas

Falangistas Sección Femenina

La facción a la derecha y los sectores religiosos congregaron al mayor número de mujeres en los periodos republicanos, y según se acentuó el conflicto armado, el número de mujeres afines se disparó exponencialmente, dándose continuidad durante el Franquismo. El peso de la verdad se está por fin haciendo hueco entre una historiografía tramposa e interesada, y libros como Las arpías de Hitler. La participación de las mujeres en los crímenes nazis, de Wendy Lower, trasladan la realidad española al contexto internacional, donde en mayor o menor medida, las mujeres, en el nombre del primer feminismo (primera y segunda “olas”), colaboraron con las fechorías horrendas fascistas. Lo que es notorio comprobar es que, además, en el caso español, las mujeres fascistas fueron indiscutiblemente muchas más que las alineadas con la República. En Mujeres contra la revolución. La movilización femenina conservadora durante la Segunda República española y la Guerra Civil (Julio Prada Rodríguez)sin quererlo, se subraya esa “mayor predisposición femenina a salir a la calle en defensa de unos valores [católicos y de derecha] que consideraban amenazados”. Mercedes Yusta documenta, en La segunda República: significado para las mujeres, 1.500.000, un millón y medio de firmas femeninas, pidiendo el respeto a la religión Católica. Julio Prada, en el mismo extracto sobre la movilización femenina antes citado, señala que “su comportamiento [el de las mujeres] no puede explicarse únicamente como fruto de la manipulación y el manejo del clero” a la vez que loa su “capacidad de movilización”.

Las causas de esta sindicación pueden pensarse, pero no se pueden negar las cifras de afiliación que descompensan cualquier atisbo de paridad entre los bandos nacional y republicano e incluso durante la vigencia y la paz de la legalidad republicana. Las cifras de estas mujeres se traducen en algo menos cuando se estudia que mucha de la militancia fue moviéndose entre las distintas organizaciones en los años 30, pero aún así, la derecha femenina fue un fenómeno de masas. Conviene ir adelantando, antes de ofrecer los datos, para poder anticipar conclusiones, que será el Franquismo quien publique, en sus primeros años, a pesar de tener un aparato de censura hiper-potente, la obra del primer y segundo feminismo oficiales, empezando por El Segundo Sexo, de Beauvoir, hoy día citado e inspirador de las nuevas corrientes feministas, libro que incluso sorteó la censura y tuvo una traducción franquista legal al Catalán (lengua demonizada por Franco) en 1966. Serán muchas las obras que se autodenominen feministas que el Franquismo publicará con total anuencia, asunto que será estudiado también más adelante.

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Sección Femenina de Falange, fundada en Madrid en julio de 1934 por Pilar Primo de Rivera. Sólo los datos de esta agrupación, de corte fascista, especialmente tras el levantamiento militar del 1936, dejan al discurso feminista-victimista actual en la estacada. Con 2.500 inscritas en 1936, pasará a tener 60.000 militantes sólo meses después de iniciarse la Guerra. Para principios de 1938, en plena contienda, alcanza la cifra de 400.000 militantes; a finales de ese mismo año, suma casi 600.000 mujeres (Feminismos y antifeminismos: culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX, Ana Aguado, Teresa M.ª Ortega). En 1939, según Ideal (Ideal, enero 1942, p. 6), tras finalizar la guerra, Sección Femenina agrupó a 900.000 mujeres, tras la unificación de Falange en FET y de las JONS, aunque normalmente se está más de acuerdo en la cifra de 600.000 mujeres. Se impone un inciso.

Cuando la ortodoxia feminista actual acusa a los hombres de la perpetuación del patriarcado, aduce que las mujeres han estado doblegadas y silenciadas y han sufrido la sumisión perenne del sistema patriarcal; cuando, con unanimidad, el manifiesto a huelga 8-M invoca a “las mujeres que trajeron la Segunda República” y a las que “lucharon en la Guerra Civil”, ¿dónde ubica a las masas de mujeres fascistas falangistas que apoyaron, por las razones que fuere, un régimen ultra-patriarcal, militarista, católico fundamentalista, tiránico, genocida, …? ¿Dónde se recuerda al millón y algo de mujeres religiosas y activistas que sólo entre 1931 y 1936 expresaron su visión de la feminidad y de la política contraria al republicanismo? El feminismo actual, ni siquiera capaz de recabar ese número de firmas o votos femeninos unitarios, es sencillamente una falsificación, un fraude histórico. La acusación que el feminismo vierte, de haber sido la mujer la silenciada de la historia, es en realidad la práctica que ellos mismos realizan, cuando entronan una teoría-religión que es incapaz de afrontar la rigurosidad de los hechos históricos y silencia todas las manifestaciones históricas contrarias a su dogma de fe. Los datos demandan reafirmar: el patriarcado ha sido sufrido y defendido tanto por mujeres como por varones; las primeras fueron capaces de movilizarse antes de cualquier contacto con la primera supuesta intelectualidad feminista, tanto es así que se cuentan por cientos de miles las que decidieron formar una fuerza decisiva para la victoria del fascismo en España. Cualquier corriente de pensamiento, feminista o no, mainstream o underground, que no mencione esta cuestión y que no construya cualesquiera sean sus preceptos teniendo en cuenta esta verdad histórica, a saber, que el sexo no es una categoría determinante para la formulación ni de una acción ni de un pensamiento político, cometerá el error de construirse como un fanatismo teórico y, de convertirse, como sucede hoy con el feminismo, en ideología dominante, que ya inspira legislación; si se convierte, como ocurre ahora, en “lo políticamente correcto” se habrá convertido, de facto, en un nuevo fascismo cultural. Además, cuando el feminismo exime a la mujer de cualquier responsabilidad histórica directa, de haber sido hacedora de los acontecimientos y haberse posicionado de uno y otro bando; en definitiva, de haber tenido convicción y conciencia propias, comete el peor acto de sexismo posible.

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Margaritas/Comunión tradicionalista, nombre con el que se conoce a las mujeres sindicadas con las opciones políticas carlistas. Laura Sánchez Blanco, en Rosas y Margaritas, Historia de las mujeres falangistas asesinadas por el Frente Popular, habla de 30.000 mujeres afines en 1936 sólo en Navarra, País Vasco, Aragón, Cataluña y Sevilla. En 1937 se integraron en Falange.

Auxilio Social, organización afín al nacionalsocialismo alemán dirigida por Mercedes Sanz Bachiller. Originalmente se llamó Auxilio de Invierno (Winterhilfe en alemán). Compitió duramente con Sección Femenina de Falange y finalmente quedó englobada bajo FET y de las JONS. Su pico de afiliación fueron 300.000 mujeres filonazis (Feminismos y antifeminismos: culturas políticas e identidades de género en la España del siglo XX, Ana Aguado, Teresa M.ª Ortega), que después quedarían integradas en la Sección Femenina de Falange.

Juventud femenina de Acción Católica, agrupación de jóvenes mujeres religiosas bajo el signo de Acción Católica. En La movilización Católica frente a la II República: la acción católica (Feliciano Montero) se recaban datos: pasó de 33.000 socias en 1933 a 70.000 socias en 1936.

