Femen: feminismo totalitario

A raíz del inicio del movimiento autodenominado feminista Femen en España, hace ya unos meses, y ante el inminente protagonismo que parece va a tener en medios de comunicación gracias a sus acciones despampanantes, es necesario estudiar su ideario con mirada crítica y poner las verdades sobre la mesa.

Femen se autodefine como ‘feminismo radical’, en función, parece ser, de su acción, que consiste en ‘luchar contra el patriarcado en sus tres manifestaciones: la explotación sexual de las mujeres, religión y dictadura‘. Si entendemos esto por axiología, las premisas que se desprenden de aquí son evidentes: la mujer está sometida, infravalorada, por un patriarcado totalitarista y omniabarcante. Conviene advertir que, lejos de considerar esto un mero tópico, además de serlo (por su inmadura y acrítica asunción común a la que estamos acostumbrados), el movimiento no tiene un marco teórico definido al respecto, erudito, popular o no académico; se construye como un activismo de consigna, casi una performance, por lo que entonces es una contradicción que incorpore conceptos teóricos, por ejemplo el patriarcado (su motivo antagónico), evidenciándose así una pobreza de base sustancial. Si el patriarcado queda definido por ‘explotación sexual de las mujeres, religión y dictadura’, habrá que pedirle a las mujeres que deciden explotarse sexualmente, a las fascistas y a las católicas, e incluso a aquellas que no conciben ninguno de esos aspectos como definitorios del patriarcado o no se sientan sometidos por ellos, que nos aporten su visión del asunto, un dialogo que, evidentemente, Femen suprime, pues le interesa considerar sus premisas como dogmas indefectibles, denotando así su carácter totalitario.

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Si Femen no recurre al pensamiento, entonces sólo le queda la acción, y así se desvela, como mero movimiento representacional, que insiste en una acción llamativa, pintoresca, provocativa, para lograr la atención de todos los ojos y flashes. La desnutrición del pensamiento provoca que sus actividades naufraguen en un charco de incoherencias, boberías y escándalos de sinsentido, pues su mensaje no es un texto pensado y consensuado, o un acuerdo de ideas sin erudiciones pesadas, sino defendido sin debate, sin términos, como tótem de consignas. Las femen afirman que han copado los debates feministas y que, no obstante, han perdido la lucha en la calle (claro), por lo que dicen es necesario su acción en ella, y dado que desde aquellas tertulias no se les escuchaba, deciden llamar la atención poderosamente con el cuerpo como instrumento aliado.

Para Lara Alcázar, líder del movimiento en España, la mujer tiene algunos y muy distinguidos frentes abiertos, que pasan por promocionar un empoderamiento ecónomico de la mujer, con su ‘decisiva y emancipadora’ incorporación al trabajo asalariado en igualdad de condiciones respecto del varón, lo que en sí mismo desprecia la lucha femenina como tal, femenina, y concibe a la mujer como un instrumento servil al sistema del capital y de las leyes. Se llega así, sin sorpresa, a las consignas de los movimientos feministas que copan la ideología de género en el presente, los cuales desprecian a la mujer como feminidad y la condenan a un simple ejercicio de sumisión dócil, no distinto al ritmo frenético que la sociedad lleva en sí: el de convertir a sus gentes en sujetos productores desprovistos de identidad propia, sólo con el alivio de la identidad de grupo como sustento del almaFemen se incorpora así a la historia del feminismo tramposo y traidor, que lleva a la mujer a olvidarse de sí y adueñarse de causas que le son ajenas como persona humana para definirse. ¿Existe acaso un discurso elaborado, una mirada crítica con la feminidad? ¿Existe intención de reedificar la feminidad como energía, Eros, existe un pensamiento al respecto de la construcción de la mujer? No: subyace una consideración clasista de “la mujer”, y encima sólo insisten en enarbolar la feminidad como nueva conciencia sindicalista, a la que el Estado debe proveer protección con leyes bajo el contrato social. La noción de ciudadanía devora a la feminindadésta sólo se piensa en sus términos. La lucha contra el patriarcado es la premisa que se toma para justificar una reacción performativa, que termina por concebirse sólo en función de la relación de las mujeres con el poder. Además, considerar la violencia contra las mujeres algo estructural, como ellas hacen, y en general, toda la ideología de genéro reinante, es suponerlas a ellas seres débiles, inferiores y manipulados. Su discurso sólo conduce a la instauraicón de un nuevo patriarcado:  un neopatriarcado estatal, donde ahora en vez del marido,es el Estado el que vela por la mujer. La gran paradoja del feminismo es que es un movimiento misógino y  siempre sugiere algunas preguntas: ¿quieren una mujer que cambie de tutor o una mujer verdaderamente libre que pueda pensarse a sí misma? ¿De verdad pretenden terminar con el paternalismo generando otro nuevo? ¿Quieren a lo femenino liberalizado o liberado? Estas cuestiones son ineludibles en una lucha consciente de cualquier feminismo, y cuando no se contemplan, sencillamente se naufraga estrepitosamente. Es curioso, y a la vez habitual, observar cómo estos movimientos se autodefinen como liberadores, cuando, en realidad, conducen a una sumisión aún más honda, pues se anulan las energías de lucha de las mujeres al instrumentalizarse para dicho fin, resultando en mujeres que se sienten libres pero son siervas, el cóctel más peligroso a imaginar: aquél donde la lucha se agota.

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“Al sector ultraderechista conservador nazi no les gustamos mucho”, afirma Lara Alcázar, aserción que revela el grado de inconsciencia de su teoría de género. Esos mismos nazis, inmovilistas y dementes, conservadores de sus ideas e inquisidores de las mismas, son ellas mismas, como frente cultural totalitario, al negarse a realizar un abordaje crítico de sus bases y desproveerse de la fe ciega como única iluminación, y al imponer su visión de la feminidad (¡incluso a otras mujeres que no piensan como ellas!) como cualidad no distinta a la de ser ciudadano, servicial al poder vigente y en demanda sólo de legislación y hegemonía cultural.

Salta a la vista que, en realidad, lejos de ofrecer resistencia, ellas son las últimas aliadas del poder. Quieren acoplar a la mujer al capitalismo como lucha femenina en sí, sin cuestionarse si esto es beneficioso para la concepción de lo femenino, como categoría prepolítica, personal, íntima, de nuevo como dogma inducido, creído y profesado. Se manifiestan contra regímenes totalitarios musulmanes (cada vez menos, debido a la corrección política que impone el progresismo) y no conciben que su gesto de apoyo al poder, incluir a las mujeres al salario y asignarles un destino dentro de los márgenes de aquél, es justamente lo que el capitalismo desea, un poder que verdaderamente sí apoya la fuerza militar cuando es necesario. Por eso el Estado se dice ahora “feminista” y la gran empresa mediática las pasea por periódicos, medios de comunicación y demás gabinetes de adoctrinamiento, porque su ilusoria disidencia le ofrece la ventaja de jugar a su favor y a la vez simular un atentado, en palabras de Lara Alcazar, “antisistema”.

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