14 de abril: contra la fiebre republicana

Cada 14 de abril hay que soportar a quienes rescatan del pasado a conveniencia los sucesos que configuran la mitología moderna sobre nuestra historia. Hay que hacerlo, soportarlo, demasiado más a menudo, pero la incidencia sobre esta fecha, 14 de abril, como la conmemoración de la II República, es uno de esos casos de especial importancia para comprender el alcance de estas investigaciones interesadas.

El mito de la II República democrática, benévola, paritaria, moderna y, en fin, libre, no sólo es de buen rédito para los grupos políticos y organizaciones republicanas sino para el conjunto de los intereses estratégicos del poder. Este reducto de paz en los estertores del virulento siglo XX es la Ítaca particular del progresismo español, que fabula sobre su existencia de la manera más tramposa y parcial. Según este cuento, por una suerte de movimiento revolucionario espontáneo, Madrid escucha un eco venido de las montañas en el Norte y se autoproclama republicana el 14 de abril de 1931,  desafiando las armas de la temible monarquía. La concentración en la Puerta del Sol, por arte de magia, no es represaliada, como tampoco lo es el discurso enfrentado de Francesc Macià en Cataluña, sucesos a los que les sigue el izamiento rebublicano, todo lo que supondría, de provenir de una verdadera pulsión popular espontánea, una amenaza al orden social constituido.

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Lo que resulta de un análisis objetivo de los hechos es que la II República fue un régimen continuista de las dictaduras militares previas en el que la configuración del Estado no cambió en lo sustancial. El ejército no combatió el cambio de nombre de régimen debido, claro, a su anuencia (seguramente su propia gestión), algo que aún deben explicar quienes se creen que la voz del pueblo derrotó a unos tanques bélicos que jamás salieron. Hoy se sigue defendiendo que la monarquía había perdido su base social, algo que jamás había tenido, si no contamos, claro, con la minoría de urbanitas (en 1930 menos del 20% de la población del Estado vivía en núcleos de más de 50.000 habitantes) cuya vida había sido ya entregada a los avatares del progreso más obtuso y su modo de vida asalariado había hecho mella. Siendo así, lo que se descubre es que la II República fue la república de la oligarquía burguesa, empresarial y estatal, no sólo con desprecio sumo de la opinión de las clases populares sino con su represión policial. Esta II República fue el nuevo nombre que tomó el Estado para modernizarse, debido a la crisis en la gestión que habían demostrado los gobiernos precedentes, incapaces de aglutinar una masa civil suficiente para desarticular la oposición popular al centralismo estatal. En definitiva, esta II República fue el último intento por canalizar bajo las directrices estatales el contento popular, y con él, su fuerza productiva. Fue primero un elogio a la modernidad, al liberalismo doctrinario, y como no podía ser de otra forma, fue después su imposición normativa, con el constitucionalismo como arma de doble filo y con leyes contra el interés comunal popular, como las sucesivas desamortizaciones terrenales. Este intento por convencer del bien moral del Estado moderno, con toda la ingeniería panfletaria recién horneada en Europa rendida a las virtudes de la República, mientras ésta asesinaba en la sombra al campesinado, cuando no sus propios miembros de gobierno se asesinaban entre ellos, no tuvo más salida que la contienda militar a la que se desembocó en 1936 como solución final para enderezar el “gran problema de España” que recoge Ortega: su naturaleza combativa y auto-organizada.

Las razones para la construcción teórica, ignorante, simplista y sencillamente falaz de este episodio histórico por parte de fuerzas políticas (algunas de las cuales estuvieron y siguen estando en la palestra) tiene una trascendencia insospechada. Sus intereses partidistas son más que satisfechos; en lo concreto, el elogio de la II República sirve para la consecuente demonización del régimen franquista, que de nuevo según la ortodoxia izquierdista fue el que vino a poner fin a la orgía democrática de la República. Pero es en este detalle, en el eterno dedo acusador sobre Franco (más que merecido, por otra parte) donde resulta, en los tiempos presentes, una estrategia política.

Lo que de un elogio delirante a la II República resulta es un igualmente irracional y fantasioso odio al franquismo. Y de este gran mal histórico deviene un culto por el parlamentarismo moderno (o huelga decir, por la Transición y la situación actual – no se olvide que con Franco existieron las Cortes franquistas). Así, la conciencia colectiva está hoy intervenida de manera plena bajo cuestiones que aparentemente no atañen al presente político, pero en boca de G. Orwell, “quien controla el pasado controla el futuro. quien controla el presente controla el pasado“. La demonización del franquismo, régimen repudiable en todo, tirano, antihumano y asesino, en ausencia de un abordaje objetivo en lo posible, justifica, en el mejor de los casos, el parlamentarismo moderno; en el peor, hace a la gente devota de nuestra situación actual ante un miedo inducido por la comparación por los horrores del pasado. En los hechos, la izquierda ha sido la principal fuerza política desde la Transición, tanto en el número de años en el gobierno como en la presencia entre ideólogos, artistas, profesores, etc., y esto se debe, principalmente, al gran acicate que supone el chivo expiatorio del franquismo, algo de lo que no presume la derecha, marginada a soportar los avatares del siglo XXI con la cabeza gacha.