-Auxilio Azul María Paz, organización feminista-fascista que operó en la retaguardia del frente republicano en Madrid a partir de 1936. Contó con 6000 mujeres-soldado que desgastaron la defensa de Madrid a favor de Franco. (Nosotras también hicimos la guerra. Defensoras y sublevadas, Carmen Domingo). Fueron militares profesionales, operando en secreto en territorio enemigo, lo que requería de una convicción y arte de la guerra excepcionales.

-Las ‘beatas‘, nombre con el que eran conocidas mujeres ultracatólicas que bajo el abrigo de la Guardia Civil, el somatén y la Falange en los territorios sublevados y durante el Franquismo funcionaron, como ya afirmase Primo de Rivera, de ‘acicate de los espíritus‘. Tuvieron una especial presencia en barrios y pueblos, se dedicaron a señalar, a juzgar la vida ajena e imponer su código moral so pena de denuncia ante los aparatos represivos. Fueron la facción ideológica no armada del somatén del Directorio Militar de Primo de Rivera actualizado al Franquismo. Tuvieron un grueso de 45.000 mujeres (Feminicidio o Autoconstrucción de la mujer, Prado Esteban Diezma, Félix Rodrigo Mora). Se estudiará este fenómeno más adelante, pues relucen las similitudes, salvando el signo de los tiempos, con el nuevo colaboracionismo feminista actual y los protocolos policiales, que bajo las nuevas patrullas violetas también funcionan como acicate de los espíritus.

Es bochornoso no sólo que estos datos se olviden interesadamente cuando se quiere hablar de la relevancia de nuestro pasado, cuando se confeccionan teorías que interpretan la historia para justificar una ideología (patriarcado), sino que tengamos que estar acostumbrados al discurso contrario, esto es, que las mujeres republicanas lucharon contra el fascismo como única o mayoritaria realidad de su género. Huelga decir, aunque no es el asunto del texto, que efectivamente, la mayoría de mujeres lucharon contra el fascismo, y contra el fascismo republicano también, pues a pesar del más de millón de mujeres de filiación fascista, no se supera la inmensa mayoría de las mujeres de las clases populares que se opusieron a los abusos intolerables de ambos dos bandos nacional y republicano y lucharon codo con codo con sus iguales varones contra las tiranías de todo signo. Prueba de ello (y otro antídoto contra la perfidia feminista actual) es la historia del maquis, que deberá estudiarse.

La feminidad y el fascismo (2): Alemania Nazi, realidad o discurso de género

Contra la huelga feminista: comentario detallado al manifiesto del 8M.

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Resulta harto sencillo ilustrar, con un breve y mecánico comentario punto por punto, la pobreza de los textos feministas, su falaz argumentación en casi todo lo que elevan a axioma del movimiento y su peligrosidad como veneno para el alma. Con esta intención y ante el horror que provoca escuchar de un acontecimiento tal que una ‘huelga feminista’, decidí recorrer el manifiesto que lo vertebra y atajar todos los asuntos que allí se concentran bajo una cosmovisión ante todo humanista y con foco en la realidad experiencial.

El manifiesto puede leerse aquí  y del alcance que tenga tras su convocatoria dependerá el grado de preocupación que debemos mantener en el asunto. Las citas están extraídas literalmente del texto e intentar recoger los principales temas tratados en aquél.

Fue la unión de muchas mujeres en el mundo, la que consiguió grandes victorias para todas nosotras y nos trajo derechos que poseemos hoy. Nos precede una larga genealogía de mujeres activistas, sufragistas  y sindicalistas. Las que trajeron la Segunda República, las que lucharon en la Guerra Civil […]

La teoría de género en su versión más denigrante elimina de la ecuación de la historia al varón sólo en sus méritos, mientras que denigra su existencia en todo lo demás. El feminismo, como teoría del odio, no puede ver la implicación que hombres y mujeres han tenido por sus semejantes, pues su método hoy es deducir problemas político-sociales en función del sexo. En el pasado, las comunidades horizontales se han sentido concernidos los unos con las otras; han creído en problemas estructurales que afectaban indistintamente a varones y mujeres. Es decir, es completamente falso que la lucha unitaria exclusiva de mujeres haya originado situación presente alguna. La simbiosis entre ambos; la especie humana, en fin, ha sido agente de la historia, en sus aciertos y en los no tan acertados asuntos en el tiempo. Además, las mujeres no gozan de ningún derecho específico como grupo, algo que se anuncia en ese primer párrafo. También nos precede (sic) una larga lista de personas de distinto sexo cuyo ánimo ha sido el bien común. Contra la mitología progresista que empapa al manifiesto, baste decir que la Segunda República fue un régimen tiránico, violento como pocos y ante todo antidemocrático, por no mencionar la misoginia explícita de alguno de sus agentes, con Manuel Azaña,Indalecio Prieto o el propio congresismo del PSOE como ejemplos paradigmáticos, pero sin olvidar a mujeres, sí, mujeres, como Victoria Kent, que se opuso al sufragio femenino. Misoginia que fue de facto legal cuando los distintos gobiernos se negaron a atajar la brecha salarial real existente en aquél entonces o el dictámen sexista de Largo Caballero que retiró por decreto a todo el sexo femenino del frente de guerra. Merecería una mención velada, por pura decencia, la cantidad de mujeres que apoyaron el levantamiento militar del 36 ante el horror que el gobierno republicano supuso en lo concreto de aquella primavera, por no hablar del cruel número de asesinatos políticos que la República llevó a cabo como expresión de su esencia tiránica y genocida, muchos de ellos mujeres del pueblo (Casas Viejas es un buen ejemplo típico). Así que si se conviene hablar de las mujeres que trajeron la Segunda República (sic), hay que recordar también a las multitudes femeninas que trajeron y apoyaron el Franquismo; conviene no olvidar a la Sección Femenina, tampoco, lo que prueba que el sexo no es ni mucho menos una categoría definitoria de la conciencia ni puede elevarse como una antropología socio-cultural de la historia; mas al revés, mujeres ha habido de distinta condición, tanto como varones; amantes de la libertad, sinceras, cobardes, embusteras, madres y malas madres, poderosas y sin poder. Las mujeres son capaces del bien, del mal, de ansiar la libertad o de estar cómodas en el sofá de su adoctrinamiento.

