El eje de creación vertical

El eje vertical de nuestra existencia es esa construcción ideal que nos pone en relación con el Tao o Logos, lo que en un camino ascético resulta ser el Primer motor, Causa, Talidad o Vacuidad, Dios. Se trata de una aproximación a nuestra existencia que mide nuestra verticalidad en función del mundo, que queda entendido como fenómeno horizontal. La dinámica vertical está presente en todas las grandes tradiciones, religiosas o no, y explica la trascendencia de nuestra existencia en términos relativos, de qué forma afrontamos y superamos nuestras vivencias y si acaso éstas comienzan a tener una dirección espiritual.

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En la dinámica ascendente, la consciencia es un elemento decisivo que marca el comienzo de un proceso de autoconstrucción voluntario. Ser conscientes de nuestra verticalidad marca el inicio a partir del cual vamos a trabajar con todo el potencial dedicado a ascender por el flujo del dharma. Antes, quizás sin saberlo, nuestras acciones han tenido una rectitud moral; pero desde la consciencia de la necesidad de una ética es desde donde somos potencialmente capaces de recorrer las faldas del monte divino. El surgimiento de la consciencia contiene los mismos interrogantes que el surgimiento de la vida, pues no son sino dos aspectos de la misma cuestión: la emergencia de consciencia a distinto rango. Preguntarse por estas emergencias es topar con lo incognoscible.

En el eje vertical, la Creación tiene una serie de peculiaridades. Como no podía ser de otra forma, el proceso creativo en esta dinámica va confinado a perfeccionar el entendimiento de las dimensiones espirituales, cada una de las cuales vierten una serie de implicaciones sobre la obra, como la responsabilidad, la caridad o la humildad. Los artistas dedicados al eje vertical dedican su obra a las dimensiones del espiritu, lo que quiere decir que el propio propósito de la obra es ese, el conocimiento intuitivo. Toda la obra quedará recubierta y explicada en términos del espíritu, o al menos su cifrado estará hecho en base a este código.

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La Creación, sin importarnos el resultado, podría definirse como un postulado sobre la existencia, una consideración con nuestras acepciones o las que intuyamos que da por resultado un cambio en el mundo. Ese mundo puede ser interno o externo, podemos crear cuadros o ideas, canciones o voluntad. Por ello, cuando se habla de la creación en el eje vertical, por supuesto no se refiere exclusivamente a los artistas que dedican su obra material a la contemplación de la esencia, sino también a todas las acciones trascendentales, con consecuencia, que nuestra voluntad realice con ánimo de perseguir la vida divina.

Pintores, poetas, médicos; estos son los resultados de una creación somatotónica, un hacer en el mundo, dar forma a la herramienta y proyectar hacia afuera un resultado. Existe un proceso de creación no modular, que no pretende mostrar sino sentir, un fenómeno por el que el alma crea para (algo que, en ocasiones, supone un proceso prioritario en aquellos que verdaderamente se hacen llamar artistas). Se trata de un proceso de creación no desde el hacer sino desde el ser, no como manualidad técnica sino como transformación inmaterial, axiológica. La obra de este proceso es discreta, invisible, y no se entiende con la observación, sino con la intuición. En este camino, no existe mecánica, ni proceso técnico, aunque sí existen virtuosos, que con relativa facilidad son capaces de sublimidad en la creación con escaso tiempo o experiencia, tanto como el afortunado artista logra proezas con sorpresa.

La Creación desde el eje vertical tiene una implicación fundamental como proceso interno, no plástico, como ejercicio de ser con el presente, como consciencia practicada. La creación interna es un modo de entender nuestra paciente y exigente necesidad de perfeccionar el dharma, una vez empezamos a intuirlo con consciencia. La creación interna tiene la rúbrica de lo personal, sólo uno mismo contempla lo creado, aunque necesariamente el resultado tenga consecuencias en los demás. El eje vertical nos permite emancipar nuestro proceso creativo de la horizontalidad de las formas del mundo y entregar la causa a las instancias de la revelación. El objetivo del artista vertical es la virtud, la necesidad de verdad, y el proceso es un medio y no un fin en sí mismo como producto concreto, tal y como habitualmente se entiende el arte actual. Es un medio para con dharma, que tiene dos acepciones: significa tanto ‘vida recta’ como el resultado de llevar una vida recta.

La visión creativa de la escalera al Reino de los Cielos, descrito por Jesús acertadamente como una dimensión interior  (“El Reino de los Cielos está dentro de vosotros”) permite entender la emancipación espiritual como un proceso de creación constante, como bonita alegoría, que llevan a cabo los artistas videntes.

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