Londres, ciudad de Dios

Londres ofrece una fotografía excelente de la situación moribunda de la moralidad occidental moderna. Muchos son los ejemplos que apuntan hacia la misma definición. En Londres, las estaciones de metro tienen puertas de acceso que se abren una vez el usuario utiliza su tarjeta de transporte. En casi todas las estaciones hay cabinas de seguridad desde las que personal contratado vigila el acceso a las vías. No es difícil imaginar qué sucedería si un día todas las puertas estuvieran abiertas; no cuesta saber qué ocurriría si desapareciesen todas las puertas de acceso y no hubiera nadie vigilando la entrada y salida. Una insoportable mayoría de usuarios seguiría acercándose a las taquillas a adquirir sus bonos semanales y de alguna forma intentaría usar sus tarjetas sobre el lector. Aun sin ninguna fuerza potencialmente coercitiva vigilando (los agentes de seguridad) y con todas las puertas abiertas, los ciudadanos-bien no soportan dar un paso cerca de la línea del delito; necesitan responder a la voz que, desde dentro de su mente, les susurra ya a cada paso que dan que lo den de acorde con los dictados del gran sistema.

police

Esto tiene muchas implicaciones. El ejemplo gráfico de un tropel de personas comprando billetes para un tren o autobús vacíos de seguridad nos indica ante todo que estas personas defenderían hasta límites insospechados el sistema. Esto es así porque forma parte de ellos, ha conseguido penetrar e inscribirse en la celda de su moralidad y sobre su consideración del bien y el mal. Aunque en su cotidianidad no piensen activamente en su devoción por el funcionamiento de las cosas, en su subconsciente está cincelada la necesidad de comportarse bien. Es en la moralidad donde se descubre el éxito del Estado, de la ideología de poder, que desde hace siglos viene imponiéndose por la fuerza, y es en la conducta de una mayoría, si asumimos abstraer con generalidad, donde reluce una u otra moralidad dominantes.

La moralidad que se respira en Londres es ya de una insobornable naturaleza. El mito de la multiculturalidad se diluye tras las tramposas apariencias y se descubren seres humanos clónicos en una misma búsqueda (o perdición). Es en esto, en la moralidad, donde se aprecia de manera mas nítida cómo los británicos son, verdaderamente, la vanguardia del Progreso, la religión más multitudinaria del mundo. Aquí, la losa de una extensa tradición institucional pesa sobre las costumbres y tanto extranjeros como locales (si es que ya queda de eso) establecen su conducta de acuerdo a los estándares. Ha sido curioso descubrir, en unas primeras semanas en la capital de la aldea global, cómo el Estado inglés consigue pulir hasta casi la última impureza de su estructura y su omnipresencia es consentida y solicitada.

El ‘ciudadano bien’, vaciado de su esencia como ser humano, está autoconvencido, a base de un amaestramiento multicanal (escuela, trabajo, medios), de la necesidad de replicar, de adoptar, la moral institucional: servir con devoción al fisco, circular por los carriles de la ciudad y agradecer la mano que le obliga a tomar comida envenenada. Para lo primero, la contribución al gran sistema del que inocentemente se siente parte participante, quedan algunas sabidas reticencias, en lugares como España, que a veces presume de cierta picardía y, no en vano, tiene una notable economía sumergida. Pero lo importante, el más que logrado objetivo de la moral liberal, no consiste en asegurarse una explotación civil plena; le basta con una suficiente, que ya de sobra posee. El gran objetivo consiste precisamente en hacer obligatorio el catecismo institucional en el individuo sin que éste sospeche en lo más mínimo que cada vez un mayor número de todas sus convicciones han sido inducidas. En Londres, el servilismo reluce patético, casi pleno, en comparación con otros lugares de España. Aquí el Estado es verdaderamente el Padre, está completamente invisibilizado pero a la vez es plenamente presente.

El delito es, efectivamente, ese jardín vedado que ha sido totalmente impuesto y señalado con tosquedad como el gran mal. El individuo, ya no como ser humano sino como ciudadano, es incapaz de distinguir entre el bien y el mal. Es incapaz de entablar un debate consigo mismo sobre qué es lo bueno, qué es lo malo. Sencillamente, recibe caído del cielo, como mantra incontestble, un decálogo. Así, el bien, incapaz de descubrirse en libertad y elegirse como opción personal, no existe, ni tampoco el mal, por las mismas razones. Sólo existen actos destinados a cumplir la ley y no actos destinados hacia un bien pensado, construido y elegido por la persona. Quienes ven en lugares como Londres un comportamiento ciudadano ejemplar y lo califican como un bien ético, un triunfo y resultado de una sociedad muy ‘civilizada’ olvidan la imposición moral que se realiza sobre la persona, que se filtra cada día por más canales y que tiene por objeto construir al sujeto conforme a los intereses dominantes y no construir a la persona en sí mismo. De hecho, la existencia misma de una presión normativa impide la construcción libre del individuo y, por tanto, a mayor presencia y eficacia de una legislación ajena a la persona y sobre la que ésta no participa, menor libertad relativa.

Inglaterra, como parangón de una sociedad amaestrada en el bien estatal, es un paso asegurado en el camino del progresismo, y resulta temible imaginar las etapas que le seguirán. En Londres está muy bien aceptado el uso de cámaras de seguridad en todos los lugares de la vía pública y los transportes, las llamadas CCTV. Las zonas que cuentan con red de vigilancia 24 horas se consideran zonas privilegiadas. Con extrema sutileza y un éxito tremendo el Estado va logrando su omnipresencia en los espacios convivenciales; con una fórmula brillante ha logrado que se le exija una eficacia en el control que él mismo quiso ejercer. Ya nadie se siente molesto por estar siendo observado. Con excusa de salvaguardar la ley y protegernos ante algún comportamiento divergente, el sistema avanza y penetra también en las mentes, hace obligatorio desear su sometimiento y, así, se recubre con un manto divino de invisibilidad.

cctv

Basta un vistazo histórico para hacerse evidente que el deseo de control y la eficacia del mismo van de la mano del desarrollo del progreso tal y como está llamado a suceder en nuestra sociedad. Un posible cese o retroceso del dominio del Estado sobre las personas sólo pasaría por un cambio radical de los ejes del mundo y no por una posible saciedad, pues el deseo de poder es infinito por propia naturaleza. Cuando no exista la necesidad de un cuerpo coercitivo de vigilancia porque la propia persona se haya convertido en un policía de sí mismo otros serán los objetivos inmediatos de las élites, siempre con objeto de perpetuar su situación de dominadores, con el fin justificando los medios.

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