Educación pública, ‘Cuarto Milenio’ y la ilusión de resistencia

Iker_Carmen_02

Hace poco, en el programa ‘Cuarto Milenio’ tenía un lugar un debate sobre la idoneidad de la educación pública, con una focalización no partidista sino centrándose en las bases sustantivas del modelo de instrucción tutelado y hecho obligatorio por el Estado. Es bien sabido que el programa, como cualquier formato en parrilla, bebe y come de la audiencia, por lo que toda su carga emancipadora queda restringida al mercadeo televisivo, sin poder ser así un fin en si misma, lo que denota que, evidentemente, la televisión comercial está lejos de poder funcionar como ventana libre y libertadora. No obstante, teniendo claro esto, fue realmente interesante escuchar lo que en este programa se dijo, que revela hasta qué punto somos insensibles ante la evidencia, ahora televisada y radiada a miles de hogares, de que la educación ‘pública’ es el segundo cuartel del Estado (el primero, claro, es el propio cuartel militar); y también, estudiar lo que no se dijo, que nos permite comprobar cómo la supuesta resistencia o confrontación con el sistema, cada vez más presente en los medios más vistos, es sólo una fantasmagoría, una ilusión destructiva, ya que no se expone lo sustancial del sometimiento moderno.

En primer orden, analicemos qué se dijo. La idea del programa rondaba a cerca del sistema de educación como mecanismo dirigido e impartido, directa o indirectamente, por el Estado. Es decir, aparcaba de primeras el lamentable debate sobre lo conveniente e inconveniente de la educación ‘pública’ frente a la privada, algo a celebrar, sin duda. Ambas dos formas de impartir educación obedecen a un mismo plan ministerial, diseñado por el alto funcionariado del Estado, materializado y hecho obligatorio desde el Ministerio de Educación, y sus diferencias son sólo en forma, compartiendo ese mismo sustrato común. La ausencia, aquí, fue aparcar el debate subrayando esta evidencia, prefiriendo justificarla bajo el argumento de que ‘no nos interesan los partidismos ahora’. Así, se puso sobre la mesa la cuestión sustantiva, que el sistema de educación estatal es adoctrinamiento, es instrucción.

Bajo este acuerdo, se proponen una serie de diferentes perspectivas que terminan por nublar del todo la cuestión de fondo. No tardando, surge el típico argumento hecho mítico por algunos de que ‘la educación anula las potencialidades artísticas y sensitivas de los niños y niñas’. Este hecho, siendo verdad en lo que la subjetividad de cada caso y lo incognoscible de la infancia nos permite afirmar, no compromete la cuestión de fondo. El sistema de educación estatal es un programa iniciático en el pensamiento del régimen, cuya primera conquista es la conquista de las conciencias. Desde pequeños, los niños y niñas somos educados en la arquitectura de las cosas según el Estado dicta, con la única misión de generar en nosotros un sentimiento de empatía hacia nuestro entorno social. Este programa incluye el confinamiento de nuestras metas personales y, en definitiva, nuestro desarrollo humano, a lo que es deseable para las instituciones. El Estado trabaja para que el espacio subjetivo que le queda a cada cuál para decidir qué es lo que quiere, qué es lo que le gusta, cómo cree que es y cómo interpreta el mundo pertenezca al abanico de lo tolerable. Por tanto, no es abusivo decir que las decisiones legicentristas afectan a la construcción social de valores tales como la felicidad, que queda confinada al logro material o el mérito egotista; la libertad, que se resuelve con un burdo y teatral libre albedrío; o la verdad, que resulta en ser lo que dicta la caterva de sabios consagrados por el sistema. Por tanto, la cuestión de la reducción de las capacidades al rendimiento mecánico que dicta el ritmo capitalista es sólo una cara del verdadero aniquilamiento del germen humano. Huelga decir que al Estado no le importará que surjan genios en lo intelectual, artistas, gente de éxito, mientras su obra quede confinada a lo que afirmativamente es un Pensamiento Único. La supuesta excepcionalidad de estas distinguidas personas no es un obstáculo a los deseos del poder; ahí está el rastro del arte contemporáneo, pútrido hasta las cejas en lo referente al compromiso social, como generalidad. La verdadera conquista del sistema de educación reside en vehicular cualesquiera actividades bajo las estrictas normas de la religión política en curso, una que es sencilla de resumir y explicar y que, evidencia de su devoto ciego seguimiento, no se expone: el culto al Estado.

