14 de abril: contra la fiebre republicana

Cada 14 de abril hay que soportar a quienes rescatan del pasado a conveniencia los sucesos que configuran la mitología moderna sobre nuestra historia. Hay que hacerlo, soportarlo, demasiado más a menudo, pero la incidencia sobre esta fecha, 14 de abril, como la conmemoración de la II República, es uno de esos casos de especial importancia para comprender el alcance de estas investigaciones interesadas.

El mito de la II República democrática, benévola, paritaria, moderna y, en fin, libre, no sólo es de buen rédito para los grupos políticos y organizaciones republicanas sino para el conjunto de los intereses estratégicos del poder. Este reducto de paz en los estertores del virulento siglo XX es la Ítaca particular del progresismo español, que fabula sobre su existencia de la manera más tramposa y parcial. Según este cuento, por una suerte de movimiento revolucionario espontáneo, Madrid escucha un eco venido de las montañas en el Norte y se autoproclama republicana el 14 de abril de 1931,  desafiando las armas de la temible monarquía. La concentración en la Puerta del Sol, por arte de magia, no es represaliada, como tampoco lo es el discurso enfrentado de Francesc Macià en Cataluña, sucesos a los que les sigue el izamiento rebublicano, todo lo que supondría, de provenir de una verdadera pulsión popular espontánea, una amenaza al orden social constituido.

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Lo que resulta de un análisis objetivo de los hechos es que la II República fue un régimen continuista de las dictaduras militares previas en el que la configuración del Estado no cambió en lo sustancial. El ejército no combatió el cambio de nombre de régimen debido, claro, a su anuencia (seguramente su propia gestión), algo que aún deben explicar quienes se creen que la voz del pueblo derrotó a unos tanques bélicos que jamás salieron. Hoy se sigue defendiendo que la monarquía había perdido su base social, algo que jamás había tenido, si no contamos, claro, con la minoría de urbanitas (en 1930 menos del 20% de la población del Estado vivía en núcleos de más de 50.000 habitantes) cuya vida había sido ya entregada a los avatares del progreso más obtuso y su modo de vida asalariado había hecho mella. Siendo así, lo que se descubre es que la II República fue la república de la oligarquía burguesa, empresarial y estatal, no sólo con desprecio sumo de la opinión de las clases populares sino con su represión policial. Esta II República fue el nuevo nombre que tomó el Estado para modernizarse, debido a la crisis en la gestión que habían demostrado los gobiernos precedentes, incapaces de aglutinar una masa civil suficiente para desarticular la oposición popular al centralismo estatal. En definitiva, esta II República fue el último intento por canalizar bajo las directrices estatales el contento popular, y con él, su fuerza productiva. Fue primero un elogio a la modernidad, al liberalismo doctrinario, y como no podía ser de otra forma, fue después su imposición normativa, con el constitucionalismo como arma de doble filo y con leyes contra el interés comunal popular, como las sucesivas desamortizaciones terrenales. Este intento por convencer del bien moral del Estado moderno, con toda la ingeniería panfletaria recién horneada en Europa rendida a las virtudes de la República, mientras ésta asesinaba en la sombra al campesinado, cuando no sus propios miembros de gobierno se asesinaban entre ellos, no tuvo más salida que la contienda militar a la que se desembocó en 1936 como solución final para enderezar el “gran problema de España” que recoge Ortega: su naturaleza combativa y auto-organizada.

Las razones para la construcción teórica, ignorante, simplista y sencillamente falaz de este episodio histórico por parte de fuerzas políticas (algunas de las cuales estuvieron y siguen estando en la palestra) tiene una trascendencia insospechada. Sus intereses partidistas son más que satisfechos; en lo concreto, el elogio de la II República sirve para la consecuente demonización del régimen franquista, que de nuevo según la ortodoxia izquierdista fue el que vino a poner fin a la orgía democrática de la República. Pero es en este detalle, en el eterno dedo acusador sobre Franco (más que merecido, por otra parte) donde resulta, en los tiempos presentes, una estrategia política.

Lo que de un elogio delirante a la II República resulta es un igualmente irracional y fantasioso odio al franquismo. Y de este gran mal histórico deviene un culto por el parlamentarismo moderno (o huelga decir, por la Transición y la situación actual – no se olvide que con Franco existieron las Cortes franquistas). Así, la conciencia colectiva está hoy intervenida de manera plena bajo cuestiones que aparentemente no atañen al presente político, pero en boca de G. Orwell, “quien controla el pasado controla el futuro. quien controla el presente controla el pasado“. La demonización del franquismo, régimen repudiable en todo, tirano, antihumano y asesino, en ausencia de un abordaje objetivo en lo posible, justifica, en el mejor de los casos, el parlamentarismo moderno; en el peor, hace a la gente devota de nuestra situación actual ante un miedo inducido por la comparación por los horrores del pasado. En los hechos, la izquierda ha sido la principal fuerza política desde la Transición, tanto en el número de años en el gobierno como en la presencia entre ideólogos, artistas, profesores, etc., y esto se debe, principalmente, al gran acicate que supone el chivo expiatorio del franquismo, algo de lo que no presume la derecha, marginada a soportar los avatares del siglo XXI con la cabeza gacha.

Ha sido esta izquierda, principalmente, quien ha silenciado los crímenes cometidos durante la II República. Ha sido silenciado el carácter misógino de los primeros partidos republicanos, específicamente izquierdistas. Durante el régimen anterior a la República, la Dictadura de Primo de Rivera, existe una legislación específica que concede a las mujeres cabeza de familia un derecho de voto restringido de circunscripción local, hecho que tira por tierra, por cierto, toda la retahíla feminista sobre el sempiterno sometimiento de la mujer, pues existían mujeres en la ruralidad que gestionaban los asuntos familiares con sobrada eficacia. No es la II República quien concede el primer sufragio universal femenino, y ello, por otra parte, no es ninguna conquista, a sabiendas de la intervención panfletaria del voto. Antes de la concesión de dicho sufragio, el gobierno de la República eleva a Victoria Kent a la Dirección General de Prisiones, lo que subraya de manera pasmosa el interés real del feminismo de Estado. Hay que recordar que  Margarita Nelken y María Martínez Sierra, dos mujeres socialistas, se opusieron a la concesión del sufragio universal femenino debido al temor en los resultados, lo que exhibe, por un lado, el eterno arribismo de la politiquería en detrimento de una defensa real de valor alguno, y por otro, la colaboración de las mujeres en el patriarcado civil. Llegado este sufragio femenino, el censo menospreció a una gran parte de la población en pequeñas comunidades rurales, y además, dio la victoria a la derecha, lo que enseña la opinión que la izquierda le merecía, en general, a la mujer. Esto choca con la invocación feminista actual, sobre todo desde la izquierda, del progreso femenino republicano. Se ha dicho que la victoria de la derecha tras el sufragio femenino se debe a que la mujer vivía, en su mayoría, amaestrada bajo los preceptos católicos, lo que es en sí una muestra de machismo insoportable, dando a entender que las mujeres no eran capaces de pensar por sí mismas, pero el varón sí. Más bien, el giro a la derecha de 1933 se debe al rechazo explícito de toda la política implementada hasta la fecha por los gobiernos de izquierda, que atentaba contra las formas de vida tradicionales, asentadas en su mayoría en la horizontalidad y el apoyo mutuo. Los sucesos de Villa de don Fadrique exponen como las mujeres se elevaron en armas contra la República ante una ley que les prohibía trabajar en igualdad con los varones, resultando en una masacre por parte de la policía socialista. Es interesante, más que el carácter represivo del gobierno republicano, algo de sobra conocido, el motivo de la insurrección y la cooperación entre hombres y mujeres por la defensa de intereses comunes. Un año después, esas mujeres fueron llamadas a las urnas y, una vez discriminadas quienes negaron asistencia, no en vano numerosas, la mayoría de quienes otorgaron el voto seguramente se decantaron por un cambio en la dirección de la República.

