Elecciones: ¿votar o no votar?

En este momento me cuesta mantener un discurso coherente acerca de la cuestión de las elecciones. Me refiero al asunto de la conveniencia de votar a unos u otros, pero sobre todo me refiero a la cuestión de votar o no hacerlo. Muchas razones e inconvenientes me asaltan constantemente y hacen que sea complicado decantarse y quedar plenamente justificado. Como primer apunte, algo que proporciona mucha paz, asumo estar en lo incierto de la ‘verdad imposible’; es decir que, cualquier razonamiento, por más ambicioso y completo y por más argumentos que integre, no será total, y por tanto, no será seguido como tal, defendido a ultranza y sin descansar en lo prudente del silencio. Pero a pesar marcar esta línea con un fanatismo, sí voy a intentar proponer una argumentación ordenada, que es la que me guía a día de hoy.

sdfd

En primer lugar, conviene recordar y subrayar el hecho, para que nunca quede justificado, de que el parlamentarismo es una dictadura encubierta, nada más un maquillaje de condescendencia con el pueblo que sirve para justificar las democracias modernas, que en lo sustantivo son regímenes despóticos de poder totalitario, ejercidos no sólo con impunidad sino con el permiso de los oprimidos, suceso logrado a través de la intervención de las conciencias de estos últimos a través de multitud de vías de adoctrinamiento: la escuela, los medios de propaganda, la cultura manufacturada y los resortes del estilo de vida moderno, que alienan y destruyen las capacidades intelectivas humanas, las limitan y confinan a justificar el orden social imperante. La consecuencia de décadas, siglos de implementación sucesiva de estas medidas (la aplicación del ideario liberal) ha llevado al mundo moderno a un punto histriónico donde, por ejemplo, es posible hacer una crítica visceral a los sistemas de control estatales, como supone este y otros tantos artículos y opiniones, y no ser perseguidos, en lo personal, por ellos. La destrucción del tejido social, de la fuerza de unidad, a base del mazazo en las conciencias de las gentes de a pie, es tal, que ya todo puede ser dicho sin la amenaza de la censura, pues posee una potencialidad de rebelión nula. Esta permisividad es potenciada por el poder para colaborar en borrar su huella autoritaria y permanecer invisible a los ojos de las personas.

De esta cuestión se desprende una sabia advertencia: el poder es excesivamente sabio, está asentado como tal desde hace mucho tiempo y posee una estrategia perfectamente definida. Descubrir que lo que aparentemente es una sociedad de la emancipación progresiva es en realidad una sociedad donde ya apenas es posible trabajar en una alternativa a lo sustancial del régimen, hace a uno pensar que cualquier ilusión o promesa de ‘cambio’ debe ser escudriñada hasta la médula para descubrir si se trata de un tentáculo del Programa del sistema. Y en este sentido, la cuestión electoral está esta vez teñida con la ilusión de los reformismos, que se adjudican la capacidad de reformar lo que ellos llaman ‘sistema’ ‘desde dentro’.

Mi primer gran hallazgo es que es imposible deshacer el sistema desde dentro. El sistema de poder está blindado por una cadena de actores que intervienen ante cualquier tipo de revuelta que le comprometa en lo serio. En el último eslabón de la cadena se encuentra lo que hace distintivos, en realidad, a los estados: el ejército. El brazo militar, como poder coercitivo, no sólo no ha desaparecido, como aparantemente se quiere mostrar, relacionándolo con las ‘misiones de paz’, sino que es más fuerte que nunca, pues ha crecido tremendamente en número, con más integrantes, y en calidad, con una tecnología de control cada vez más sofisticada. Antes de llegar al ejército encontramos la armadura de la legalidad, que blinda al Estado de cualquier modificación indeseada, mediante los cuerpos designados, los tribunales y el Parlamento. En lo referente al Parlamento, que es lo que aquí importa, no es difícil advertir que jamás, en sus cámaras, se aprobará nada que comprometa al Estado en lo sustancial, es decir, que modifique o ponga en peligro la línea de defensa que el sistema ha ido instalando y perfeccionando poco a poco. El turnismo político es una pantomima que provoca una ilusión de confrontación, una alteridad simulada, como válvula que canaliza la bipolaridad ideológica que impera en Occidente, la izquierda y derecha, una falacia en toda regla, pues en lo sustancial, en el diseño de la arquitectura del poder, ambos dos espectros ideológicos están de acuerdo, son uno. La prueba más gráfica llega de la comparación de los estados impuestos por el III Reich y la URSS, idénticos en las mecánicas de poder, siendo en cambio antagonistas en el discurso público.

