La cuestión homosexual (2), el mito del odio entre iguales

El motor del activismo gay se lo debe todo a la concepción de que la homosexualidad es odiada y perseguida entre las personas de la sociedades modernas tanto como en el pasado. Esta barbaridad, que convierte al ser humano en intransigente por naturaleza, en algo así como un bruto cerrado de mente, se une al paroxismo feminista que condena el patriarcado eterno que instauraron los hombres, los varones, y conduce a una visión del mundo del enfrentamiento, donde las personas comunes se odian entre sí en función de distinta condición. Evidentemente, este despropósito viene a esconder al principal culpable de la represión, que es el Estado, en los últimos siglos, como concentración vasta de poder vertical y obligatorio, y anteriormente, como instituciones embrionarias u otras con poder dictatorial, como fuera la Iglesia. Fue el Estado quien instauró a nivel masivo un paradigma patriarcal y fue el Estado quien reprimió la diferencia sexual de toda forma normalizada de comportamiento.

A nivel personal, el clima de violencia estructural que existe socialmente, donde todo se articula hoy en torno a lo coercitivo, la amenaza y sobre todo, el miedo, induce comportamientos violentos, denigrantes e intransigentes, que son los que, desde el empoderamiento de las organizaciones, vienen provocando respuestas personales represoras. La destrucción de lo afectivo en el entorno inmediato de la persona provoca una situación de agresividad, a menudo inconsciente, que protagoniza episodios de dura represión dependiendo de la condición. Con lo afectivo a salvo, como a cada cuál puede demostrarle, con suerte, su experiencia, la distinta condición de cualquier cuestión no es motivo para la intransigencia ni mucho menos la violencia. En el amor entre iguales, los seres humanos somos compasivos y condescendientes. La homofobia y la misoginia no son congénitos, sino que suceden tras la mutilación de la vida afectiva de las personas, tanto como suceden las frustraciones, los traumas y las enfermedades.

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Por tanto, es despreciable la universalización de la homofobia y la misoginia a toda la sociedad, pues es algo que nos convierte en culpables, acrecentando el enfrentamiento y el odio. La represión sexual ha llegado de la mano de la legislación, que en el pasado ha prohibido el sexo no heterosexual, y sólo como consecuencia de la sociedad enferma, salvando los casos puntuales de intransigencia, los seres humanos nos hemos empezado a odiar entre nosotros.

Otra cuestión a tener en cuenta es la relación entre la identidad gay y el capitalismo. Se tiene constancia de los comportamientos homosexuales en el pasado, tanto a nivel testimonial, literario, como legal, ya que la razón de ser de leyes represoras es la existencia de comportamientos punibles. Pero es necesario entender que no es lo mismo preferir el sexo homosexual que considerarse gay, a la luz de la sociedad en que vivimos. La identidad gay que hoy se reivindica y de hecho promueve desde las instituciones y organizaciones estatales es una que tiene la concepción sexual del ser humano como fundamental en el diseño de la vida. La identidad, la consciencia de sí de una persona, es un añadido de todas las dimensiones que competen la existencia de un ser humano, con prioridad a aquellas que se crean más importantes. La identidad gay promueve de facto un culto corpóreo y sexual, concede primacía a las cuestiones terrenales e invita a forjar la identidad personal como una identificación con éstas, de ahí que la personalidad gay prototipo se afane por externalizar su condición sexual interna, invisible en sí, a través de la apariencia del cuerpo, la estética o el amaneramiento. El sexo homosexual, como cualquier elección sexual, es algo íntimo, invisible, sordo; sólo debido a una fuerte identificación de la persona, el constructo de integridad y aspiraciones, con lo sexual, se produce una personalidad hiperpreocupada por el sexo, con una integridad sexuada y aspiraciones eminentemente sexuales o corpóreas. Personas con una mente que eleva las causas físicas a casi la totalidad de la vida.