El culto al Estado se puede resumir como el amaestramiento en la consideración de que el Estado es una forma de organización política legítima; que la forma que adopta en la actualidad, la democracia, es la mejor posible y que es deseable; que no existe ninguna alternativa posible, y que cualquier proposición al respecto es desleal a la comunidad. El culto al Estado es el principal axioma del sistema de adoctrinamiento del aparato público de enseñanza, tanto en la escuela primaria como en la secundaria, llegando al punto de máximo apogeo y delirio en la universidad. La obligatoriedad de la escolarización es un hecho de ley, en muchas democracias occidentales; pero, en todas, sin excepción ya, comporta una obligación moral coercitiva, ya que se ha extendido bajo el manto oscuro de la idolatría que una persona sin escolarizar es un fracasado social, sin futuro asegurado. El triunfo del Estado de hacer pasar a cualquiera por su seno es total y le confiere la capacidad de literalmente fabricar la sociedad que quiera, puesto que la masa crítica que logra conquistar alguna de las parcelas de la conciencia (no todas, ni mucho menos, pues existen modificaciones realizadas muy temprano que son seguramente irreversibles) ha sido, hasta ahora, incapaz de plantear una alternativa fáctica que comprometa la reclutación masiva de ‘funcionarios’ del Estado.

educacion

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dicho con flojera, y sin ahondar en señalar la verdadera naturaleza del proceso, esto fue dicho en ‘Cuarto Milenio’ en Cuatro, cadena comercial con audiencia de millones de personas. Además de esa incompleta reclamación de nuestras ‘capacidades potenciales’, se espetó la típica consideración de que el Estado sólo busca mano de obra, generar la conciencia de la necesidad del trabajo asalariado, como veta del capitalismo, algo muy cierto, pero de nuevo incompleto. La misión concreta del disfraz que viste hoy el Estado sí es generar la necesidad del salario, pero esto es sólo una consecuencia de la situación reciente, y no expone el principal hecho, que es que el Estado interviene las conciencias a gusto, a lo largo de las fases de ‘educación’, que son cada vez más largas, por cierto. Solamente este hecho, la concesión de poder a instancias capaces de implementar ingeniería social es denigrante para el ser humano, y alguno pensará que es antiquísimo, que siempre ha ocurrido, y eso no es cierto, no en la medida en que ocurre ahora, desde el hipercrecimiento de los Estados. Los medios de que dispone hoy la administración central son temibles, por totales, y cada día se perfeccionan más. El ámbito de acción de instituciones con ánimo de adoctrinamiento, como la Iglesia Católica, fue reducidísimo en el pasado. No existía la posibilidad de control, en tanto no existían mecanismos para tal, como el Registro Civil, por ejemplo. La tecnología, evidentemente, es otra gran derrota para el pueblo. La educación pública en la actualidad, con sus fallas, es el sistema de intervención de la conciencia más perfecto que ha existido nunca en la historia conocida. Comunidades locales concretas, en el pasado, pudieron contener regímenes de control muchisimo más estrictos y también totales, por cercanos en la aplicación; pero jamás hubo la capacidad de amaestrar en el mismo pensamiento a millones de personas de forma unitaria. Los entornos cercanos a los despotismos del pasado fueron tan detestables como lo son hoy los dictados obligatorios, pero en el pasado, la imperfeccion de los medios técnicos de control posibilitó la disidencia. Las personas pudieron ser sometidas durante su vida, de muchas formas; pero no se intervino la conciencia desde edad temprana, algo que condiciona de por vida, como ocurre hoy día. Y, claro, no se olvide la inmensa cantidad de personas que vivieron al margen de los estados de administración diminuta (en comparación a los modernos), las gentes de la ruralidad, que con contribuir en la apariencia cuando, si acaso, había que hacerlo, eran libres en su cotidianidad, y sobre todo, en su conciencia. (La evocación del pasado no es una ensoñación para regresar, algo que no es posible sino como dedicación por rescatar lo rescatable de la historia e intentar adecuarlo al presente).

