Marihuana: legalización, docilidad y abuso mediático

Desde hace unos años diversas fuentes de autoridad internacional vienen apuntando la necesidad de abrir el debate sobre la legalización de algunas sustancias psicoactivas, como la marihuana (1). Esto, en realidad, quiere decir que desde hace poco tiempo tiene lugar una campaña de normalización y amaestramiento sobre esta sustancia ante no sólo su inminente legalización sino su premeditada promoción.

Hay que entender que los discursos liberalizadores esconden intenciones más amplias que lo concreto de sus propuestas. El pretexto liberalizador que se esgrime como defensa de la libertad total de tenencia, oda al libre albedrío infinito sobre el que descansa el cinismo moderno, significa, una vez más, un liberticidio llevado a la práctica. La prohibición legicentrista es del todo detestable, en esto y en todo, pues subraya el totalitarismo al que estamos sometidos, cuyos principios van maquillándose cada día más; ésta es la razón por la que la prohibición expresa empieza a resultar incómoda para los aparatos de poder, que verán necesario limitarla, como viene sucediendo en lo que resulta una parte sustantiva de la definición de ‘progresismo’. En la reducción de las prohibiciones antaño mantenidas, hoy se erigen los discursos de la permisividad plena; como digo, en primer orden, como estrategia del poder para invisibilizarse, pero también como un doble rasero; mientras la sociedad aplaude su profunda ‘libertad’, se instauran comportamientos cuya aplicación a una sociedad como la nuestra, desnutrida y airada, resultan devastadores.

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La legalización de la marihuana es un paso más en el cinismo monstruoso que nos somete; una nueva etapa que pretende superar la de la promoción indiscriminada del consumo de alcohol, un veneno químico y sociológico. La campaña procannábica que se avecina sacará a todas las tribunas las investigaciones científicas que prueben la presunta neutralidad médica del producto, y si no, se inventarán, dejando de nuevo claro que la ciencia, como secuestro institucional, no tiene ya nada que decir más que suscribir la rúbrica de lo conveniente para quien la controla. Huelga decir que la ciencia, como axioma inviolable del paradigma moderno, es una pieza indispensable para instaurar, como argumento de autoridad, comportamientos de peso en una sociedad convencida por insistencia en que todo es deducible a ojos de un microscopio. Esto, además de no ser cierto, pues le pese a quien le pese, seguimos nadando en un mar de incertidumbre gnoseológica, olvida el consenso que mantiene la comunidad científica como precepto de ley, que implica que nada pasará a los anales de la ciencia si no es consensuado por la comunidad, una comunidad inserta en la dinámica económica y política que no puede perturbar su curso. Esta connivencia se puede comprobar estudiando cómo cambian los recetarios sobre distintas cuestiones científicas según la concepción social de dichos objetos evoluciona en el tiempo. Además, en cuestiones que atañen a los estupefacientes, el caballo de batalla es la psiquiatría, seguramente la rama médica más demencial y delirante en su misma concepción, en tanto trituradora de la diferencia y unificadora por identidad forzada, que diagnostica enfermedades a gusto según el signo de los tiempos. La psiquiatría presume de haber encontrado la mente en el cuerpo, concretamente en el cerebro. Cree poder deducir lo mental de lo material, el trauma del tránsito neuronal, con un mapa cartesiano en mano, a través de una observación reduccionista, burda y tosca, que olvida otros planos de la existencia humana. Convierte en totalidad la evidente relación entre lo biológico y lo mental, relación que no implica que sean identidades, sino que efectivamente mantienen una relación. Su contribución positiva a la sociedad en el tratamiento concreto de algún caso no puede despistar el hecho de que, en esos casos, ese apoyo estará permitido por el poder, exactamente igual que la sanidad estatal sana tumores y otras deficiencias con un alto gasto para recolocar al enfermo como fuerza asalariada lo antes posible.

Tras una legalización inminente de la marihuana y otros similiares, en los próximos años, en un gran número de democracias occidentales, como sucede con el alcohol, se prevé un doble discurso, propio del social-cinismo; en primer lugar, un mensaje institucional cauto, seguramente con campañas de ‘moderación’ y ‘responsabilidad’ en el uso, al mismo tiempo de un discurso mediático agresivo, donde distintos personajes publicitarios, en cine y televisión, comiencen a pasearse con las bolsas de hachís cargadas como trofeo de la nueva era ultrademocrática. Lo primero, la responsabilidad civil impulsada por las instituciones, quiere evidenciar una vigilancia fingida, una preocupación inexistente del gobierno por la salud pública; lo segundo, la campaña mediática transversal a todos los productos culturales y mantenida en el tiempo durante largo, es el verdadero objetivo y quiere impulsar su consumo desmedido, como ha sucedido con el alcohol, a modo de opiáceo para la conciencia.

