Contra la huelga feminista: comentario detallado al manifiesto del 8M.

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Resulta harto sencillo ilustrar, con un breve y mecánico comentario punto por punto, la pobreza de los textos feministas, su falaz argumentación en casi todo lo que elevan a axioma del movimiento y su peligrosidad como veneno para el alma. Con esta intención y ante el horror que provoca escuchar de un acontecimiento tal que una ‘huelga feminista’, decidí recorrer el manifiesto que lo vertebra y atajar todos los asuntos que allí se concentran bajo una cosmovisión ante todo humanista y con foco en la realidad experiencial, en la vida que todos y todas llevamos en la actualidad, de distinta condición pero con un rumbo trazado convenido y compartido. Es precisamente con la intención de despojarnos de ese horizonte interesado, de liberar primero el pensamiento para poder pensar qué futuro del mundo nos espera que estas notas están escritas.

El manifiesto puede leerse aquí  y del alcance que tenga tras su convocatoria dependerá el grado de preocupación que debemos mantener en el asunto. Las citas están extraídas literalmente del texto e intentar recoger los principales temas tratados en aquél.

Fue la unión de muchas mujeres en el mundo, la que consiguió grandes victorias para todas nosotras y nos trajo derechos que poseemos hoy. Nos precede una larga genealogía de mujeres activistas, sufragistas  y sindicalistas. Las que trajeron la Segunda República, las que lucharon en la Guerra Civil […]

La teoría de género en su versión más denigrante elimina de la ecuación de la historia al varón sólo en sus méritos, mientras que denigra su existencia en todo lo demás. El feminismo, como teoría del odio, no puede ver la implicación que hombres y mujeres han tenido por sus semejantes, pues su método hoy es deducir problemas político-sociales en función del sexo. En el pasado, las comunidades horizontales se han sentido concernidos los unos con las otras; han creído en problemas estructurales que afectaban indistintamente a varones y mujeres. Es decir, es completamente falso que la lucha unitaria exclusiva de mujeres haya originado situación presente alguna. La simbiosis entre ambos; la especie humana, en fin, ha sido agente de la historia, en sus aciertos y en los no tan acertados asuntos en el tiempo. Además, las mujeres no gozan de ningún derecho específico como grupo, algo que se anuncia en ese primer párrafo. También nos precede (sic) una larga lista de personas de distinto sexo cuyo ánimo ha sido el bien común. Contra la mitología progresista que empapa al manifiesto, baste decir que la Segunda República fue un régimen tiránico, violento como pocos y ante todo antidemocrático, por no mencionar la misoginia explícita de alguno de sus agentes, con Manuel Azaña o el propio congresismo del PSOE como ejemplos paradigmáticos. Merecería una mención velada, por pura decencia, la cantidad de mujeres que apoyaron el levantamiento militar del 36 ante el horror que el gobierno republicano supuso en lo concreto de aquella primavera, por no hablar del cruel número de asesinatos políticos que la República llevó a cabo como expresión de su esencia tiránica y genocida, muchos de ellos mujeres del pueblo (Casas Viejas es un buen ejemplo típico). Así que si se conviene hablar de las mujeres que trajeron la Segunda República (sic), hay que recordar también a las multitudes femeninas que trajeron y apoyaron el Franquismo; conviene no olvidar a la Sección Femenina, curiosamente uno de los pocos grupos políticos mayoritariamente femeninos, lo que prueba que el sexo no es ni mucho menos distintivo de una antropología de la historia, mas al revés, mujeres ha habido de distinta condición, tanto como varones; amantes de la libertad, sinceras, cobardes, embusteras, madres y malas madres, poderosas y sin poder. Las mujeres son capaces del bien, del mal, de ansiar la libertad o de estar cómodas en el sofá de su adoctrinamiento.

