24M: Elecciones o liberación

Si algo demuestran las elecciones del 24 de mayo no es sólo la enajenación mental de un sector amplísimo y plural de la sociedad, sino una cierta incapacidad para pensar el mundo actual desde la individualidad. Todos los púlpitos han sido un éxito de afluencia, a pesar de haber descendido la participación electoral respecto a la anterior fiesta de la democracia. Declararse abstencionista proporciona una suerte de visión, la del observador, que no pertenece al partido, y eso ofrece ventajas a la hora de aprender de las situaciones. Claro que, no de forma inequívoca, pues entre esos millones de personas que no hemos ido a votar, hay muchas personas que no lo han hecho activamente, aunque para mi, sea su ausencia de los colegios electorales por pura pereza, es una suerte. Esto es así porque la participación en el juego electoralista te atrapa y te succiona el mismo juicio, te arrebata la noción de ser, especialmente en estas últimas urnas, donde un resentimiento de lo más mediocre es lo que ha motivado una gran parte del voto.

Tendía a pensar que el abstencionismo no suponía ninguna solución, ninguna ventaja. Que sencillamente retirarse hacia afuera del ruido ensordecedor del sistema era sólo un ejercicio vacuo e inútil. Pero tras hacerlo en repetidas veces, tras compartir momentos y opiniones con quienes lo llevan haciendo de largo, y sobre todo, tras observar la demencia a la que llegan las personas que se involucran muy a fondo en las elecciones, tras escuchar sus conversaciones, los juicios a los que llega su inteligencia; tras intentar debatir sanamente sobre mi libertad política y sus libertades políticas, al final, uno cambia necesariamente de opinión, y curiosamente, llega al extremo opuesto, a la defensa a ultranza del abstencionismo como arma política.

Para entender esto no hay que plantear la cuestión bajo la presión de ser posibilista, de brindar soluciones o que alguien las traiga. Cuando se abandona ese gran veneno que nos hace darnos de cabezazos con nuestra inmediatez más tozuda, se alcanza un umbral iluminado. Abstenerse no es una solución a nada. Las elecciones no son sólo un ejercicio de secuestro civil manifiesto, donde la democracia es pisoteada y la gente se afana en creérsela aún más; no son sólo un ejemplo de manipulación a gran escala y negación de la libertad de pensamiento, que ya es grave. Es que también, las elecciones son un mecanismo mediante el cuál el sistema se reafirma y penetra hasta el tope de nuestra conciencia desprevenida. Y es precisamente la constatación de que ésta nuestra conciencia es la punta de lanza de cualquier contestación posible lo que dirige la voluntad a querer depurarla al máximo de todo lo vertido sobre ella, de forma que todo aquello que empuje en la otra dirección, esa detestable fuerza centrífuga hacia las fauces de la bestia, debe ser abandonado primero para después poder ser negado.

Esto quiere decir que para poder negar activamente las elecciones, por ejemplo, primero hay que situarse fuera de ellas, fuera de toda su iniquidad, de toda su perversión. Esta constatación parece una obviedad pero a mi me ha dinamitado el pensamiento, me ha hecho entender los muros que antes contenían gran parte de una cierta contradicción. Bajo esta visión, el sujeto es el reservorio de la revolución, posible o no en un futuro determinado, y por tanto, en un orden adecuado, primero la conciencia, el sustrato sobre el que se edifica la inteligencia y la propia integridad, debe aspirar a ser lo más libre y pura. Apuntar a este orden es vital, pues de otra forma, todo el pensamiento dimanado de un sujeto dócil o entregado no puede florecer en un verdadero pensamiento divergente. Existe una necesidad de suficiencia de autodeterminación, por varias razones, primero, porque evidentemente el sistema inculca valores contrarios a la autonomía que impiden que las cosas se piensen de manera distinta, pero también porque en el propio ejercicio de querer ser autónomo la persona se eleva y se hace fuerte, y es que la hegemonía sobre sí pide exigencia. De hecho, esa vara de suficiencia no es cuantificable, como tampoco es un absoluto el ser autónomo, pues siempre habrá influencias subterráneas e insospechadas. Pero es increíble comprobar como el mero ejercicio de querer ser suficiente, que resulta en una fuga hacia los márgenes del sistema (y ojo, unos márgenes eminentemente mentales, del pensamiento, no necesariamente físicos) potencia muchísimo esa autodeterminación. Lo potencia más que quien por azar está menos imbuido en la maquinaria estatalista, pues el ejercicio de ponerse a prueba da fortaleza. Y mientras esto la da, votar la arrebata. Si se atiende a la naturaleza de estas elecciones, se observa que nada más se han vendido recetas, promesas prometeicas que restauren un bienestar destructor. La gente ha olvidado la autoexigencia sobre sí; acuden a mítines, aplauden palabras ajenas que creen de autoridad o con peso científico, ¡y todavía celebran la libertad! El santo ha sido transmutado en el politólogo, pero la devoción es la misma, la confianza en la resolución de problemas desde otro sitio, sin interferencia más que limitada en la vida individual. Esta situación es fruto de la trituración de la voluntad civil que ocurre en las sociedades modernas y no es congénita a las personas. Sencillamente es irreconciliable una actitud autodeterminista con un trabajo asalariado, por ejemplo. El ciudadano es ese nuevo eslabón humano que es votante, ya no creador; ni siquiera piensa ya en la libertad, no es un valor sustancial en su vida. Y a mayor grado de participación en las estructuras que están sepultando las capacidades humanas, más difícil será para las personas hacerse con las herramientas para elevarse y elegir sobre si mismos por sí mismos. Por tanto: el abstencionismo es un arma política en tanto libera al pensamiento de la estafa electoralista y no malgasta energía alguna en debatir sobre sus asuntos insignificantes.

liberacion

Y por tanto, es necesario potenciar todos los espacios que son vectores centrípetos, que arrojan las conciencias hacia afuera, pues como primer paso, no importa qué haya en ese afuera, ya que con una conciencia serena y autónoma la propia persona decidirá sobre ese nuevo lugar, y ese es el principio clave de toda una lucha a expensas de la libertad política. La autodeterminación entraña una complejidad inimaginable a una escala social y resulta imposible pensarla con acierto antes de que ocurra; pero si ha de ser, deberá ser así. Cada persona debe encontrar su lugar en el mundo, abandonando mentalmente toda la perfidia y la mentira con la que se amaestra. Las elecciones son un termómetro magnífico para medir la salud mental de la sociedad, y la proliferación de debates sobre sus memeces, si éste o aquél candidato es mejor, dan prueba de la grave situación del momento. Desde actividades extraradiales, con escasa conexión con la realidad de la mercadería política, como por ejemplo el arte, o sencillamente una vida apacible, es más fácil entender que todo el sistema es un teatro, es más fácil debatir sobre esos asuntos, un debate que muy difícilmente puede suceder entre quienes tienen hambre de votar. Por tanto, hay que buscar esos espacios de libertad relativa para desde ellos hacer emerger la necesidad de autodeterminación individual, un ejercicio de pueda conducir a negar activamente todo lo repudiable del sistema teocrático y fascista en curso, cuando ya se esté afuera, enfrente, al lado.

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