Para una crítica radical de la izquierda (1): Introducción

En los tiempos que corren, de cara a liberar el pensamiento del fanatismo al que se adhiere gracias a las teorías políticas, la crítica al pensamiento izquierdista es fundamental. Hay que entender esta fijación no como una dedicación exclusiva, que reafirmara de alguna forma la ideología ‘de derechas’ por oposición, sino como una meta más importante, la de la crítica a la izquierda, que a la derecha, lo que se explicará.

IDEAS

Una de las primeras concesiones que hay que hacer es, efectivamente, caer en la dicotomía izquierda-derecha, una decisión que ya compromete del todo el pensamiento. Uno de los objetivos, por tanto, de dicha crítica, consistirá en recordar lo inconveniente de ese debate, pero tomándolo prestado precisamente para focalizar. La contradicción le será inherente, de forma que mientras se toma partido por dicha estructura (la de dividir la teoría política en izquierda-derecha), se estará negando su conveniencia. Así, esta crítica no puede aspirar a ser totalizante, sino sólo una guía a complementar, pues su necesidad es obligada; sólo debido a la situación actual de las cosas, es necesario descender a un nivel en el lenguaje en que, en este caso, se polarice el espectro político. Cualquier proposición política genuina debería hacerse liberada de condicionantes tan manidos; por eso, precisamente, una crítica así debe preceder a cualquier intento de postular una alternativa política efectivamente libre.

Según esto último, creo que una crítica tan necesitada no debe construirse como arma dialéctica. Quizás sí en algún sentido, pero si algo me demuestra lo vivido es que la batalla de las ideas no sólo se gana en el enfrentamiento verbal. Lo que quiero decir con esto es que en la crítica hay que conceder una parte fundamental a la experiencia, a las referencias del mundo inmediato, y no construirla bajo una abstracción teórica inabarcable para un entendimiento práctico. La crítica no debe ser un discurso al modo de la misma izquierda, un cuerpo de preceptos, sofismas y leyes que no se identifican en nuestra vida personal; la misma crítica, como metacrítica, debe ser una antítesis de los procedimientos dialécticos preferidos por los credos ideológicos; debe decirles basta, señalar su iniquidad y negarlos. Esto trae a un primer plano la necesidad de recuperar el pensamiento de la abstracción, devolverlo a la dimensión humana. La batalla de las ideas debe ser ganada en calidad, no por superioridad racional. De hecho, la izquierda tiene un muro tremendo ante sí como defensa en la argumentación formal; pero en la experiencia, apuntando a los hechos del mundo y sin tampoco erigirlos, en su particularidad, como universales, la izquierda no puede hacer absolutamente nada más que contraatacar con más y más letanías religiosas.

Pues bien, para preparar dicha crítica, hay que tener bien en cuenta lo dicho, y además, templar el ánimo. Si algo destaca en los debates políticos es la crispación, precisamente porque la diversificación del pensamiento y su defensa bajo una argumentación racional impersonal, sin base en lo humano, impide el entendimiento, porque efectivamente otorga razón a ambas partes. Hay mucha verdad en las críticas que la derecha realiza sobre la izquierda, y viceversa. Me refiero, mucha verdad relativa (asumiendo el universo polar izquierda-derecha). En esa calma en el diálogo, primero en el monólogo del texto y luego en su defensa, debe imperar la intuición, la sensación, y no la Razón pura, la que tosca, ciega y abruptamente nos afirma que tenemos razón. Digamos, debemos protegernos contra la sinrazón de la Razón; sabernos humildes, pequeños, intentando pensar el mundo, abiertos al debate, lo que nos permitirá observar el terreno de juego. En esta observación muy rapidamente se descubre si los argumentos del otro también tienen base en las dimensiones humanas sensibles o provienen de la ingobernable teorética erudita tramposa y alienante. La crítica será, así, un proyecto abierto, no un manual de política.

