La cuestión homosexual (1), religión de nuevo cuño

Hoy día resulta políticamente incorrecto desdecir en lo más mínimo a movimientos sociales como el homosexual o feminista, integrados en lo más hondo de las dinámicas de poder, por lo que todo análisis que no suscriba sus postulados está condenado a la marginalidad, el ataque y la contraofensiva. A pesar de ello, y precisamente por esta intransigencia detestable, mucho hay que decir al respecto.

El movimiento homosexual se articula como transversal a toda la estructura de la sociedad. Pretende ‘emancipar’ a los homosexuales de una represión casi congénita a las sociedades humanas del pasado y sólo mermada en el presente por su activismo político entregado. Pretende entregar los derechos del ‘estado social’ moderno como colectivo en minoría supuestamente dejado al margen de aquéllos. En su devenir histórico, el movimiento homosexual ha sido tenido por contracultural, poniéndose por excusa su supuesta moralidad traviesa y rebelde que enfrentaba, de nuevo, un eterno paradigma judeocristiano de agresiva intransigencia con las minorías maldichas (homosexuales, mujeres) y sometidas eternamente a través de toda nuestra historia. Sin intención de desmotar estos axiomas que justifican el griterío homosexual, a pesar de la gran cantidad de apuntes que recogen que dichas represiones, tanto la de las sexualidades minoritarias como la de las mujeres, no han sido eternas ni congénitas a nuestro existir como especie, propongo la prudencia de no deducir de la historia, ese pasado plural e incognoscible como totalidad si no como aproximación a través de los testimonios, principios totalizadores que orienten la acción con soberbia y obstinación.

El movimiento homosexual está plenamente inserto en las estructuras del poder y no desdice en lo mínimo a sus intereses estratégicos; más bien, los refuerza e incrementa. Lo contracultural que ha sido destacado de su actividad sólo debe ser entendido como un reduccionismo burdo y temerario de su moral con respecto a la moral reinante de la sociedad occidental de mitades de siglo XX, no como un moviemiento antisistema que pone en jaque a las estructuras del poder. La moral que prescribió el mundo homosexual articulado como movimiento activista durante sus inicios como fenómeno de masas era una de la desobediencia acrítica, muy de la mano de la mentalidad contracultural hippie, que tuvo su plétora en el libre albedrío anti-teleológico (sin fines, sin principios vertebradores, sin metas) y el hedonismo exacerbado como marca distintiva de las libertades individuales. La frivolización de las cuestiones corpóreas y el silencio sobre las demandas espirituales, si no su negación arrogante, del ser humano, no fueron impedimento para el triunfo de esta mentalidad excesivamente cosista, despreocupada de los problemas del mundo bajo supuestos compromisos etéreos que se desvanecían en la rutina de una juventud secuestrada en las primeras universidades ‘públicas’. La supuesta carga revolucionaria de las protestas de la posguerra quedó resumida en una idolatría por la cultura pop de supuestas figuras subersivas, especialmente en lo referente a la iconografía homosexual, como fuera Warhol, empapando los resortes del arte contemporáneo y viciándolo como trivialización también de cualquier cuestión trascendental en el arte. La emancipación que prometía el movimiento hippie resultó ser la integración de los colectivos feminista y homosexual al tren de la modernidad, lo que ha venido perfeccionandose desde entonces hasta la actualidad, donde el feminismo es una religión política obligatoria y la cuestión homosexual está cerca de serlo.

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En la actualidad, la cuestión homosexual está monopolizada por las asociaciones, colectivos, partidos políticos y voces sociales totalmente dependientes y favorables al sistema de dominación. La cuestión homosexual está degradada a una defensa a ultranza de los ‘derechos sociales’ como garantía de libertad individual; se basa en una exhibición estrambótica del cuerpo y se canaliza a través de excentricidades que se dicen artísticas que renuevan ese criterio pseudorevolucionario de la subversión contra la moral ‘tradicionalista’ opresora. Lo homosexual es una cuestión del Estado de Bienestar y sólo compete las dimensiones corpóreas del Hombre; ni mención alguna a todo lo demás que compete una sexualidad diferente, que por experiencia propia afirmo ser mucho. La intelectualidad homosexual canonizada y culpable de la deriva de la defensa comunitaria de identidades diferentes vive a golpe de subvención creando productos de consumo de exaltación de lo estrafalario, como Almodóvar, José Carlos Plaza o Miguel Bosé, centrados de manera obsesiva en los mundos del sexo, las drogas, los abusos del lenguaje y la amoralidad nihilista hiperdegradante del ser humano. De hecho, el triunfo de estas industrias culturales no puede tomarse a la ligera, pues evidencia una apuesta del poder por insertar en el imaginario colectivo personajes como los de Almodóvar, quizás el cabeza de lista de la degradación de la homosexualidad a cuestiones genitales. La razón es evidente y se encuentra hoy día en las consecuencias de la homosexualización pautada. La identidad que incitan a forjarse estos relatos es una centrada en el hedonismo, el epicureísmo y la docilidad amaestrada; una personalidad cosista, excesivamente consumista, consagrada a las instituciones por ser quienes ‘emancipan’ y liberan del yugo humano sufrido durante…toda la historia de la humanidad. No en vano, las asociaciones de homosexuales y demás integridades sexuales proliferan a la vera del Estado, son subvencionadas y su actividad se centra en integrar en la política la concepción progresista del hombre gay moderno, de sensibilidad daliniana y debilidad congénita que acarrea incontables traumas de un pasado de desprecio, o la mujer lesbiana moderna, igualmente aupada como modelo de mujer empoderada, virilizada como potenciación de capacidades y deudora del feminismo, que la ha hecho ‘financieramente libre’. Así, el movimiento homosexual, tanto como el feminista, resulta ser una falsa trompeta que termina por reunir batallones de personas que claman dádivas al Estado ultraprotector bajo las que son ‘liberadas’.

