Las personas perdidas en el recuerdo

Se podría decir, sin entrar en profundidad científica, que nuestra memoria tiene una esencia atemporal, o por lo menos, es ajena a considerar el tiempo como línea del discurrir de las cosas. Cuando evocamos un recuerdo, somos conscientes de su estancia en pasado, en lo que fue; en cambio, al reconstruirlo, al intentar entenderlo, nuestra memoria desaparece y se erige nuestra Persona presente, nuestro Yo actual, quien se encarga de interpretar las visiones como si nosotros mismos, ese Yo actual, hubiese sido de facto quien estuvo allí. Esto implica nuestra indisposición a deshacernos de nosotros para interpretar algo, nuestra ingenuidad al considerarnos eternos en forma, una calidad del ego inmortal que se considera omnisoberano. Todo esto ocurre en un nivel inconsciente, algo que ha sido adoptado por la actitud mecánica de recordar sin entender.

Cuando miro atrás no me reconozco, y es acaso satisfactorio ver que cada ‘atrás‘ es una infancia que se abandona para florecer como nueva madurez, lo que advierte que la vida es un proceso de flujo, de transformación creciente y abarcante. El proceso se detiene en distinto momento y grado para cada persona, pero se produce, por lo menos, en esa necesidad fisiológica, el desarrollo de la niñez a la juventud y de ésta a la madurez adulta. En mi caso, tengo que reconocer que el asirme a la firmeza del presente, a su certeza, las convicciones que lo recubren; mi entendimiento del mundo, a fin de cuentas; eso, me atemoriza. Porque lo hice cuando fui niño, y me vi renacido en joven inquieto. Lo hice cuando fui joven inquieto, y me vi renacido en otra cosa. Y cuando fui esa otra cosa lo hice nuevamente, empujado por el principio de necesidad de empatía con las cosas, esa necesidad de conocimiento que nos hace obstinados con considerar nuestro universo actual la totalidad de la existencia. El conocimiento emana de un conociente y un objeto conocido, por lo que deviene, en este sentido, necesario el proceso de asimilación de un paradigma constituyente del conociente casual para conocer el objeto. La conclusión, por tanto, es necesaria: el conocimiento no existe como constante, sino como proceso.

Cuando desde aquí miro hacia allí, hacia atrás, no me conozco. El esfuerzo a hacer con el recuerdo, una vez advertida esta fechoría de la existencia, este regalo que supone cada nuevo parto como redescubrimiento de lo nuevo bello, es evitar traer el pasado al presente, e intentar volver al pasado. Cada cual queda solo con sus contemplaciones y su éxito o fracaso en el recuerdo de esas otras vidas. 

Jeanette A. Villarreal Kan / Trascendencia vital

Jeanette A. Villarreal Kan / Trascendencia vital

Para lo que aquí importa, en mi reencuentro con textos que escribí hace tiempo, me veo confuso, pues su validez se desvanece al albur de mis nuevas constantes, pero entiendo su validez casual, lo que llevó a forjarse su firmeza. Podría presuponerse que es liberador verse a uno mismo revisado, con contestación para uno mismo que eleve el nivel de certeza sobre las cosas. Pero el advenimiento de esas muertes sucesivas, su sospecha, inundan de incertidumbre los pensamientos, y hacen creer que incluso esa soberbia que protagoniza el joven al recordar al niño se disipe, pues quizás en lo sucesivo, sería admirable, en contra, que el niño permanezca niño en su verdad. Si de nada podemos estar seguros, luchando contra la ley fundamental del conocimiento egoico, que nos incita a caer en la tentación de la soberbia, tampoco podemos estarlo de estas averiguaciones. Al final, la vida, como juego, requiere la asunción de reglas, y el alboroto y la demencia del ‘entonces nada vale’ impiden tomar parte por nada; invitan a retirarse, a no pensar la estrategia, a desechar toda consideración. Quizás, en los barrotes del lenguaje (del pensamiento, por tanto) hayamos de despreciar todo absoluto, capacitando nuevas perspectivas del conocer para aflorar y entregarnos a una nueva causa, alumbramiento en calidad superior si, como se supone, inicia un nuevo sendero de muertes iniciáticas.

Al final todo es lo mismo, otra vez

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