Algunas notas sobre la exigencia de vivir (I): La trampa de la identidad y la identidad moderna como trampa

‘Anda camaleónico entre disfraces de ocasión, vestidos para relacionarse con el mundo. Pero en su interioridad sabe del baile de máscaras, del oportunismo de vestirse de telas engalanadas y ofrecer las mejores posturas: siempre necesitar de impresionar a quienes sean los acompañantes…’

La modernidad es ese espacio donde los límites del laberinto son extensos, están tan alejados en el horizonte que parecen no existir. En lo interior de la jaula, todo se permite, a condición de que se haya borrado la propia concepción de jaula.

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En el descenso de lo cotidiano, el hecho de vestir pieles cualesquiera pero saberse más allá de eso, identificarse a uno mismo (lo que quiera que sea uno mismo) con algo distinto a lo que normalmente se considera que son nuestras (como especialmente conquistadas) elecciones y nuestros gustos; ese hecho, es el que puede iluminar los barrotes de la prisión moderna. La revolución interior es exigencia primera para encontrarnos esclavizados por sinergias condescendientes. Nuestra determinación social no es genuina, es impuesta, y nuestro libre albedrío es un simulacro de libertad, pues la libertad no reside en el obrar infinito o aleatorio, sino en la calidad del obrar, que emane de algo suficientemente humano y no pervertido por aleccionamientos cualesquiera sean los motivos. La modernidad parece ser un punto de inflexión donde se nos ha hecho casi del todo incapaces de saber mirarnos a nosotros mismos y descubrirnos una obra pop, porque lo que venga después quizás sea un escenario donde ya no sea posible descubrirnos presos. La modulación de la conciencia podría adquirir nuevas implicaciones (y no es atrevido aventurarlo, si comparamos la afirmación con la que pudieran hacer hace tres siglos sobre el estado de las cosas hoy día) que vayan más allá de lo esperado hoy día.

¿Por qué resistirse? Es una reflexión merecida, sobre todo cuando intentamos postular una alternativa y todo se desvanece bajo el yugo del progreso. La resistencia surge como necesidad ante lo determinado, tal vez, una vez somos conscientes de que se nos conducirá casi indefectiblemente hacia un lugar. No nos gusta el destino, pudiera parecer. Encarnamos la ley de la contestación perpetua ante lo dado, como contraprestación congénita. Pero yo subrayaría el hecho de que la contestación pueda basarse no en una predestinación divina, sino en el rapto del destino por iguales. La lucha contra el futuro tiene por frente la moral; ella es quien batalla sobre lo que postulamos correcto e incorrecto. Pero, ¿es posible trascender esa escaramuza? Y tal vez apostar por un destino cualquiera pero propio, el que sea que merezca una comunidad en función de su integridad colectiva…? Es difícil superar la fuerza de imposición de lo que consideramos bueno; pero, de haber algo más allá, ¿estará la asunción de lo propio, lo libre, a cada comunidad, como lo adecuado? ¿La defensa a la capacidad de elección como única sustancia de lo deseado?  Al fin y al cabo, eso resultaría en entregarle al mundo su propio destino, no importa el resultado. Y ahí estaríamos apostando por la libertad libre, no como un medio sino como consumación de un valor distintivo. Ser libres para, no importa qué.

‘En su estancia por el mundo, asume distintos papeles, constantemente, con las personas de su entorno; con los espacios, los lenguajes, los sentidos. Se desenvuelve de muy distinta forma, imitando, copiando, intentando innovar, sorprenderse y resultar integrado, a la vez que distinguido, concreto, especial. Pero en no importa qué lugares o a través de qué personas, le asalta el pensamiento de separatidad del escenario. Se encuentra encarnando personajes, dirigiendo su cuerpo con impulsos y decisiones oportunistas. Eso le parecen ser signos de su identidad verdadera, una que se haya oculta a la inmanencia del mundo. Pero el proceso de emancipación de su propio yo está teñido de tragedia, que es lo que salpica su vida entera; ¿por qué asumiría, entonces, que esa nueva identidad revelada sería su total y pura esencia, y no un nuevo teatro con funciones más sutiles? Eso le lleva a plantearse los procesos de autopercepción como una escalera coronada por la contemplación divina. A fin de cuentas, Dios, en esa escala, no precisa de decoro divino, sino de fe en uno mismo. Y eso le reconforta y le sirve de guía en el mundo; es más, gracias a estos descubrimientos, su desenvolvimiento en el suelo es más libre, más ameno y no está medido por la carga del miedo. El final del sendero es la disolución total del miedo.’

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Todo está relacionado; la apreciación del entorno depende de la apreciación de la propia identidad. Somos una integridad relacionada, y no podemos funcionar en desfases, con una conciencia cívica emancipada y un yo ególatra y miserable. En el camino de revolución, que significa, a fin de cuentas, dar un paso más en la escalera de disolución del miedo (y todo lo que trae aparejado), el primer paso está en la conciencia de identidad. La identidad define las estructuras con las que interpretamos el mundo; los simbolos con los que componemos el lenguaje. Si somos capaces de trascender nuestra piel escamosa y afirmar que somos algo más, por principio, seremos capaces de apreciar más allá de lo racional (mecanismo a veces insuficiente) que la sociedad no es todo lo aparente, que existen fuerzas ocultas que podemos identificar una vez nos desprendemos de la identificación forzosa que se nos ha impuesto. El escepticismo en lo evidente, a fin de cuentas, se inicia como catalizador del yo pero es extensivo a todas las celdas de la experiencia humana, siendo la identidad la transversal.

‘Cuando se despojó de sus telas de gala; cuando se deshizo del hechizo del cuerpo, se encontró desnudo pero sin vergüenza. Y levantó las manos y se paseó por toda la ceremonia con la actitud más serena que el resto, que se tambaleaba en sus tacones imposibles.’

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