Exigimos que el Pacto de Estado contra las violencias machistas –por lo demás insuficiente– se dote de recursos y medios para el desarrollo de políticas reales y efectivas que ayuden a conseguir una sociedad libre de violencias contra las mujeres y niñas[…]

Como grata sorpresa cabe destacar la mención, como una de las primeras veces en la ortodoxia feminista, que se hace de la infancia, claro, para rapidamente denunciar de nuevo la mutilación sin ambages que a su vez se realiza. Olvidar a los niños varones en un ámbito que sufren indistintamente es repudiable. La violencia contra la infancia es monstruosa y muy real, y precisamente la norma clave del feminismo institucional, la Ley de Violencia de Género, silencia todo tipo de violencia entre los sexos que no sea la que sufre una mujer adulta heterosexual por parte de un compañero sentimental. El hecho de que el único ánimo del legislador sea estigmatizar las relaciones afectivas, sugiriendo que toda relación heterosexual es una relación de dominación, y que se olvide la infinitud de violencias que existen contra niños, ancianos, personas de distinta condición sexual, étnica, etc; ello prueba, de hecho, que la Ley de Violencia de Género es un aparato multiplicador de violencias, que busca dividir y enfrentar a las personas y que, encima, no cumple ni lo que promete, no ofrece protección alguna a las mujeres víctimas de una violencia real ni hace disminuir sino aumentar los casos de misoginia en el hogar. Después se menciona, muy a gusto de una contestación tal que ésta, el acoso en el ámbito laboral, una realidad brutal y también silenciada por la LVG, que es capaz de encarcelar a miles de varones con una inversión de la carga de la prueba, figura jurídica anticonstitucional que anula la presunción de inocencia; ello, mientras que no es capaz de atajar las numerosas vejaciones, acosos y violaciones que jefes (¡y jefas!) acometen contra empleadas y empleados. El sesgo ideológico de género, de facto, anula la capacidad para observar la realidad per se, hasta unos niveles que obnubilan toda visión certera del tiempo presente y del asunto de los sexos.

Señalamos y denunciamos la violencia sexual como expresión paradigmática de la apropiación patriarcal de nuestro cuerpo

Si con esta consigna tan repleta de lugares comunes y sin concisión alguna se hace referencia a la mercantilización del cuerpo femenino, se recuerda; primero, es el Estado, con su legislación civil, quien crea una primera diferenciación normativo-impositiva entre los sexos, en España en 1889, con el Código Civil y su designación marital, e incluso hoy día, con la LVG, que considera a las mujeres sujetos débiles, incapaces, inferiores al varón que requieren de una especial protección institucional porque no pueden atajar sus asuntos o valerse por si mismas. Segundo, que es en la historia de las sociedades occidentales y sus gentes, criadas durante más de un siglo bajo esa misma legislación misógina, embrutecidas por la obligatoriedad del salariado, en quienes ha permeado cierta misoginia cuyo origen primero reside en las estructuras dominantes, en esencia el Estado. El capitalismo, como método dinamizador y explotador de recursos al servicio del poder real estatal ha utilizado indistintamente al varón y a la mujer para inyectar multitud de ideas, hábitos o productos. La hipersexualización del cuerpo femenino no impide que el varón también sea objeto de múltiple degradación por parte del patriarcado. El varón fue obligado normativamente a dominar a su esposa, al denigrante salariado fabril, al servicio militar obligatorio o a atentar indistintamente a su salud bebiendo y fumando con exclusividad e inlcuso orgullo. El patriarcado no fue un consenso entre una mayoría social de varones para doblegar al otro sexo sino una decisión del poder, una ínfima minoría en élite que deciden organizar la explotación social del resto a base de desnaturalizar las relaciones afectivas libres humanas para conseguir doblegar la voluntad de unos y otras asignados con diferentes tareas indispensables en cada fase del magno proyecto de control social. Las derivaciones que de ello hoy tenemos son múltiples, el sexo como una mercancía más (para unos y para otras), la mortalidad laboral, que en el caso de los varones es muchísimo más alta cuando la femenina es insignificante, o el suicidio, como último atentado contra nuestra integridad física auspiciado por severas depresiones intrínsecas a este modelo de la existencia. En definitiva, la apropiación patriarcal (sic) del cuerpo es, considerada la magnitud del resto de problemas político-culturales, una insignificancia, y enunciar que se trata de una cuestión exclusivamente femenina es faltar a la verdad y dar la espalda a los verdaderos problemas de nuestro tiempo.