Resulta llamativo acercarse a aquellas regiones del planeta donde la propaganda homosexual, de la mano de los productos culturales hiperpromocionados, además de la típica retahíla progresista-izquierdista que promete la liberación pletórica, total y permanente, no ha llegado. En esos lugares, como la ruralidad sudamericana, que es la que conozco de primera mano, no existe una concepción de la homosexualidad como integridad sexual unitaria. La monserga occidental vendrá a decir que allí donde no existe la movilización social todavía perdurará la represión brutal y desmedida. El problema de hacer universal este hecho, que es muy cierto en muchas partes del planeta, en el pasado y en el presente, radica en que sólo se esgrimen los beneficios del estado social como salvacionistas, que llegan para aniquilar algo así como la Inquisición medieval instaurada en estos lugares. La aniquilación de la diferencia que perpetra Occidente a través de este tipo de justificación no es nueva y es idéntica a la que esgrimen ONGs y por supuesto Naciones Unidas para dirigir sus misiones ‘de paz’ y cooperación. Este paternalismo institucional se apodera de las cuestiones y las transforma en herramientas de control social, y antepone este fin al verdaderamente preocupado por ayudar a las personas, por lo que es indeseable.

Existe una línea argumental que pretende denunciar que la proliferación de homosexuales en la actualidad de Occidente no es casual y que el entorno de productos culturales homosexualizados, tanto como de iconos públicos homosexuales, ha fomentado un acercamiento entre los mismos sexos. Me parece arrogante tanto la argumentación institucional, que aboga por que siempre han existido los mismos homosexuales, solo que ahora ya no están oprimidos (el mito del 10% de Alfred Kinsey), como la que establece que la homosexualidad es simplemente una moda promocionada por el poder con cualesquiera fines. Bajo sendas explicaciones se procede a una trivialización de la cuestión homosexual. Lo cierto es, no obstante, que existe una alta promoción institucional de los motivos homosexuales manufacturados, debido a que estos patrones de conducta refuerzan las posiciones de dominio, como ya se ha dicho. La cuestión homosexual, como se sabe, se dirime entre los polos biológico y social, siendo sus posturas exaltadas una reducción total, bien a la genética, bien al entorno. Seguramente la conjugación entre una predisposición genética y un entorno promocional son la llave, algo que no están por la labor de asumir las avanzadillas de cada credo político. Las asociaciones homosexuales niegan en rotundo el conductivismo social y se suman a la idea de que los homosexuales siempre han vivido recluidos, en mismo número. Lo único cierto es que no hay ninguna evidencia de ninguna u otra postura, más allá, claro, de los estudios científicos que se encargan por orden ministerial para probar una u otra cuestión con la rúbrica de poder de la ciencia.

Bandera_Gay,_Dia_del_Orgullo_Gay,_Madrid

Como hipérbole de la desmesura gay institucionalizada, que agrupa cada vez más voces conformes, tienen lugar las celebraciones de la temporada (ya no es un día sino una semana) del ‘Orgullo Gay’, término acuñado concienzudamente para hacer aflorar la defensa a ultranza de identidades manufacturadas, como se evidencia tras asistir a alguno de estos eventos. La publicidad ha triturado casi por completo la posibilidad de sentirse homosexual pero no representado por lo delirante de las propuestas verbeneras de carrozas y princesas atrofiadas. Lo homosexual es hoy una cuestión de manual, ya que integra ese arma de doble filo que consiste en sugerir subrepticiamente una represión atroz a menos que el colectivo se eleve casi en armas contra la intransigencia social superarraigada. Quienes no se sumen a los desfiles y a las publicaciones degradantes para el cultivo reflexivo son sugestionados de ser abandonados, personas sin voz social representativa que vele por su ‘seguridad’; y así, el despropósito del Orgullo Gay suma y suma personas que son forzadas subliminalmente a construir su identidad a través de las imágenes vertidas desde las carrozas. Los artífices detrás de estos eventos no son organizaciones altruistas ni libertadores innatos. En Madrid, es el Ayuntamiento, seguido de organizaciones estatales hiperfinanciadas, como AEGAL, apasionada de mercantilizar la causa homosexual, o FELGTB, cuyo presidente, Pedro Zerolo, ha sido caballo de batalla del PSOE en la causa homosexual, como ha sido costumbre en la izquierda y especialmente durante el gobierno de Zapatero. Este señor, sin desperdicio, se siente orgulloso de frases tales como “el gay es al homosexual lo que la feminista a la mujer; todos los gays son homosexuales, pero no todos los homosexuales son gays’, que subraya la concepción de ‘gay’ como personalidad comprometida que lucha (al modo que le parece bien al PSOE) por ‘la causa’. El movimiento homosexual es una industria multimillonaria a la que se adhieren todas las fuerzas políticas, como ha sucedido desde hace años con el feminismo, lo que vaticina su futuro inmediato: convertirlo en religión obligatoria. De hecho, el Ayuntamiento de Madrid recibe los beneficios de estas celebraciones mientras continúa su campaña electoralista de ‘restringir’ en lo poco importante la causa, de cara a su electorado, como hizo cuando multó a la organización por ‘contaminación acústica’ mientras llevaba a las arcas los resultados de una promoción mundial del evento, como puede leerse, año tras año, en su página web.