Exigimos que el Pacto de Estado contra las violencias machistas –por lo demás insuficiente– se dote de recursos y medios para el desarrollo de políticas reales y efectivas que ayuden a conseguir una sociedad libre de violencias contra las mujeres y niñas[…]

Como grata sorpresa cabe destacar la mención, como una de las primeras veces en la ortodoxia feminista que se hace de la infancia (aparte de las habidas en su doctrina, en suma denostables, como las recogidas en la obra de Kate Millet o Judith Butler) , claro, para rapidamente denunciar de nuevo la mutilación sin ambages que a su vez se realiza. Olvidar a los niños varones en un ámbito que sufren indistintamente es repudiable. La violencia contra la infancia es monstruosa y muy real, y precisamente la norma clave del feminismo institucional, la Ley de Violencia de Género, silencia todo tipo de violencia entre los sexos que no sea la que sufre una mujer adulta heterosexual por parte de un compañero sentimental. El hecho de que el único ánimo del legislador sea estigmatizar las relaciones afectivas, sugiriendo que toda relación heterosexual es una relación de dominación, y que se olvide la infinitud de violencias que existen contra niños, ancianos, personas de distinta condición sexual, étnica, etc; ello prueba, de hecho, que la Ley de Violencia de Género es un aparato multiplicador de violencias, que busca dividir y enfrentar a las personas y que, encima, no cumple ni lo que promete, no ofrece protección alguna a las mujeres víctimas de una violencia real ni hace disminuir sino aumentar los casos de misoginia en el hogar. Después se menciona, muy a gusto de una contestación tal que ésta, el acoso en el ámbito laboral, una realidad brutal y también silenciada por la LVG, que es capaz de encarcelar a miles de varones con una inversión de la carga de la prueba, figura jurídica anticonstitucional que anula la presunción de inocencia; ello, mientras que no es capaz de atajar las numerosas vejaciones, acosos y violaciones que jefes (¡y jefas!) acometen contra empleadas y empleados. El sesgo ideológico de género, de facto, anula la capacidad para observar la realidad per se, hasta unos niveles que obnubilan toda visión certera del tiempo presente y del asunto de los sexos.

Señalamos y denunciamos la violencia sexual como expresión paradigmática de la apropiación patriarcal de nuestro cuerpo

Si con esta consigna tan repleta de lugares comunes y sin concisión alguna se hace referencia a la mercantilización del cuerpo femenino, se recuerda; primero, es el Estado, con su legislación civil, quien crea una primera diferenciación normativo-impositiva entre los sexos, en España en 1889, con el Código Civil y su designación marital, e incluso hoy día, con la LVG, que considera a las mujeres sujetos débiles, incapaces, inferiores al varón que requieren de una especial protección institucional porque no pueden atajar sus asuntos o valerse por si mismas. Segundo, que es en la historia de las sociedades occidentales y sus gentes, criadas durante más de un siglo bajo esa misma legislación misógina, embrutecidas por la obligatoriedad del salariado, en quienes ha permeado cierta misoginia cuyo origen primero reside en las estructuras dominantes, en esencia el Estado. El capitalismo, como método dinamizador y explotador de recursos al servicio del poder real estatal ha utilizado indistintamente al varón y a la mujer para inyectar multitud de ideas, hábitos o productos. La hipersexualización del cuerpo femenino no impide que el varón también sea objeto de múltiple degradación por parte del patriarcado. El varón fue obligado normativamente a dominar a su esposa, al denigrante salariado fabril, a la guerra, al servicio militar obligatorio o a atentar indistintamente a su salud bebiendo y fumando con exclusividad e incluso orgullo. El patriarcado no fue un consenso entre una mayoría social de varones para doblegar al otro sexo sino una decisión del poder, una ínfima minoría en élite que deciden organizar la explotación social del resto a base de desnaturalizar las relaciones afectivas libres humanas para conseguir doblegar la voluntad de unos y otras asignados con diferentes tareas indispensables en cada fase del magno proyecto de control social. Las derivaciones que de ello hoy tenemos son múltiples, el sexo como una mercancía más (para unos y para otras), la mortalidad laboral, que en el caso de los varones es muchísimo más alta cuando la femenina es insignificante, o el suicidio, como último atentado contra nuestra integridad física auspiciado por severas depresiones intrínsecas a este modelo de la existencia, con los varones a la cabeza de la lista en acometarlo. Los varones también encabezan las listas de personas en la indigencia en todos los países modernos. En definitiva, la apropiación patriarcal (sic) del cuerpo es, considerada la magnitud del resto de problemas político-culturales, una insignificancia, y enunciar que se trata de una cuestión exclusivamente femenina es faltar a la verdad y dar la espalda a los verdaderos problemas de nuestro tiempo.

¡BASTA! De opresión por nuestras orientaciones e identidades sexuales! Denunciamos la LGTBIfobia social, institucional y laboral que sufrimos muchas de nosotras, como otra forma de violencia machista

Aducir que la LGTBIfobia la sufren sólo o específicamente las mujeres es de nuevo una ofensa intolerable, pero además enunciar que ese maltrato es una forma de violencia machista es ya un delirio casi imposible de hacer descender y concretar para poder contestar. En general el trasfondo de este tipo de asertos expuestos sin pudor ni respeto por las personas proviene de la concesión extendida que se hace de que las mujeres son benévolas y amigables por naturaleza y los varones somos descarnados, tozudos y agresivos. Sólo cabe apelar a la experiencia vital de cada persona para poder comprobar que esta categorización cuasimilitar de la naturaleza humana es irreal. Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Además, ya que se menciona la cuestión LGTBI (o no se cuántas más letras), asumir que existe maltrato institucional, cuando un vistazo con una óptica inclusiva advierte que de hecho es la heterosexualidad la que está en jaque y vivimos en un momento de florecimiento (tras la debida siembra) y de promoción por distintos medios de la homosexualidad y ahora también la transexualidad; entender ese maltrato institucional como tradicionalista, casi canónico, cuando lo que es, en cualquier caso, es una inferencia en la vida sexual privada de las personas, es propio de una perspectiva adscrita sólo a teorías y suflamas repetidas sin capacidad reflexiva y observadora y consumidas como productos del supermercado ideológico moderno. A través de miles de canales institucionales y adscritos, debates de palestra pública, leyes como el matrimonio homosexual, medios de comunicación, series de televisión y otras narrativas del momento, se observa que la condición sexual está siendo objeto de mediación, y con lo señalado antes sobre el acoso que la LVG induce en las relaciones heterosexuales libres, olvidándose bochornosamente de las relaciones entre personas del mismo sexo (creer en un desacierto o casualidad parlamentaria es de necios cuando fue un mismo gobierno quien impulsó ambas la LVG y la del matrimonio homosexual); se concluye, en efecto, que cuando en el pasado fue lo heterosexual la ortodoxia dominante, hoy ya no es así (algunas notas al respecto en mi blog aquí y aquí). Además, las nuevas leyes de diversidad sexual ya vigentes explicitamente obligan a las instituciones a promover opciones sexuales distintas a la “normatividad heterosexual”.

Somos las que reproducen la vida.

La androfobia u odio al varón se manifiesta subrepticiamente como constante en muchos de los principales actores feministas en la actualidad. Aducir que es la mujer quien reproduce la vida cae dentro de un fundamentalismo paranoide que causa pavor. El menosprecio de la paternidad es uno de esos subtextos, cuando no una afirmación rotunda (Firestone),  que el feminismo ortodoxo contiene y que enajenan el pensamiento de la mas cruda y visceral realidad biológica. El rol de los sexos en la reproducción de la vida es una necesidad orgánica que no puede hacerse descender al terreno teórico para discutirse. Este tipo de asertos en un manifiesto llamado feminista es el punto débil de su apología inhumana y debiera ser el que permita rechazar en un primer plano su contenido por cualquiera con un sentido común de su propia vida. Siendo lo que es, un insulto a la masculinidad, a nuestros padres, hermanos, tíos, abuelos y demás semejantes que, a fin de cuentas, nos han hecho estar aquí; contra todos y todas (por negarles la capacidad de amarse), el feminismo se desmarca de toda argumentación elaborada para inducir el odio como principal motor de su militancia. Por supuesto, una gran mayoría social no está de acuerdo con este tipo de estupideces, o en el peor de los casos, está dispuesta a sentar un debate sobre el papel de los sexos en la reproducción, pero aun así el movimiento arriesga a introducir elementos de distorsión de la mas pura realidad tal como éste con el ánimo de embaucar a personas particularmente maltratadas, victimizadas, que hacen extensiva su experiencia traumática concreta al resto de la humanidad y que por tanto militaran con una actitud recalcitrante como feministas convictos.