¡BASTA! De opresión por nuestras orientaciones e identidades sexuales! Denunciamos la LGTBIfobia social, institucional y laboral que sufrimos muchas de nosotras, como otra forma de violencia machista

Aducir que la LGTBIfobia la sufren sólo o específicamente las mujeres es de nuevo una ofensa intolerable, pero además enunciar que ese maltrato es una forma de violencia machista es ya un delirio casi imposible de hacer descender y concretar para poder contestar. En general el trasfondo de este tipo de asertos expuestos sin pudor ni respeto por las personas proviene de la concesión extendida que se hace de que las mujeres son benévolas y amigables por naturaleza y los varones somos descarnados, tozudos y agresivos. Sólo cabe apelar a la experiencia vital de cada persona para poder comprobar que esta categorización cuasimilitar de la naturaleza humana es irreal. Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Además, ya que se menciona la cuestión LGTBI (o no se cuántas más letras), asumir que existe maltrato institucional, cuando un vistazo con una óptica inclusiva advierte que de hecho es la heterosexualidad la que está en jaque y vivimos en un momento de florecimiento (tras la debida siembra) y de promoción por distintos medios de la homosexualidad y ahora también la transexualidad; entender ese maltrato institucional como tradicionalista, casi canónico, cuando lo que es, en cualquier caso, es una inferencia en la vida sexual privada de las personas, es propio de una perspectiva adscrita sólo a teorías y suflamas repetidas sin capacidad reflexiva y observadora y consumidas como productos del supermercado ideológico moderno. A través de miles de canales institucionales y adscritos, debates de palestra pública, leyes como el matrimonio homosexual, medios de comunicación, series de televisión y otras narrativas del momento, se observa que la condición sexual está siendo objeto de mediación, y con lo señalado antes sobre el acoso que la LVG induce en las relaciones heterosexuales libres, olvidándose bochornosamente de las relaciones entre personas del mismo sexo (creer en un desacierto o casualidad parlamentaria es de necios cuando fue un mismo gobierno quien impulsó ambas la LVG y la del matrimonio homosexual); se concluye, en efecto, que cuando en el pasado fue lo heterosexual la ortodoxia dominante, hoy ya no es así (algunas notas al respecto en mi blog aquí y aquí)

Somos las que reproducen la vida.

La androfobia u odio al varón se manifiesta subrepticiamente como constante en muchos de los principales actores feministas en la actualidad. Aducir que es la mujer quien reproduce la vida cae dentro de un fundamentalismo paranoide que causa pavor. El menosprecio de la paternidad es uno de esos subtextos que el feminismo ortodoxo contiene y que enajenan el pensamiento de la mas cruda y visceral realidad biológica. El rol de los sexos en la reproducción de la vida es una necesidad orgánica que no puede hacerse descender al terreno teórico para discutirse. Este tipo de asertos en un manifiesto llamado feminista es el punto débil de su apología inhumana y debiera ser el que permita rechazar en un primer plano su contenido por cualquiera con un sentido común de su propia vida. Siendo lo que es, un insulto a la masculinidad, a nuestros padres, hermanos, tíos, abuelos y demás semejantes que, a fin de cuentas, nos ha hecho estar aquí, a todos y todas, el feminismo se desmarca de toda argumentación elaborada para inducir el odio como principal motor de su militancia. Por supuesto, una gran mayoría social no está de acuerdo con este tipo de estupideces, o en el peor de los casos, está dispuesta a sentar un debate sobre el papel de los sexos en la reproducción, pero aun así el movimiento arriesga a introducir elementos de distorsión de la mas pura realidad tal como éste con el ánimo de embaucar a personas particularmente maltratadas, victimizadas, que hacen extensiva su experiencia traumática concreta al resto de la humanidad y que por tanto militaran con una actitud recalcitrante como feministas convictos.

