‘Noche Serena’

El elogio de lo trascendente, en contraposición a lo terrenal, ‘de noche rodeado’, es una constante, como unitendencia, de la mística occidental. La negación del cuerpo y lo sensorio es una torpeza si lo entendemos como camino de conocimiento; éste debe surgir como experiencia integral, que unifique ‘lo de arriba’ y también ‘lo de abajo’.

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Pero la lectura de los grandes Videntes no se puede hacer bajo esta consideración, pensándoles tuertos que con sólo un ojo ven a Dios, la Verdad. Hay que recordar, más en los tiempos que corren, que existe una conspiración en lo social, que es mayoría, que invita a desvestirse de toda liturgia y contemplación y entregarse al nihilismo del culto vacío, ese que premia sólo las experiencias sensoriales y posterga la realización de la Verdad como meta del Hombre. En este sentido, el elogio de la mística es un tesoro, que si bien a veces ciertamente tuerto, merece considerarse como lamento de aquellos que ven que todo su entorno apunta hacia una dirección, mientras que ellos saben que la Verdad reside hacia otra.

Oda VIII – Noche Serena [Fray Luis de León]

A Don Loarte

  Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

  el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
Loarte y digo al fin con voz doliente:

  «Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, escura?

  ¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?

  El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando;
y, con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.

  ¡Oh, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?

  ¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

  ¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto,
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

  Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales;

  la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos della
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de amor la sigue reluciente y bella;

  y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benino,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado;

  —rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro—:

  ¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma y destos bienes la destierra?

  Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento,
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.

  Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.

  ¡Oh campos verdaderos!
¡Oh prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

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