El trabajo doméstico y de cuidados que hacemos las mujeres es imprescindible para el sostenimiento de la vida. Que mayoritariamente sea gratuito o esté devaluado es una trampa en el desarrollo del capitalismo[…] Reivindicamos que el trabajo de cuidados sea reconocido como un bien social de primer orden.[…]

El feminismo constituye uno de los reformismos del sistema actual con más visos de ser decisivo en la organización social del futuro inmediato. Para empezar, de nuevo, se esgrime la exclusividad de lo que sería un trabajo sexuado, el trabajo doméstico y de cuidados (sic) que realizarían sólo las mujeres, lo que prueba de la propia misoginia del feminismo. Anteriormente ya se ha dado cuenta del bochornoso acoso y mutilación de la masculinidad que tan libremente se predica. Pero además, en este caso, esta demanda casi sindicalista pasa por querer monetarizar (con sesgo ideológico de género) y por tanto legislar, por instrumentalizar aspectos de la vida doméstica o de convivencia, algo siempre muy a gusto del capitalismo del que dicen ser un gran mal. Aducir que el capitalismo gana o no quiere monetarizar alguna actividad humana es no haber entendido en nada la cuestión. Este reclamo se traduce en un perfeccionamiento del sistema de dominación, ambos dos, el Estado y su cuerpo de leyes y su correlato específico de nuestra era, la explotación capitalista, que confluyen en dictaminar sobre cada vez más aspectos de nuestra vida privada. Pero claro, cuando el feminismo olvida en primer lugar que es el Estado quien crea una primera diferenciación impositiva de los sexos, que en sociedades sin Estado las normas y costumbres han puesto en común a hombres y mujeres en una apabullante mayoría de veces; esto, algo imposible de concebir dentro de la agitación feminista, toma un cariz aún más preocupante cuando se considera que lo concreto de esta manifestación feminista es una huelga. Así, el único propósito que vehicula esta convocatoria, en su mismo lenguaje, es el reajuste, el perfeccionamiento, la actualización del capitalismo moderno. Un horror, más si se entiende que con ello se pretende hacer algún tipo de favor a la feminidad; sin más, el arribismo lo único que promete es una nueva capa de barniz, motivo por el cual, precisamente, el feminismo está arropado por el poder, por el Estado (gobiernos feministas) y por la gran empresa (Ana Patricia Botín se considera feminista), encantados de utilizarlo como termómetro social y como catalizador de nuevas regulaciones.

Huelga contra los techos de cristal y la precariedad laboral, porque los trabajos a los que logramos acceder están marcados por la temporalidad, la incertidumbre, los bajos salarios y las jornadas parciales no deseadas. Nosotras engrosamos las listas del paro. Muchos de los trabajos que realizamos no poseen garantías o no están regulados. Y cuando algunas de nosotras tenemos mejores trabajos, nos encontramos con que los puestos de mayor salario y responsabilidad están copados por hombres. La empresa privada, la pública, las instituciones y la política son reproductoras de la brecha de género.

Ya puestos en asumir el cutre empeño del feminismo más orgulloso en reducir gran parte de su cuestión a la diferencia salarial, cabe hacer varios apuntes. Quienes intentamos vivir nuestra vida desde la vida misma, con el testimonio de nuestra propia huella y la de nuestros iguales, aún estamos esperando que alguien demuestre con consistencia que las mujeres cobran salarios más bajos por realizar el mismo trabajo idéntico al varón. Muy al contrario, existe mucho argumentario que desmonta esta falacia. La distorsión que este tema encierra es bien aprovechada para seguir dictando la mitología feminista. Los sectores laborales donde existe una predominancia bien del varón (industria pesada, por ejemplo) bien de la mujer (enseñanza, servicios como ejemplo) no comparten el mismo horizonte salarial. Lo que se establece falazmente es una comparativa intersectorial, lo que puede cobrar un varón y una mujer como si su sexo predominara sobre la remuneración concreta de cada caso, sin atender a variables clave, como el propio trabajo desempeñado, la edad, la formación o la clase. Esta categoría última, la clase social, es bien decisiva. Decir que la empresa privada está interesada en mantener a la mujer relegada no encaja con la actual disposición del mundo. En el momento de escribir este texto, Marillyn Hewson ocupa la presidencia de la mayor empresa armamentística del momento, Lockheed Martin;  Phebe Novakovic, está al mando de General Dynamics y de fletar el armamento pesado de la marina estadounidense. Christine Lagarde o Ana Patricia Botín también desmontan toda la cuestión. La mujer, además, no comparte el mismo recorrido laboral del varón. Suele conciliar más, con peso a su salario, sufre procesos vitales como el embarazo y en general en la actualidad dedica más tiempo a la formación académica que el varón, por lo que su horizonte de cotización también difiere. Si la mujer engrosa las listas del paro, el varón engrosa las listas de suicidios, de encarcelados o de emigrantes. Centrar una lucha supuestamente dedicada a la emancipación personal en algo tan mediocre como la remuneración y obviar cualquier otro tipo de estadística que en términos existenciales preocupa con mucha mayor necesidad conduce por un camino ególatra, desconsiderado, de la envidia y del rencor. Justamente los vicios potenciados por el feminismo en todos y todas los que hace mella.

Denunciamos que ser mujer sea la principal causa de pobreza

Esta consigna lleva repitiéndose en las cumbres de Naciones Unidas desde hace décadas, que es desde donde se transpone a las organizaciones feministas locales. Hablar de algo como la pobreza de género imposibilita pensar con calidad el problema de fondo, la pobreza. Además, incita a dividir, a segmentar a la población; los varones, con sus problemas, y las mujeres con los suyos. De forma que los unos no se sientan concernidos por los problemas de las otras, y viceversa. Ruinoso punto de vista que imposibilita cualquier tipo de acción local para combatir la pobreza si se entiende que sólo la cooperación horizontal tiene visos de poder liberar a comunidades concretas de la explotación vertical que es única causa verdadera de la pobreza. El asistencialismo que se ruega con este reclamo es bochornoso, algo así como considerar que la mujer es, además de inferior, propensa a la pobreza, y requiere no de su puesta en común con sus semejantes para recuperar autonomía y alcanzar cotas de igualdad sino la completa sumisión al discurso, primero, asumiendo estas condiciones, y de seguido, su paciencia cuando no militancia para recibir, como un menor de edad, la tutela de las instituciones internacionales, que dispondrán para ella privilegios especiales para empoderar al género. En definitiva, se consideran sólo las ocasiones en que la mujer es protagonista de un umbral de pobreza concreto, se obvia al varón como si de una especie distinta se tratara, y no se consideran todos los casos (por ejemplo las mujeres directivas de la gran empresa, poderosas) donde queda como evidente que la pobreza radica más en un componente de clase y no de sexo.

