Ciencia, totalitarismo epistemológico religioso

Es solo cuando cesamos de razonar y profundizamos en nosotros mismos, dentro de ese secreto donde la actividad de la mente esta en calma, que esa otra conciencia llega realmente a sernos manifiesta, aunque imperfectamente debido a nuestro prolongado hábito de reacción mental y limitación mental.

Sri Aurobindo, La vida Divina

El arte es el Árbol de la vida; la ciencia es el árbol de la muerte

William Blake

La Ciencia, con mayúsculas, es hoy esa gran deidad a la que se rinde culto desmesuradamente y la que ocupa el templo del conocimiento sensible del mundo. Dejando de lado sus derivados prácticos, que son los que construyen la modernidad y le otorgan ese toque de tiempo aventajado, mejor, digno (medicina, ingenierías, las máquinas etc.), se puede bucear en su ontología para intentar entender su significado social. Una postura antidesarrollista debe afrontar ese debate, el de cómo desentenderse o negar ciertos avances en los modos de vida modernos, que pueden llegar a salvarnos la vida. Pero dejando para otro momento ese interesante asunto, hay todavía mucho que decir sobre cómo esta Ciencia configura nuestro pensamiento.

Sus bases definen la ciencia como una suerte de sabiduría compartida con posibilidad de contraste en el mundo real. Pero como toda teoría fabricada ajena a las comunidades humanas, esto dista mucho de ser la realidad. Hoy día la ciencia es una suerte de conocimiento totémico que cae sobre la gente, un complejo sistema de axiomas y deducciones que se vierte desde los comités de super-expertos y que la gente está obligada a creer. En su origen, los fenómenos científicos más primarios son observables, datables. Es así como la ciencia obtiene su sacromanto de inviolabilidad. A partir de unas observaciones hechas por otras personas y en otra época, que una persona con mucha suerte podría ser capaz de reproducir, comprobar (salvando el abismo que separe a dos subjetividades distintas, las que tendrían esa persona intentando replicar experimentos del pasado y sus predecesores), la ciencia erige un pabellón teórico laberíntico donde las posibilidades de contraste se desvanecen. Podemos observar que el agua se congela a cierta temperatura, pero no podemos comprobar la fisión nuclear ni la teoría de la evolución de las especies (y aún así, deberemos creer que la solidificación a 0ºC es toda la historia del asunto). No muy avanzado el aprendizaje de cualquier ciencia deberemos delegar nuestra sed de evidencia a un cerrado círculo de académicos y eruditos, y debido a que todas esas derivaciones prácticas de la ciencia son las últimas líneas escritas hasta la fecha en sus diferentes campos, nos encontramos con un sistema epistemológico construido sobre la fe en todo lo que nos rodea.

Eso es así para el común de los hombres; lo que cree evidencias físicas o fenomenológicas no lo son, se le ha dicho que lo son, son evidencia para otros. Y si se visita un acelerador de partículas podría presenciarse algún evento singular, pero la realidad es que esas visitas son excesivamente escasas y poco importa que esos experimentos contengan verdad a la hora de valorar de qué forma se construye el conocimiento de los pueblos. En cuanto se despista este asunto y sólo permanecemos con la retahíla instaurada de que la ciencia es la redentora de nuestra ignorancia intempestiva, cualquier cuento es válido, incluso los que se adentran mucho en la senda de lo delirante a expensas de ser comprobados o verificados incluso por aquél comité de expertos (sin ir mas lejos, las teorías de Darwin o los dislates sobre qué hay en otras galaxias).

La experiencia humana, nuestra estancia en este mundo, es limitada, mientras que la Ciencia es voraz, totalizante. Nuestras naturalezas son contrarias; la Ciencia es una afirmación rotunda y el Hombre una interrogación. Incluso en los márgenes de la Ciencia, allá donde se abraza otro tipo de conocimiento del mundo, la Ciencia embota la mente debido a su persistente afirmación o negación, a ese permanente pronunciarse, que no deja a las cosas ser si no como fenómenos identificables. Es relativamente sencillo contradecir los argumentos cientifistas, los que pretenden explicar el mundo sólo en base a su propia ontología y los que niegan la validez de algún otro tipo de conocimiento. Pero sin necesidad de caer en el lenguaje de la razón y debatir sobre si este fenómeno es así o de la otra manera, se puede apartar el peso del argumento científico y recuperar otro tipo de conocimiento del mundo.

Un conocimiento paracientífico o alternativo resulta el conocimiento sensible. La ortodoxia científica establece que las subjetividades son homogéneas (es decir, son Una), que todo el mundo observa e interpreta de la misma manera los fenómenos, y que luego todo el mundo se entiende y puede poner en común los resultados desde un mismo nivel, lo que conduce a verdades cerradas y totales. El conocimiento sensible apremia la singularidad de cada sujeto y le apropia de un conocimiento único, que sólo uno mismo puede tener. El conocimiento sensible emana de la observación del mundo pero no basa su veracidad en la objetivación o comprobación de sus premisas para luego compartir los datos y llegar a acuerdos; interpreta la realidad del individuo e integra los datos recibidos por la observación junto con incontables agregados sensibles y espirituales fruto de la humanidad que llevamos dentro. El conocimiento sensible no busca la práxis, no busca el entendimiento horizontal, sino que se constituye como guía de uno mismo; las voces inadjetivables que llevamos dentro nos susurran en el lenguaje del alma, y así intuimos verdades. La Ciencia se enquista demasiado a menudo en debates irresolubles entre sus distintos integrantes; en cambio, este conocimiento intuitivo no busca ser comunicado, y de cierto modo, no puede serlo. En otro tiempo, en ausencia de la perfidia de los reductos del progreso (entre los que se hayan los sermones de supremacía de la Ciencia sobre todo otro conocimiento), la gente integraba la tradición con este conocimiento sensible y era un músculo más entrenado, mientras que hoy resulta casi ridículo defender esta otra epistemología. Por supuesto la Ciencia ha conquistado su trono en parte gracias a verter veneno sobre las realidades pasadas, insultando y ninguneando a las gentes de otro tiempo y afirmando que el progreso es posible gracias al alto nivel de acierto y verdad que ella como ciencia posee, ocultando que dicho progreso que vivimos es sólo posible debido a la configuración político-económica y nada tiene que ver la mucha o poca verdad de sus experimentos.