No se puede olvidar así, tampoco,  la faceta policial-militar armada del gobierno que, no en vano, declaró el estado de sitio, alarma e incluso guerra en numerosas ocasiones en el periodo 1931-36, con la consecuente suspensión de las garantías constitucionales que de tanto se hace gala, un hecho que decisivamente enuncia el carácter dictatorial-militar de la República. Esta izquierda para nada quiere recordar las recurrentes huelgas que se produjeron durante estos 5 años de régimen, que bien demuestran la mala disposición y no la buena que se instaló en muchos ámbitos laborales. Sólo les cabe un comentario positivo, claro, para la brutal escolarización que acometió el régimen, especifica y curiosamente para las edades 5-14 años, que convirtió los cuarteles militares en escuelas, bajo las que se intentó adoctrinar de manera feroz a los niños y niñas con vistas a un futuro integrador con el régimen. Si la estrategia hoy consiste en reinterpretar el pasado para acomodar una mentalidad determinada en el presente, en el pasado se intentó hacer lo mismo, y para ello, el mundo de la tradición era el enemigo contra el que calumniar. Mientras los manuales escolares rezumaban un anticlericalismo desmedido y, sobre todo, un antitradicionalismo feroz, los hombres y mujeres de Villa de don Fadrique fueron asesinados por la República por entender que las mujeres también podían elegir trabajar la siega.

La recuperación del 14 de abril es más que aleatoria. De todas las efemérides modernas, entre las que existen, de largo, otras que demuestran una cierta defensa de la libertad, su recuerdo año tras año ahonda la brecha en nuestra historia y, sobre todo, en nuestro presente. La fábula concluye: la Transición vino a recuperar, en una suerte de Renacimiento, el constitucionalismo republicano, ante el cuál siempre existirán las fuerzas de la barbarie, amenazantes, sólo combatibles bajo los preceptos parlamentarios.

 

El criterio cuantitativo del progresismo – Para una crítica radical de la izquierda (5)

Como directriz principal de todo el movimiento izquierdista, en su disposición histórica pero específicamente en los tiempos presentes, existe esta insobornable teoría de la cantidad, mediante la cuál se ordena toda la acción que el izquierdismo quiere acometer. Así es que todo el progresismo vive obcecado en la cantidad como factor edificante: más es mejor. Más gasto en políticas de educación conduce a una mejor educación; más gasto en la sanidad pública conduce a una mejor salud; etc.

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Esta concepción se desprende, en realidad, de la noción de que más Estado de Bienestar es mejor. El apaciguamiento y conservadurismo que ha sufrido la izquierda es tal que sus proclamas reaccionarias ya sólo caen en la demanda de mejores prestaciones sociales, en detrimento, como olvido absoluto, de la calidad de los servicios y, específicamente, de la calidad de las personas. Cuando en el pasado el movimiento obrero constituyó una cierta realidad enfrentada al interés del Estado, hoy día la izquierda ha desnaturalizado todas las luchas segregadas y las integrado en su cosmovisión productivista, mecanizante y anti-espiritual.

La naturaleza izquierdista es de tipo racionalista. Comparte con los ilustres enciclopedistas del siglo XVIII la negación de toda realidad suprasensible, postracional o en definitiva diferenciada del cálculo y medición científicos. No en vano, como derivado de la teoría política liberal, procede del positivismo racionalista, en lo que podría considerarse una vulgarización de su cuerpo filosófico o una teoría aplicada. Su dominio es el mundo material, como única realidad considerada para la propuesta política. Por tanto, la cantidad es su única vara, la materia es su único mapa. Este cartesianismo es siempre legítimo como aproximación al mundo, como verdad parcial de la existencia que estudia nuestra forma verdaderamente física, siempre y cuando no se extralimite en su competencia; siempre y cuando su ciencia no niegue las otras dimensiones del ser humano ni las subordine como secundarias a la máxima de la fisicidad y sus recursos materiales.

Se dirá que un cuerpo teórico como la izquierda sólo puede funcionar en lo explicativo del mundo sensible, y que después cada sujeto debe inspeccionar en su interioridad las realidades espirituales y sensitivas. Esta es una crítica común en la actualidad; la izquierda ‘está ahí’, se dice; explica lo que puede. Se afirma que una teoría social sólo puede aspirar a construir la infraestructura física de una sociedad y luego los sujetos se ordenan personalmente en ella. Que considerar cualquier elemento espiritual en el diseño social constituiría los preceptos de algún fanatismo religioso. La benevolencia de la izquierda permite la construcción interior del sujeto, se repite. Pero la realidad es que la izquierda ha inundado estas interioridades subjetivas debido a que su marco teórico se ha expuesto como omniexplicativo y ha silenciado por omisión, cuando no por negación activa, cualquier consideración no-racional. El centro de gravedad que la izquierda tiene en lo cuantitativo ha transformado de facto la epistemología de quienes hemos nacido en su derredor y tras 200 años de existencia y actualización del pensamiento progresista puede observarse una obcecada negación de todo principio vertebrador de la existencia humana distinto al mecanicismo que le da origen. Esto ha sido producido porque lejos de existir como una simple teoría más, la doctrina liberal ha modelado de lleno nuestra forma de vida, modificando las estructuras sociales por imposición de mano de la razón de Estado, cuya máxima conquista ha sido la de las conciencias, un punto y aparte en la definición de nuestra integridad y que explica también por qué la izquierda ha descendido del mundo de las ideas hasta el fondo de nuestros corazones.

Lo que esto demuestra, en primer lugar, es que la infraestructura social juega un papel decisivo en la forma en que las personas miembro de esa sociedad desarrollan su conciencia. La prueba más evidente de ello es observar cómo hoy día la gente replica en alto grado la mentalidad productivista y cosista de la izquierda. Incluso camuflados bajo los eufemismos de la nueva izquierda, el decrecimiento o el ecologismo, la cantidad sigue siendo la regla. Es significativo el caso preciso del decrecimiento y toda la corriente de freno al consumo exacerbado, identificados con la nueva izquierda, que sencillamente ha cambiado la palabra “más” por “menos” en su conciencia del mundo, aún orbitando en torno a la materia y pasando por alto que el diseño que ellos proyectan, que es por lo general de un carácter estatalista, ultra-regulador y rotundamente moderno, con la implementación de tecnologías de vanguardia para gestionar en eficiencia los recursos urbanos; su diseño, será nada más que una continuación en la historia de la cantidad como dimensión soberana, y que mientras no cambie la esencia o calidad del proyecto político, toda dimensión espiritual seguirá sepultada por este despotismo ilustrado.

Elevar una cosmovisión a un dominio colectivo que considere las realidades espirituales del ser humano sin caer en una suerte de dogmatismo religioso es una tarea complicadísima. Hoy día lo que existe es, de facto, ese dogmatismo religioso, donde los salmos canónicos han sido reconvertidos en renglones cientifistas. Debe entenderse que no es que sea complicado sino imposible construir esta nueva visión más integral en el marco de las sociedades modernas, como por ejemplo quiere proponer la psicología transpersonal, que deduce que el progreso conduce de manera ineluctable a una especie de sociedad pletórica donde el espíritu será un nuevo valor en la escala del desarrollo. Esta escuela, apodada a sí misma psicología integral, afirma que la base material precede a la construcción psíquica, lo que es muy cierto. Esto mismo es, precisamente, lo que hace que dicha cosmovisión integral bajo los preceptos modernos sea imposible porque, como se ha visto, la liberación de dichas realidades espirituales depende de cómo los sujetos construyan su conciencia: si son exprimidos por el rendimiento del trabajo asalariado, por ejemplo; perturbados por el manejo del dinero, convertidos en sociópatas por la desnutrición de la convivencia en las grandes urbes; incluso determinados a nivel biológico, por la alimentación, la biopolítica o las medicinas; en definitiva, depende de cómo las personas somos educadas por la ineludible relación con las estructuras de la sociedad moderna. Por tanto, lo que se necesita es un cambio en la calidad de nuestro ordenamiento social, algo que sólo puede resultar en la reapropiación de la autonomía política mediante la gestión de ésta por la voluntad popular. Por supuesto, dicha corriente de pensamiento “integral” ignora la realidad de estas cuestiones y, viciada por el academicismo progresista, insiste en ver a nuestras sociedades como modélicas y más democráticas que las pasadas; identifica, como hace la izquierda, libertad de acción con libertad de pensamiento, y no considera la enorme presión que sufrimos hoy día por terminar pensando en los términos oficiales.

