El crimen ecológico de la izquierda – Para una crítica radical de la izquierda (3)

Siguiendo con el propósito de estudiar desde la realidad, dentro de nuestras posibilidades, la cuestión de la izquierda, como generalidad, hay una observación mayúscula que debe ser hecha: la cuestión de la naturaleza.

En el anterior post se descubrió cómo la izquierda suscribe de manera obscena la ideología del progreso, acaudillando un discurso presuntamente respetuoso con otras formas de vida y, en lo que aquí toca, con la naturaleza misma, aunque en la práctica constituya una apisonadora que destruye todo a su paso. La cuestión del ‘progreso’, medido sólo en función de variables mecánicas, cuantitativas y como signo de poder entre unos países y otros (es decir, como una cualidad abstracta estrictamente ajena a las personas y sólo propia de formulaciones irreales) lastra todo el ejercicio izquierdista, aunque éste se recubra de una plétora de nuevos lenguajes y eufemismos. En lo relativo a la ecología, la izquierda lleva devastando el medio ambiente sin miramientos durante toda su práctica existencia (no digamos desde la esfera teórica, cuyo cenit habla de productivizar toda materia y energía con vistas a ‘mejorar’ la calidad de vida). En realidad, la izquierda se ha puesto algunas resistencias a sí misma, a modo de panfletos concienciados con el decurso del planeta, que sólo han tenido por objeto cumplimentar, una vez más, esa doble moral insobornable que mantiene la izquierda de manera cosustancial.

animalpetroleo

Así es que en el seno de los discursos ‘progresistas’ se hayan criado otros como el que propone el movimiento ecologista. La aprobación de todo o parte del ideario del progreso supone la tumba de una posible resurrección del medio ambiente, y ésta ha sido la cruz de todos los movimientos ‘verdes’, habiéndose diluido como fenómenos sociales, que en décadas pasadas movilizaron a una masa importante de personas, hoy convertidos en meras resonancias que se siguen evocando sin ya ser necesario, parece, fundamentar sus bases. Hay que estudiar el recorrido que han tenido las propuestas ecologistas aplicadas desde los grupos izquierdistas para descubrir que no sólo la devastación mundial no se ha enmendado sino que se ha agravado en exceso. Desde 1980, momento álgido del activismo verde, el planeta ha menguado como organismo vivo a manos de las máquinas del progreso, y por ello hay que pedir explicaciones a quienes se aferran a las teorías de manual que, a modo de decálogo, describen cómo frenar la devastación. Con todo ello se revela que la izquierda, lejos de abrazar un discurso que en la práctica resuelva los problemas de nuestro mundo, una vez más, atrae para sí los discursos que engañan, pura palabrería formulada en la escafandra de los académicos y eruditos, que siendo de distinto signo están de acuerdo con la ideología de fondo, e impropia de un pensamiento popular real y que, por tanto, ni se adecua con un pensamiento genuino que impele una necesidad de acción ni está exento de ocultos intereses, que en este caso resultan ser, efectivamente, la eterna engañifa electoralista de la izquierda.

Hasta la fecha, el fracaso del movimiento ecologista es estrepitoso, y la izquierda intenta descolgarse de su inutilidad una vez ha absorbido su energía recaudadora del voto. A los ideólogos de la izquierda sólo les interesa engullir los discursos que, según los tiempos, se ajusten a una cierta necesidad libidinal del grupo que exija resolver los problemas del momento. El movimiento ecologista fue creado y promocionado por el credo izquierdista en un momento determinado y ha sido abandonado sin una sóla explicación sobre su agonía. La aseveración con la que algunos politólogos hablaban de acuerdo con un supuesto movimiento efectivo debe ser contestada. No se trata de un error en la acción de las políticas verdes, pues estas últimas décadas han sido en occidente las décadas doradas del bienestar, donde toda la maquinaria estructural ha estado de lleno destinada a mejorar nuestra calidad de vida y, por tanto, no se entiende que en lo relativo al ecologismo se les haya ido el santo al cielo. En España, además, han sido muchos años de gobiernos izquierdistas. Los años de la explosión de Estado de Bienestar han sido años brutales con el planeta, hasta un alcance que somos incapaces de ver, enclaustrados en nuestros pequeños paraísos occidentales recubiertos de papel con fotos selváticas y adornados con parques verdes que sobreviven como pueden entre el asfalto. No; el error o la insuficiencia no explican el fracaso de la ecología política; sencillamente, ésta nunca estuvo destinada a implementarse, sino sólo a vociferarse.