Siendo así, que no podemos esperar ningún cambio axial desde dentro del sistema de poder, pues todo aquel que entra en el Parlamento asume, en primer orden, la legalidad, que está construida para impedir cualquier ataque de infraestructura, ¿qué hacemos con las urnas? El juego electoral está diseñado para favorecer a quienes obtuvieron el respaldo en el pasado, por lo que la negativa a participar no compromete tampoco al sistema en lo más mínimo, prueba de que éste es sólo un simulacro y el régimen continúa su curso con o sin nuestra aprobación. En lo relativo a Europa, que es el caso de estas elecciones, la cuestión es idéntica, salvando la gravedad de estar asumiendo la delegación de competencias nacionales a un mega-estado superior, Europa, cuya construcción sigue su curso, aunque actualmente esté en jaque. Por todo ello, se desprende una cuestión: si el sistema electoral nacional es una corruptela, no sólo por su estricto diseño de preferencias, sino porque no comporta ninguna garantía de cambio y no puede nunca integrarla, ¿qué sentido tiene participar del señuelo del Parlamento Europeo? A la luz de un análisis fundamentalista, ninguno, literalmente, pues el voto de una u otra formación es un voto nulo con respecto a lo que nos depara el futuro en Europa, un futuro que llegará orquestado bajo otras dinámicas ocultas mientras la población objetivo se afana por intentar adueñarse de su propio destino político.

Ante este arrebato, surge la necesidad de generar conciencia, de auto-organizarse y ofrecer resistencia desde algún otro frente que posibilite en alguna medida un cambio o al menos lo reserve para un futuro. Lo que está claro es que votando no favorecemos ningún cambio, sólo reformas, que podremos valorar su utilidad inmediata, pero que para los que creemos que el problema de la modernidad es el sometimiento estatal son del todo insuficientes. Ante esto, surge la necesidad de valorar en alguna medida esas reformas y ver si aun con la convicción de estafa y secuestro se puede pretender alguna con legitimidad.

Imagen

Mi respuesta es un no tajante. Las reformas que prometen los partidos políticos que concurren a elecciones, independientemente de su calidad, comportan una cuestión que se olvida del todo en los discursos habituales, y es que no hay necesidad de mandato imperativo. Lo hemos visto; un partido puede llegar al ‘poder’ por vía electoral y no tener la necesidad de cumplir ninguno de sus puntos programáticos. No hay certeza en la actitud de las fuerzas políticas, porque no existe compromiso legal, y esto ocurre en gran medida por despropósito, fraude y engañifa, pero también porque las competencias que se estiman no son de los partidos en los gobiernos, sino que son manejadas por otras fuerzas, como las grandes corporaciones, los think tanks, lo delegado en Europa y a la vez en EE.UU., las agencias de inteligencia, el ejército, etc… Por tanto, los reformismos son humo, la propaganda electoral es humo y siempre ha sido humo. Si aun así realizamos el acto de fe de creer que los espacios designados en los teatros parlamentarios van a servir para implementar esta o esta otra medida, queda analizar lo cualitativo de las propuestas que lideran el panorama a fecha 2014.