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La marihuana es un catalizador de estados alterados de conciencia, pero no es suficiente: dichos estadios son facilmente accesibles a través del consumo de psicoactivos, como han sabido todas las grandes tradiciones de la humanidad, pero su mero consumo no catapulta la conciencia a experiencias trascendentales. De hecho, el uso lúdico de los psicoactivos ha sido minoritario en lo referente a la emancipación de las conciencias, siendo el uso sacramental o estrictamente personal el predominante. Desde luego, la campaña narcotizante efectuada sobre el alcohol o tabaco, que vaticina cómo será la que llegue sobre la marihuana, jamás ha pretendido promocionar un uso contemplativo de las sustancias para, ocasionalmente, acceder a experiencias del espíritu. Ha basado su haber en reducir la concepción de las sustancias al ocio más embrutecedor cuya única misiva es lúdica, impersonal, arrogante con su potencialidad y jubilosa, sin afán superador o investigador. Lo mismo sucederá con la marihuana, con el agravante de la nueva publicidad hiperagresiva actualizada al nuevo tiempo y, además, el efecto más potente de esta sustancia respecto al alcohol, que tanto es capaz de impulsarnos más alto, en las dosis y bajo las convicciones adecuadas, como de sepultarnos en una docilidad aciaga y embobecida sin visos de contestación ante nada, como está previsto. La marihuana como acontecimiento lúdico es lo más parecido al ‘soma’ que vaticina Huxley. Las experiencias personales introspectivas, fruto nada más que de una inquietud humana por la vida, estarán restringidas por la conspiración del entorno, que haga identificar las sustancias sólo con determinados comportamientos, de la misma forma que ya casi nadie consume tabaco en soledad sino por vicio. Además, los espacios de silencio donde el consumo de psicoactivos florece en experiencias de aprendizaje están cada vez más limitados por lo mutilador de la vida moderna, que inunda de ruido todos los recovecos de la vida.

La legalización de la marihuana trae consigo un mayor acceso de la gente, que en una minoría tendrá en estas sustancias experiencias que nos construyen. Pero tal es la situación de las cosas, donde la capacidad de emancipación colectiva está más impedida que nunca, que al poder no le importa las averiguaciones místicas propias de minorías aisladas e incomunicadas; no le importará proveer las herramientas para ello, siendo la marihuana, a mi parecer, un producto de apoyo pero no fundamental para algunas de esas experiencias; no le importará pues no le compromete, aunque pareciera, sino que, además, a través de esta ingeniería social consigue crear la dependencia social en sustancias de evasión de la brutalidad cotidiana del trabajo, que la hagan más llevadera, a la vez que potencia los espacios de distensión y embriaguez, que se sabe funcionan de válvula de escape ante la indignación y hacen a las personas piltrafas humanas que regresan los lunes domesticados al trabajo, sólo con el anhelo del ‘tiempo libre’ como recompensa vital. El debate se encona en los usos modernos del ocio, evidentemente, y no podemos dejar de estudiar la campaña alcoholizante que ha tenido lugar en las últimas décadas,que ha convertido a la sociedad, especialmente la juventud, en una masa distraída por lo lúdico, despistándose de otras cuestiones que quizás se alcanzasen sin contaminar.

La cuestión, entonces, pasa por denunciar las intenciones mediáticas y elaborar un concepto propio popular sobre estas sustancias, no dejar que se intervenga en su instauración. Esto, evidentemente, es de una dificultad tremenda, pues en cada hogar se colarán los discursos manufacturados a través del televisor, y en cada barrio esos conceptos se pondrán en común, algo que de hecho ya lleva sucediendo un tiempo. No es deseable la prohibición legal, pero la hoja de ruta que entraña la legalización es aún más temible. Necesitamos reapropiarnos de la multitud de usos posibles, tanto de estas sustancias como de otras similares. Lo lúdico puede tener lugar en una vida consciente, a condición de que ese divertimento no se haga a costa de nuestra propia presencia. Y compensado con una actividad de silencios, reflexión, retirada a uno mismo y, en fin, búsqueda ontológica, no como erudición insoportable sino caracterizada con la integridad de cada cuál, puede proporcionarnos una vida integral. Si nos rendimos a la deriva, por muchas vías, seguramente insospechadas, nos instruirán en comportamientos mitificados, anulando casi la capacidad de contestación, como adicción sociológica. Necesitamos revitalizarnos en complejidad y hacernos con la herramienta de la conciencia para esquivar las consignas panfletarias tanto como para facilitar una reflexión honda de la realidad. Sino, sólo nos quedará el canuto flaco, la imbecilidad tosca y la risa asegurada.

La marihuana viene a agravar toda esta situación, actualizando el proyecto de epicureísmo promocionado por los medios de poder, donde hedonismo y felicidad se igualen y se hagan totalidad de la vida, dejándose de lado todo lo demás que nos hace humanos. Entre ese resto de cosas, de existir, existe la posibilidad de disidencia real, y esto comporta un nuevo paso para impedirla a toda costa.

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(1) INFORME DE LA COMISIÓN GLOBAL DE POLÍTICAS DE DROGAS, 2012, donde se observa un discurso a modo de recomendación global de abordar el debate sobre la conveniencia de la legalización por comportar problemas añadidos, como el VIH o el narcotráfico. La justificación no repara en abusos, medias verdades y mitos sobre el consumo para, a fin de cuentas, promover una legalización ‘conveniente’.

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