Ha sido esta izquierda, principalmente, quien ha silenciado los crímenes cometidos durante la II República. Ha sido silenciado el carácter misógino de los primeros partidos republicanos, específicamente izquierdistas. Durante el régimen anterior a la República, la Dictadura de Primo de Rivera, existe una legislación específica que concede a las mujeres cabeza de familia un derecho de voto restringido de circunscripción local, hecho que tira por tierra, por cierto, toda la retahíla feminista sobre el sempiterno sometimiento de la mujer, pues existían mujeres en la ruralidad que gestionaban los asuntos familiares con sobrada eficacia. No es la II República quien concede el primer sufragio femenino, y ello, por otra parte, no es ninguna conquista, a sabiendas de la intervención panfletaria del voto. Antes de la concesión de dicho sufragio, el gobierno de la República eleva a Victoria Kent a la Dirección General de Prisiones, lo que subraya de manera pasmosa el interés real del feminismo de Estado. Hay que recordar que  Margarita Nelken y María Martínez Sierra, dos mujeres socialistas, se opusieron a la concesión del sufragio universal femenino debido al temor en los resultados, lo que exhibe, por un lado, el eterno arribismo de la politiquería en detrimento de una defensa real de valor alguno, y por otro, la colaboración de las mujeres en el patriarcado civil. Llegado este sufragio femenino, el censo menospreció a una gran parte de la población en pequeñas comunidades rurales, y además, dio la victoria a la derecha, lo que enseña la opinión que la izquierda le merecía, en general, a la mujer. Esto choca con la invocación feminista actual, sobre todo desde la izquierda, del progreso femenino republicano. Se ha dicho que la victoria de la derecha tras el sufragio femenino se debe a que la mujer vivía, en su mayoría, amaestrada bajo los preceptos católicos, lo que es en sí una muestra de machismo insoportable, dando a entender que las mujeres no eran capaces de pensar por sí mismas, pero el varón sí. Más bien, el giro a la derecha de 1933 se debe al rechazo explícito de toda la política implementada hasta la fecha por los gobiernos de izquierda, que atentaba contra las formas de vida tradicionales, asentadas en su mayoría en la horizontalidad y el apoyo mutuo. Los sucesos de Villa de don Fadrique exponen como las mujeres se elevaron en armas contra la República ante una ley que les prohibía trabajar en igualdad con los varones, resultando en una masacre por parte de la policía socialista. Es interesante, más que el carácter represivo del gobierno republicano, algo de sobra conocido, el motivo de la insurrección y la cooperación entre hombres y mujeres por la defensa de intereses comunes. Un año después, esas mujeres fueron llamadas a las urnas y, una vez discriminadas quienes negaron asistencia, no en vano numerosas, la mayoría de quienes otorgaron el voto seguramente se decantaron por un cambio en la dirección de la República.

No se puede olvidar así, tampoco,  la faceta policial-militar armada del gobierno que, no en vano, declaró el estado de sitio, alarma e incluso guerra en numerosas ocasiones en el periodo 1931-36, con la consecuente suspensión de las garantías constitucionales que de tanto se hace gala, un hecho que decisivamente enuncia el carácter dictatorial-militar de la República. Esta izquierda para nada quiere recordar las recurrentes huelgas que se produjeron durante estos 5 años de régimen, que bien demuestran la mala disposición y no la buena que se instaló en muchos ámbitos laborales. Sólo les cabe un comentario positivo, claro, para la brutal escolarización que acometió el régimen, especifica y curiosamente para las edades 5-14 años, que convirtió los cuarteles militares en escuelas, bajo las que se intentó adoctrinar de manera feroz a los niños y niñas con vistas a un futuro integrador con el régimen. Si la estrategia hoy consiste en reinterpretar el pasado para acomodar una mentalidad determinada en el presente, en el pasado se intentó hacer lo mismo, y para ello, el mundo de la tradición era el enemigo contra el que calumniar. Mientras los manuales escolares rezumaban un anticlericalismo desmedido y, sobre todo, un antitradicionalismo feroz, los hombres y mujeres de Villa de don Fadrique fueron asesinados por la República por entender que las mujeres también podían elegir trabajar la siega.

La recuperación del 14 de abril es más que aleatoria. De todas las efemérides modernas, entre las que existen, de largo, otras que demuestran una cierta defensa de la libertad, su recuerdo año tras año ahonda la brecha en nuestra historia y, sobre todo, en nuestro presente. La fábula concluye: la Transición vino a recuperar, en una suerte de Renacimiento, el constitucionalismo republicano, ante el cuál siempre existirán las fuerzas de la barbarie, amenazantes, sólo combatibles bajo los preceptos parlamentarios.

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