La instrumentalización de la ilusión

 
Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano
G. Orwell
 

Seré conciso, porque verdaderamente no necesita mucha floritura el tema. Me desquicia y me aterra a partes iguales la cantidad de energía empleada inconscientemente en darle perpetuidad al sistema actual.

Me refiero, claro, a ese torrente infatigable de personas que creen están ofreciendo resistencia; a ese creciente número de gente que cree estar defendiendo en la calle lo que quiere. Me permito, sí, poner en severa duda, que las proclamas que se escuchan en manifestaciones, los gritos que sobrecogen a muchos por su cruenta urgencia, sean verdaderamente lo que la gente quiere conseguir. Es indignante (antes de considerar el evidente trabajo de ingeniería social) pensar que toda protesta ciudadana tenga por estímulo proteger nuestro bolsillo, que todo se reduzca a exigir que nuestras prestaciones materiales sean más eficientes que ayer y, desde luego, que jamás lo sean menos que hoy. Toda esa gente deslomada por proteger sus salarios, por reivindicar su derecho divino a seguir comiendo jamón y, cuando no, en los casos de verdadera necesidad, a recibir cuanto menos una mísera limosna estatal, ¿qué consciencia tienen de si mismos? Es espeluznante pensar que en el supuesto realizado de un Estado del Bienestar total (algo imposible por razones evidentes) las calles estarían vacías.

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Esto ocurre así, y lleva ocurriendo en España desde aproximadamente 40 años, desde que las manifestaciones en la calle son en general permitidas (y hasta subvencionadas). Lo humano y su defensa desenfadada en comunidad ha quedado reducido al primario y raso mundo de las formas, que si bien necesario, no tiene en sí mismo el distintivo de lo humano, y aspirar al mismo resulta en una degradación evidente en la gente, o por lo menos, en un techo bajo. No hay más que echar una ojeada a las aspiraciones de una mayoría aplastante en los regimenes ‘democráticos’ occidentales para evidenciar que el ser humano ha perdido su rumbo como tal y se conforma con pan y como mucho circo. Es sobrecogedor rastrear casi cualquier protesta, destripar el ímpetu que anima a la gente a vociferar con tanto desgarro: a todos y todas les mueve su enfado por que no se nos toque un duro.

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Bien, evidentemente esta generalización sirve para adentrarnos en el peliagudo y siempre oscurecido y aún opaco mundo de la psique humana, y más concretamente, en su relación innegable con los aparatos coercitivos y de propaganda del régimen. Cuando pongo en duda que todos esos reclamos sean genuinos en la gente es porque es evidente que han sido inducidos.

El ser humano, como tal, jamás ha reducido la totalidad de su actividad mas entusiasta en asegurarse sustento, y cuando lo ha hecho, por extrema necesidad (algo que el cómodo sofá de nuestro adoctrinamiento dificulta imaginar), se ha creado un mundo de sombras y nostalgias por una meta superior que nos permita trascender nuestra primaria calidad de cuerpos. También, evidentemente, esto es una apreciación personal, y habrá quien se sienta bien como mero receptáculo sensitivo y sólo como eso, pero lo que yo me permito cuestionar aquí es si este sentimiento generalizado de que sólo podemos aspirar a mejorar nuestro confort y aburguesamiento es propio de una mayoría tan distinguida de forma propia. Sólo a partir de esa deliberación podremos decidir si el dedo acusativo debe caer contra la voluntad popular o sobre quienes la han moldeado perseverantemente. Es decir, doy por hecho así que esta situación tiene un culpable porque es deleznable, penosa y lastimera, y además sin futuro, ni siquiera presente, pues su estupidez es tanta que genera situaciones irresolubles, como las que protagonizan gente verdaderamente arruinada que solicita un rescate a aquellos mismos que les han despedazado lentamente.

