El ecologismo imposible de Sudamérica

Después de dejar el viejo continente con la terrible y fantasiosa idea de encontrar algún resquicio de luz en las nuevas formas de emergencia habidas en Sudamérica, y llevando conmigo la idea de que el mundo occidental está avocado a la ruina (ambas dos, un coctel de desventura y esperanza que fue precioso como compañero de viaje al comienzo del recorrido), el desembarco en Sudamérica fue de facto un encontronazo con un insinuante pasado y un cada vez mas ennegrecido presente. El mundo latinoamericano surgió ante mi como un tremendo crisol de asuntos superpuestos, enlazados, y en una farragosa pero ambiciosa intención de analizarlo (a la vez que disfrutarlo), quise desmembrarlo, hasta donde fuera posible, y estudiar cada una de sus partes.

Uno de los puntos que más me llamaban la atención antes del viaje era el tema del ecologismo, la relación del mapa sudamericano con su entorno natural y las aspiraciones de sus integrantes para con éste. Lo cierto es que, como he dicho, comencé en viaje con un cierto pesimismo al respecto, y en especial en lo referente a este tema, a veces miraba por la ventanilla del avión, avistando aguas pocas veces sondadas del Atlántico, y pensaba qué tan pocos lugares ‘intactos’ aún nos quedan.

Mi primer contacto con Sudamérica fue la funesta, terrosa y demencial ciudad de Lima, un monstruo jamás sospechado que pronto descubrí como la enésima representación de la gran metropoli suadmericana, hermana de sus homólogas capitales de los demás países, de las cuales tuve la ocasión de conocer otro par de ellas, suficiente para ganarse mi desprecio como construcción artificial de la vida de sus gentes, muy a la par, sino más terrorifica por su contraste con la ruralidad, de la vida urbana europea. Edificada a la estela de la gran ansiada modernidad panoccidental, cuya huella está dibujada en una publicidad cuyos rostros humanos no son locales, y rezuma de las costumbres adquiridas (asalariarse, acomodarse y disfrutar del culto hedonista) cada vez con más desenfreno, Lima, con sus barrios clasistas y su diseño cuadriculado, pensando decididamente por tanto, me espantó.

Lima

Si bien mi viaje continuó con sorpresas mucho más agradables, un primer contacto así me sirvió para entender la vida urbana como una realidad inapelable al tipo de desarrollismo que los paises andinos no están por la labor de abandonar. De esto se desprende una primera y necesaria conclusión, que no suficiente, tiene otras tantas explicaciones añadidas: el ecologismo no es posible actualmente en la Gran Pachamama. 

Puede sonar atrevido, conjeturado, incluso privativo y categórico, afirmar que el afán de urbanización de los países sudamericanos es común a toda su población. Evidentemente, esto no es así, y existieron cantidad de ejemplos (no tantos) en mi viaje que así lo prueban, pero a nivel político resultó igualmente evidente que la gran aspiración populista, tramposa y desconsiderada es la vida urbana, representativa del adalid del ‘cambio’ para Sudamérica y su retraso con respecto de la modernidad acuciante occidental. Tal farsa está siendo llevada a cabo con una habilidad pasmosa en el manejo de las costumbres locales, trastocándolas y acomodándolas a la vida del urbanita atomizado, desolado y perdido en el asfalto, erigiéndose de ese modo monstruos como La Paz, otra imposible zona metropolitana con tantas implicaciones nefastas para el individuo. La ciudad, como constructo artificial tan desmesurado y sólo surgido como encuentro con el progreso vendido como desarrollo materialista, desola, expolia y abandona la vida rural, y obliga a la persona a adquirir un rol de servidumbre asalariada con oficios de dudosa necesidad y abundante sinsentido. No se puede, pues, menoscabar la concepción urbana a la hora de hablar de un verdadero ecologismo, pues ambos son incoherentes, no se pueden encontrar juntos.

