La izquierda es saqueo, depredación y colonialismo – Para una crítica radical de la izquierda (4)

En España, la propuesta fáctica de la izquierda en lo económico es animar el consumo para regenerar la economía. Tanto si se entiende esto como un anhelo por un regreso al cénit del hiperconsumo, habido aquí hace 10 años, o en alguno de sus derivados, como lo que vienen a significar las teorias decrecentistas (una reducción en la cantidad de la producción pero no un cambio en su mecánica), la izquierda nos conduce a una reafirmación radical de las formas de vida occidentales, que se basan en la explotación indiscriminada de las zonas con menos capacidad de competencia del planeta. La moral que la izquierda incorpora pasa por encima de miles de millones de horas de trabajo esclavo, de vidas enteras dedicadas a la producción para otros, una realidad por supuesto negada y ocultada a los ojos de su electorado, al que en cambio se le vende una retahíla insoportable sobre la solidaridad con el hermano y los derechos fundamentales del Hombre. La izquierda hoy día es una ideología despótica, cínica y antihumana, pues en sus formulaciones el factor humano es reducido a cantidad, a eficiencia productiva; pero no así sus seguidores, que en muchas ocasiones no son nada mas que personas con buena voluntad engañadas por una sofisticadísima trama. Así, hay que despersonalizar a la izquierda y aproximarse a ella como idea; estudiar sus propuestas estratégicas y sus consignas y evidenciarlas como amorales y destructivas. Ante tal evidencia la izquierda se desploma como posibilidad y toda su hipocresía reluce como su única esencia.

Para tal efecto, hay que entender que nuestras sociedades occidentales están construidas sobre la desigualdad en el mundo. Nuestro supuesto progreso como comunidades desarrolladas es sólo un delirio en el tiempo, que pronto se desvanecerá para dar paso a otra etapa en la historia. Por supuesto, nuestra capacidad de acción es limitada; cada uno habrá de discutir consigo mismo cuán grande o pequeña. Pero además de todo ello, ser conscientes de esto nos permite rechazar a la izquierda como idea de bienestar. Cada uno tendrá que debatir consigo mismo cuál es su papel como occidental una vez se comprende un poco más el gran engranaje de mundo moderno; pero independientemente de ello, y antes de cualquier conclusión, ello nos permite desterrar toda idea que mienta u oculte esta verdad, así como toda ideología que suscriba el credo ciego del progreso. Quizás no se trate de renegar enteramente de nuestro presente, quizás sí; cada uno deberá decidir. Pero ambas opciones permiten un rechazo frontal a todas las ideas que han hecho posible y perpetúan esta situación. Occidente utiliza todos sus recursos a su alcance para oscurecer los límites de su gran burbuja, de forma que apenas se mire hacia afuera; que si se hace, sea de forma tremendamente sugestionada y, ante todo, se intenta eliminar la sensación de burbuja. La izquierda en la actualidad niega la realidad exterior al bienestar occidental, cuenta un cuento fantástico sobre el atraso en otras regiones del planeta debido a la depredación capitalista multinacional (con lo que, de una, se niega a si misma como verdugo, y a la vez, les desea a esas otras zonas un buen porvenir una vez y abracen los axiomas del progresismo, pero no de otra forma). En suma, la izquierda pretende regenerar nuestras economías interiores perpetuando el colonialismo depredador (pues de otra forma no puede hacerse, no con un Estado central).

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La subjetividad occidental es una, concreta, muy particular de la historia y común a nuestras sociedades; no es un destino común a la Humanidad una vez se llega a cierto desarrollo y, por supuesto, existen infinidad de otras subjetividades, ahora mismo en otras zonas del mundo, y a lo largo del tiempo. La idea de ‘aldea global’, la universalización, mutila la manifestación humana y pretende hacernos pensar que todos compartimos nuestra interioridad, cuando lo cierto es que afuera de los límites del mundo occidental (afuera, en lo que de verdad es afuera) existen otros seres humanos. Esta constatación destruye el eurocentrismo y, con ello, toda su fiebre totalizadora, pues una vez nos descubrimos sin una suerte de destino único podemos alcanzar a comprender que todo lo que nos han dicho sobre la historia de la humanidad en relación al progreso y desarrollo de las sociedades es una versión edulcorada con el credo del progresismo. La izquierda engulle esta gran historia y prentende perpetuarla hasta el infinito, pues en sus soluciones prácticas sólo existen los genes de la desigualdad, el interés de sus élites, la mentira, la ocultación, esto es, el poder, el dominio y la desnutrición progresiva de las sociedades, so pena de venderles, al mismo tiempo, agradables promesas para incapacitar del todo al que se siente inconforme a encontrar otras alternativas que contengan soluciones reales.

La izquierda sólo intenta explicar algunas realidades colectivas de lo humano (como la realidad económica, aunque de ello sólo habla en lo abstracto y no desciende a lo concreto), pero es incapaz de contener en sus ecuaciones la subjetividad interior humana, lo estrictamente único y personal, que juega un papel decisivo para construir una comunidad de seres humanos. La izquierda sólo promete desdicha, pues niega al ser humano como integridad, sólo resulta ser una teoría especializada sobre asuntos colectivos pero que, a la vez, niega la necesidad de atender los asuntos interiores. En esencia, la izquierda niega al individuo, primero por obstruir la mente para pensarnos como totalidad y, después, por proponer las metas del hombre como algo inscrito en el signo del progreso, es decir, productivizar su actividad con vistas a un bien común general. Así, al no contemplar la subjetividad humana como decisiva, la izquierda no ve seres humanos distintos, sino que nosotros, los habitantes actuales de la sudamérica profunda y también nuestros y sus antepasados somos uno. El delirio izquierdista conduce a esa consideración sobre la existencia humana, rasa, plana y completamente irreal, que es la clave de bóveda del colonialismo. Así es que la izquierda, bajo su maquillaje de multiculturalidad, sólo encierra homogeneidad, mutilación y miopía. El colonialismo, esto es, la invasión y el saqueo, por supuesto no es sólo físico, sino también ideológico, una vez el sustrato material queda secuestrado. Tiene así un agregado más: el olvido más terrible del otro ser humano, esa otra generación o comunidad de personas que creemos podemos entender y a las que, claro, hemos de doblegar o si acaso convencer. Pero ni la más serena de las intenciones sobre la comunicación con otros puede sortear la constatación de nuestra abismal diferencia de conciencia, y la izquierda, sin ser especialmente diplomática o solidaria en ello, afirma que nuestra diferencia es identidad y anula toda diversidad por puro procedimiento reduccionista.

El bien común que propone la izquierda ni siquiera considera al sujeto como decisivo a la hora de decidir sobre el bien o el mal. El izquierdismo es un manto dogmático que cae desde arriba; bajo él, el ser humano merma indefectiblemente, pues su identidad queda relegada a cantidad, a producto, a abono.

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