Charlie Hebdo o el ritual de autoelogio occidental

Para los oligarcas europeos cualquier ocasión es buena, so pena de estar justificada, para dirigir desde las más altas tribunas un mensaje de unidad hacia el pueblo, esa abstracción hoy inexistente más que como masa ciudadana desconocida entre sí. Y esa justificación hoy día suele estar protagonizada por la arquetípica amenaza externa, ese Otro gran Mal, diferente, extranjero, que amenaza contra una identidad nacional obligatoria y ante el que sólo el Estado nos puede proteger.

Los atentados de Paris del 7 de enero, sin estar libres de las habituales sospechas sobre su verdadera autoría, han servido, en los hechos, como excusa para todo un ritual de autoalabanza occidental (lo que eleva aún más esas sospechas sobre su verdadero propósito). Los valores occidentales tales como la libertad de expresión o la libertad de culto, que en la práctica se traducen en una fingida libertad de acción y en el radicalismo estatalista (es decir, libertad ninguna), sólo sobreviven gracias al continuo homenaje que realizan las élites sobre ellos, y no existen en la práctica de nuestra vida cotidiana. Estos disvalores son realmente el sistema, tal y como vive dentro de nosotros, de cada uno, en nuestra conciencia. A través de la intervención del lenguaje, de hacer creer que blanco es negro, han logrado hacernos creer lo que nos venden, sin que necesitemos echar un ojo a nuestro alrededor más cercano para comprobar que las cosas son bien distintas.

fransia

La libertad de expresión no existe en nuestras sociedades. Su formulación, como derecho promulgado propio del Hombre sólo se produce en virtud de un acuerdo entre el individuo y el Estado, mediante el cuál la persona cede a la administración la gestión de su entorno y su propia energía a cambio de protección y cuidados. Lo que la teoría liberal olvida y, evidentemente, hace olvidar, es que dicho contrato no resulta en un acuerdo libre y pactado sino en una obligación inapelable, que por tanto puede ser calificada de secuestro. El individuo no elige su trato con el Estado sino que está obligado a inscribirse en su estructura, allá donde nazca. Por tanto, toda concesión que resulte de un pretendido Estado Social (un Estado que vela por sus individuos) en realidad es un dardo viciado que sólo responde a intereses de poder y dominio, pues la máxima ofrenda posible consistiría en otorgar la libertad de elección sobre nuestro modo de vida.

La libertad de expresión no es, siquiera, posible, intramuros de un Estado despótico y edulcorado con la amabilidad del neolenguaje ‘democrático’, pues allá adentro existe un culto obligatorio y unos límites que no se pueden sobrepasar. Su mención es ya un narcótico que no significa nada para las millones de personas que se reúnen bajo su causa, y que olvidan (que se les ha hecho olvidar) que libertad de expresión no puede tener condición, y que lo que es ante todo exigible no es un derecho canónico, mera fraseología vaciada de existencia de por sí, sino un clima de respeto y tolerancia con el hermano donde la palabra no pueda delinquir.

Aparte de la tragedia de la misma esencia de nuestras ideas, completamente vaciadas de sí mismas y sólo expuestas como cáscaras caducas que necesitan de barniz cada dos por tres, los atentados del Charlie Hebdo y todos los acontecimientos que elevan las conquistas occidentales sobre el mal en el mundo exponen de manera meridiana la mentalidad que se practica y que se obliga a practicar. Francia y sus semejantes han dejado bien claro que no quieren muertos dentro de sus fronteras, pero olvidan que su modo de vida (sí, no sólo el de sus élites inmisericordes sino también el de sus ciudadanos de a pie) condena a la esclavitud y a la muerte a miles de personas al día. No es cuestión de que otros maten y otros mueran, y sean muchos más que los muertos en París; es cuestión de la responsabilidad compartida que tenemos con todas esas otras muertes, y ante la limitada capacidad de acción que tenemos para cambiar esto, por lo menos, no hay que rendirse ante los embrujos del poder para erradicar todo sentimiento de culpa de nosotros, algo que consigue extinguiendo la posibilidad misma de contemplar el mundo en su realidad observable.

Este ‘no querer ver’ con ligereza se practica y se blinda la conciencia, y evidentemente ha sido inducido a la población por quienes se afanan en querer demostrar que el progreso occidental es el modelo de mundo entero y que es fruto ineludible de la historia misma. Esconden así la tan temida verdad: que nuestros paraísos occidentales son oasis en mitad de la aspereza de un mundo desertificado por nuestra demanda. La tan bien tenida tecnología y los sobrecogedores avances no son producto de un salto cuantitativo en la mente del Hombre sino que se producen gracias a la distribución geopolítica y el desarrollo y perfeccionamiento de las estructuras de expolio y dominio. Tanto es así que este ensueño de bienestar tiene fecha de caducidad, pues su misma artificialidad lo demanda. La degradación de la mente colectiva occidental impide constatar esta verdad a una gran mayoría de personas, que sólo creerían que todo ha sido un sueño una vez les golpeara la cruda realidad (y aun así surgiría un nuevo credo que respondería interesadamente); pero en nuestro presente más real podemos avanzar dicho descubrimiento y encontrar toda la ortodoxia institucional como una mentira excesivamente bien planificada. Para ello hay que apartarse de todos los discursos con foco en lo emocional que eleven las conquistas del Estado de Bienestar y, en general, del progresismo, y tras el elogio encontrar una interesada campaña por perpetuar tanto en la arquitectura material del mundo como en lo interior de nuestras conciencias la trágica y falaz modernidad.

Quienes acuden de buena fe a las llamadas francesas por la libertad ignoran la esencia brutal y genocida del tan aclamado laicismo. El republicanismo francés es un icono religioso bien venerado del progresismo con poder fetichista y la única libertad que suscribe es la libertad de la amoralidad: ejercer el poder. Para comprender esto es necesario descolgarse de la cosmovisión contemporánea que no ve más allá de los muros europeos otra cosa sino atraso. La izquierda tiene una especial relevancia en este proceso de desprogramación porque tiende a embaucar a quienes se cuestionan los discursos del poder con nuevas entelequias que terminan por redundar en más y peor dominación. Especialmente la izquierda ha operado en Francia con impunidad durante el siglo XX y continúa haciéndolo como vanguardia del pensamiento ‘divergente’ oficial, por lo que es completamente necesario negar la mayor y componer nuestra integridad en régimen de libertad suficiente. Sólo entonces tiene sentido defender las libertades del alma, propias no a la existencia del Hombre como ciudadano sino a sí mismo como ser en el mundo, y abandonar toda vía de hacerlo a través de la oficialidad tramposa.

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