Apología del estado de opresión

Hoy, 12 de octubre, como cada año, como si la tradición pesase sobre la rutina y la realidad se hubiera fundido con ambas como un casamiento indisoluble (y el ordenamiento legislativo le rindiese pleitesía, claro) se celebra la fiesta nacional de España, cuya irrenunciable agenda resulta en desnudar la fuerza militar del Estado y pasearla por la vía pública.

Este funesto ritual debería subrayar por sí mismo el grado de histrionismo, parodia y farándula que sufrimos los españoles, al tener un sistema que prevé momentos así como una demostración de grandeza y totalidad de ‘la unidad de todos’. En cambio, tristemente, sólo sirve para subrayar el grado de empobrecimiento metal, embobamiento y mansedumbre de nuestra sociedad, que lejos de espantarse por la artillería pesada paseando campante como acontecimiento cenit del Estado (el que más, acorazado tras los falaces discursos pacifistas de repudia parcial a lo militar), se asoma al balcón en actitud de espectación ante el despliegue, en la más ramplona y servicial actitud pasiva imaginable (el que más, con el eslogan político de turno, siempre bajo la dicotomía también falaz del apoyo o la reprobación), trasladando su sofá de casa a las gradas de la Castellana.

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Las opiniones vertidas con causa este día siempre fracasan en dialogar con la verdadera naturaleza del acontecimiento, que no es otra que la cínica actuación del ente Estatal de exhibir su esencia intrínseca, la fuerza militar, a los ojos de quienes la sufren, los oprimidos, los pueblos. Que estos últimos se hayan aventurado en algún momento de los años recientes a vitorear a los uniformes verdinegros, cuando la apología del Estado gozaba de su mayor fuelle (lejos de haberse consumido, experimenta una reestructuración), comporta un nivel de desvergüenza por parte de los responsables de esta gran parodia difícil de concebir, a la vez que de nuevo saca a relucir la senilidad del momento. ¿En qué circunstancias la víctima profesa adoración por su verdugo? A mi sólo se me ocurren dos, a) en aquellas ocasiones en las que el aprecio sea convenido y, por tanto, fingido; o b) en aquellas en las que el verdugo se haya procurado desvestirse su traje y simular ser amigo o incluso redentor del martirizado. No hace falta evidenciar que en este caso presenciamos la insistente renuncia de la gente a su diligencia y estímulo (robados, aniquilados, impedidos) como tal y su ovación rezuma esclavitud ignorante. Prueba de ello es, este año, lo vehicular del acto respecto a las consignas ‘pro-soberanistas’ y a las enfrentadas, como si de este día emanase, con fragancia mística e insondable, la ocasión, bien para reivindicar la ‘unidad’ de España, bien para aprovechar para desmarcarse de ella; en cualquier caso, sin una verdadero conocimiento del asunto en profundidad. Es el propio ejército el que nos impide lo común y unitario que trasciende su calidad represiva, no sus distintas formaciones, rojigualdas o catalanas.

Quienes se atrincheran así bajo la sólida convicción de que el Estado nos protege, y realizan así sus necesidades de pertenencia, no son culpables de la tragedia, sino víctimas del empoderamiento de unos a costa de la voluntad del resto, pues su sinsentido no tiene explicación razonable si no se contempla un urdido plan de adoctrinamiento. Que el peso de la responsabilidad (y por ende, la culpa) caiga sobre quienes no han tenido la oportunidad de la libertad de conciencia y la libertad civil, es decir el pueblo como realidad social, es impropio de un abordaje estricto, certero y compasivo. Los cañones del Estado no dejan de apuntar sobre la conciencia ciudadana, y esta, como ejercicio de supervivencia, cae de rodillas y lleva adorándoles siglos.

Presenciamos el triunfo del Estado como la conquista de las mentes de sus individuos. Ante tal victoria, acaso irreversible, el poder se puede permitir ejercicios de paroxismo propios mientras provee asientos de primera fila para todos aquellos que deseen asistir, ‘libres en voluntad y apetencia’ al sometimiento de la conciencia colectiva.

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