Sólo si la imposición política cesa puede florecer un panorama donde verdaderamente las realidades individuales subjetivas puedan florecer y ser compartidas sin que ninguna prevalezca como norma. En otras palabras, es sobre la libertad sobre la que se manifiestan las dimensiones espirituales libres del ser humano. En ausencia de aquélla, y en presencia de una tiranía no importa de qué tipo, la opresión cristaliza en estructuras sociales que terminan por invadir progresivamente la interioridad de los sujetos debido a su también progresivo perfeccionamiento. Precisamente por ello, el progresismo fue primero una cuestión ajena al pueblo durante el siglo XIX. Paso a ser una cuestión contraria, con una feroz oposición de las sociedades rurales que conservaban cierta autonomía en el pensamiento desprendida de una libertad de conciencia construida dentro de estructuras sociales más horizontales. Cuando dichas estructuras sociales cambiaron y las personas fuimos paulatinamente expuestas a los modelos sociales tipicamente modernos, la conciencia colectiva viró en favor del progresismo, hasta la actualidad, cuando ya nacemos expuestos al control sociopolítico y desde la infancia nuestra conciencia se moldea por varios medios, principalmente la escuela y los medios de comunicación. Así que sólo en las últimas décadas tiene pleno sentido el triunfo de la izquierda a nivel popular como teoría válida y deseada; una vez su germen cuantitativo ha sido inyectado en la conciencia colectiva mediante su implementación estructural a lo largo de los siglos.

Lo único que la izquierda puede prometer hacer es seguir alimentando la espiral de decadencia que conduce al ser humano a olvidar cómo pensar su propia existencia. Desgraciadamente, este proceso puede estar abonado con algunos pequeños cambios que sean vistos como mejoras según los criterios de vida modernos, lo que reafirma todo su cuerpo teórico y es precisamente la forma de supervivencia que el izquierdismo ha desarrollado como actualización, inclusión y verificación de su militancia a través de los años.

 

París, estado de excepción

Por principio, la información institucional es falsa, porque lo institucional no responde a una exigencia de verdad sino a una necesidad de interés. Sólo si la verdad y ese interés coinciden, las informaciones aciertan en algo concreto, pero no como voluntad de verdad sino como conmiseración. Quien no entienda esto deposita una fe ciega en las instituciones y además ignora del todo la historia, que enseña lo inmisericorde de las relaciones internacionales y el abuso de la informaciónpropaganda. Quien sea consciente de ello quizás crea que el interés del poder y el suyo propio son compatibles y por eso lo avala. Es notorio que nunca podemos saber tal adecuación, ya que nunca conoceremos en detalle los verdaderos intereses institucionales, por lo que confiar en los mensajes mediáticos supone la mutilación de nuestra conciencia con toda certeza.

Siendo concretos y descendiendo a la estricta actualidad: es imposible conocer la autoría de la masacre de Paris. No se puede saber el origen del ISIS, quién lo financia, quién o qué lo impulsan. Nada más se puede trazar a brochazos un esquema de algunas cuestiones, al cotejar información con arduo esfuerzo, a sabiendas de que gran parte de la verdad permanece insondable para el común de los mortales, desquiciado y temeroso, creyéndose un Dios digital capaz de desempolvar una verdad que se filtra milagrosamente por la Red. La Era de la Información inocula a las personas esa ‘capacidad de saber’, que en la práctica es devoción ciega por fuentes ajenas. Sólo los resultados históricos, vistos en perspectiva, demuestran los intereses que en el momento en cuestión han movido el gran tablero de ajedrez de la geopolítica. Cualquier aproximación a la verdad del presente es arrogancia, principalmente porque la mayor parte de los documentos decisivos sobre las estrategias actuales permanecen clasificados en régimen militar, y también por lo ya mencionado sobre el interés de las informaciones que trascienden.

Lo que sí se puede hacer tras los acontecimientos de París es analizar el impacto social, las expresiones psicológicas personales y colectivas que florecen como consecuencia. En lo concreto de los hechos, Francia y todo Occidente han vuelto a invocar esta vez el mito de la Gran Amenaza Externa, ese gran mal que amenaza la fingida armonía y ética de los paraísos constitucionales. Por supuesto, me refiero, ha sido invocado desde los centros de poder, agregando un nuevo episodio, una nueva cabeza, a este gran monstruo concreto que nos toca vivir, que es el islamofascismo.

La realidad concreta de este islam radicalizado es completamente irrelevante para proceder a un análisis concreto de lo que de verdad ha ocurrido. Hasta la fecha: la muerte en París de más de un centenar de personas, tantos otros centenares de vidas truncadas y, como consecuencia que escapa de la concreción de los allí presentes y alcanza a todos, la justificación de políticas policiales y la exhibición de la omnipotencia del Estado. Con motivo de la masacre, el Estado francés decretó el estado de emergencia para la próxima semana y siendo extensivo durante meses.

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El ensayo del ‘estado de emergencia’, estadio plenamente constitucional que consiste en una suspensión progresiva de las prerrogativas civiles (hasta llegar al estado de sitio, donde el ejército hace visible su control total de la sociedad), bien demuestra lo absurdo del constitucionalismo en términos absolutos. Su decreto sólo es asumido por la sociedad ante la necesidad visceral de una gran amenaza debido a un miedo noqueador. Interesada o no tal amenaza, lo importante es que la constitución ampara su propia anulación, y así hace que reluzca su naturaleza: todo régimen constitucional es una dictadura militar. Si la historia del constitucionalismo contemporáneo es corta, más lo es la historia de los estados de excepción y sitio, muy pocas veces practicados. Es muy posible que su decreto constituya todo un ensayo de ejercicio de poder y que su mandato se aproveche para reajustar fallas institucionales, especialmente en terreno militar, con nombramientos y destituciones sumarias, presupuestos inflados por exigencias del guión, desarrollo e implementación de nuevas ingenierías de guerra (como sucedió en Irak tras el 11/s), etc. Estas maniobras de urgencia también se utilizan como tributo o como exigencia de pago en la geopolítica internacional, para balancear alianzas (la presión de los acreedores sobre los deudores del PIB), redactar tratados de derecho internacional según nuevos vectores, amén de toda la reorientación que sufren grandes generadores de opinión como Naciones Unidas en sus diferentes cumbres futuras (tratados por la paz con neolenguaje bélico: yihadismo, ciberteorrismo, etc., así como el acuerdo internacional por legislar en materia común).

No se puede menospreciar la cuestión macroeconómica, que sufre de una volatilidad atroz tras la militarización institucional. Conviene ver que en todo momento el Estado mantiene una estrategia de guerra, pues ésa es su naturaleza; la diferencia radica entre un estado de guerra latente o beligerante, y los estados de emergencia y sitio son la ceremonia inaugural de toda maniobra agresiva. A mayor protagonismo militar, la estrategia del estado se torna bélica, de guerra, y como es sabido, toda guerra es una gran empresa. El decreto de un estado de emergencia a la luz de acontecimientos de este calibre es considerado todo un símbolo fetiche para el mercadeo internacional, en la actualidad eminentemente bursátil, y no en vano, a comienzos de semana tras los atentados, las empresas armamentísticas cotizaban al alza.

Como siempre, el foco de atención ha sido desviado de las cuestiones decisivas, y a fecha de hoy insiste en querer poner rostro a los asesinos. Mientras tanto, toda la arquitectura estatal muta, como algo ajeno a las personas pero siendo la matriz que las ordena, en lo que es un olvido fatal de nuestra condición presente. Por supuesto la existencia de esta realidad, la sumisión a la política de Estado, no es algo exclusivo de estas ocasiones: ocurre siempre. Pero es en estos momentos, gracias a lo implacable de los estados de emergencia y sitio, cuando es más evidente su naturaleza. El Estado de Derecho se desvanece como un mal sueño y resuena hueco cuando sale al frente la quintaesencia del poder, y su señuelo, la Constitución, de repente tiene condiciones. Este es sin duda un gran momento para hacernos conscientes de ello.