La elección homosexual no implica en sí una identificación reduccionista de la persona con lo físico o sexual, de la misma forma que la elección heterosexual tampoco. El sexo es sólo una dimensión de la existencia humana, y hacerla total y única es una mutilación. Con esto se quiere apuntar que, en el pasado, la homosexualidad estaba presente como elección sexual, con insondables motivos, según el tiempo, las zonas del planeta y las personas, pero no existía una identidad gay, una identificación tosca con el sexo, tanto como existe hoy, pues en primer lugar, la identidad gay contemporánea está hecha universal, unitaria y homogénea debido a la uniformización de los comportamientos inducidos y manipulados mediaticamente por redes de poder globales y verticales.

Las posibles identidades gay del pasado estaban confinadas a ser expresiones personales o de pequeños grupos, regionales si no locales, que protagonizaban personas con tendencia homosexual. La diferencia entre los posibles comportamientos homosexuales y sus causas, sus implicaciones sociales y sus relaciones horizontales con los comunes, entre dos comunidades distintas en el pasado fue, por necesidad, grande. La identidad gay universal que hoy es común a todo Occidente y cada vez más allá es fruto de la aniquilación de la diferencia local, y debido a la historia del capitalismo y del poder, es una imposición. Es temerario pensar que en el pasado la cuestión homosexual era unitaria; basta analizar la multitud de concepciones del sexo heterosexual según las culturas para constatarlo.

El capitalismo desintegró progresivamente las relaciones horizontales afectivas (las que impedían con más efecto una intransigencia debido al amor entre iguales, no importa la condición), al externalizar la producción de las comunidades y los hogares, núcleos de encuentro entre las personas. Primero el varón se vio en la necesidad de tributar y obtener un salario fuera del hogar; la mujer, poco a poco, abandonó sus labores autosuficientes para el hogar y comenzó a utilizar el sueldo del hombre para adquirir los bienes que antes producía por si misma, hasta hoy, donde el hogar es un lugar de encuentro nocturno tras jornadas de labor aislados los unos de los otros. Esto provoca, además, un gran cambio en la relación entre sexualidad y reproducción. Durante mucho tiempo la sexualidad estaba impelida por una necesidad de reproducción, debido a que los niños y niñas colaboraban en la producción autosuficiente del hogar, algo que sigue ocurriendo hoy día en comunidades rurales andinas, por ejemplo, donde la identidad gay, por cierto, no existe, como fenómeno de masas. Hoy día, la reproducción nada tiene que ver con la supervivencia, y de hecho, la maternidad y paternidad como experiencias humanas fundamentales son incompatibles con el trabajo asalariado.

La destrucción del tejido afectivo humano y el confinamiento de ambos sexos a labores productivas indeseables e intrascendentes para la vida han producido seres embrutecidos, tremendamente avariciosos, cosistas, egoístas y odiosos, justo el tipo de animal laborans que requiere el capitalismo para funcionar de forma óptima. Esta atomización de las relaciones tiene, seguro, mucho que ver con la proliferación de la homosexualidad como repudio del sexo contrario y explica la concepción de la identidad gay como construcción ideológica centrada en la avaricia, el consumo, el elitismo y la competición, justo el tipo dominante de homosexuales que existen hoy día. Por tanto, puede deducirse, sin tampoco cincelarse como dogma, que los comportamientos homosexuales son congénitos al varón y a la mujer como especie, pero la identidad gay es un producto ideológico moderno, aupado por la historia del capitalismo y en la actualidad apoyado por el mismo. La identidad gay se crea a través de un proceso de retroalimentación: es el régimen moderno de producción y trabajo, cada día más acrecentado, lo que permite en cierta medida su afloramiento al enfrentar a los sexos, y a la vez, en los últimos años, la biopolítica ha decidido dejar de condenar la homosexualidad, como hiciera en el pasado, y promocionar la identidad gay, como reducción atroz de la cuestión homosexual a los preceptos de hedonismo y animalismo, típicos cada vez más de distintos ámbitos de la sociedad, razón ésta por la que el poder apoya el movimiento gay.

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