El debate de Cuarto Milenio puso sobre la mesa con poco rigor pero con contundencia la cuestión sustantiva, el amaestramiento estatal. A la luz de todo lo dicho, me surgen una serie de consideraciones del todo inquietantes. Los límites de lo que se considera, por el Estado y su Programa, ‘disidencia’, se están ensanchando. Hace pocos años la violencia física era necesaria para acallar la disidencia, la libertad de expresión estaba mucho más limitada que ahora, etc.; en definitiva, no hubiera sido posible un espacio televisivo de máxima audiencia como éste, donde se expone, casi por casualidad, la verdad desnuda. Evidentemente, este hecho no es casualidad, y desde hace un tiempo está surgiendo todo un neolenguaje al respecto de ‘la Resistencia al Régimen’; es habitual entre algunos círculos, sumidos del todo en el lodo alienante del sistema, hablar de ‘disidencia’, ‘desobediencia’. Este programa marca un hito en la historia de la televisión comercial en España, y allí no dejaron de celebrarlo. La cuestión es, ¿hay más por celebrar o por temer? La ‘disidencia permitida’ está surgiendo como posición de supuesta insurgencia al poder del Estado, un poder mal identificado que resulta en la fachada contra la que se estrellan todas las piedras, mientras el régimen sigue creciendo intramuros. Es un delirio creer que, como se afirmó al final del debate del programa y que representa lo que se siente en cantidad de círculos activistas, ‘estamos en el momento en que vamos a dejar de estar sometidos’. Los hechos apuntan a lo contrario. Lo que está sucediendo es que la última gran jugada de los poderes reales es insuflar la ilusión de confrontación a la gente como narcótico quizás letal para el pensamiento libre. La desinformación, la manipulación deliberada de la verdad para redirigir toda la fuerza social fruto de la frustración psicosocial hacia el flanco equivocado está siendo aplicada.

Lo que aparentemente son espacios de emancipación, de facilitación de la realidad oculta a lo cotidiano, como el debate de este programa, resultan en una serie de discursos no casuales dirigidos a blindar con la coraza de la invisibilidad al poder real. Esto ocurre, esto es posible, porque el estado de intervención de las conciencias de los individuos de nuestra sociedad es tal que ya no somos capaces de proponer y organizar una resistencia. El Estado, en la practica, está teñido de emancipador y libertador, se está autoseñalando como permisivo, está generando espacios donde es posible hablar de la maldad intrínseca a esta sociedad, porque la denigración humana, como cuerpo social, es tal en la actualidad que no existe posibilidad real de contestación. La ilusión de confrontación es la válvula de escape que en la actualidad permite al Estado rejustificarse, ya que vehicula toda la disidencia hacia objetivos futiles, como lo fueron los que, por ejemplo, pretendió el 15M, que cumple ahora 3 años: cambio de la Ley Electoral, cambio del sistema de partidos, incluso cambio de la Constitución… El silencio sepulcral sobre las cuestiones sustantivas de la vida moderna, la realidad de un Estado despótico que ordena y obliga la vida de todos en su seno, sólo es violado por discursos que se permiten hablar de ello desde la levedad que surge ante la insensibilidad masiva, fruto de la vida moderna como aniquilación de las capacidades críticas libres del sujeto. Vivimos en un estado de excepción perpetuo,donde el secuestro de las personas es asumido por ignorancia inculcada, donde el esclavo es feliz por serlo y no saberlo, donde la sangre corre a gusto de todos.

El sistema de educación, pilar fundamental en la construcción de un futuro maquiavélico cada vez más adecuado a los designios del poder, es señalado de forma fútil como inapropiado, pero este reclamo se ahoga entre cortes los cortes publicitarios en antena. Cada vez está más de moda ser rebelde, y esto sólo evidencia el interes por parte del Estado de que así sea. Muy posiblemente se sucedan cada vez más seguido este tipo de espacios (La Sexta ya contiene algunos espacios de crítica falaz). El futuro inmediato de una sociedad más creída en lo subversivo sólo vaticina un nuevo episodio del delirio alienante, cuyas consecuencias aún están por revelarse.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s