El criterio cuantitativo del progresismo – Para una crítica radical de la izquierda (5)

Como directriz principal de todo el movimiento izquierdista, en su disposición histórica pero específicamente en los tiempos presentes, existe esta insobornable teoría de la cantidad, mediante la cuál se ordena toda la acción que el izquierdismo quiere acometer. Así es que todo el progresismo vive obcecado en la cantidad como factor edificante: más es mejor. Más gasto en políticas de educación conduce a una mejor educación; más gasto en la sanidad pública conduce a una mejor salud; etc.

Criterio-mecanicista-del-progresismo

Esta concepción se desprende, en realidad, de la noción de que más Estado de Bienestar es mejor. El apaciguamiento y conservadurismo que ha sufrido la izquierda es tal que sus proclamas reaccionarias ya sólo caen en la demanda de mejores prestaciones sociales, en detrimento, como olvido absoluto, de la calidad de los servicios y, específicamente, de la calidad de las personas. Cuando en el pasado el movimiento obrero constituyó una cierta realidad enfrentada al interés del Estado, hoy día la izquierda ha desnaturalizado todas las luchas segregadas y las integrado en su cosmovisión productivista, mecanizante y anti-espiritual.

La naturaleza izquierdista es de tipo racionalista. Comparte con los ilustres enciclopedistas del siglo XVIII la negación de toda realidad suprasensible, postracional o en definitiva diferenciada del cálculo y medición científicos. No en vano, como derivado de la teoría política liberal, procede del positivismo racionalista, en lo que podría considerarse una vulgarización de su cuerpo filosófico o una teoría aplicada. Su dominio es el mundo material, como única realidad considerada para la propuesta política. Por tanto, la cantidad es su única vara, la materia es su único mapa. Este cartesianismo es siempre legítimo como aproximación al mundo, como verdad parcial de la existencia que estudia nuestra forma verdaderamente física, siempre y cuando no se extralimite en su competencia; siempre y cuando su ciencia no niegue las otras dimensiones del ser humano ni las subordine como secundarias a la máxima de la fisicidad y sus recursos materiales.

Se dirá que un cuerpo teórico como la izquierda sólo puede funcionar en lo explicativo del mundo sensible, y que después cada sujeto debe inspeccionar en su interioridad las realidades espirituales y sensitivas. Esta es una crítica común en la actualidad; la izquierda ‘está ahí’, se dice; explica lo que puede. Se afirma que una teoría social sólo puede aspirar a construir la infraestructura física de una sociedad y luego los sujetos se ordenan personalmente en ella. Que considerar cualquier elemento espiritual en el diseño social constituiría los preceptos de algún fanatismo religioso. La benevolencia de la izquierda permite la construcción interior del sujeto, se repite. Pero la realidad es que la izquierda ha inundado estas interioridades subjetivas debido a que su marco teórico se ha expuesto como omniexplicativo y ha silenciado por omisión, cuando no por negación activa, cualquier consideración no-racional. El centro de gravedad que la izquierda tiene en lo cuantitativo ha transformado de facto la epistemología de quienes hemos nacido en su derredor y tras 200 años de existencia y actualización del pensamiento progresista puede observarse una obcecada negación de todo principio vertebrador de la existencia humana distinto al mecanicismo que le da origen. Esto ha sido producido porque lejos de existir como una simple teoría más, la doctrina liberal ha modelado de lleno nuestra forma de vida, modificando las estructuras sociales por imposición de mano de la razón de Estado, cuya máxima conquista ha sido la de las conciencias, un punto y aparte en la definición de nuestra integridad y que explica también por qué la izquierda ha descendido del mundo de las ideas hasta el fondo de nuestros corazones.

Lo que esto demuestra, en primer lugar, es que la infraestructura social juega un papel decisivo en la forma en que las personas miembro de esa sociedad desarrollan su conciencia. La prueba más evidente de ello es observar cómo hoy día la gente replica en alto grado la mentalidad productivista y cosista de la izquierda. Incluso camuflados bajo los eufemismos de la nueva izquierda, el decrecimiento o el ecologismo, la cantidad sigue siendo la regla. Es significativo el caso preciso del decrecimiento y toda la corriente de freno al consumo exacerbado, identificados con la nueva izquierda, que sencillamente ha cambiado la palabra “más” por “menos” en su conciencia del mundo, aún orbitando en torno a la materia y pasando por alto que el diseño que ellos proyectan, que es por lo general de un carácter estatalista, ultra-regulador y rotundamente moderno, con la implementación de tecnologías de vanguardia para gestionar en eficiencia los recursos urbanos; su diseño, será nada más que una continuación en la historia de la cantidad como dimensión soberana, y que mientras no cambie la esencia o calidad del proyecto político, toda dimensión espiritual seguirá sepultada por este despotismo ilustrado.