Y, ¿por qué una crítica radical a la izquierda? Quiero decir, ¿por qué como necesidad, imperativo; como algo dedicado? La ideología izquierdista hoy día se ha autoasignado el subtítulo de ‘pensamiento alternativo’. Se ha construido una tremenda mitología alrededor de sus preceptos, en una fascinante demonización del contrario, la ‘casposa derecha’, para insistir e insistir que sus filas contienen el germen de la revolución o, cuanto menos, del cambio. Las estrategias de la derecha no son menos honorables, pero lo que así ocurre es que el pensamiento preocupado por la realidad de algún cambio o revolución efectivos cae atrapado en el credo del progreso. La izquierda consigue que la revolución se piense en sus términos, y éstos son, en esencia, antirevolucionarios, por numerosas razones, que la crítica deberá abordar. Esta es la razón principal por la que la izquierda necesita ser reducida, necesita dejar de operar en el pensamiento de las personas, para que el interés por un cambio sustancial pueda florecer en algo verdaderamente emancipador. Evidentemente, es fácil descubrir cómo esto no es un accidente; que la izquierda se apropie de la voz de la revolución forma parte del mecanismo del sistema de poder para autoregenerarse e impedir, no sólo en la calle, sino en la mente, concebir una revolución. En esto, la izquierda debe ser señalada como culpable, algo que la historia demuestra con creces, pero no así sus seguidores, personas que terminan operando y pensando bajo sus preceptos pero que, generalmente, a título personal albergan buena voluntad. Además, esto permite ver que la izquierda es una parte fundamental del sistema constituido y que, así, jamás lo comprometerá en lo más mínimo.

La crítica a la izquierda no debe ser una crítica personal, que pretenda reducir a sus militantes, sino un modo de liberar esa buena voluntad puesta contra las rejas. Debe ser una guía para potenciar la hermandad entre todos nosotros, pese a militar en ideas diferentes, donde la trampa de las religiones políticas como la izquierda salga a relucir. Es sumamente interesante el testimonio de esas personas que durante mucho tiempo militaron activamente en la izquierda; personas que tuvieron una muy buena fe y que, una vez descubrieron la gran estafa, reajustaron su buen hacer hacia nuevos lugares, ya salidos del catálogo al uso. Una sintomatología común, si se me permite, en personas afines a la izquierda, es que su buena fe actúa como un narcótico para el pensamiento. Ellos y ellas se sienten haciendo el bien, y en tanto el credo político les recuerda que son la voz de la revolución que está por llegar, el pensamiento colapsa y la intervención mental es muy, muy efectiva. Así, no se puede cuestionar dicha buena fe, ni tampoco esgrimir, como dije, una lista de argumentos y contradicciones que tiene la izquierda, sino que hay que ilustrar, hay que hacer evidente para la inquietud humana dichas fallas, de modo que al final el convencimiento se haga sobre uno mismo; de modo que al final sea insalvable la evidencia e insoportable seguir engañándose a uno mismo. Cuando se evidencia que, por ejemplo, toda la ideología del progreso que suscribe la izquierda se sustenta sobre el expolio y el control de unos humanos sobre otros; que la tecnología y el bienestar no son rentables sino que son sólo una pequeña parte virtual de un mundo depredador muy real para una mayoría mucho más numerosa que quienes disfrutamos de los frutos de su sometimiento; que, en la lógica de dicha práctica, el ecologismo y las ‘obras sociales’ de estados y empresas (ONGs) son sólo una morfina que alivia un dolor local, pero cuyo germen está en la existencia de dichos estados y empresas; y así, una lista temible y larga; cuando se evidencian dichas realidades, observables hoy, aquí, ahora y siempre, no es necesario entablar debate alguno y sólo el nivel de cinismo al que nos obliga la sociedad actual puede medir cuánto más o menos pronto la ideología izquierdista se desvanece como opción emancipadora.