El asesinato en masa dentro de las fronteras occidentales funciona de catársis para la aceptación de un estado militar protector, al menos durante los primeros momentos tras los hechos, mientras la opinión pública sigue visionando los vídeos caseros del suceso (quizás ya no confía en los vídeos de telediario, como si eso fuese una victoria), que contribuyen al delirio de la era digital, la imposibilidad de saber, que nos hace llegar a callejones sin salida, debatiendo sobre quién es el Estado Islámico o quién es responsable del mismo, ignorando de forma pasmosa los millones de informes confidenciales que nuestros estados de derecho permiten. La masacre funciona de embrujo; apenas nadie concede importancia al decreto de emergencia, y quien lo hace le concede necesidad o conveniencia. El miedo es el principal agente inmovilizador que agota la curiosidad por pensar el presente.

Culpar a Francia de sus negocios con Siria supone pisar un erial importante. El ejercicio militar está exento de rendir cuentas ante las poblaciones, principalmente porque se desconoce lo sustancial de sus acciones. Sus reportes son materia clasificada, su jurisdicción, específica y blindada. Los reporteros de guerra no tienen acceso a ningún tipo de documento logístico o estratégico ya que su divulgación está prohibida y los que acompañan a los militares (embedded journalists) nunca reportan acciones comprometidas; constituyen la democratización del frente, donde las maniobras de guerra son misiones de paz y los soldados son como un brazo armado de alguna ONG. Se desconocen los intereses de Francia y Occidente en Siria, por muchas evidencias que apunten a los combustibles u otros bienes, siempre secundarios ante lo imperioso de la estrategia entre estados. 

Si el ejercicio militar es silenciado e invisible, no lo són las políticas policiales, que son sufridas por los ciudadanos y que marcan las líneas de estrategia de control poblacional so pretexto de ser medidas de seguridad. Cada manifestación terrorista es buena excusa para implementar nuevas políticas invasivas, que bajo una lógica inocente permitirían localizar a un terrorista que consigue darse a la fuga y camuflarse, pero que evidentemente tienen otros usos de sumo interés para el Estado. A través de ellas se actualizan las estrategias de dominio, siendo en estos tiempos la ciberseguridad una prioridad. El rastreo de sospechosos yihadistas posibilita asimismo el conteo de disidentes en otros asuntos y estrecha la posibilidad de mantener actitudes contrarias a la voluntad del poder, mediante el empleo de tecnologías insospechadas y tremendas, teniendo en cuenta que hoy día el uso de la geolocalización, por ejemplo, está extendido al ámbito civil, siempre último reservorio del avance técnico.

En la actualidad no obstante la posibilidad de expresión es bastante amplia, cuando en el pasado el Estado ha buscado y perseguido a quienes mediante la palabra han comprometido sus intereses; pero en un futuro podría ser distinto, y evidentemente, la Policía está interesada en continuar elaborando listas de personas. Esa información por sí sola es poder. Por tanto, lo único que se puede sacar en claro del momento presente es cómo el Estado utiliza elementos desinhibidores de la libertad de pensar, como son el miedo y el acoso, para implementar nuevas políticas que persiguen objetivos que desconocemos pero ya tememos, mientras su estrategia militar permanece en secreto, a la vez todo ello que se dramatizan situaciones que invitan a pensar que la información que obtenemos nos pertenece y que podemos construir con ella una idea del mundo acertada. [Continuará]

Feminismo: el ocaso del grupo humano

La noción de que la violencia es una forma extendida de dominio entre hombres y mujeres, ejercida por lo primeros hacia las segundas, no importa si por una suerte de cuestión biológica o estructural, social, constituye los preceptos de lo que es en toda regla una ideología del odio. El olvido y, sobre todo, la negación, del amor que ocurre entre las personas en pos de una dominación que se abre camino no importa cuándo y dónde es un delirio intolerable que viola principios de convivencia y de humanidad que se manifiestan a diario ante nuestros ojos, que son en suma muchísimo más numerosos que los casos de efectivo odio y dominancia, y que silencia y elimina de la ecuación las causas reales de lo particular de una situación de sometimiento. Tanto como se culpa al capitalismo de ser el gran mal que construye un mundo de injusticias mientras se silencia el origen de la opresión, se cuenta que las mujeres son sometidas como único destino posible, bien porque son consideradas (bajo esa misma ideología) sujetos específicamente más débiles que sus compañeros, bien porque éstos son considerados agresivos y dominadores en lo relativo a su condición de varones (en lo estrictamente biológico) o en la forma en que esa virilidad se ha construido en sociedad. Esta mitología se despega de la realidad y postula sobre un comportamiento humano universal, atemporal y homogéneo, de subjetividad única; no importa quién, dónde y cuándo, si es mujer, estará potencialmente bajo la sombra.

La sociedad de las violencias que tenemos como entorno incita sin lugar a dudas a incorporar a nuestro pensamiento este tipo de teorías que nos hacen enemigos de nuestros semejantes. La exposición a la desconfianza generada por la necesidad normativa de asegurarse un interés particular genera más desconfianza, y estas teorías dan una fingida respuesta a cómo hemos de vernos los unos con los otros. El feminismo no es un acontecimiento casual de nuestro tiempo. Trascendido lo que sería su cuerpo teórico, como fenómeno sociológico debe entenderse así. Tiene, claro, varios significados. Era necesario desnutrir en lo más hondo (las relaciones afectivas) al grupo oprimido para que su lucha deje de enfocarse en su dominación más manifiesta y los grupos peleen en una guerra imaginaria. Además venía muy bien aupar al grupo femenino al horizonte de la producción identificando ésta con una liberación de las labores del pasado (por mucho que éstas fueran de una necesidad mucho más humana). Era necesario catalogar dos grupos, determinar sus diferencias de forma ortodoxa. En suma, es difícil determinar todas las causas que han derivado en una crispación tal y como la que existe hoy día entre los sexos, seguramente porque sólo la proyección histórica del presente alumbre en un futuro un gran motivo.

Una vez que olvidamos observar nuestro entorno como prueba más veraz de nuestro tiempo e incorporamos ideas salidas de otras realidades, nuestra conciencia del presente disminuye. Si estamos convencidos de que esas ideas no provienen casualmente de otras situaciones sino que han sido erigidas falazmente como sintomáticas de una supuesta dolencia común en lo particular de sus supuestos, resulta evidente que el imaginario colectivo que se construye tiene un rumbo establecido. La mujer ha sido ciertamente sometida como grupo en algún pasado (por ejemplo, tras la legislación civil de 1889 en España, que dictaba la sumisión legal de la esposa al marido), y lo es en el presente (por ejemplo, en el entorno de un fuerte patriarcado dogmático dictado por el poder islámico), pero tras una lenta observación y a modo de conclusión preliminar, para marcar un punto y aparte, se puede afirmar y yo afirmo que la Mujer no sufre de ninguna opresión como grupo en los países occidentales. A riesgo de ser polémico, conviene matizar inmediatamente. Por supuesto que la mujer, como individuo, sufre violencia, tan cierto como la sufre el varón, y este es el punto que hay que subrayar. No existe ningún marco legal, ningún imperativo normativo (que son los que primero socavan una diferencia) contra la mujer (de hecho la mujer sufre de sobreprotección legislativa en España y otros lugares, con la Ley de Violencia de Género, lo que es otro asunto). Hoy, el feminismo, como ideología ultraconservadora, como perpetuador, cuando lo es, de esta idea de dominación infinita, sobrevive aupado por un poder institucional descomunal repitiendo machaconamente que la mujer en España sufre de una opresión cultural, pues es evidente que no existe ley por sexo discriminatoria desfavorable al género femenino (lo que si ocurrió y ocurre en los ejemplos detallados).

