El amor propio

Mucho para aprender de este fragmento. A veces mirarse en el espejo del mérito es la tentación más satisfactoria, pero he ahí la cuestión del desapego hasta de la propia comodidad para saltar más allá del Yo individuado. Practicamente todas las grandes tradiciones de sabiduría han recogido la necesidad de la negación del Yo como proceso de percepción de la Unidad, mas muy pocas veces se ha advertido que este proceso tiene sus trampas. Este fragmento contiene una concisa aproximación de la más típica y peligrosa, por honda, a la que por cierto, la modernidad invita desmesuradamente, y en la que no es muy difícil encontrar atrapados a muchos discursos espirituales contemporáneos.

‘Pasaste toda tu vida en la creencia de que estás completamente consagrado a los demás y nunca a ti mismo. Nada alimenta tanto la presunción como esta especie de testimonio interno de que uno está limpio de amor propio y siempre generosamente consagrado a sus semejantes. Mas toda esta devoción que parece ser para los demás es realmente para ti mismo. Tu amor propio llega a tal punto que estás felicitándote perpetuamente de estar libre de él; toda tu sensibilidad se alarma de que pudieses no estar plenamente satisfecho de ti mismo: esto está en la raíz de todos tus escrúpulos. Es el “Yo” lo que te pone tan alerta y sensible. Quieres que así Dios como el hombre estén siempre satisfechos de ti, y quieres estar satisfecho de ti mismo en todos tus tratos con Dios.

Además, no estás acostumbrado a contentarte con la simple buena voluntad; tu amor propio necesita una briosa emoción, un placer tranquilizador, alguna especie de excitación o encanto. Estás demasiado habituado a dejarte guiar por la imaginación y a suponer que tu mente y tu voluntad están inactivas, si no tiene conciencia de su obrar. Y así dependes de una especie de excitación semejante a la que despiertan las pasiones, o las representaciones teatrales. A fuerza de refinamiento caes en el extremo opuesto: una verdadera grosería de imaginación. Nada es más opuesto, no sólo a la vida de la fe, sino también a la verdadera prudencia. No hay ilusión más peligrosa que las fantasías con que la gente trata de evitar la ilusión. Es la imaginación lo que nos descarría, y la certidumbre que buscamos por medio de la imaginación, el sentimiento y el gusto es una de las más peligrosas fuentes de donde brota el fanatismo. Ésta es la sima de vanidad y corrupción que Dios querría que descubrieses en tu corazón; debes mirarla con la calma y la sencillez que corresponden a la verdadera humildad. Es mero amor propio el estar inconsolable al ver las propias imperfecciones; mas el encararse con ellas sin halagarlas ni tolerarlas, procurando corregirse sin volverse quisquilloso: esto es desear lo que es bueno por amor a lo bueno y a Dios.

Fénelon

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