Además, la izquierda no puede ofrecer otras realidades contrastadas, pues no las tiene. La izquierda, como religión política, opera en la mente gracias a la irreflexión fruto de los actos de fe. Las personas asumimos algunos preceptos sobre los que interpretamos la realidad, y dedicamos esfuerzos terribles, miles y miles de manuales políticos incluso, a llevar dicha interpretación a buen puerto; que quede bien hilada, razonada, explicada, todo casi incontestable, pero jamás se repara en la adecuación de los preceptos iniciales, pues éstos son la debilidad de dicha ideología, ya que son auténticas invenciones. Así, muchos manuales de más de mil páginas sobre teoría política son correctos, en su argumentación; denotan un dominio de la lógica formal encomiable, pero en lo que a representación del mundo se refiere, no contienen más que medias verdades, si no invenciones absolutas.

La izquierda se ha dedicado a ocultar el origen de dichos primeros postulados, de forma que hoy día sean una especie de supuesto universal que nadie cuestione. La crítica debe penetrar en el origen falaz de dichas entelequias y enseñar que lejos de ser incontestables se pueden reducir según nuestra misma experiencia. Uno de los objetivos estratégicos de la izquierda, como toda crispación y alienación del pensamiento, es impedir poder pensar sobre dichos axiomas básicos, y así es que hoy día se produzcan debates absolutamente insustanciales sobre el progreso, la democracia o la tecnología, lo que da a entender que la totalidad que concierne a dichos campos está contenida en esos debates tan profundos, cuando en realidad no se habla en lo mínimo de lo esencial.

Por tanto la crítica debe afrontar con vigor la mediocridad del pensamiento actual; debe contener una estrategia para penetrar en la mente, hacer ver ofreciendo evidencias de lo tramposo del izquierdismo, no convencer mediante renglones y renglones de argumentación ante la que sólo cabe postrarse, creer. Ese hacer ver  debe ser la clave de bóveda de toda la crítica, el objetivo ulterior, una estrategia que logre sortear las defensas dialécticas que los seguidores del izquierdismo esgrimirán como defensa cuando se les intente proponer algo diferente. Hay que superar esos debates estériles donde cada postura se explica, sin más; hay que entender que el objetivo no es tener razón sino lograr que el contrario reflexione sobre sí mismo y obtenga de su propia experiencia vital las claves que le guíen, muy posiblemente y según estamos convencidos, hasta ver a la izquierda como una impostura intolerable.La política debe recuperar su clave local más sustancial, la organización social del individuo no en un mundo ideal sobre el que todo se proyecta sino en un mundo real e inmediato donde todo se hace.

La izquierda sólo versa sobre ese mundo absolutamente ideológico, no puede hablar sobre la realidad de la cotidianidad, porque se descubriría a sí misma como una trampa. En la realidad del mundo, en la mínima abstracción de la vida, la izquierda es una mentira; su profundidad discursiva sólo sirve para abstraerse hacia escenarios irreales sobre los que se piensa el mundo. Pero el mundo debe pensarse desde sí, desde la verdad relativa de cada ser pensante y desde el acuerdo entre ellos. Por supuesto, la derecha tampoco explica el mundo en lo más mínimo, pero recuérdese, es la izquierda la que absorbe las energías de quienes sienten que algo no va bien y precisan actuar de alguna forma.

Que la izquierda sea hoy dueña del ‘pensamiento divergente’ es algo particular y puede que en un futuro esta labor de cortafuegos del sistema le corresponda a otra facción; la crítica cambiaría entonces su adjetivo a ese otro nuevo pensamiento. Hoy por hoy, si la izquierda logra fagocitar toda la buena voluntad de la gente y redirigirla de forma que se constituya una ‘resistencia controlada’, no sólo una posible forma de vida alternativa sería imposible, sino también concebirla, pensarla. El objetivo de la crítica debe ser proteger el pensamiento; su necesidad radica en la posibilidad de que se pueda seguir pensando, en lo relativo a estos temas, que por cierto, empapan todos los ámbitos de la vida.

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