París 2015: Estado de Excepción

Por principio, la información institucional es falsa, porque lo institucional no responde a una exigencia de verdad sino a una necesidad de interés. Sólo si la verdad y ese interés coinciden, las informaciones aciertan en algo concreto, pero no como voluntad de verdad sino como conmiseración. Quien no entienda esto deposita una fe ciega en las instituciones y además ignora del todo la historia, que enseña lo inmisericorde de las relaciones internacionales y el abuso de la informaciónpropaganda. Quien sea consciente de ello quizás crea que el interés del poder y el suyo propio son compatibles y por eso lo avala. Es notorio que nunca podemos saber tal adecuación, ya que nunca conoceremos en detalle los verdaderos intereses institucionales, por lo que confiar en los mensajes mediáticos supone la mutilación de nuestra conciencia con toda certeza.

Siendo concretos y descendiendo a la realidad, tomando por caso acontecimientos recientes en Francia: es imposible conocer la autoría de la masacre de Paris de 2015. No se puede saber el origen del ISIS, quién lo financia, quién o qué lo impulsan. Nada más se puede trazar a brochazos un esquema de algunas cuestiones, al cotejar información con arduo esfuerzo, a sabiendas de que gran parte de la verdad permanece insondable para el común de los mortales, desquiciado y temeroso, creyéndose un Dios digital capaz de desempolvar una verdad que se filtra milagrosamente por la Red. La Era de la Información inocula a las personas esa ‘capacidad de saber’, que en la práctica es devoción ciega por fuentes ajenas. Sólo los resultados históricos, vistos en perspectiva, demuestran los intereses que en el momento en cuestión han movido el gran tablero de ajedrez de la geopolítica. Cualquier aproximación a la verdad del presente es arrogancia, principalmente porque la mayor parte de los documentos decisivos sobre las estrategias actuales permanecen clasificados en régimen militar, y también por lo ya mencionado sobre el interés de las informaciones que trascienden.

Lo que sí se puede hacer tras los acontecimientos de París es analizar el impacto social, las expresiones psicológicas personales y colectivas que florecen como consecuencia. En lo concreto de los hechos, Francia y todo Occidente han vuelto a invocar esta vez el mito de la Gran Amenaza Externa, ese gran mal que amenaza la fingida armonía y ética de los paraísos constitucionales. Por supuesto, me refiero, ha sido invocado desde los centros de poder, agregando un nuevo episodio, una nueva cabeza, a este gran monstruo concreto que nos toca vivir, que es el islamofascismo.

La realidad concreta de este Islam radicalizado es completamente irrelevante para proceder a un análisis concreto de lo que de verdad ocurrió en Francia a finales de 2015. En los hechos: la muerte en París de más de un centenar de personas, tantos otros centenares de vidas truncadas y, como consecuencia que escapa de la concreción de los allí presentes y alcanza a todos, la justificación de políticas policiales y la exhibición de la omnipotencia del Estado. Con motivo de la masacre, el Estado francés decretó el estado de emergencia para la semana posterior al atentado, siendo extensivo durante meses.

fransia

El ensayo del estado de emergencia, estadio plenamente constitucional que consiste en una suspensión progresiva de las prerrogativas civiles (hasta llegar al estado de sitio, donde el ejército hace visible su control total de la sociedad), bien demuestra lo tramposo del constitucionalismo en términos absolutos. Su decreto sólo es asumido por la sociedad ante la necesidad visceral de una gran amenaza debido a un miedo noqueador. Interesada o no tal amenaza, lo importante es que la constitución ampara su propia anulación, y así hace que reluzca su naturaleza: todo régimen constitucional contempla una dictadura militar. Si la historia del constitucionalismo contemporáneo es corta, más lo es la historia de los estados de excepción y sitio, muy pocas veces practicados. Es muy posible que su decreto constituya todo un ensayo de ejercicio de poder y que su mandato se aproveche para reajustar fallas institucionales, especialmente en terreno militar, con nombramientos y destituciones sumarias, presupuestos inflados por exigencias del guión, desarrollo e implementación de nuevas ingenierías de guerra (como sucedió en Irak tras el 11/s), etc. Estas maniobras de urgencia también se utilizan como tributo o como exigencia de pago en la geopolítica internacional, para balancear alianzas (la presión de los acreedores sobre los deudores del PIB), redactar tratados de derecho internacional según nuevos vectores, amén de toda la reorientación que sufren grandes generadores de opinión como Naciones Unidas en sus diferentes cumbres futuras (tratados por la paz con neolenguaje bélico: yihadismo, ciberteorrismo, etc., así como el acuerdo internacional por legislar en materia común).