El trabajo doméstico y de cuidados que hacemos las mujeres es imprescindible para el sostenimiento de la vida. Que mayoritariamente sea gratuito o esté devaluado es una trampa en el desarrollo del capitalismo[…] Reivindicamos que el trabajo de cuidados sea reconocido como un bien social de primer orden.[…]

El feminismo constituye uno de los reformismos del sistema actual con más visos de ser decisivo en la organización social del futuro inmediato. Para empezar, de nuevo, se esgrime la exclusividad de lo que sería un trabajo sexuado, el trabajo domestico y de cuidados (sic) que realizarían sólo las mujeres. Anteriormente ya se ha dado cuenta del bochornoso acoso y mutilación de la masculinidad que tan libremente se predica. Pero además en este caso, esta demanda casi sindicalista pasa por querer monetarizar (con sesgo ideológico de género) y por tanto legislar, por instrumentalizar aspectos de la vida doméstica o de convivencia, algo siempre muy a gusto del capitalismo del que aducen es una trampa. Aducir que el capitalismo gana o no quiere monetarizar alguna actividad humana es no haber entendido en nada la cuestión. Este reclamo se traduce en un perfeccionamiento del sistema de dominación, ambos dos, el Estado y su cuerpo de leyes y su correlato específico de nuestra era, la explotación capitalista, que confluyen en dictaminar sobre cada vez más aspectos de nuestra vida privada. Pero claro, cuando el feminismo olvida en primer lugar que es el Estado quien crea una primera diferenciación impositiva de los sexos, que en sociedades sin Estado las normas y costumbres han puesto en común a hombres y mujeres en una apabullante mayoría de veces; esto, algo imposible de concebir dentro de la agitación feminista, toma un cariz aún más preocupante cuando se considera que lo concreto de esta manifestación feminista es una huelga. Así, el único propósito que vehicula esta convocatoria, en su mismo lenguaje, es el reajuste, el perfeccionamiento, la actualización del capitalismo moderno. Un horror, más si se entiende que con ello se pretende hacer algún tipo de favor a la feminidad; sin más, el arribismo lo único que promete es una nueva capa de barniz, motivo por el cual, precisamente, el feminismo está arropado por el poder, por el Estado y por la gran empresa, encantados de utilizarlo como termómetro social y como catalizador de nuevas regulaciones.

Huelga contra los techos de cristal y la precariedad laboral, porque los trabajos a los que logramos acceder están marcados por la temporalidad, la incertidumbre, los bajos salarios y las jornadas parciales no deseadas. Nosotras engrosamos las listas del paro. Muchos de los trabajos que realizamos no poseen garantías o no están regulados. Y cuando algunas de nosotras tenemos mejores trabajos, nos encontramos con que los puestos de mayor salario y responsabilidad están copados por hombres. La empresa privada, la pública, las instituciones y la política son reproductoras de la brecha de género.

Ya puestos en asumir el cutre empeño del feminismo más orgulloso en reducir gran parte de su cuestión a la diferencia salarial, cabe hacer varios apuntes. Quienes intentamos vivir nuestra vida desde la vida misma, con el testimonio de nuestra propia huella y la de nuestros iguales, aún estamos esperando que alguien demuestre con consistencia que las mujeres cobran salarios más bajos por realizar el mismo trabajo idéntico al varón. La distorsión que este tema encierra es bien aprovechada para seguir dictando la mitología feminista. Los sectores laborales donde existe una predominancia bien del varón (industria pesada, por ejemplo) bien de la mujer (enseñanza, servicios como ejemplo) no comparten el mismo horizonte salarial. Lo que se establece falazmente es una comparativa intersectorial, lo que puede cobrar un varón y una mujer como si su sexo predominara sobre la remuneración concreta de cada caso, sin atender a variables clave, como el propio trabajo desempeñado, la edad, la formación o la clase. Esta categoría última, la clase social, es bien decisiva. Decir que la empresa privada está interesada en mantener a la mujer relegada no encaja con la actual disposición del mundo. Marillyn Hewson ocupa la presidencia de la mayor empresa armamentística del momento, Lockheed Martin, o Phebe Novakovic, al mando de General Dynamics y de fletar el armamento pesado de la marina estadounidense. Christine Lagarde o Ana Patricia Botín también desmontan toda la cuestión. La mujer, además, no comparte el mismo recorrido laboral del varón. Suele conciliar más, con peso a su salario, sufre procesos vitales como el embarazo y en general en la actualidad dedica más tiempo a la formación académica que el varón, por lo que su horizonte de cotización también difiere. Si la mujer engrosa las listas del paro, el varón engrosa las listas de suicidios, de encarcelados o de emigrantes. Centrar una lucha supuestamente dedicada a la emancipación personal en algo tan mediocre como la remuneración y obviar cualquier otro tipo de estadística que en términos existenciales preocupa con mucha mayor necesidad conduce por un camino ególatra, desconsiderado, de la envidia y del rencor. Justamente los vicios potenciados por el feminismo en todos y todas los que hace mella.