Gritamos bien fuerte contra el neoliberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial y que destroza nuestro planeta y nuestras vidas.[…] Exigimos que la defensa de la vida se sitúe en el centro de la economía y de la política.

El feminismo pretende embutir a la mujer en los procesos más bestiales y definitorios del capitalismo, quiere igualdad salarial y prerrogativas legales que obliguen a su empoderamiento capitalista, quiere añadir más y más tareas domésticas al engranaje económico, de las que el Estado y la empresa se lucren a través de impuestos y regulaciones; y a la vez, quiere combatir un tal neoliberalismo que, lejos de definirse como categoría central de su discurso, queda nada más pincelado como algo así como la dominancia internacional de una élite empresarial. No sólo se yerra al identificar al enemigo de los pueblos libres del mundo, que es el poder del Estado, la imposición normativa, el ejército, las armas, la coerción, la imposición homogénea de la moralidad del buen ciudadano a la inconmesurable amalgama de diferentes subjetividades individuales repartidas por el mundo y por el tiempo; no sólo se señala al ultracapitalismo moderno, sino que además las peticiones que se recogen con ánimo supuestamente de liberar a la mujer trabajan directamente en mejorar las condiciones de explotación de ese mismo neoliberalismo demoníaco. Sin más, una demencia, que soterra toda inteligencia e impide, en primera instancia, pensar los problemas reales del mundo. Sin siquiera poder pensarse, observarse, se erradica toda posibilidad de alternativas nacidas en lo local. Este es el verdadero pensamiento totémico, que se impone como pensamiento único a nivel mundial (sic), y que no libera a las distintas generaciones del porvenir porque les envenena y hace inhábiles de primero pensar en qué mundo estamos viviendo.

Exigimos un avance en la coeducación en todos los ámbitos y espacios de formación y una educación que no relegue nuestra historia a los márgenes de los libros de texto; y en la que  la perspectiva de género sea transversal a todas las disciplinas. ¡No somos una excepción, somos una constante que ha sido callada!

Tan callada como el silencio que el propio feminismo practica sobre las cuestiones históricas que le ponen en evidencia como fraude. Efectivamente, el patriarcado liberal ha silenciado en numerosas ocasiones la obra de diferentes mujeres cuya autoría no ha interesado para el decurso concreto de la época, por ejemplo Simone Weil, tanto como ha potenciado la obra de otras como Simone de Beauvoir. Lo mismo para los varones es cierto. Tan cierto como que en la actualidad la mujer goza de privilegios, de discriminación positiva, sin cabida a la interpretación interesada, pues existen ministerios de género y una red internacional de organizaciones que funcionan como lobby con interés a hacer suscribir en todas partes el decálogo feminista. Cuando se pide coeducación en todos los ámbitos (sic) se puede leer adoctrinamiento y amansamiento. Pedir que la perspectiva de género sea transversal a toda disciplina de nuevo ensalza la categoría sexo-género como definitoria, cuando ésta es sólo una dimensión de nuestra existencia; y además, no se menciona la calidad u origen de dicha educaciónque por mucha adjetivación y maquillaje que se le ponga, es lo definitorio. Así, en realidad se pide al Estado, al Ministerio de Educación, que es el único que redacta los manuales escolares, que se empape de la corriente feminista e implemente políticas educativas para conseguir ya sabemos qué fines. Una alianza perfecta que suscribe lo que viene siendo más que evidente, que el feminismo es una ideología potenciada desde el poder estatal, que permite dividir y amansar a la población mientras que promete ser una forma de liberación de tiranías irrisorias mientras que en lo concreto de sus preceptos se trabaja, en realidad, para su perfeccionamiento futuro. 

Ninguna mujer es ilegal. Decimos ¡BASTA! al racismo y la exclusión. Gritamos bien alto: ¡No a las guerras y a la fabricación de material bélico! Las guerras son producto y extensión del patriarcado y del capitalismo para el control de los territorios y de las personas. La consecuencia directa de las guerras son millares de mujeres refugiadas por todo el mundo, mujeres que estamos siendo victimizadas, olvidadas y violentadas. Exigimos la acogida de todas las personas migradas, sea por el motivo que sea. ¡Somos mujeres libres en territorios libres!

Es curioso justamente que en el desarrollo de este texto se haya apuntado que la fabricación de material bélico de la primera potencia militar del planeta corra a cargo de dos mujeres. Todo lo apuntado hasta el momento puede servir para atajar este párrafo. El capitalismo por si mismo no puede ni provocar una guerra ni aprovecharse del devenir de ninguna contienda. Necesita el brazo legal del Estado, necesita primero controlar los designios normativos, necesita la tutela de la ley para poder descender a explotar la mano de obra, única y primera materia prima de los territorios del mundo. El capitalismo es el buque insignia de la armada colonialista de los imperios del mundo porque permite explotar los recursos humanos para que a su vez se exploten los recursos naturales, pero el proceso de tutela y control de la mano de obra la establece primero el marco normativo. El capitalismo no tiene capacidad coercitiva directa sobre las personas, no puede imponer el trabajo y sencillamente no existe en aquellos territorios o épocas con un Estado disminuido. Es la coerción de las leyes diseñadas a controlar a la población para su posterior explotación; el tándem Estado-capitalismo, y en ese órden, el origen de las guerras, de la pobreza, de la desigualdad, de corrientes de pensamiento como el feminismo. Y, por regresar al texto, el resultado de todos estos procesos, de guerras y divisiones, son personas, seres humanos damnificados, de muy distinta forma, y no sólo mujeres. Cabe apuntalar que en la actualidad además los ejércitos como el estadounidense están formados por docenas de miles de mujeres que imponen la voluntad legal y asesinan a otros varones y mujeres. Quienes denostamos este tipo de reclamos feministas aún estamos esperando a que el propio feminismo se acuerde de este hecho y reconsidere su posición hacia los conflictos armados, bien desheredando de su calidad de mujer a las militares o bien reformulando de una vez toda su parafernalia pueril.

Denunciamos la justicia patriarcal que no nos considera sujetas de pleno derecho.

La justicia patriarcal (sic), o en consonancia con el nuevo ánimo de segregación y control de los sexos debiéramos decir neopatriarcal; la justicia moderna, por ejemplo en España, considera a la mujer sujeto de más derecho, lo que significa que eleva la consideración del sexo como distintiva sobre la legislación a implementar. Existe un Ministerio de Igualdad, eufemismo muy corriente en el lenguaje feminista que, en realidad, quiere decir Ministerio de la Mujer. Además, por oposición, es el varón el que ha sido, dentro de esas mismas reglas de juego, despojado de ser sujeto de pleno derecho cuando en numerosas ocasiones está obligado a probar su inocencia y no a ser probado culpable. Ser varón en la actualidad es un agravante penal, pues un mismo delito será juzgado por los Tribunales de Violencia de Género, si lo comete un varón contra su compañera mujer, mientras que el mismo delito cometido por una mujer contra su pareja varón será juzgado por los tribunales ordinarios. En definitiva, el manifiesto es un dislate sin el más simple arreglo al mundo de la realidad.