No se puede menospreciar la cuestión macroeconómica, que sufre de una volatilidad atroz tras la militarización institucional. Conviene ver que en todo momento el Estado mantiene una estrategia de guerra, pues ésa es su naturaleza; la diferencia radica entre un estado de guerra latente o beligerante, y los estados de emergencia y sitio son la ceremonia inaugural de toda maniobra agresiva. A mayor protagonismo militar, la estrategia del estado se torna bélica, de guerra, y como es sabido, toda guerra es una gran empresa. El decreto de un estado de emergencia a la luz de acontecimientos de este calibre es considerado todo un símbolo fetiche para el mercadeo internacional, en la actualidad eminentemente bursátil, y no en vano, a comienzos de semana tras los atentados, las empresas armamentísticas cotizaban al alza.

Como siempre, el foco de atención ha sido desviado de las cuestiones decisivas, y a fecha de hoy insiste en querer poner rostro a los asesinos. Mientras tanto, toda la arquitectura estatal muta, como algo ajeno a las personas pero siendo la matriz que las ordena, en lo que es un olvido fatal de nuestra condición presente. Por supuesto la existencia de esta realidad, la sumisión a la política de Estado, no es algo exclusivo de estas ocasiones: ocurre siempre. Pero es en estos momentos, gracias a lo implacable de los estados de emergencia y sitio, cuando es más evidente su naturaleza. El Estado de Derecho se desvanece como un mal sueño y resuena hueco cuando sale al frente la quintaesencia del poder, y su señuelo, la Constitución, de repente tiene condiciones. Éstos supuestos son sin duda buenos momentos para hacernos conscientes de ello.

El asesinato en masa dentro de las fronteras occidentales funciona de catársis para la aceptación de un estado militar protector, al menos durante los primeros momentos tras los hechos, mientras la opinión pública sigue visionando los vídeos caseros del suceso (quizás ya no confía en los vídeos de telediario, como si eso fuese una victoria), que contribuyen al delirio de la era digital, la imposibilidad de saber, que nos hace llegar a callejones sin salida, debatiendo sobre quién es el Estado Islámico o quién es responsable del mismo, ignorando de forma pasmosa los millones de informes confidenciales que nuestros estados de derecho se reservan. La masacre funciona de embrujo; apenas nadie concede importancia al decreto de emergencia, y quien lo hace le concede necesidad o conveniencia. El miedo es el principal agente inmovilizador que agota la curiosidad por pensar el presente.

Culpar a Francia de sus negocios con Siria supone pisar un erial importante. El ejercicio militar está exento de rendir cuentas ante las poblaciones, principalmente porque se desconoce lo sustancial de sus acciones. Sus reportes son materia clasificada, su jurisdicción, específica y blindada. Los reporteros de guerra no tienen acceso a ningún tipo de documento logístico o estratégico ya que su divulgación está prohibida y los que acompañan a los militares (embedded journalists) nunca reportan acciones comprometidas; constituyen la democratización del frente, donde las maniobras de guerra son misiones de paz y los soldados son como un brazo armado de alguna ONG. Se desconocen los intereses de Francia y Occidente en Siria, por muchas evidencias que apunten a los combustibles u otros bienes, siempre secundarios ante lo imperioso de la estrategia entre estados. 

Si el ejercicio militar es silenciado e invisible, no lo son las políticas policiales, que son sufridas por los ciudadanos y que marcan las líneas de estrategia de control poblacional so pretexto de ser medidas de seguridad. Cada manifestación terrorista es buena excusa para implementar nuevas políticas invasivas, que bajo una lógica inocente permitirían localizar a un terrorista que consigue darse a la fuga y camuflarse, pero que evidentemente tienen otros usos de sumo interés para el Estado. A través de ellas se actualizan las estrategias de dominio, siendo en estos tiempos la ciberseguridad una prioridad. El rastreo de sospechosos yihadistas posibilita asimismo el conteo de disidentes en otros asuntos y estrecha la posibilidad de mantener actitudes contrarias a la voluntad del poder, mediante el empleo de tecnologías insospechadas y tremendas, teniendo en cuenta que hoy día el uso de la geolocalización, por ejemplo, está extendido al ámbito civil, siempre último reservorio del avance técnico.

En la actualidad no obstante la libertad de expresión es bastante amplia, cuando en el pasado el Estado ha buscado y perseguido a quienes mediante la palabra han comprometido sus intereses; pero en un futuro podría ser distinto, y evidentemente, la Policía está interesada en continuar elaborando listas de personas. Esa información por sí sola es poder. Por tanto, lo único que se puede sacar en claro del momento presente es cómo el Estado utiliza elementos desinhibidores de la libertad de pensar, como son el miedo y el acoso, para implementar nuevas políticas que persiguen objetivos que desconocemos pero ya tememos, mientras su estrategia militar permanece en secreto, a la vez que se dramatizan situaciones que invitan a pensar que la información que obtenemos nos pertenece y que podemos construir con ella una idea del mundo acertada.

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