Y, entrando al tema del ecologismo, tampoco se puede olvidar su historia como movimiento internacional de supuesta denuncia del maltrato a la Madre Tierra, una historia desagradable que, sirva de resumen, enseña que desde sus inicios, en los años 60, hasta ahora, no ha traído ningún avance, ninguna conquista. Es más, lo que nació como un movimiento casi contracultural de rechazo de la sociedad despreocupada de su entorno (aquel lamento casi hippi, de dudosa intención por tanto) se ha institucionalizado al completo (creía yo sólo en el mundo occidental, pero la cuestión sudamericana es terrorífica), vehiculándose a través del aparato estatal de forma trágica y naufragando, evidentemente, con sus claves de salvaguardar el medioambiente. Los proyectos ecologistas se han politizado asumiendo el Estado, primero como árbitro en su diatriba contra las practicas nocivas, para posteriormente acoplarlo como aliado en la lucha, a modo de Estado-redentor, protector y amigo de los animales, un matrimonio que anula la capacidad práctica del ecologismo, pues el principal enemigo de éste es el propio Estado. Así, el caso americano no es sino uno más, aún poco desarrollado pero con vistas al desastroso presente europeo (tal y como está sucediendo en China e India, por cierto, junto con Brasil, las grandes potencias emergentes en lo económico y militar -y en nada más), en el que el ecologismo, que en esta región brotaba con especial fuerza gracias a las tradiciones indígenas en parte conservadas tan arraigadas a la tierra, resulta falaz y demagógico, al vehicularse desde el Estado, sin cuestionarlo, adoptándolo como supuesta herramienta de acción. Ahí radica el cáncer del ecologismo estatista, que ha pasado de luchar contra el Estado a concebir que sin Estado no es viable, pues es el Estado el que debe emprender las acciones protectoras, como el reciclaje, la reducción de contaminación, etc, y no sus gentes, auténticas almas del problema, pues ni la contaminación, ni los monocultivos, ni la deforestación, aridificación y extinción de especies van a cesar mientras el Estado continúe. Buen ejemplo de estas premisas es el tan aplaudido presidente boliviano, Evo Morales, supuesto interventor en el conflicto indígena que vela por los intereses de estas comunidades. Evidentemente, esta cantinela de rufián charlatán ya no es creíble, menos a la luz de sus logros, absolutamente ninguno en favor de ningun indigenismo auténtico (sí, por supuesto, para aquél indigenismo vendido al progreso tecnócrata, consecuente abandono de sus ideales originales). La ‘cuestión Evo Morales’ es idéntica, en sus respectivos localismos, en los casos de Juan Manuel Santos, en Colombia, Rafael Correa en Ecuador o Dilma Rousseff en Brasil. El ecologismo aquí aplicado, la defensa de las tradiciones culturales, se ha colado en el discurso institucional, pervirtiendo su posible eficacia. Su estrategia es evidente: ganarse un hueco en la conciencia civil y calar con la idea de que basta con confiar en él, en el Estado, en sus instituciones, en sus tramposas y subsidiadas ONGs, en sus ministerios igualmente mantenidos con y para el dinero público; promover una especie de activismo institucional que no se cree nadie, con campañas publicitarias casposas y caras, ¿para qué? Para mantener un grado de conformismo civil consecuente con la labor del poder, hoy día, continuar con el expolio masivo de todo recurso o zona estratégica sin miramientos y sirviendo al capital.

La naturaleza estatal es voraz, pro-capitalista (incluso con supuestos discursos enfrentados, como el caso de la URSS) y desconsiderada, esto es algo evidente, indiscutible y obstinado. La vida del ecologismo como activismo útil no puede ser política, pues asume las reglas de un juego enemigo.

En Sudamérica, he tenido la oportunidad de conocer, también, la ruralidad. Salvando algún encontronazo de lleno decepcionante, (como el que tuvimos con una supuesta comunidad indígena -digo supuesta a la luz de todo- que, tras acogernos y comprometernos a colaborar y aprender con y de ellos, quisieron cobrarnos sus honorarios), algunos pueblos que nos acogieron nos enseñaron su costumbre, anclada en una tradicion inmóvil pero fértil en mucho. No obstante estas casi excepciones, habidas también como tal en occidente (las aldeas gallegas españolas, un gran reducto de la vida dedicada), me sorprendió mucho el ideal de muchas de estas comunidades rurales, que me reafirma en mi visión triste y pesada del presente americano. En general, el pacto que firmaba nuestro intercambio con estas comunidades era que nosotros, visitantes, promocionásemos su ciudad, su cultura, su tierra y sus atractivos geográficos, convirtiéndonos en turistas y lo que es peor, embajadores del turismo andino. Ésta es, sin duda, la nefasta visión del desarrollo civil que lleva a la ruina de la cultura, a la legislación centralista implacable con lo discreto de la tradición, y no obstante, ¡estaban convencidos de que el turismo era la salvación! Evidentemente, esto se enmarca dentro de la pobreza de recursos a la que estos pueblos estan sometidos, limitados por un gobierno sin vistas y constreñidos por el oligopolio occidental, que, como con África, ha impedido el aprovechamiento optimo de recursos locales. Ellos ahora creen que su unica oportunidad de ser autosuficientes es ganar en turismo, otra política de nuevo ecocida y tremenda, completamente incoherente con sus respectivas tradiciones ancestrales por cierto, pues de repente queda en evidencia que lo que tan bien conservan como un culto espiritual a muchas virtudes de la vida humana (la fraternidad, responsabilidad, etc.) va a ser sacrificado en pos de un desarrollo zoológico de necesidades materiales. ¿Qué es, entonces, lo que tan bien dicen querer conservar? ¿No se estará convirtiendo ese reducto patrimonial incaico en un decisivo objeto de atracción turística, embellecido a propósito por alcaldes y funcionarios pero en realidad ya poco practicado? 

Evo Morales y la bandera de los pueblos indígenas

Evo Morales y la bandera de los pueblos indígenas

La complejidad del asunto es inabarcable, y en casi dos meses de travesía he conseguido charlar con decididamente pocas personas locales de estos asuntos, pues la vida allí parece transcurrir en una apacible serenidad, sin miedos ni prisas. Quizás, antes de asomarse a las gargantas del infierno, en Europa también estuvimos así, confiados. Pero la cuestión ecológica se precipita, con un avance inquisitivo del desarrollo desconsiderado que ya es un hecho en zonas de Brasil y Perú.

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