Elevar una cosmovisión a un dominio colectivo que considere las realidades espirituales del ser humano sin caer en una suerte de dogmatismo religioso es una tarea complicadísima. Hoy día lo que existe es, de facto, ese dogmatismo religioso, donde los salmos canónicos han sido reconvertidos en renglones cientifistas. Debe entenderse que no es que sea complicado sino imposible construir esta nueva visión más integral en el marco de las sociedades modernas, como por ejemplo quiere proponer la psicología transpersonal, que deduce que el progreso conduce de manera ineluctable a una especie de sociedad pletórica donde el espíritu será un nuevo valor en la escala del desarrollo. Esta escuela, apodada a sí misma psicología integral, afirma que la base material precede a la construcción psíquica, lo que es muy cierto. Esto mismo es, precisamente, lo que hace que dicha cosmovisión integral bajo los preceptos modernos sea imposible porque, como se ha visto, la liberación de dichas realidades espirituales depende de cómo los sujetos construyan su conciencia: si son exprimidos por el rendimiento del trabajo asalariado, por ejemplo; perturbados por el manejo del dinero, convertidos en sociópatas por la desnutrición de la convivencia en las grandes urbes; incluso determinados a nivel biológico, por la alimentación, la biopolítica o las medicinas; en definitiva, depende de cómo las personas somos educadas por la ineludible relación con las estructuras de la sociedad moderna. Por tanto, lo que se necesita es un cambio en la calidad de nuestro ordenamiento social, algo que sólo puede resultar en la reapropiación de la autonomía política mediante la gestión de ésta por la voluntad popular. Por supuesto, dicha corriente de pensamiento “integral” ignora la realidad de estas cuestiones y, viciada por el academicismo progresista, insiste en ver a nuestras sociedades como modélicas y más democráticas que las pasadas; identifica, como hace la izquierda, libertad de acción con libertad de pensamiento, y no considera la enorme presión que sufrimos hoy día por terminar pensando en los términos oficiales.

Sólo si la imposición política cesa puede florecer un panorama donde verdaderamente las realidades individuales subjetivas puedan florecer y ser compartidas sin que ninguna prevalezca como norma. En otras palabras, es sobre la libertad sobre la que se manifiestan las dimensiones espirituales libres del ser humano. En ausencia de aquélla, y en presencia de una tiranía no importa de qué tipo, la opresión cristaliza en estructuras sociales que terminan por invadir progresivamente la interioridad de los sujetos debido a su también progresivo perfeccionamiento. Precisamente por ello, el progresismo fue primero una cuestión ajena al pueblo durante el siglo XIX. Paso a ser una cuestión contraria, con una feroz oposición de las sociedades rurales que conservaban cierta autonomía en el pensamiento desprendida de una libertad de conciencia construida dentro de estructuras sociales más horizontales. Cuando dichas estructuras sociales cambiaron y las personas fuimos paulatinamente expuestas a los modelos sociales tipicamente modernos, la conciencia colectiva viró en favor del progresismo, hasta la actualidad, cuando ya nacemos expuestos al control sociopolítico y desde la infancia nuestra conciencia se moldea por varios medios, principalmente la escuela y los medios de comunicación. Así que sólo en las últimas décadas tiene pleno sentido el triunfo de la izquierda a nivel popular como teoría válida y deseada; una vez su germen cuantitativo ha sido inyectado en la conciencia colectiva mediante su implementación estructural a lo largo de los siglos.

Lo único que la izquierda puede prometer hacer es seguir alimentando la espiral de decadencia que conduce al ser humano a olvidar cómo pensar su propia existencia. Desgraciadamente, este proceso puede estar abonado con algunos pequeños cambios que sean vistos como mejoras según los criterios de vida modernos, lo que reafirma todo su cuerpo teórico y es precisamente la forma de supervivencia que el izquierdismo ha desarrollado como actualización, inclusión y verificación de su militancia a través de los años.

 

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Un comentario en “El criterio cuantitativo del progresismo – Para una crítica radical de la izquierda (5)

  1. “La razón tiene que reconocer por los medios que le son propios que hay cosas que la rebasan”. Cito a Simone Weil de memoria, traduciéndola… Siento que el día de la reconciliación entre ciencia y religión no anda muy lejos… ese escándalo para ella que era semejante separación…!!

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