La dominación cultural es la gran batalla del feminismo recalcitrante. El feminismo incide con más fiereza cuando identifica ciertos usos comunes, como el lenguaje, con una dominación cultural, porque asume premeditadamente que esas construcciones sociales se usan deliberadamente por los sujetos para desprestigiar o hacer sentir de menos a las mujeres, aunque en la mayoría de los casos, esos usos sólo son depositarios de una connotación violenta y no es propósito de la persona que los sufre o emplea esgrimirlos como armas de dominio. Como se ha visto, en el pasado se encuentran ejemplos de una dominación efectiva, más que como resultado de una activa agresión entre sujetos, como resultado pasivo de una legislación cruel sobre las personas que termina determinando actitudes cotidianas. De ese contagio surge efectivamente violencia, una cierta violencia hacia un género, tanto como surgen violencias transversales a muchos otros ámbitos de la vida. La especificidad de la violencia de género es una maldad que incita a medir toda forma de violencia como un deliberado intento por someter a la mujer. Este monstruoso gráfico que presenta Amnistía Internacional da buena prueba del estado de delirio en que se haya una mujer hoy día, casi obligada a creer en todos estos mensajes que la bombardean.

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A pesar de esa ausencia de voluntad de someter a nadie que poseemos una gran mayoría social a la hora de la convivencia, efectivamente la mujer puede sentirse oprimida, en parte por la carga residual que determinado elemento pueda contener como represivo, en parte porque sufre de una intervención de su conciencia casi insalvable hoy día. Amenazar, gritar e insultar a una mujer aparecen en ese gráfico como formas de violencia de género visibles, recubiertas con el peso de una cierta objetvidad, determinando que en una situación agresiva, el mismo acto del insulto verbal, la amenaza o la voz alzada tienen por objeto subyugar al otro sólo por el hecho de ser mujer y no por la cuestión concreta de esa disputa, que es en última instancia siempre su motivo. Las particularidades de situaciones de confrontación entre personas se suprimen y se exige que un varón siempre que insulte a una mujer lo hará porque la considera inferior y así estará ejerciendo una violencia no sobre la otra persona como individuo entero sino sólo a razón de su género. Este planteamiento, estrictamente estúpido y alejado de la experiencia que podemos observar; la experiencia no de otros, sino de nuestras mismas disputas, la forma en que, siguiendo el caso, discutimos con nuestros semejantes; este planteamiento, se evapora a la luz de la constatación de que, cuando discutimos, lo hacemos por una diferencia de opinión, no por un deseo de dominio.

Si esos tres primeros ejemplos resultaban escalofriantes, echar un vistazo a las formas “invisibles” de violencia de género da verdadero pavor. Según esta ortodoxia feminista, ya de alcance internacional, ignorar, culpabilizar o ejercer chantaje emocional sobre una mujer son actos que siempre se cometen como violencia hacia su género, y claro, siempre y sólo lo ejercen varones, pues una mujer chantajeando o ignorando a otra no comportaría una violencia sobre su propio género (?). La mención del lenguaje sexista, como ya se ha dicho antes, comporta esa idea nacida del mismo odio de que una persona desea activamente hacer sentir mal a la otra en el uso de estructuras aprendidas, por ejemplo en el uso del masculino plural para hacer referencia evidente tanto a ellos como a ellas. La cuestión de la conveniencia o no de nuestro lenguaje es un asunto interesante, pero atribuir una violencia sobre la mujer no por parte del lenguaje sino por parte de la persona que emplea ese lenguaje constituye un despropósito y una falta de presencia y empatía totales. Como colofón a esta radiografía de los machismos culturales, se expresa ese neologismo indescifrable que resulta ser “micromachismos“, que no tiene una definición cerrada y bajo el que caen, basicamente, todos aquellos comportamientos que una mujer detecte como dominadores. ¿Qué no detectará una mujer instruida en este tipo de decálogos de la violencia de género como potencialmente machista? Ya ocurre. Usos sociales desde el lenguaje hasta las formas más celulares de convivencia, como la familia, son objeto de violencia de género bajo estos planteamientos. Las publicidades son siempre machistas y el varón jamás está expuesto, cosificado. Los cánones de belleza son dominadores para ellas pero no para ellos. Las secretarias son señoreadas por el ejecutivo pero la mujer jefe emprende y emplea. La mujer es siempre objeto del agravio y la sociedad conspira activamente desde cada sujeto y no sólo desde las alturas para denigrar al sexo débil. Esta es la cosmovisión del odio, una que dibuja una sociedad orquestada desde arriba para oprimir sólo a las féminas a través, en estos tiempos, del entorno cultural, pero también que achaca a cada sujeto varón la culpa de la opresión sobre las que son sus compañeras. Los varones permanecemos ajenos a una dominancia cultural brutal, al parecer, y de sufrirla, no la sufrimos como una violencia sobre nuestra condición de género, sino según otros vectores.

Así de potentes relucen la gran contradicción y el sinsentido del feminismo actual. Mi opinión en cierto momento fue otorgar al feminismo cierta relevancia para cotejar cuestiones de género. Actualmente desposeo a toda corriente autodenominada feminista que suscriba estos principios de acierto alguno. Hasta la fecha, estos planteamientos me parecen completamente dañinos y no aciertan a poner en común soluciones; primero, no aciertan a identificar problemas reales, mas bien aciertan a despistar y embotar las mentes. En la actualidad de mi entorno afirmo que la mujer no precisa de una defensa de su género como grupo y sí precisa de una puesta en común con sus semejantes para atajar violencias que nos afectan como individuos indistintamente de nuestro sexo. Antes que nada, no creo en la Mujer como grupo, pues existen otras cuestiones sobre las que pivota nuestra pertenencia en esta sociedad (por ejemplo nuestros intereses horizontales, de grupo humano; nuestro rango de poder o capacidad adquisitiva). En este sentido el feminismo sigue fragmentando y planteando, cada vez con alcance más global, cuestiones que impiden esa puesta en común e implantan un odio visceral entre nosotros, ya casi en cada acto de contacto en la convivencia. También creí en que cierta corriente subalterna arrimada al feminismo supiera desentrañar una verdadera opresión femenina y supiera encontrar los problemas y proponer una lucha. Actualmente no; no creo que la mujer posea como grupo ninguna lucha concreta, pues ya he dicho que no creo en tal grupo. Cualquier división entre géneros y/o sexos en este punto del camino me parece una derrota abismal; cualquier organización destinada a salvaguardar intereses exclusivos, condenada a ser instrumentalizada para desgajar aún más nuestra capacidad de encuentro. En suma, cualquier corriente de pensamiento que detecte “asuntos de las mujeres”, ya se llame feminismo o no, me resuena incierta y errada en identificar problemas humanos reales y su libre planteamiento y existencia dentro del marco de la libertad de pensamiento serán utilizados para dividir y vencer.

Ciencia, totalitarismo epistemológico religioso

Es solo cuando cesamos de razonar y profundizamos en nosotros mismos, dentro de ese secreto donde la actividad de la mente esta en calma, que esa otra conciencia llega realmente a sernos manifiesta, aunque imperfectamente debido a nuestro prolongado hábito de reacción mental y limitación mental.

Sri Aurobindo, La vida Divina

El arte es el Árbol de la vida; la ciencia es el árbol de la muerte

William Blake

La Ciencia, con mayúsculas, es hoy esa gran deidad a la que se rinde culto desmesuradamente y la que ocupa el templo del conocimiento sensible del mundo. Dejando de lado sus derivados prácticos, que son los que construyen la modernidad y le otorgan ese toque de tiempo aventajado, mejor, digno (medicina, ingenierías, las máquinas etc.), se puede bucear en su ontología para intentar entender su significado social. Una postura antidesarrollista debe afrontar ese debate, el de cómo desentenderse o negar ciertos avances en los modos de vida modernos, que pueden llegar a salvarnos la vida. Pero dejando para otro momento ese interesante asunto, hay todavía mucho que decir sobre cómo esta Ciencia configura nuestro pensamiento.