En primer orden, como ideología de fondo, todos los partidos han incorporado en sus discursos la necesidad de lucha, activa o pasivamente, contra lo que llaman ‘corrupción’. Esta lucha se entiende se hará con el filo de la legalidad, que promete castigar los ‘excesos’ y volverse preventiva. Pero de esta actitud, que cala en la opinión pública como necesaria, se desprende en la práctica un perfeccionamiento del sistema de poder, ya que se trabaja para ‘arreglarlo’, para que quedemos conformes con la pamplina de que los cargos políticos cobren más o menos. El embrutecimiento de la masa crítica actual es tal que la reducción de la parcela política ha sido hecha sobre esta cuestión; todo el mundo quedaría aparentemente conforme con el regreso al derroche y superávit de hace una década, donde la corrupción era un silencio y a todo el mundo ‘le iba bien’. Las propuestas de combatir la corrupción como un agujero por el que se escapan los recursos, cuyo arreglo traería prosperidad y mejor gestión, es un dislate intolerable, porque asume, en primer lugar, que el sistema es bueno en sí, salvo que existan ‘fugas de dinero’ que hay que combatir para volver a la ‘moralidad’. La corrupción no es un aderezo del sistema actual, es un componente intrínseco, el sistema es corrupto en su seno, provoca dinámicas de opresión y las justifica, y el supuesto abuso invisible del dinero no es más que una última consecuencia de pobres payasos, los políticos, que acceden a cargos de poder donde la avaricia y la oportunidad de enriquecerse son reales. Lo peor que podría surgir, a expensas de un inconformismo crítico certero, es un sistema que se defina como no corrupto, y el camino que se pretende seguir, parece ser, es trabajar para impedir que exista esta sensación de corrupción, de forma que todo el mundo quede conforme. La hilaridad, el cinismo y la sinvergüencería de todos, absolutamente todos los partidos que concurren a elecciones es un hecho, en tanto sean inconscientes de estas cuestiones, los menos, y en tanto lo sepan todo, y callen, con la única intención de seguir parasitando el sistema bajo el permiso de quienes creen que están por la labor de arreglarlo. Más allá de la corrupción, los panfletos políticos de turno son un despropósito, pues ni siquiera hay línea programática, nada mas esbozos de medidas que no cuentan, en su mayoría, con una idea de cómo realizarse, mucho menos en Europa. La lectura de un programa político de hoy día es lamentable, imperan siempre un reduccionismo restrictivo materialista, una apología del Estado, especialmente en la izquierda, además de un lenguaje vacío, sin fundamentación más allá de las voces conocidas en la opinión pública.

Además de todo, el sistema electoral guarda una trampa más, que es la legitimación que obtiene para invadir los espacios públicos y los hogares con mensajes publicitarios que vulneran el derecho al silencio, un derecho de facto violado constantemente. La publicidad se alía con el Estado, como temible quimera que envenena e interviene las mentes, lo que provoca, en última instancia, que el hecho de votar sea un acto no-libre en tanto la sugestión, determinación y convencimiento, a través de estos panfletos, los espacios televisivos o los mitines políticos, actúan y cuentan con la asunción de las gentes.

Como conclusión, de todo lo dicho se destila un repudio no sólo hacia los procedimientos electorales, como algo viciado y falaz en sí, sino a su ideación como mecanismo de control y cambio del sistema. Mi conclusión es que votar no sólo es inútil en lo referido al sustrato común del régimen, la opresión inmisericorde y permitida, cada vez más legitimada, del Estado, sino que votar implica entrar en unas dinámicas de informarse, de elegir y de considerar que distraen del todo sobre las cuestiones sustantivas, ademas de suponer, toda papeleta, un SÍ al sistema actual, no importa la forma; un SÍ a la materia común de todos los partidos y plataformas políticas que asumen el juego de defender los intereses del Estado.

Votar sólo se me antoja como un ejercicio de máxima precaución ante las quimeras que existen a su alrededor; un acto que nunca haga olvidar la convicción de estar participando en un burdo juego, y que de hacerse, se haga por una cuestión muy concreta que nos afecte en lo personal, ante lo que es difícil esgrimir generalidades que nos sean indiferentes en lo inmediato. Si creemos que existe una propuesta que puede traer algo de luz al mundo, votar por ella no puede nublar la vista sobre la realidad de las cosas, no puede impedirnos de seguir estudiando cómo funciona todo, y sobre todo, no nos puede comprometer con ninguna idea parcial; debemos recordarnos que la parcialidad de nuestras metas personales no son la totalidad de las de la humanidad, y comprometernos únicamente con lo propio es desmerecer de compasión, respeto por la verdad y deseo del bien común. Esta vez, en lo personal, no existe ninguna propuesta que crea vaya a mejorar en lo más minimo mi entorno inmediato, por lo que no votaré. De haberla, como cada cuál con estas concepciones, me debatiría entre el utilitarismo y mi espacio ideal, sin olvidar que el primero no está garantizado en el sistema y el segundo parece que nos hace olvidar que estamos en el ‘aquí y ahora’: la lucha moderna de quienes no queremos conformarnos con un mero guión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s