El evidente secuestro de las conciencias ciudadanas por los aparatos de poder tiene en el presente un resultado apocalíptico, verdaderamente demencial. El grado de histrionismo de la situación actual es tal que la gente ha pasado de enfrentar al poder, actitud honesta contra su detestable abducción perpetua, a luchar para él. La proeza del sistema actual es tal que ha logrado vencer sin enemigos. La suntuosa obra arquitectónica del Estado moderno es tan perfecta que es invisible. Su victoria reside en haber amaestrado a la gente utilizando el tiempo como factor debilitante, en una progresiva instrumentalización de todo lo humano a fines materialistas, y en haberse beneficiado de lo humano como constructo-en-construcción y débil en lo no-perfecto, en particular, en la peligrosa concepción de la libertad. Nuestro régimen actual ha logrado ensanchar sus muros tantos que nos son invisibles, y en este vasto océano acotado y teledirigido, nos sentimos libres.

Así, se nos ha dado esa sensación de libertad, basada en unas reglas de juego previamente redactadas, esto es: la libertad se basa en la libertad de acción, el libre albedrío o el desafío al destino.

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Si sólo hay una aproximación ateórica de la libertad, y esta experiencia está manipulada, nos encontramos en un callejón sin salida, pues el pensamiento crítico esta impedido y es muy difícil que florezca. El triunfo es total. Nos tienen en un cerco invisible ‘la mar de felices’, sin la mayoría sospechar que toda acción, toda labor como individuo y sobre todo como comunidad, está destinada a perpetuar a los diseñadores del vallado y al vallado mismo (pues, en ocasiones, me pregunto si acaso el vallado ha adquirido integridad propia, muy en contra de la típica letanía antiglobalization que habla de un clan de amos que dominan a conciencia el mundo). ¿Alguien recuerda la saga Matrix? Es desesperante como se ha podido banalizar tanto una obra tan acertada.

No olvidemos la cuestión a tratar: es terrorífico ver la cantidad de gente tremendamente capaz, fuertes y convictos y a la vez débiles en otro tanto, volcada por causas que desmerecen completamente dicho ímpetu. Es escalofriante presenciar reclamos públicos donde la gente se desvive por causas que le son ajenas, que ha asumido como norma, que necesita, y es igualmente escalofriante ver al sistema regocijarse en ellas, devorarlas, pues son su alimento. La opinión pública ha alcanzado un nivel de servilismo en la gente que, una vez se sientan cuestionados en sus peticiones, atacan, sin una posibilidad real de debate. Cualquier diálogo que provoque el sonrojo y evidencie el ridículo y raso discurso popular reinante, provoca la ofensa, la hostilidad, al quedarse sin argumentos y verse indefensos. Otra de las grandes debilidades (porque aquí es usada como tal) del ser humano,  no tener la fuerza innata por desapegarse de su ego construido en valores y proyectado en fines, y defenderlo como axioma de la propia identidad (defenderse a uno mismo), de nuevo a manos del poder para mantener todo bajo batuta.

La ilusión por la lucha está hoy instrumentalizada, está llevada a ser un mero eco que resuena en las cámaras del poder. La ilusión de confrontación perpetúa dicha falsa ofensiva, desviada, que no atina a poder contemplar el problema e intentar abordarlo. La vulnerabilidad de lo humano, siendo hábiles y fuertes en mucho y a la vez débiles en otras cosas, porque tenemos anclajes, traumas, debilidades genuinas, a los que no debemos ni tenemos por qué renunciar, nos ha hecho enemigos de nosotros mismos; nos ha hecho crear un sistema que, dirigido o no, nos está destruyendo (si acaso no nos ha destruido ya) bajo la promesa de redimirnos de un supuesto pasado siempre peor y más opresivo. La complejidad del sistema ha ocultado bajo el velo de la sutileza dicha opresión, y ha dado en encontrar la fórmula para aniquilar casi toda resistencia: eliminarse a sí mismo. Hoy día, toda la problemática social y política vehiculan la energía de la gente para sí, para intentar resolver una ecuación donde el verdadero problema no está expresado. Este gran ridículo es dificil de desenmascarar, pues casi todo el entorno comunitario conspira para no desvelarlo, sin olvidar la construcción del propio individuo, violada constantemente desde pronta edad para integrar su vida al gran engranaje.

Confío en que toda esa energía empleada de forma inconsciente en darle continuidad al sistema algún día consiga enfocar a su verdadero enemigo. Para ello mucho se puede emprender. Invocar el pensamiento crítico es primordial, para que en aquél lugar donde las campanas de la conciencia consigan sonar sobre el ruido idiotizante se celebre un paso positivo. Todos somos y hemos sido en esto, capaces e incapaces.

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