Sus bases definen la ciencia como una suerte de sabiduría compartida con posibilidad de contraste en el mundo real. Pero como toda teoría fabricada ajena a las comunidades humanas, esto dista mucho de ser la realidad. Hoy día la ciencia es una suerte de conocimiento totémico que cae sobre la gente, un complejo sistema de axiomas y deducciones que se vierte desde los comités de super-expertos y que la gente está obligada a creer. En su origen, los fenómenos científicos más primarios son observables, datables. Es así como la ciencia obtiene su sacromanto de inviolabilidad. A partir de unas observaciones hechas por otras personas y en otra época, que una persona con mucha suerte podría ser capaz de reproducir, comprobar (salvando el abismo que separe a dos subjetividades distintas, las que tendrían esa persona intentando replicar experimentos del pasado y sus predecesores), la ciencia erige un pabellón teórico laberíntico donde las posibilidades de contraste se desvanecen. Podemos observar que el agua se congela a cierta temperatura, pero no podemos comprobar la fisión nuclear ni la teoría de la evolución de las especies (y aún así, deberemos creer que la solidificación a 0ºC es toda la historia del asunto). No muy avanzado el aprendizaje de cualquier ciencia deberemos delegar nuestra sed de evidencia a un cerrado círculo de académicos y eruditos, y debido a que todas esas derivaciones prácticas de la ciencia son las últimas líneas escritas hasta la fecha en sus diferentes campos, nos encontramos con un sistema epistemológico construido sobre la fe en todo lo que nos rodea.

Eso es así para el común de los hombres; lo que cree evidencias físicas o fenomenológicas no lo son, se le ha dicho que lo son, son evidencia para otros. Y si se visita un acelerador de partículas podría presenciarse algún evento singular, pero la realidad es que esas visitas son excesivamente escasas y poco importa que esos experimentos contengan verdad a la hora de valorar de qué forma se construye el conocimiento de los pueblos. En cuanto se despista este asunto y sólo permanecemos con la retahíla instaurada de que la ciencia es la redentora de nuestra ignorancia intempestiva, cualquier cuento es válido, incluso los que se adentran mucho en la senda de lo delirante a expensas de ser comprobados o verificados incluso por aquél comité de expertos (sin ir mas lejos, las teorías de Darwin o los dislates sobre qué hay en otras galaxias).

La experiencia humana, nuestra estancia en este mundo, es limitada, mientras que la Ciencia es voraz, totalizante. Nuestras naturalezas son contrarias; la Ciencia es una afirmación rotunda y el Hombre una interrogación. Incluso en los márgenes de la Ciencia, allá donde se abraza otro tipo de conocimiento del mundo, la Ciencia embota la mente debido a su persistente afirmación o negación, a ese permanente pronunciarse, que no deja a las cosas ser si no como fenómenos identificables. Es relativamente sencillo contradecir los argumentos cientifistas, los que pretenden explicar el mundo sólo en base a su propia ontología y los que niegan la validez de algún otro tipo de conocimiento. Pero sin necesidad de caer en el lenguaje de la razón y debatir sobre si este fenómeno es así o de la otra manera, se puede apartar el peso del argumento científico y recuperar otro tipo de conocimiento del mundo.

Un conocimiento paracientífico o alternativo resulta el conocimiento sensible. La ortodoxia científica establece que las subjetividades son homogéneas (es decir, son Una), que todo el mundo observa e interpreta de la misma manera los fenómenos, y que luego todo el mundo se entiende y puede poner en común los resultados desde un mismo nivel, lo que conduce a verdades cerradas y totales. El conocimiento sensible apremia la singularidad de cada sujeto y le apropia de un conocimiento único, que sólo uno mismo puede tener. El conocimiento sensible emana de la observación del mundo pero no basa su veracidad en la objetivación o comprobación de sus premisas para luego compartir los datos y llegar a acuerdos; interpreta la realidad del individuo e integra los datos recibidos por la observación junto con incontables agregados sensibles y espirituales fruto de la humanidad que llevamos dentro. El conocimiento sensible no busca la práxis, no busca el entendimiento horizontal, sino que se constituye como guía de uno mismo; las voces inadjetivables que llevamos dentro nos susurran en el lenguaje del alma, y así intuimos verdades. La Ciencia se enquista demasiado a menudo en debates irresolubles entre sus distintos integrantes; en cambio, este conocimiento intuitivo no busca ser comunicado, y de cierto modo, no puede serlo. En otro tiempo, en ausencia de la perfidia de los reductos del progreso (entre los que se hayan los sermones de supremacía de la Ciencia sobre todo otro conocimiento), la gente integraba la tradición con este conocimiento sensible y era un músculo más entrenado, mientras que hoy resulta casi ridículo defender esta otra epistemología. Por supuesto la Ciencia ha conquistado su trono en parte gracias a verter veneno sobre las realidades pasadas, insultando y ninguneando a las gentes de otro tiempo y afirmando que el progreso es posible gracias al alto nivel de acierto y verdad que ella como ciencia posee, ocultando que dicho progreso que vivimos es sólo posible debido a la configuración político-económica y nada tiene que ver la mucha o poca verdad de sus experimentos.

En resumidas cuentas, recorrer el sendero de la Ciencia nos aliena el pensamiento, pues su promesa inicial es su capacidad de contraste inscrita en el método científico, pero nuestro entorno está configurado por ciencias hiperdesarrolladas que se conjuran en las altas estructuras institucionales. Confiar en lo científico todo nuestro pensamiento, aparte de hacernos olvidar nuestra gran esencia espiritual, tan o más importante que nuestra presencia física, nos convierte en seres vulnerables. Nuestra integridad, por humana que es, no puede construirse confiando en un paradigma científico como principal motor. Es deseable la presencia de un conocimiento objetivable compartido, una ciencia propia, pero como mero diálogo social, como conexión humana, no como piedra angular de nuestro ser; algo sobre lo que vivir el aquí y ahora, un grado de acuerdo sobre el que charlar, construir y usar, pero sólo como arquitectura social, como andamiaje de las comunidades, no como sistema operativo de las mentes.

Se dice que hoy día la Ciencia ha desnutrido la inquietud espiritual de muchos, generando un gran nihilismo social, pero la realidad es que la fe se ha transmutado y ha abandonado los textos canónicos y se integra en una nueva visión del mundo cientifista donde el credo es la razón pura, la función estrictamente lógico-racional del conocimiento, que traducido a la existencia individual, tal y como se vive hoy día, bombardeados por infinidad de mensajes desde pronto, se convierte en un fervor por los sentidos, una confianza ciega por lo físico, con un repunte de la fe y no la experiencia como principal acicate y un neolenguaje centrado en negar a la sociedad su deriva religiosa. Si la Ciencia establece que lo observable es lo real, independientemente de nuestra participación en esa realidad, y más adelante establece sus propias observaciones (las de sus expertos) como principio para, por ejemplo, teorizar sobre la organización de partículas subatómicas, la realidad sobre la que se construye nuestro presente a nivel gnoseológico es ajena a las personas, y de ahí que la existencia o no de tres protones o cuatro en un determinado elemento tenga relevancia ninguna, bajo una serenidad mental suficiente, para cualquier persona. Especialmente así, la Ciencia se niega a si misma como modelo gnoseológico válido, pues sus observaciones no pueden ser experimentadas por la mayoría social, por el individuo, que es su promesa primera. La Ciencia sólo puede tener un sentido práctico, dominado siempre por la serenidad individual y observada como lo que es, una herramienta: no puede funcionar como clave de bóveda de un paradigma epistemológico.