El maquillaje ‘verde’ que ha venido utilizando la izquierda es sólo eso, maquillaje. Pero aun si nos proponemos estudiar el impacto real de las políticas ecológicas en el mundo (lo que nos saca del estudio de la realidad y nos obliga a abstraer), dichas políticas son sólo un limitado freno al colapso. El decrecimiento, que es hoy el nombre con el que la izquierda, a través de un cuidado neolenguaje, comienza a reciclar sus caducas consignas verdes, sólo retrasa en muy poco el colapso, pues al suscribir todo el grueso de la ideología dominante nos entrega el mismo destino. Productivizar más o menos sólo mide la aceleración, pero mientras se siga usando el medio como despensa de la prosperidad artificial de algunos rincones del planeta, significará que a)existen otros rincones que dispensan los recursos, a modo de canteras, sobre los que ni se piensa qué políticas verdes cabría implementar para reducir el impacto (evidenciando la iniquidad y cinismo de la izquierda y de toda ideología progresista); b)se seguirá un orden de prioridad de abastecimiento sobre las economías que puedan ejercer un potente imperialismo, fortaleza construida a través del expolio histórico de otras regiones, y no se atenderá a las necesidades reales de las personas sino a su poder de adquisición; y c) no se pondrá remedio al problema ideológico de fondo, que es el progreso mismo sustentado en la cantidad, valor absolutamente inhumano y mezquino que corrompe la existencia al doblegar la voluntad y nublar el juicio sobre lo verdaderamente necesario y justo para la vida, consideraciones que se desprenden de una perspectiva ética personal.

La izquierda impide la emergencia de una conciencia ética solidaria, pues cincela en la mente de las personas el signo y los resultados del progreso: aplaude a las máquinas, elogia las ciudades, dignifica el trabajo asalariado y dulcifica todo un mundo de ocio costosísimo y amoral. Bajo todas estas losas, es imposible que la persona se sienta preocupada por el estado del medio natural, y una preocupación parcial consistirá en buscar soluciones dentro de la cosmovisión del progreso: partidos verdes, reforestaciones municipales, reciclaje, etc. Esto son colirios contra una ceguera crónica. Se puede valorar su aplicación ante un panorama desolador, pero jamás se pueden aupar como soluciones finales (y ahí están 40 años de movimiento ecologista, una catástrofe en todos los sentidos). En el momento en que se atiende a las verdaderas razones de fondo, la depredación indiscrimiada perpetrada por la necesidad de cantidad, la izquierda es objetivo primario, pues miente deliberadamente para ocultar esta verdad, y su exposición durante largo tiempo conduce a un estado de imbecilidad y desconexión de las raíces de la vida. Sí así lo requiere, la izquierda reciclará su simulada militancia verde (el decrecimiento de Latouche parece un buen candidato) para volver a prometer sin cumplir. Ya no es necesario relegar, una vez más, en la fe de que ‘esta vez salga bien’; en el estudio de las formas de vida del presente se resuelve la cuestión: es la modernidad misma, como representación grotesca de una amoralidad inducida, la que destruye el mundo a pasos agigantados, y la izquierda sólo parece (parece) prometer frenar el paso para que nuestros hijos sigan conservando un jardín de infancia. deforestacion

Mención aparte se merecen los países tildados con el subtítulo de ‘en vías de desarrollo’, que resultan ser aquéllas regiones del planeta que empiezan a lograr productivizar de manera atroz a su población para revertir su energía en sumarse a la feroz competencia internacional. En dichas regiones, como Brasil, India, Bolivia o Perú, la degradación de medio natural ha sido brutal y pareja al crecimiento de su PIB, una justa relación que define perfectamente a qué se llama desarrollo. Es interesante atender a quién ha venido acaudillando sus estrategias, en numerosos casos una izquierda que se tiene por vanguardia (Bolivia) y que resulta ser gráficamente una máquina apisonadora. Especialmente en Bolivia la izquierda ha aupado el indigenismo como estrategia de venta de su ideario, tal y como en Europa se nos ha encandilado con los partidos verdes, de forma que al final ya no sea posible pensar una alternativa sin suscribir toda una base de supuestos que son los que impiden solución alguna.

Por todo ello se puede incidir: la izquierda comete crimen ecológico sin recelo, pues su credo ideológico es la cartografía de mundo para su utilización y competición. En esto coincide con la derecha y con toda facción afín a los designios del progreso mecánico. Pero además, la izquierda tiene (o ha tenido) en el ecologismo un bastión de lucha contra un demoníaco corporativismo internacional, la empresa privada o el mismo neoliberalismo si se quiere, chivo expiatorio de todas sus deficiencias, que parece ser la quimera que está quemando los bosques mientras las ONGs llegan a extinguir los fuegos. La cruda realidad es que es todo el panorama político, en su delirio teórico pero sobre todo en su descenso práctico, el que está acosando al ciclo de recuperación de la naturaleza y al mismo tiempo haciendo a sus ciudadanos incapaces de ver el bosque.

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2 comentarios en “El crimen ecológico de la izquierda – Para una crítica radical de la izquierda (3)

  1. Muchas gracias Alexei por este texto tan magnífico y bien explicado. Me gusta leer tu blog. Creo que mucha gente aún no es consciente de los problemas a los que nos enfrentamos en realidad y se prefiere vivir o bien en la ignorancia o bien en la estupidez más absoluta. No queremos pensar, y esto tiene consecuencias graves, se nos ha arrebatado el espíritu crítico y la conciencia.

    Noelia.

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