Exigimos ser protagonistas de nuestras vidas, de nuestra salud y de nuestros cuerpos, sin ningún tipo de presión estética. Nuestros cuerpos no son mercadería ni objeto, y por eso, también hacemos huelga de consumo. ¡Basta ya de ser utilizadas como reclamo!

Exigimos también la despatologización de nuestras vidas, nuestras emociones, nuestras circunstancias: la medicalización responde a intereses de grandes empresas, no a nuestra salud. ¡Basta de considerar nuestros procesos de vida como enfermedades!

Una huelga de consumo, en el mejor de los casos, conduce a un consumo responsable, a repensar los hábitos de nuestra existencia urbana, pero el capitalismo se recicla precisamente con estos arreglos; utiliza las corrientes de pensamiento dominantes para aventajar el futuro y predisponer las bases de la explotación venidera, he ahí la explosión del mercado ecológico, verde, de etiqueta ‘salvemos el planeta’, por ejemplo. La única forma de hacerse protagonista de nuestra vida es primero comprender el alcance tan futil de nuestras acciones ante la ominosa dominación interdimensional, política, cultural, de la voluntad y del pensamiento que nos sobrecoge. Máxime en una situación tal que una huelga, un elemento harto utilizado por el poder como válvula de escape, como disidencia controlada. No existe compromiso en la huelga para el sistema porque el propio sistema posibilita la huelga. Ni Estado ni capitalismo pierden con ella, es más, ganan en aprendizaje de las pulsiones sociales del momento. Con el intento de asamblearismo del 15M el poder ha sabido encauzar la inquietud de la juventud y les ha confeccionado un partido político a medida, Podemos. Los ejemplos de estos procesos se repiten a lo largo de la historia pero también son observables en el presente. Por comentar este último párrafo, la medicalización de la vida responde, en primera instancia, al Ministerio de Sanidad, que dicta su existencia y su función y después traza lazos con la gran empresa farmacéutica para el lucro de ambos. O, si se quiere, a la responsabilidad estatal de firmar tratados de calado internacional (OTAN, UE) que luego obligan a implementar sus políticas en temas como la psiquiatríaEl capitalismo aprovecha la coyuntura de la regulación normativa contra el sujeto para generar numerario y reinvetirlo a su vez en la potenciación de la dominación estatal-capitalista. La única sanidad que promete un hospital público-estatal es la que pase por el aro de los avatares de su tiempo, no la que mejor y con mayor sabiduría sepa tratar una dolencia humana. Por tanto, la única forma de despatologizar la vida es sacarla del control estatal, misión harto dificultosa pero que merece tenerse en cuenta para por lo menos no caer en la ramplonería y ñoñería feminista que de nuevo identifica verdugos con liberadores.

14 de abril: contra la fiebre republicana

Cada 14 de abril hay que soportar a quienes rescatan del pasado a conveniencia los sucesos que configuran la mitología moderna sobre nuestra historia. Hay que hacerlo, soportarlo, demasiado más a menudo, pero la incidencia sobre esta fecha, 14 de abril, como la conmemoración de la II República, es uno de esos casos de especial importancia para comprender el alcance de estas investigaciones interesadas.

El mito de la II República democrática, benévola, paritaria, moderna y, en fin, libre, no sólo es de buen rédito para los grupos políticos y organizaciones republicanas sino para el conjunto de los intereses estratégicos del poder. Este reducto de paz en los estertores del virulento siglo XX es la Ítaca particular del progresismo español, que fabula sobre su existencia de la manera más tramposa y parcial. Según este cuento, por una suerte de movimiento revolucionario espontáneo, Madrid escucha un eco venido de las montañas en el Norte y se autoproclama republicana el 14 de abril de 1931,  desafiando las armas de la temible monarquía. La concentración en la Puerta del Sol, por arte de magia, no es represaliada, como tampoco lo es el discurso enfrentado de Francesc Macià en Cataluña, sucesos a los que les sigue el izamiento rebublicano, todo lo que supondría, de provenir de una verdadera pulsión popular espontánea, una amenaza al orden social constituido.

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Lo que resulta de un análisis objetivo de los hechos es que la II República fue un régimen continuista de las dictaduras militares previas en el que la configuración del Estado no cambió en lo sustancial. El ejército no combatió el cambio de nombre de régimen debido, claro, a su anuencia (seguramente su propia gestión), algo que aún deben explicar quienes se creen que la voz del pueblo derrotó a unos tanques bélicos que jamás salieron. Hoy se sigue defendiendo que la monarquía había perdido su base social, algo que jamás había tenido, si no contamos, claro, con la minoría de urbanitas (en 1930 menos del 20% de la población del Estado vivía en núcleos de más de 50.000 habitantes) cuya vida había sido ya entregada a los avatares del progreso más obtuso y su modo de vida asalariado había hecho mella. Siendo así, lo que se descubre es que la II República fue la república de la oligarquía burguesa, empresarial y estatal, no sólo con desprecio sumo de la opinión de las clases populares sino con su represión policial. Esta II República fue el nuevo nombre que tomó el Estado para modernizarse, debido a la crisis en la gestión que habían demostrado los gobiernos precedentes, incapaces de aglutinar una masa civil suficiente para desarticular la oposición popular al centralismo estatal. En definitiva, esta II República fue el último intento por canalizar bajo las directrices estatales el contento popular, y con él, su fuerza productiva. Fue primero un elogio a la modernidad, al liberalismo doctrinario, y como no podía ser de otra forma, fue después su imposición normativa, con el constitucionalismo como arma de doble filo y con leyes contra el interés comunal popular, como las sucesivas desamortizaciones terrenales. Este intento por convencer del bien moral del Estado moderno, con toda la ingeniería panfletaria recién horneada en Europa rendida a las virtudes de la República, mientras ésta asesinaba en la sombra al campesinado, cuando no sus propios miembros de gobierno se asesinaban entre ellos, no tuvo más salida que la contienda militar a la que se desembocó en 1936 como solución final para enderezar el “gran problema de España” que recoge Ortega: su naturaleza combativa y auto-organizada.

Las razones para la construcción teórica, ignorante, simplista y sencillamente falaz de este episodio histórico por parte de fuerzas políticas (algunas de las cuales estuvieron y siguen estando en la palestra) tiene una trascendencia insospechada. Sus intereses partidistas son más que satisfechos; en lo concreto, el elogio de la II República sirve para la consecuente demonización del régimen franquista, que de nuevo según la ortodoxia izquierdista fue el que vino a poner fin a la orgía democrática de la República. Pero es en este detalle, en el eterno dedo acusador sobre Franco (más que merecido, por otra parte) donde resulta, en los tiempos presentes, una estrategia política.

