El desarraigo: La tierra

Un breve relato sobre alguna persona que reflexiona sobre sus intestinos en un banco de la ciudad

banco ciudad

Mientras pasea por las grandes y ajardinadas avenidas de la ciudad, no puede evitar preguntarse el origen de todo. Quiere decir todo, en su más pronta significación: cada árbol colocado en la mediana y en inquebrantable orden a lo largo de la acera; cada bloque de piedra y ladrillo formando los edificios; cada vehículo que avanza a una velocidad insoportable, y cada parte de cada vehículo, todas excesivamente parecidas y con una también insoportable intención de parecer diferentes. Aminora el paso según le parece inasible cada elemento ordenado de una determinada forma ante sus ojos; querría dedicarle a cada uno renglones enteros de pensamiento, que le condujesen a alguna sabia certeza. No puede observar la conexión entre todos ellos y cree que andando más despacio logrará desentrañar alguna suerte de génesis general.

Esta incómoda pregunta, ‘¿de dónde viene todo esto?’, no es del tipo de pregunta que pide responderse en un corto periodo de tiempo. Sí pide, no obstante, una contestación concreta, mas ésta llega tras un largo proceso de reflexión, tras preguntarse, una y otra vez, en una y otra calle, lo mismo. Por tanto es del tipo de pregunta compañera, con la que creces, con la que dialogas, a la que haces alguna concesión momentánea que luego retiras para volverte más exigente. Es una pregunta vital, por lo tanto, que pertenece al tipo de cuestiones que verdaderamente nos importa. El hecho de aminorar el paso nos indica que en esos momentos no hay ninguna otra exigencia que apremie sobre la necesidad de darle respuesta.

La pregunta, asimismo, no nace de una casualidad. Nace de una cierta incomodidad, resultado de un observar sensible del entorno, una preocupación exquisita que requiere reconquistar el orden que ahora ya no ve en el ambiente que ha mamado desde pequeño. Mientras observa las farolas con presunta fascinación, seguramente con gesto entontecido, en su interior se agudiza una temible punzada según se aproxima a una primera verdad. Su vida ha estado desde siempre iluminada por estos calderos mágicos, que obtienen la electricidad de algún lugar invisible. Ha viajado siempre sobre vehículos de cuatro ruedas, unos cilindros que llegan desde algún otro lugar invisible junto con todo el armatoste de hierro. Ha vivido en una misma casa toda su vida pero ha cruzado el umbral de incontables otros hogares, que se componen de unos ladrillos, cemento, corcho y pintura que llegan de algún otro lugar invisible. La sospecha de ese otro lugar tan invisible se torna insoportable cuando se piensa en ese mágico conducto que conecta el inodoro con esa dimensión oculta. Asimismo, ese universo desconocido proporciona agua, gas; a él van a parar los plásticos arrugados de los envoltorios con los que llega, de ese mismo lugar, la comida, como los viejos muebles y otros cacharros que son sustituidos con los años en casa. La existencia de este otro lugar siempre ha sido una evidencia pasmosa. El origen de cualquier bien del que ha disfrutado se lo señala con imprudencia, y ahora, apostado en los bancos fantásticos que se reparten por la ciudad, comienza a relacionar todo y recaba en la existencia de ese otro enorme lugar.

Este otro lugar es la mentira de la ciudad. Es la negación de la autonomía humana en su más abrupta representación, de forma que se ha hecho tan invisible que nadie la echa en falta. Esta pregunta que le resuena tan persistentemente es el resultado de hacer frente a una insoportable realidad, esa repentina angustia que sentimos cuando descubrimos una mentira. La pregunta es ya en sí misma una concreción y contiene parte de su misma respuesta. La pregunta ‘¿de dónde viene todo esto?’ nos está diciendo con flagrante verdad que todo lo que nos rodea en la jungla de cemento no nos pertenece. En esta impostura, y en su relación con ella, todo ese universo mágico de origen y destino de las cosas que pasan delante de sus ojos le señalan lo dependiente que es su cotidianidad. Con estas averiguaciones, de repente el banco donde se encuentra apoyado se le antoja la cosa más frágil del mundo, y con él, todos los robustos edificios empedrados de varias alturas, todos los coches, todos los inodoros, todos los supermercados y todos los parques.

Tras la insistente voluntad por responder a una pregunta que ya le atormenta está el resultado que ha efectuado la ciudad sobre su conciencia. La ciudad, al proveer, arrebata. Su vida entera no ha estado rodeada de grandes lujos, pero no obstante ha sido ajena a esta pregunta hasta ahora. Y, como hemos dicho, esta pregunta no nace de una casualidad sino de una muy cierta sensación de desazón, de desarraigo, que particularmente ha florecido en él de esta forma. Este desarraigo tiene una muy clara razón de ser: la desprotección del Hombre sobre sí mismo, una vez vive una constante mentira. En la ciudad, ningún hombre o mujer es dueño de sí mismo, pues ha de delegar todo con lo que interactúa en ese universo mágico invisible. La autonomía que con ello se pierde sobre nuestras necesidades y apetencias más inmediatas es silenciosa, pero una vez hacemos frente a la solemnidad del pensamiento, en el interior de nosotros mismos, la sensación de vacío, de pérdida y errancia respecto de nuestro primer bien, la tierra, que hemos sepultado bajo adoquines y asfixiado en bolsas de supermercado, es paralizadora. La fragilidad del banco sobre el que se apoya ahora se transforma en una desprotección aguda; esos hierros ahora tan frágiles están a punto de venirse abajo, y entonces, ¿qué hará él? ¿Qué puede hacer, más que buscar otro banco? Ahora todos le parecen iguales, y en su respuesta no encuentra paz sino más desasosiego. En su respuesta se haya ya parte de la gran verdad: la ciudad, sus suministros despreocupados y su espacio invisible nos embrujan hasta desprendernos de la necesidad de vivir.

Sí; su pregunta, la que nace no por casualidad sino porque este desarraigo verdaderamente le pesaba ya antes de formular las palabras, le ha conducido hasta su infancia. De ella recuerda que la teta le llegaba a la boca y podía defecar sin pensar a dónde iba todo eso. Pero ahora entiende que toda su vida ha sido una segunda infancia; la teta ha seguido dando de mamar sin exigir ser entendida, y los pañales siempre han sido limpiados por una mano ajena. Ahora puede seguir alimentándose y yendo al baño de la misma forma, pero esto ha hecho de él un ser tan alejado de sus propias exigencias que ya no lo soporta, y al menos en el pensamiento necesita encontrar una alternativa. Necesita recuperar la noción de sí mismo, meter la mano por el conducto del inodoro y limpiar todas sus ingenuidades.

La respuesta a su pregunta consigue aliviar su pensamiento, pues al menos ahora sabe que su más apremiante objetivo es recordar quién es él, desde los mismos cimientos de su más sustancial presencia: su organismo.

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