Vislumbres de Verdad

all-seeing eye

Si en las horas de aburrida sobriedad del alma, en nuestra estancia en este mundo como seres durmientes, cuando las cadenas aún están atadas, cuando se quiere ver pero no se ve, se quiere oir pero no se oye, se quiere sentir pero no se siente; si en estos momentos de ensoñaciones, el goce por imaginar la divina inspiración es inmenso y podría abastecer a muchos de por vida, ¡qué grande será el que surja una vez se ve, una vez se oye, una vez se siente!

Cuando la percepción disuelve las limitaciones y en la hora de la Verdad somos uno con el todo, entonces, ¡qué enormidad habrá de ser! Los apuntes del sendero del mago indican una enormidad vacía, una en contradicción con su definición, pues no puede ser dicha, al menos en totalidad.

¡Si del dicho al hecho distara tan poco! La tentación de permanecer en la habladuría, la mano que apunta, y no peregrinar hasta el objeto, ¡ahí está lo complicado! Porque para dicho viaje dícese de necesitar poco más que voluntad, ese bien que no se compra, que emana como convicción. La senda del vidente quizás entrañe silencio, además, algo incómodo para los hombres dormidos: basta de descripciones, basta de elogios, basta del goce en su exhibición: tan sólo la contemplación en vacío, una vez uno es hecho polvo y ceniza y nada de sus intereses pretende promocionar su empoderamiento.

Pero, en las aproximaciones a la hora de la Verdad, en su entendimiento mental, existen pequeños atisbos de pureza, veladas rasgaduras que ofrecen luz a través de la tela del sueño. La inspiración que provoca y a la vez es causa de una de estas iluminaciones se torna inefable, con sorpresa, como un mutis trastornador para el escribidor, que todo lo pone en palabras. Porque en el albur de la noche se dan cita el ciego con los vestidos del señor, allí se encuentra el honor con la verdad, el rezo con la devoción, y momentaneamente se acarician, trayendo a la experiencia, supremo maestro, su certeza.

De lo hondo de las necias sombras se levanta entonces un suspiro embellecedor, de debajo del traje gris asoma la mano de Dios, que invita a subir, para inmediatamente desaparecer tras el velo del mundo. El tacto de nuestra sustancia es fugaz, sutil pero pleno, y al intentar abrazarlo se desvanece. Detrás de cada cortina se esconde, otra vez, esperando ser descubierta, la mano, aguardando ser señalada, con suerte durante más tiempo, y poder mostrarse, como amiga, y apuntar el camino secreto durante más tiempo, antes de que las nieblas del sueño se la vuelvan a llevar lejos.

De lo hondo del sentimiento de quien ha visto la trampa, desde la convicción de quien ha destapado la gran representación del mundo y conoció, breve e insuficiente, su bastidor; desde los vislumbres de Verdad, intuiciones del espíritu de la creación, se levanta la voluntad del peregrino, que por imitación, empieza a recorrer el mundo como una mano que va apartando para sí todas las cortinas, buscando siempre detrás, en los juegos de los dioses, los pedazos desprendidos de Verdad.

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