Lo que de un elogio delirante a la II República resulta es un igualmente irracional y fantasioso odio al franquismo. Y de este gran mal histórico deviene un culto por el parlamentarismo moderno (o huelga decir, por la Transición y la situación actual – no se olvide que con Franco existieron las Cortes franquistas). Así, la conciencia colectiva está hoy intervenida de manera plena bajo cuestiones que aparentemente no atañen al presente político, pero en boca de G. Orwell, “quien controla el pasado controla el futuro. quien controla el presente controla el pasado“. La demonización del franquismo, régimen repudiable en todo, tirano, antihumano y asesino, en ausencia de un abordaje objetivo en lo posible, justifica, en el mejor de los casos, el parlamentarismo moderno; en el peor, hace a la gente devota de nuestra situación actual ante un miedo inducido por la comparación por los horrores del pasado. En los hechos, la izquierda ha sido la principal fuerza política desde la Transición, tanto en el número de años en el gobierno como en la presencia entre ideólogos, artistas, profesores, etc., y esto se debe, principalmente, al gran acicate que supone el chivo expiatorio del franquismo, algo de lo que no presume la derecha, marginada a soportar los avatares del siglo XXI con la cabeza gacha.

Ha sido esta izquierda, principalmente, quien ha silenciado los crímenes cometidos durante la II República. Ha sido silenciado el carácter misógino de los primeros partidos republicanos, específicamente izquierdistas. Durante el régimen anterior a la República, la Dictadura de Primo de Rivera, existe una legislación específica que concede a las mujeres cabeza de familia un derecho de voto restringido de circunscripción local, hecho que tira por tierra, por cierto, toda la retahíla feminista sobre el sempiterno sometimiento de la mujer, pues existían mujeres en la ruralidad que gestionaban los asuntos familiares con sobrada eficacia. No es la II República quien concede el primer sufragio femenino, y ello, por otra parte, no es ninguna conquista, a sabiendas de la intervención panfletaria del voto. Antes de la concesión de dicho sufragio, el gobierno de la República eleva a Victoria Kent a la Dirección General de Prisiones, lo que subraya de manera pasmosa el interés real del feminismo de Estado. Hay que recordar que  Margarita Nelken y María Martínez Sierra, dos mujeres socialistas, se opusieron a la concesión del sufragio universal femenino debido al temor en los resultados, lo que exhibe, por un lado, el eterno arribismo de la politiquería en detrimento de una defensa real de valor alguno, y por otro, la colaboración de las mujeres en el patriarcado civil. Llegado este sufragio femenino, el censo menospreció a una gran parte de la población en pequeñas comunidades rurales, y además, dio la victoria a la derecha, lo que enseña la opinión que la izquierda le merecía, en general, a la mujer. Esto choca con la invocación feminista actual, sobre todo desde la izquierda, del progreso femenino republicano. Se ha dicho que la victoria de la derecha tras el sufragio femenino se debe a que la mujer vivía, en su mayoría, amaestrada bajo los preceptos católicos, lo que es en sí una muestra de machismo insoportable, dando a entender que las mujeres no eran capaces de pensar por sí mismas, pero el varón sí. Más bien, el giro a la derecha de 1933 se debe al rechazo explícito de toda la política implementada hasta la fecha por los gobiernos de izquierda, que atentaba contra las formas de vida tradicionales, asentadas en su mayoría en la horizontalidad y el apoyo mutuo. Los sucesos de Villa de don Fadrique exponen como las mujeres se elevaron en armas contra la República ante una ley que les prohibía trabajar en igualdad con los varones, resultando en una masacre por parte de la policía socialista. Es interesante, más que el carácter represivo del gobierno republicano, algo de sobra conocido, el motivo de la insurrección y la cooperación entre hombres y mujeres por la defensa de intereses comunes. Un año después, esas mujeres fueron llamadas a las urnas y, una vez discriminadas quienes negaron asistencia, no en vano numerosas, la mayoría de quienes otorgaron el voto seguramente se decantaron por un cambio en la dirección de la República.

No se puede olvidar así, tampoco,  la faceta policial-militar armada del gobierno que, no en vano, declaró el estado de sitio, alarma e incluso guerra en numerosas ocasiones en el periodo 1931-36, con la consecuente suspensión de las garantías constitucionales que de tanto se hace gala, un hecho que decisivamente enuncia el carácter dictatorial-militar de la República. Esta izquierda para nada quiere recordar las recurrentes huelgas que se produjeron durante estos 5 años de régimen, que bien demuestran la mala disposición y no la buena que se instaló en muchos ámbitos laborales. Sólo les cabe un comentario positivo, claro, para la brutal escolarización que acometió el régimen, especifica y curiosamente para las edades 5-14 años, que convirtió los cuarteles militares en escuelas, bajo las que se intentó adoctrinar de manera feroz a los niños y niñas con vistas a un futuro integrador con el régimen. Si la estrategia hoy consiste en reinterpretar el pasado para acomodar una mentalidad determinada en el presente, en el pasado se intentó hacer lo mismo, y para ello, el mundo de la tradición era el enemigo contra el que calumniar. Mientras los manuales escolares rezumaban un anticlericalismo desmedido y, sobre todo, un antitradicionalismo feroz, los hombres y mujeres de Villa de don Fadrique fueron asesinados por la República por entender que las mujeres también podían elegir trabajar la siega.

La recuperación del 14 de abril es más que aleatoria. De todas las efemérides modernas, entre las que existen, de largo, otras que demuestran una cierta defensa de la libertad, su recuerdo año tras año ahonda la brecha en nuestra historia y, sobre todo, en nuestro presente. La fábula concluye: la Transición vino a recuperar, en una suerte de Renacimiento, el constitucionalismo republicano, ante el cuál siempre existirán las fuerzas de la barbarie, amenazantes, sólo combatibles bajo los preceptos parlamentarios.

El criterio cuantitativo del progresismo – Para una crítica radical de la izquierda (5)

Como directriz principal de todo el movimiento izquierdista, en su disposición histórica pero específicamente en los tiempos presentes, existe esta insobornable teoría de la cantidad, mediante la cuál se ordena toda la acción que el izquierdismo quiere acometer. Así es que todo el progresismo vive obcecado en la cantidad como factor edificante: más es mejor. Más gasto en políticas de educación conduce a una mejor educación; más gasto en la sanidad pública conduce a una mejor salud; etc.

Criterio-mecanicista-del-progresismo

Esta concepción se desprende, en realidad, de la noción de que más Estado de Bienestar es mejor. El apaciguamiento y conservadurismo que ha sufrido la izquierda es tal que sus proclamas reaccionarias ya sólo caen en la demanda de mejores prestaciones sociales, en detrimento, como olvido absoluto, de la calidad de los servicios y, específicamente, de la calidad de las personas. Cuando en el pasado el movimiento obrero constituyó una cierta realidad enfrentada al interés del Estado, hoy día la izquierda ha desnaturalizado todas las luchas segregadas y las integrado en su cosmovisión productivista, mecanizante y anti-espiritual.

