La necesidad de verdad

El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión

Simone Weil

Vivimos en un tiempo en el que la reflexión es repelida. La cultura de lo inmediato, junto con la reducción de lo inmediato a lo placentero para los sentidos, nos constriñen en un simulado abrazo de bienestar y progreso, proporcionándonos los pequeños cepos que nos hacen cada día más incapaces de afrontar la realidad en su complejidad. La ausencia de lo reflexivo como ejercicio integral, característico de la vida moderna, inunda muchas más estancias de ésta de lo que pareciera; de hecho, en la espiritualidad, aquella área donde pareciera que lo primario es la introspección contemplativa y la reflexión crítica constantes, la intervención de la modernidad ha hecho estragos.

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El eudemonismo (la búsqueda de la felicidad como fin en la vida) más simplón se ha apoderado de la inquietud espiritual de muchos y muchas, que consumen (además, literalmente, como productos de estantería) narcóticos espirituales que desglosan los pasos hacia un mañana feliz. El eudemonismo reinante hoy entre los conversos al New age o corrientes espirituales ultramodernas desprecia la categoría de verdad como sustantiva en la vida humana y posterga todo otro trabajo en pos de una felicidad aplicada, como utilitarismo ramplón y egoísta terrible, que hace de sus víctimas seres embrutecidos conducidos hacia una felicidad narcisista, vacía en lo demás, sólo provista del placer que supone ser feliz en no importa qué labores. Cuando la búsqueda de la felicidad desplaza la reflexión sobre los caminos por recorrer obtenemos por resultado la situación actual, grupos de gente convencidos de su espiritualidad comprometida y desarrollada que les catapulta hacia un cielo redentor como mérito por haber ‘despertado’. Pero sólo hace falta rasgar un poco en ese ‘despertar’ para descubrir que nada recubre su laureada carrera más que el egotismo típico moderno.

La necesidad de verdad implica abrazar la vida en su complejidad manifiesta y tratar de entenderla no importa el resultado que se obtenga, placentero o no; se trata de intentar comprender por el mismo hecho de comprender, no como mecanismo para alcanzar un fin distinto. La felicidad como meta superior, por encima de todo el resto y sin dejarse condicionar, es un cáncer que nos destruye como seres humanos y nos hace bobos, ineptos y necios, por no saber distinguir felicidad personal del entorno, por no saber integrar otros condicionantes a la misión humana, y sobre todo, por incapacitarnos frente a la vida, reduciéndola a nuestra interioridad y traicionando nuestro compromiso último de ‘ser para el mundo’. ‘El alma humana tiene necesidad de verdad’.

Simone Weil

Simone Weil

Existe una estrecha conexión entre este estado de cosas y la realidad actual. Las corrientes espirituales modernas, en su mayoría, nacen sin una pretensión de tradicionalismo, es decir, de integración entre todas las facetas de la vida como comunión entre nuestro ser y existencia, entre nuestro bagaje y nuestro recorrido. Incluso más allá, la moda orientalista típica occidental responde a un rechazo tácito de nuestro mundo, un antitradicionalismo temerario, que nos recuerda en lo inconsciente lo inhumanos que nos enseñan a ser al rechazar nuestra esencia cultural concreta y a necesitar buscar una fuera. Las modas orientalistas, tomadas como alternativa a un silencio en las preguntas formuladas a nuestra integridad occidental, conducen a un uso de aquéllas típicamente hedonista: la búsqueda del placer en las formas de vida actuales.