Es en la riqueza de la intuición personal donde, independientemente del grado de error de nuestras aseveraciones, nos mantenemos auténticos, ya que el motivo del conocimiento no ha de ser siempre la Verdad como cajón estanco, finito y asible; la experimentación del mundo desde la contemplación intuitiva inicia en cada uno un camino de verdad superior, donde queda atrás toda la autoridad del microscopio, que por mucho que mire y detecte una cierta realidad tangible, no observa más que cáscara y polvo. En palabras de Aurobindo, ‘el Conocimiento aguarda asentado más allá de la mente y del razonamiento intelectual, entronizado en la vastedad luminosa de la auto-visión ilimitable‘, lo que significa que la verdad finita científica es deseable sólo para ser superada (“más allá”), pero no negada. En cambio, enraizarse con él, con el método científico, confina nuestra capacidad al suelo de la ortodoxia; nos impide ser autónomos en la construcción de Nuestra verdad y así impide un gran florecer personal que ocurre cuando se dejan de lado todas las certezas, por mucha evidencia que muestren. Insiste Aurobindo e insisto yo: ese ‘dejar de lado’ no implica negar su verdad relativa, sino precisamente relativizarla al ámbito de la razón. La molécula de agua puede estar formada por elemento hidrógeno y oxígeno, pero esa es sólo una parte de la gran verdad que trasciende ese descubrimiento; esa es sólo la observación más acertada hasta la fecha que la humanidad ha logrado dar en relación a ese hecho sólo como realidad física. Lo que existe entre ese punto y la aprehensión del fenómeno Agua en su totalidad es, indudablemente, un océano mismo. La Ciencia embota la mente y de forma muy sibilina impide la constatación de esta gran evidencia mediante la mutilación de la experiencia y la apropiación de la Verdad como exclusiva a su ámbito. El misterio insondable inherente al Agua y a cualquier otra manifestación de la existencia jamás será traducido a nuestro lenguaje mediante una observación cartesiana, y así, cualquier epistemología basada en estas pretensiones sólo puede ser un paradigma agresivo, mutilador, totalitario y antihumano.

En el sendero de la Verdad, muy al principio pero habiendo ya superado los ruidos de la ciencia, el lenguaje ni siquiera es apropiado y uno ha primero de prevenirse de seguir utilizándolo (y por ende,de lograr alguna suerte de Verdad final) y descubrir otros acercamientos más adelante en esa senda.

24M: Elecciones o liberación

Si algo demuestran las elecciones del 24 de mayo no es sólo la enajenación mental de un sector amplísimo y plural de la sociedad, sino una cierta incapacidad para pensar el mundo actual desde la individualidad. Todos los púlpitos han sido un éxito de afluencia, a pesar de haber descendido la participación electoral respecto a la anterior fiesta de la democracia. Declararse abstencionista proporciona una suerte de visión, la del observador, que no pertenece al partido, y eso ofrece ventajas a la hora de aprender de las situaciones. Claro que, no de forma inequívoca, pues entre esos millones de personas que no hemos ido a votar, hay muchas personas que no lo han hecho activamente, aunque para mi, sea su ausencia de los colegios electorales por pura pereza, es una suerte. Esto es así porque la participación en el juego electoralista te atrapa y te succiona el mismo juicio, te arrebata la noción de ser, especialmente en estas últimas urnas, donde un resentimiento de lo más mediocre es lo que ha motivado una gran parte del voto.

Tendía a pensar que el abstencionismo no suponía ninguna solución, ninguna ventaja. Que sencillamente retirarse hacia afuera del ruido ensordecedor del sistema era sólo un ejercicio vacuo e inútil. Pero tras hacerlo en repetidas veces, tras compartir momentos y opiniones con quienes lo llevan haciendo de largo, y sobre todo, tras observar la demencia a la que llegan las personas que se involucran muy a fondo en las elecciones, tras escuchar sus conversaciones, los juicios a los que llega su inteligencia; tras intentar debatir sanamente sobre mi libertad política y sus libertades políticas, al final, uno cambia necesariamente de opinión, y curiosamente, llega al extremo opuesto, a la defensa a ultranza del abstencionismo como arma política.

Para entender esto no hay que plantear la cuestión bajo la presión de ser posibilista, de brindar soluciones o que alguien las traiga. Cuando se abandona ese gran veneno que nos hace darnos de cabezazos con nuestra inmediatez más tozuda, se alcanza un umbral iluminado. Abstenerse no es una solución a nada. Las elecciones no son sólo un ejercicio de secuestro civil manifiesto, donde la democracia es pisoteada y la gente se afana en creérsela aún más; no son sólo un ejemplo de manipulación a gran escala y negación de la libertad de pensamiento, que ya es grave. Es que también, las elecciones son un mecanismo mediante el cuál el sistema se reafirma y penetra hasta el tope de nuestra conciencia desprevenida. Y es precisamente la constatación de que ésta nuestra conciencia es la punta de lanza de cualquier contestación posible lo que dirige la voluntad a querer depurarla al máximo de todo lo vertido sobre ella, de forma que todo aquello que empuje en la otra dirección, esa detestable fuerza centrífuga hacia las fauces de la bestia, debe ser abandonado primero para después poder ser negado.

Esto quiere decir que para poder negar activamente las elecciones, por ejemplo, primero hay que situarse fuera de ellas, fuera de toda su iniquidad, de toda su perversión. Esta constatación parece una obviedad pero a mi me ha dinamitado el pensamiento, me ha hecho entender los muros que antes contenían gran parte de una cierta contradicción. Bajo esta visión, el sujeto es el reservorio de la revolución, posible o no en un futuro determinado, y por tanto, en un orden adecuado, primero la conciencia, el sustrato sobre el que se edifica la inteligencia y la propia integridad, debe aspirar a ser lo más libre y pura. Apuntar a este orden es vital, pues de otra forma, todo el pensamiento dimanado de un sujeto dócil o entregado no puede florecer en un verdadero pensamiento divergente. Existe una necesidad de suficiencia de autodeterminación, por varias razones, primero, porque evidentemente el sistema inculca valores contrarios a la autonomía que impiden que las cosas se piensen de manera distinta, pero también porque en el propio ejercicio de querer ser autónomo la persona se eleva y se hace fuerte, y es que la hegemonía sobre sí pide exigencia. De hecho, esa vara de suficiencia no es cuantificable, como tampoco es un absoluto el ser autónomo, pues siempre habrá influencias subterráneas e insospechadas. Pero es increíble comprobar como el mero ejercicio de querer ser suficiente, que resulta en una fuga hacia los márgenes del sistema (y ojo, unos márgenes eminentemente mentales, del pensamiento, no necesariamente físicos) potencia muchísimo esa autodeterminación. Lo potencia más que quien por azar está menos imbuido en la maquinaria estatalista, pues el ejercicio de ponerse a prueba da fortaleza. Y mientras esto la da, votar la arrebata. Si se atiende a la naturaleza de estas elecciones, se observa que nada más se han vendido recetas, promesas prometeicas que restauren un bienestar destructor. La gente ha olvidado la autoexigencia sobre sí; acuden a mítines, aplauden palabras ajenas que creen de autoridad o con peso científico, ¡y todavía celebran la libertad! El santo ha sido transmutado en el politólogo, pero la devoción es la misma, la confianza en la resolución de problemas desde otro sitio, sin interferencia más que limitada en la vida individual. Esta situación es fruto de la trituración de la voluntad civil que ocurre en las sociedades modernas y no es congénita a las personas. Sencillamente es irreconciliable una actitud autodeterminista con un trabajo asalariado, por ejemplo. El ciudadano es ese nuevo eslabón humano que es votante, ya no creador; ni siquiera piensa ya en la libertad, no es un valor sustancial en su vida. Y a mayor grado de participación en las estructuras que están sepultando las capacidades humanas, más difícil será para las personas hacerse con las herramientas para elevarse y elegir sobre si mismos por sí mismos. Por tanto: el abstencionismo es un arma política en tanto libera al pensamiento de la estafa electoralista y no malgasta energía alguna en debatir sobre sus asuntos insignificantes.