La naturaleza izquierdista es de tipo racionalista. Comparte con los ilustres enciclopedistas del siglo XVIII la negación de toda realidad suprasensible, postracional o en definitiva diferenciada del cálculo y medición científicos. No en vano, como derivado de la teoría política liberal, procede del positivismo racionalista, en lo que podría considerarse una vulgarización de su cuerpo filosófico o una teoría aplicada. Su dominio es el mundo material, como única realidad considerada para la propuesta política. Por tanto, la cantidad es su única vara, la materia es su único mapa. Este cartesianismo es siempre legítimo como aproximación al mundo, como verdad parcial de la existencia que estudia nuestra forma verdaderamente física, siempre y cuando no se extralimite en su competencia; siempre y cuando su ciencia no niegue las otras dimensiones del ser humano ni las subordine como secundarias a la máxima de la fisicidad y sus recursos materiales.

Se dirá que un cuerpo teórico como la izquierda sólo puede funcionar en lo explicativo del mundo sensible, y que después cada sujeto debe inspeccionar en su interioridad las realidades espirituales y sensitivas. Esta es una crítica común en la actualidad; la izquierda ‘está ahí’, se dice; explica lo que puede. Se afirma que una teoría social sólo puede aspirar a construir la infraestructura física de una sociedad y luego los sujetos se ordenan personalmente en ella. Que considerar cualquier elemento espiritual en el diseño social constituiría los preceptos de algún fanatismo religioso. La benevolencia de la izquierda permite la construcción interior del sujeto, se repite. Pero la realidad es que la izquierda ha inundado estas interioridades subjetivas debido a que su marco teórico se ha expuesto como omniexplicativo y ha silenciado por omisión, cuando no por negación activa, cualquier consideración no-racional. El centro de gravedad que la izquierda tiene en lo cuantitativo ha transformado de facto la epistemología de quienes hemos nacido en su derredor y tras 200 años de existencia y actualización del pensamiento progresista puede observarse una obcecada negación de todo principio vertebrador de la existencia humana distinto al mecanicismo que le da origen. Esto ha sido producido porque lejos de existir como una simple teoría más, la doctrina liberal ha modelado de lleno nuestra forma de vida, modificando las estructuras sociales por imposición de mano de la razón de Estado, cuya máxima conquista ha sido la de las conciencias, un punto y aparte en la definición de nuestra integridad y que explica también por qué la izquierda ha descendido del mundo de las ideas hasta el fondo de nuestros corazones.

Lo que esto demuestra, en primer lugar, es que la infraestructura social juega un papel decisivo en la forma en que las personas miembro de esa sociedad desarrollan su conciencia. La prueba más evidente de ello es observar cómo hoy día la gente replica en alto grado la mentalidad productivista y cosista de la izquierda. Incluso camuflados bajo los eufemismos de la nueva izquierda, el decrecimiento o el ecologismo, la cantidad sigue siendo la regla. Es significativo el caso preciso del decrecimiento y toda la corriente de freno al consumo exacerbado, identificados con la nueva izquierda, que sencillamente ha cambiado la palabra “más” por “menos” en su conciencia del mundo, aún orbitando en torno a la materia y pasando por alto que el diseño que ellos proyectan, que es por lo general de un carácter estatalista, ultra-regulador y rotundamente moderno, con la implementación de tecnologías de vanguardia para gestionar en eficiencia los recursos urbanos; su diseño, será nada más que una continuación en la historia de la cantidad como dimensión soberana, y que mientras no cambie la esencia o calidad del proyecto político, toda dimensión espiritual seguirá sepultada por este despotismo ilustrado.

Elevar una cosmovisión a un dominio colectivo que considere las realidades espirituales del ser humano sin caer en una suerte de dogmatismo religioso es una tarea complicadísima. Hoy día lo que existe es, de facto, ese dogmatismo religioso, donde los salmos canónicos han sido reconvertidos en renglones cientifistas. Debe entenderse que no es que sea complicado sino imposible construir esta nueva visión más integral en el marco de las sociedades modernas, como por ejemplo quiere proponer la psicología transpersonal, que deduce que el progreso conduce de manera ineluctable a una especie de sociedad pletórica donde el espíritu será un nuevo valor en la escala del desarrollo. Esta escuela, apodada a sí misma psicología integral, afirma que la base material precede a la construcción psíquica, lo que es muy cierto. Esto mismo es, precisamente, lo que hace que dicha cosmovisión integral bajo los preceptos modernos sea imposible porque, como se ha visto, la liberación de dichas realidades espirituales depende de cómo los sujetos construyan su conciencia: si son exprimidos por el rendimiento del trabajo asalariado, por ejemplo; perturbados por el manejo del dinero, convertidos en sociópatas por la desnutrición de la convivencia en las grandes urbes; incluso determinados a nivel biológico, por la alimentación, la biopolítica o las medicinas; en definitiva, depende de cómo las personas somos educadas por la ineludible relación con las estructuras de la sociedad moderna. Por tanto, lo que se necesita es un cambio en la calidad de nuestro ordenamiento social, algo que sólo puede resultar en la reapropiación de la autonomía política mediante la gestión de ésta por la voluntad popular. Por supuesto, dicha corriente de pensamiento “integral” ignora la realidad de estas cuestiones y, viciada por el academicismo progresista, insiste en ver a nuestras sociedades como modélicas y más democráticas que las pasadas; identifica, como hace la izquierda, libertad de acción con libertad de pensamiento, y no considera la enorme presión que sufrimos hoy día por terminar pensando en los términos oficiales.

Sólo si la imposición política cesa puede florecer un panorama donde verdaderamente las realidades individuales subjetivas puedan florecer y ser compartidas sin que ninguna prevalezca como norma. En otras palabras, es sobre la libertad sobre la que se manifiestan las dimensiones espirituales libres del ser humano. En ausencia de aquélla, y en presencia de una tiranía no importa de qué tipo, la opresión cristaliza en estructuras sociales que terminan por invadir progresivamente la interioridad de los sujetos debido a su también progresivo perfeccionamiento. Precisamente por ello, el progresismo fue primero una cuestión ajena al pueblo durante el siglo XIX. Paso a ser una cuestión contraria, con una feroz oposición de las sociedades rurales que conservaban cierta autonomía en el pensamiento desprendida de una libertad de conciencia construida dentro de estructuras sociales más horizontales. Cuando dichas estructuras sociales cambiaron y las personas fuimos paulatinamente expuestas a los modelos sociales tipicamente modernos, la conciencia colectiva viró en favor del progresismo, hasta la actualidad, cuando ya nacemos expuestos al control sociopolítico y desde la infancia nuestra conciencia se moldea por varios medios, principalmente la escuela y los medios de comunicación. Así que sólo en las últimas décadas tiene pleno sentido el triunfo de la izquierda a nivel popular como teoría válida y deseada; una vez su germen cuantitativo ha sido inyectado en la conciencia colectiva mediante su implementación estructural a lo largo de los siglos.

Lo único que la izquierda puede prometer hacer es seguir alimentando la espiral de decadencia que conduce al ser humano a olvidar cómo pensar su propia existencia. Desgraciadamente, este proceso puede estar abonado con algunos pequeños cambios que sean vistos como mejoras según los criterios de vida modernos, lo que reafirma todo su cuerpo teórico y es precisamente la forma de supervivencia que el izquierdismo ha desarrollado como actualización, inclusión y verificación de su militancia a través de los años.