Fenómeno inducido o solamente aprovechado por el sistema, lo único cierto es que la homosexualidad está categorizada y homogeneizada alrededor de aspectos degradantes, que atomizan las relaciones y las conducen a la tan común promiscuidad típica del prototipo homosexual, donde el amor ya no es posible y el sexo es el verdadero objetivo, junto con una relación inhumana con el mundo vulgar apodado arte contemporáneo donde cualquier excentricidad tiene oportunidad de éxito si basa su haber en principios zoológicos. La estética, como apéndice de una libertad tenida por total en tanto uno se puede vestir u operar como desee, es el único valor que integra el homosexual manufacturado, que en lo personal guardará resquicios de su existencia humana pero que esta identidad universalizante oprime y no deja aflorar. Quizás las últimas cotas de la contrarevolución homosexual, en lo referido a las cuestiones sexuales, sea la transexualidad, que hoy día goza de un debate social sin precedentes y gana aceptación entre los colectivos institucionales que se adhieren irreflexivamente a la teoría del Doctor Money que dicta la naturaleza se puede equivocar y uno se puede sentir del sexo opuesto, incluso durante la adolescencia, cuando la conciencia ni siquiera tiene aún muestras de solidez. Por continuar la tradicicón de arribismos, el PSOE otorgó respaldo a la transexual Carla Antonelli como diputada por Madrid mientras se prometía que el cambio de sexo estaría financiado por la Seguridad Social, a la vez que la campaña mediática favorable a lo transexual y andrógino parece que se prepara, mientras que la cultural, de la mano, otra vez, de los delirios de Almodóvar, con ejemplos como ‘La piel que habito‘, ya ha comenzado.

El respeto de la diferencia (detestable es denominarlo diversidad – versiones de la misma cosa) en la integridad respecto a la sexualidad o cualquier otra preferencia es del todo respetable y exigible en un entorno social sano; pero la intervención oligárquica sobre la concepción social de estas cuestiones debe denunciarse sin cesar para poder reapropiarnos de todos los conceptos y decidir, en libertad, quiénes somos y quiénes queremos ser. Lo preocupante es que el crimen de intromisión ya no conoce límites y se realiza a todas horas desde varias bandas, incluidas las edades tempranas, que son las más frágiles, pues quién sabe si un condicionamiento temprano hace imposible establecer, una vez hechos adultos, si estamos más cerca de haber sido fabricados o de haber sido ‘nosotros mismos’.

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5 Responses to La cuestión homosexual (1), religión de nuevo cuño

  1. Un royo demasiado complejo para esta cabeza esta mañana. Pero la aprehensión ante el panorama me parece bien encontrada y señalada.

  2. Hugo says:

    Enhorabuena por el blog, Alexei. No exagero cuando digo que es uno de los mejores blogs que he leído hasta ahora (y llevo en esto de los blogs unos siete años). Si a eso le sumamos que aún eres una persona joven, te auguro un gran futuro intelectual. Sigue así. Te seguiré la pista, a ver si me caen algunas migajas ;o)

    Un abrazo.

    • Gracias Hugo, necesitamos ponernos en común en lo importante. Prefiero y desearía a otros un buen futuro, en sí, pues a veces lo intelectual no nos deja avanzar demasiado, no nos deja mirar más allá.

      🙂

  3. Raúl Eduardo Toer says:

    Hola. Hace un rato descubrí por casualidad este blog y hace horas que me tiene atrapado. Por cierto que no coincido en todo (¡afortunadamente!), pero se revela un intento que rompe con lo usual y provoca la reflexión profunda. Este tema sobre “un pensamiento único” sobre la homosexualidad y el feminismo bajo pena de ser una especie de sarnoso intelectual es una punta de lanza para abrir las mentes y resistir la colocación de uniformes. Realmente, el reduccionismo del sentido de la vida es una mutilación, sobre la cual está prohibido hablar, atreverse. Siendo en Argentina las 02:50, doy las gracias por tan estimulante trasnoche. Raúl.

  4. Pingback: Contra la huelga feminista: comentario detallado al manifiesto del 8M. | Al encuentro de quien busca

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