Elogio al maestro: nosotros elegimos a nuestros educadores

Cuando nos aventuramos a mirarnos a nosotros mismos, en lo interno, intentando apartar todos los apriorismos posibles, y analizamos nuestra vida, la experiencia que nos forma, es imposible que más allá de ese análisis racional y esquemático no resuenen voces, experiencias o momentos que nos estremecen especialmente; rostros y gestos que sentimos muy profundamente y que corresponden a todas las experiencias que nos han transformado en mayor grado que un simple aprendizaje más. Esa estela inmemorial que nos acompaña a diario, seguramente más allá de nuestra vida finita, forma el plantel de maestros, el conjunto de verdaderos educadores que han hecho de nosotros seres humanos.

Andado el tiempo, cuando descansamos serenos sobre una identidad forjada (esa misma que dejará de ser cuando nuevos maestros la transfiguren) relucen por su pureza las experiencias trascendentes, las que verdaderamente nos han marcado. Podemos convenir, rapidamente, a la luz de estas averiguaciones, que los usos que tiene la palabra ‘educación’ en nuestra sociedad desmerecen de tan alta estima, al lado de la voz eterna de quienes, de verdad, nos han educado.

Hablamos de las madres, los padres, hablamos de las caídas primerizas; esas conversaciones inoportunas que, vistas desde el privilegio del presente, resultan más bellas; o también la caricia y el respeto que hemos recibido como anticipo a saber qué significa la caridad. Mucha atención suelen requerir los momentos de dolor, pues en la adversidad es donde verdaderamente renacemos. La vida misma es maestra, en su devenir. Pero una vez nos proponemos la autoexigencia de crecer, una vez instauramos la consciencia como tamiz a través del cual forjarnos mejores, en el heroico y a la vez insignificante afán de superación, nuestros maestros del pasado forman un panteón aparte y a partir de entonces nosotros elegimos a nuestros maestros.

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El elogio al maestro debe hacerse debido a una deuda infinita con qué otra cosa si no la humanidad misma. Es característico de ser humano el cariño y entrega para superarse en común; ¿qué define mejor el amor sino el deseo de superación para con el otro? Las relaciones entre nosotros forjan y remueven las conciencias, y desde pequeños estamos envueltos en los abrazos fraternos, lo que nos da vida y nos condiciona. La inhumanidad que invita a practicar la sociedad moderna nos hace olvidar estas reflexiones que encomian la labor de nuestros cercanos particulares a la hora de construirnos, y coloca a personajes ajenos que desde la autoridad nos intentan aleccionar. La figura del profesor-educador nos acompaña como escolarización forzada durante toda nuestra etapa de construcción personal, perpetrando un auténtico crimen contra la libertad de conciencia y atentando contra la única forma de educación legítima, la instaurada en el amor, que con sus deficiencias, resulta en puridad la más humana. Pero además, una vez el proceso de ‘educación’ reduccionista, invasiva y criminal termina, se nos deposita en un mundo desenfrenado donde abundan otros profesores-educadores disfrazados de amigos y familiares. La negación de la libertad de pensamiento, como cuestión fundamental de la libertad misma de ser, comienza en la escuela pero tiene su peor filón en la vida adulta, pues desde temprano se nos ha erradicado la noción de ‘maestro’ como voz, momento o rostro que nosotros elijamos como admiración puntual, lo que nos haría dueños de nuestra propia conciencia, más o menos errada. Tras la demencia moderna de reducir toda la educación a lo académico, se esconden las quimeras que dibujan seres vejados como humanos, sólo construidos como hombres-máquina con cerebro fino pero sin conciencia. Por un lado, quiere significar que, una vez terminado lo académico, no hay necesidad de educación, y todo proceso de cambio surgido en la tremenda etapa adulta será tomado como algún parpadeo de la identidad, un agregado inoportuno tal vez, que nos corrija un poco el rumbo fijo que ya llevábamos. Por otro, además, aniquila la concepción del ‘maestro’ como guía prudente a la hora de afrontar la vida, lo que realmente conlleva una erradicación de la necesidad de autoconstrucción consciente e insufla una especie de soberbia arrogante sobre la totalidad del mundo.

Debe aceptarse, tarde o temprano, que la conciencia colectiva en la actualidad está intervenida más profundamente que nunca, no por mayor deseo de sometimiento que en el pasado sino por mayor perfeccionamiento de medios. Y como consecuencia, las conciencias individuales son réplicas autojustificadas en una aparente diversidad de una conciencia totémica y obligatoria. Para desaprender y desandar el camino de la educación institucional, son necesarias muchas cosas, pero la noción de maestro es fundamental, pues es precisamente la que nos permite, recorriendo los resquicios de nuestra memoria auténtica, distinguir entre la educación humana y la educación de ministerio, y la que nos entrega la llave de nuestra identidad. La educación de manual puede y debe ser calificada como adoctrinamiento masivo con el único objetivo de perpetuar el sistema de dominación, a través de procedimientos cada vez más sutiles que pasan, en la actualidad, no por exhibir autoridad sino por camuflarla, ‘democratizar el aula’, para promocionar la confianza en las mecánicas escolares.

¿Y qué significa elegir a nuestros maestros, una vez somos adultos? En primer lugar, que exista una base suficientemente libre para que dicha elección sea tomada como tal, libre, autodeterminada, y no intervenida por los discursos e ideas que inundan el tránsito social. Este es el mayor impedimiento en la actualidad para que dicho proceso florezca, pues la homogenización de la sociedad ha tomado un rumbo imparable en las últimas décadas y cada vez es más difícil poder encontrar integridades paralelas, no afincadas en las falsas disidencias sino sencillamente diferentes. Elegir a nuestros maestros resulta una reivindicación necesaria para autoformarnos, pero no supone nada si dicha elección es sólo una ilusión de libertad: hace falta ser libre para liberarse. Esta gran paradoja inherente a la concepción de libertad humana, impedida más que nunca en la sociedad moderna aunque aún no totalmente, nos obliga a reafirmarnos en su determinación a sabiendas de su difícil comprensión, que requiere de todo un proceso que nos des-identifique con el entorno y nos incite a volver a construirnos. La comprensión de esta trágica condición nos conduce a un proceso de catarsis donde la necesidad de desaprender se funde con la necesidad de volver a aprender, de forma que el sustrato previo necesario para tal fin, donde el individuo sea suficientemente libre, se forma con mayor firmeza que si no nos guiara otro fin más que la crítica abrupta contra todo (para las que hay escuelas, e incluso corrientes enteras, como el estructuralismo o la teoría de la deconstrucción) Reflexionar sobre estas cuestiones requiere tiempo, un tiempo que también está impedido bajo los estrictos corsés modernos, gracias al salariado inhumano pero también al ‘tiempo libre’ consagrado al ocio amoral y estúpido.

Una de las exigencias para que suceda este proceso seguramente sea la de fomentar no otra cosa sino estas reflexiones individuales con vistas a despertar la conciencia raquítica que pueda volver a engrosarse hasta hacerse digna de ser humana. Necesitamos recuperar el debate sobre nosotros mismos, nada más allá de eso.

 

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