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Existe, de hecho, esa sumisión al momento, esa tarea irreflexiva de afrontar la vida moderna en su decadencia axiológica e intentar parchearla con narcóticos vendidos como exotismos. La tarea primordial no es pues salvaguardar nuestra hundida posición, sino deshacerla críticamente, lo que implica en una primera instancia intentar comprenderla, para una vez comprendida con mayor o menor atino, trascenderla en el pensamiento y ser capaces de separar lo rescatable de nuestro pasado, que es mucho, de las sombras del presente. En cambio, los mesías de la nueva era nos enseñan que la felicidad ‘es una actitud’, reside ‘dentro de nosotros’ y que es posible adaptar nuestra cotidianidad ‘a una espiritualidad feliz’. Todo ello, sin ser mentira, conduce a una pasividad de las mentes, a una comodidad que sólo trabaja por amoldar nuestro día a día a esa supuesta espiritualidad comprometida. El resultado, claro, es tremendo: de repente amamos con más apego lo propio, no importa su calidad; de repente amamos con más entusiasmo nuestro futuro. Y no existe un juicio crítico. En otras palabras, no importa a lo que te dediques, no importa si tu compromiso en la vida es trivial o incluso dañino para ti y tus semejantes; no importa nada más que recordarte todas las noches un par de mantras modernos y podrás ser una persona feliz.

La cuestión atañe, pues, la interpretación que se hace de los mensajes vertidos. Los nuevos gurús del siglo XXI hacen en su mayoría un flaco favor a las masas de gente perdidas, pues no les otorgan las herramientas para encontrarse, sinos sólo recetas para ser felices, como si ese estado final y encontrarse fueran idénticos. Entre los receptores de esta nueva cultura de masas existen excepciones que saben encontrar la verdad en estos mensajes e incluirla en una cosmovisión integral; pero la mayoría de las personas en la modernidad no están dispuestas a sacrificar sus Yoes personales y sociales en pos de una búsqueda comprometida. El problema no es ese apego egoico a las facetas inmediatas de la existencia, algo que probablemente haya existido siempre en una masa crítica de las sociedades; el problema es que hoy, las labores que ocupan las dimensiones sociales de las personas y las inundaciones que se producen en sus integridades personales (trabajo, dinero, competición, desamor, y largo etc.) impiden una espiritualidad comprometida. Los discursos de los nuevos iluminados olvidan el desastre moderno y procuran un decálogo para la felicidad, y así, ésta se construye sobre no importa qué cimientos, sepultado cada día mas hondo a la verdad como misión sustantiva del Hombre.

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‘Un mundo feliz‘, de Huxley, es la atinada y mordaz visión del futuro que le depara a una sociedad cuya única misiva es la felicidad, no importa si está siendo intervenida, y no importa, claro,sobre qué valores está construida. La felicidad como fin en sí misma es un cebo que se nos presenta desnudo y que puede ser condicionado vilmente. Las herramientas que permiten alcanzar una vida digna y libre en lo personal, de donde brota una verdadera felicidad sentida como propia, son las que construyen precisamente ese camino; son un medio y un fin en si mismas, y no son algo insólito, sino lo típicamente humano: amor, verdad, libertad. Del amor, la caridad; de la verdad, la reflexión; de la libertad, el respeto. La felicidad es un concepto manido que sugiere un escenario idílico, donde todo conspira a nuestro favor y no ‘falta nada’, esa concepción de ‘ya he llegado’. Resulta así mucho más apropiado el concepto de optimismo, lo que revaloriza lo referido a la actitud de la noción de ‘felicidad’. La actitud firme, sabia, el ‘saberse bien’ en el buen camino, permite recorrer las etapas de la vida con grandeza, no importando si su actualidad es melancólica, y con compromiso con ellas, no queriendo a toda costa la superación de lo ‘malo’ para llegar a lo ‘bueno’. Esta mutilación de la existencia humana, el desoír lo malo para mirar hacia lo bueno, impide a menudo un aprendizaje severo de esas etapas sentidas; impide, a fin de cuentas, construirnos como seres humanos decentes, enteros, propios.

La felicidad puede prepararnos una bella sepultura pero no puede librarnos de los enterradores. Existen muchas más fuerzas de las que pensamos conspirando hacia un mañana aciago, con voluntad o sin ella, siendo ya el presente un erial. Rescatar la sensatez de las garras de sus raptores es primordial. También lo es emancipar a las conciencias otorgando las herramientas y no dirigiendo hacia fines vacíos. La tarea de facilitación es inmensa, abarca aspectos muy personales, como el amor, y otros menos deseables, como el mismo sufrimiento, donde verdaderamente nos hacemos fuertes. Por que el mayor deseo no sea una sonrisa ingenua sino una conciencia pura.

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