Denunciamos que ser mujer sea la principal causa de pobreza

Esta consigna lleva repitiéndose en las cumbres de Naciones Unidas desde hace décadas, que es desde donde se transpone a las organizaciones feministas locales. Hablar de algo como la pobreza de género imposibilita pensar con calidad el problema de fondo, la pobreza. Además, incita a dividir, a segmentar a la población; los varones, con sus problemas, y las mujeres con los suyos. De forma que los unos no se sientan concernidos por los problemas de las otras, y viceversa. Ruinoso punto de vista que imposibilita cualquier tipo de acción local para combatir la pobreza si se entiende que sólo la cooperación horizontal tiene visos de poder liberar a comunidades concretas de la explotación vertical que es única causa verdadera de la pobreza. El asistencialismo que se ruega con este reclamo es bochornoso, algo así como considerar que la mujer es, además de inferior, propensa a la pobreza, y requiere no de su puesta en común con sus semejantes para recuperar autonomía y alcanzar cotas de igualdad sino la completa sumisión al discurso, primero, asumiendo estas condiciones, y de seguido, su paciencia cuando no militancia para recibir, como un menor de edad, la tutela de las instituciones internacionales, que dispondrán para ella privilegios especiales para empoderar al género. En definitiva, se consideran sólo las ocasiones en que la mujer es protagonista de un umbral de pobreza concreto, se obvia al varón como si de una especie distinta se tratara, y no se consideran todos los casos (por ejemplo las mujeres directivas de la gran empresa, poderosas) donde queda como evidente que la pobreza radica más en un componente de clase y no de sexo.

Gritamos bien fuerte contra el neoliberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial y que destroza nuestro planeta y nuestras vidas.[…] Exigimos que la defensa de la vida se sitúe en el centro de la economía y de la política.

El feminismo pretende embutir a la mujer en los procesos más bestiales y definitorios del capitalismo, quiere igualdad salarial y prerrogativas legales que obliguen a su empoderamiento capitalista, quiere añadir más y más tareas domésticas al engranaje económico, de las que el Estado y la empresa se lucren a través de impuestos y regulaciones; y a la vez, quiere combatir un tal neoliberalismo que, lejos de definirse como categoría central de su discurso, queda nada más pincelado como algo así como la dominancia internacional de una élite empresarial. No sólo se yerra al identificar al enemigo de los pueblos libres del mundo, que es el poder del Estado, la imposición normativa, el ejército, las armas, la coerción, la imposición homogénea de la moralidad del buen ciudadano a la inconmesurable amalgama de diferentes subjetividades individuales repartidas por el mundo y por el tiempo; no sólo se señala al ultracapitalismo moderno, sino que además las peticiones que se recogen con ánimo supuestamente de liberar a la mujer trabajan directamente en mejorar las condiciones de explotación de ese mismo neoliberalismo demoníaco. Sin más, una demencia, que soterra toda inteligencia e impide, en primera instancia, pensar los problemas reales del mundo. Sin siquiera poder pensarse, observarse, se erradica toda posibilidad de alternativas nacidas en lo local. Este es el verdadero pensamiento totémico, que se impone como pensamiento único a nivel mundial (sic), y que no libera a las distintas generaciones del porvenir porque les envenena y hace inhábiles de primero pensar en qué mundo estamos viviendo.