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Y por tanto, es necesario potenciar todos los espacios que son vectores centrípetos, que arrojan las conciencias hacia afuera, pues como primer paso, no importa qué haya en ese afuera, ya que con una conciencia serena y autónoma la propia persona decidirá sobre ese nuevo lugar, y ese es el principio clave de toda una lucha a expensas de la libertad política. La autodeterminación entraña una complejidad inimaginable a una escala social y resulta imposible pensarla con acierto antes de que ocurra; pero si ha de ser, deberá ser así. Cada persona debe encontrar su lugar en el mundo, abandonando mentalmente toda la perfidia y la mentira con la que se amaestra. Las elecciones son un termómetro magnífico para medir la salud mental de la sociedad, y la proliferación de debates sobre sus memeces, si éste o aquél candidato es mejor, dan prueba de la grave situación del momento. Desde actividades extraradiales, con escasa conexión con la realidad de la mercadería política, como por ejemplo el arte, o sencillamente una vida apacible, es más fácil entender que todo el sistema es un teatro, es más fácil debatir sobre esos asuntos, un debate que muy difícilmente puede suceder entre quienes tienen hambre de votar. Por tanto, hay que buscar esos espacios de libertad relativa para desde ellos hacer emerger la necesidad de autodeterminación individual, un ejercicio de pueda conducir a negar activamente todo lo repudiable del sistema teocrático y fascista en curso, cuando ya se esté afuera, enfrente, al lado.

La izquierda es saqueo, depredación y colonialismo – Para una crítica radical de la izquierda (4)

En España, la propuesta fáctica de la izquierda en lo económico es animar el consumo para regenerar la economía. Tanto si se entiende esto como un anhelo por un regreso al cénit del hiperconsumo, habido aquí hace 10 años, o en alguno de sus derivados, como lo que vienen a significar las teorias decrecentistas (una reducción en la cantidad de la producción pero no un cambio en su mecánica), la izquierda nos conduce a una reafirmación radical de las formas de vida occidentales, que se basan en la explotación indiscriminada de las zonas con menos capacidad de competencia del planeta. La moral que la izquierda incorpora pasa por encima de miles de millones de horas de trabajo esclavo, de vidas enteras dedicadas a la producción para otros, una realidad por supuesto negada y ocultada a los ojos de su electorado, al que en cambio se le vende una retahíla insoportable sobre la solidaridad con el hermano y los derechos fundamentales del Hombre. La izquierda hoy día es una ideología despótica, cínica y antihumana, pues en sus formulaciones el factor humano es reducido a cantidad, a eficiencia productiva; pero no así sus seguidores, que en muchas ocasiones no son nada mas que personas con buena voluntad engañadas por una sofisticadísima trama. Así, hay que despersonalizar a la izquierda y aproximarse a ella como idea; estudiar sus propuestas estratégicas y sus consignas y evidenciarlas como amorales y destructivas. Ante tal evidencia la izquierda se desploma como posibilidad y toda su hipocresía reluce como su única esencia.

Para tal efecto, hay que entender que nuestras sociedades occidentales están construidas sobre la desigualdad en el mundo. Nuestro supuesto progreso como comunidades desarrolladas es sólo un delirio en el tiempo, que pronto se desvanecerá para dar paso a otra etapa en la historia. Por supuesto, nuestra capacidad de acción es limitada; cada uno habrá de discutir consigo mismo cuán grande o pequeña. Pero además de todo ello, ser conscientes de esto nos permite rechazar a la izquierda como idea de bienestar. Cada uno tendrá que debatir consigo mismo cuál es su papel como occidental una vez se comprende un poco más el gran engranaje de mundo moderno; pero independientemente de ello, y antes de cualquier conclusión, ello nos permite desterrar toda idea que mienta u oculte esta verdad, así como toda ideología que suscriba el credo ciego del progreso. Quizás no se trate de renegar enteramente de nuestro presente, quizás sí; cada uno deberá decidir. Pero ambas opciones permiten un rechazo frontal a todas las ideas que han hecho posible y perpetúan esta situación. Occidente utiliza todos sus recursos a su alcance para oscurecer los límites de su gran burbuja, de forma que apenas se mire hacia afuera; que si se hace, sea de forma tremendamente sugestionada y, ante todo, se intenta eliminar la sensación de burbuja. La izquierda en la actualidad niega la realidad exterior al bienestar occidental, cuenta un cuento fantástico sobre el atraso en otras regiones del planeta debido a la depredación capitalista multinacional (con lo que, de una, se niega a si misma como verdugo, y a la vez, les desea a esas otras zonas un buen porvenir una vez y abracen los axiomas del progresismo, pero no de otra forma). En suma, la izquierda pretende regenerar nuestras economías interiores perpetuando el colonialismo depredador (pues de otra forma no puede hacerse, no con un Estado central).

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La subjetividad occidental es una, concreta, muy particular de la historia y común a nuestras sociedades; no es un destino común a la Humanidad una vez se llega a cierto desarrollo y, por supuesto, existen infinidad de otras subjetividades, ahora mismo en otras zonas del mundo, y a lo largo del tiempo. La idea de ‘aldea global’, la universalización, mutila la manifestación humana y pretende hacernos pensar que todos compartimos nuestra interioridad, cuando lo cierto es que afuera de los límites del mundo occidental (afuera, en lo que de verdad es afuera) existen otros seres humanos. Esta constatación destruye el eurocentrismo y, con ello, toda su fiebre totalizadora, pues una vez nos descubrimos sin una suerte de destino único podemos alcanzar a comprender que todo lo que nos han dicho sobre la historia de la humanidad en relación al progreso y desarrollo de las sociedades es una versión edulcorada con el credo del progresismo. La izquierda engulle esta gran historia y prentende perpetuarla hasta el infinito, pues en sus soluciones prácticas sólo existen los genes de la desigualdad, el interés de sus élites, la mentira, la ocultación, esto es, el poder, el dominio y la desnutrición progresiva de las sociedades, so pena de venderles, al mismo tiempo, agradables promesas para incapacitar del todo al que se siente inconforme a encontrar otras alternativas que contengan soluciones reales.

La izquierda sólo intenta explicar algunas realidades colectivas de lo humano (como la realidad económica, aunque de ello sólo habla en lo abstracto y no desciende a lo concreto), pero es incapaz de contener en sus ecuaciones la subjetividad interior humana, lo estrictamente único y personal, que juega un papel decisivo para construir una comunidad de seres humanos. La izquierda sólo promete desdicha, pues niega al ser humano como integridad, sólo resulta ser una teoría especializada sobre asuntos colectivos pero que, a la vez, niega la necesidad de atender los asuntos interiores. En esencia, la izquierda niega al individuo, primero por obstruir la mente para pensarnos como totalidad y, después, por proponer las metas del hombre como algo inscrito en el signo del progreso, es decir, productivizar su actividad con vistas a un bien común general. Así, al no contemplar la subjetividad humana como decisiva, la izquierda no ve seres humanos distintos, sino que nosotros, los habitantes actuales de la sudamérica profunda y también nuestros y sus antepasados somos uno. El delirio izquierdista conduce a esa consideración sobre la existencia humana, rasa, plana y completamente irreal, que es la clave de bóveda del colonialismo. Así es que la izquierda, bajo su maquillaje de multiculturalidad, sólo encierra homogeneidad, mutilación y miopía. El colonialismo, esto es, la invasión y el saqueo, por supuesto no es sólo físico, sino también ideológico, una vez el sustrato material queda secuestrado. Tiene así un agregado más: el olvido más terrible del otro ser humano, esa otra generación o comunidad de personas que creemos podemos entender y a las que, claro, hemos de doblegar o si acaso convencer. Pero ni la más serena de las intenciones sobre la comunicación con otros puede sortear la constatación de nuestra abismal diferencia de conciencia, y la izquierda, sin ser especialmente diplomática o solidaria en ello, afirma que nuestra diferencia es identidad y anula toda diversidad por puro procedimiento reduccionista.

El bien común que propone la izquierda ni siquiera considera al sujeto como decisivo a la hora de decidir sobre el bien o el mal. El izquierdismo es un manto dogmático que cae desde arriba; bajo él, el ser humano merma indefectiblemente, pues su identidad queda relegada a cantidad, a producto, a abono.