En resumidas cuentas, recorrer el sendero de la Ciencia nos aliena el pensamiento, pues su promesa inicial es su capacidad de contraste inscrita en el método científico, pero nuestro entorno está configurado por ciencias hiperdesarrolladas que se conjuran en las altas estructuras institucionales. Confiar en lo científico todo nuestro pensamiento, aparte de hacernos olvidar nuestra gran esencia espiritual, tan o más importante que nuestra presencia física, nos convierte en seres vulnerables. Nuestra integridad, por humana que es, no puede construirse confiando en un paradigma científico como principal motor. Es deseable la presencia de un conocimiento objetivable compartido, una ciencia propia, pero como mero diálogo social, como conexión humana, no como piedra angular de nuestro ser; algo sobre lo que vivir el aquí y ahora, un grado de acuerdo sobre el que charlar, construir y usar, pero sólo como arquitectura social, como andamiaje de las comunidades, no como sistema operativo de las mentes.

Se dice que hoy día la Ciencia ha desnutrido la inquietud espiritual de muchos, generando un gran nihilismo social, pero la realidad es que la fe se ha transmutado y ha abandonado los textos canónicos y se integra en una nueva visión del mundo cientifista donde el credo es la razón pura, la función estrictamente lógico-racional del conocimiento, que traducido a la existencia individual, tal y como se vive hoy día, bombardeados por infinidad de mensajes desde pronto, se convierte en un fervor por los sentidos, una confianza ciega por lo físico, con un repunte de la fe y no la experiencia como principal acicate y un neolenguaje centrado en negar a la sociedad su deriva religiosa. Si la Ciencia establece que lo observable es lo real, independientemente de nuestra participación en esa realidad, y más adelante establece sus propias observaciones (las de sus expertos) como principio para, por ejemplo, teorizar sobre la organización de partículas subatómicas, la realidad sobre la que se construye nuestro presente a nivel gnoseológico es ajena a las personas, y de ahí que la existencia o no de tres protones o cuatro en un determinado elemento tenga relevancia ninguna, bajo una serenidad mental suficiente, para cualquier persona. Especialmente así, la Ciencia se niega a si misma como modelo gnoseológico válido, pues sus observaciones no pueden ser experimentadas por la mayoría social, por el individuo, que es su promesa primera. La Ciencia sólo puede tener un sentido práctico, dominado siempre por la serenidad individual y observada como lo que es, una herramienta: no puede funcionar como clave de bóveda de un paradigma epistemológico.

Es en la riqueza de la intuición personal donde, independientemente del grado de error de nuestras aseveraciones, nos mantenemos auténticos, ya que el motivo del conocimiento no ha de ser siempre la Verdad como cajón estanco, finito y asible; la experimentación del mundo desde la contemplación intuitiva inicia en cada uno un camino de verdad superior, donde queda atrás toda la autoridad del microscopio, que por mucho que mire y detecte una cierta realidad tangible, no observa más que cáscara y polvo. En palabras de Aurobindo, ‘el Conocimiento aguarda asentado más allá de la mente y del razonamiento intelectual, entronizado en la vastedad luminosa de la auto-visión ilimitable‘, lo que significa que la verdad finita científica es deseable sólo para ser superada (“más allá”), pero no negada. En cambio, enraizarse con él, con el método científico, confina nuestra capacidad al suelo de la ortodoxia; nos impide ser autónomos en la construcción de Nuestra verdad y así impide un gran florecer personal que ocurre cuando se dejan de lado todas las certezas, por mucha evidencia que muestren. Insiste Aurobindo e insisto yo: ese ‘dejar de lado’ no implica negar su verdad relativa, sino precisamente relativizarla al ámbito de la razón. La molécula de agua puede estar formada por elemento hidrógeno y oxígeno, pero esa es sólo una parte de la gran verdad que trasciende ese descubrimiento; esa es sólo la observación más acertada hasta la fecha que la humanidad ha logrado dar en relación a ese hecho sólo como realidad física. Lo que existe entre ese punto y la aprehensión del fenómeno Agua en su totalidad es, indudablemente, un océano mismo. La Ciencia embota la mente y de forma muy sibilina impide la constatación de esta gran evidencia mediante la mutilación de la experiencia y la apropiación de la Verdad como exclusiva a su ámbito. El misterio insondable inherente al Agua y a cualquier otra manifestación de la existencia jamás será traducido a nuestro lenguaje mediante una observación cartesiana, y así, cualquier epistemología basada en estas pretensiones sólo puede ser un paradigma agresivo, mutilador, totalitario y antihumano.

En el sendero de la Verdad, muy al principio pero habiendo ya superado los ruidos de la ciencia, el lenguaje ni siquiera es apropiado y uno ha primero de prevenirse de seguir utilizándolo (y por ende,de lograr alguna suerte de Verdad final) y descubrir otros acercamientos más adelante en esa senda.

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