Exigimos un avance en la coeducación en todos los ámbitos y espacios de formación y una educación que no relegue nuestra historia a los márgenes de los libros de texto; y en la que  la perspectiva de género sea transversal a todas las disciplinas. ¡No somos una excepción, somos una constante que ha sido callada!

Efectivamente, el patriarcado liberal ha silenciado en numerosas ocasiones la obra de diferentes mujeres cuya autoría no ha interesado para el decurso concreto de la época. Tan cierto como que en la actualidad la mujer goza de privilegios, de discriminación positiva, sin cabida a la interpretación interesada, pues existen ministerios de género y una red internacional de organizaciones que funcionan como lobby con interés a hacer suscribir en todas partes el decálogo feminista. Cuando se pide coeducación en todos los ámbitos (sic) se puede leer adoctrinamiento y amansamiento. Pedir que la perspectiva de género sea transversal a toda disciplina de nuevo ensalza la categoría sexo-género como definitoria, cuando ésta es sólo una dimensión de nuestra existencia; y además, no se menciona la calidad u origen de dicha educaciónque por mucha adjetivación y maquillaje que se le ponga, es lo definitorio. Así, en realidad se pide al Estado, al Ministerio de Educación, que es el único que redacta los manuales escolares, que se empape de la corriente feminista e implemente políticas educativas para conseguir ya sabemos qué fines. Una alianza perfecta que suscribe lo que viene siendo más que evidente, que el feminismo es una ideología potenciada desde el poder estatal, que permite dividir y amansar a la población mientras que promete ser una forma de liberación de tiranías irrisorias mientras que en lo concreto de sus preceptos se trabaja, en realidad, para su perfeccionamiento futuro. 

Ninguna mujer es ilegal. Decimos ¡BASTA! al racismo y la exclusión. Gritamos bien alto: ¡No a las guerras y a la fabricación de material bélico! Las guerras son producto y extensión del patriarcado y del capitalismo para el control de los territorios y de las personas. La consecuencia directa de las guerras son millares de mujeres refugiadas por todo el mundo, mujeres que estamos siendo victimizadas, olvidadas y violentadas. Exigimos la acogida de todas las personas migradas, sea por el motivo que sea. ¡Somos mujeres libres en territorios libres!

Es curioso justamente que en el desarrollo de este texto se haya apuntado que la fabricación de material bélico de la primera potencia militar del planeta corra a cargo de dos mujeres. Todo lo apuntado hasta el momento puede servir para atajar este párrafo. El capitalismo por si mismo no puede ni provocar una guerra ni aprovecharse del devenir de ninguna contienda. Necesita el brazo legal del Estado, necesita primero controlar los designios normativos, necesita la tutela de la ley para poder descender a explotar la mano de obra, única y primera materia prima de los territorios del mundo. El capitalismo es el buque insignia de la armada colonialista de los imperios del mundo porque permite explotar los recursos humanos para que a su vez se exploten los recursos naturales, pero el proceso de tutela y control de la mano de obra la establece primero el marco normativo. El capitalismo no tiene capacidad coercitiva directa sobre las personas, no puede imponer el trabajo y sencillamente no existe en aquellos territorios o épocas con un Estado disminuido. Es la coerción de las leyes diseñadas a controlar a la población para su posterior explotación; el tándem Estado-capitalismo, y en ese órden, el origen de las guerras, de la pobreza, de la desigualdad, de corrientes de pensamiento como el feminismo. Y, por regresar al texto, el resultado de todos estos procesos, de guerras y divisiones, son personas, seres humanos damnificados, de muy distinta forma, y no sólo mujeres. Cabe apuntalar que en la actualidad además los ejércitos como el estadounidense están formados por docenas de miles de mujeres que imponen la voluntad legal y asesinan a otros varones y mujeres. Quienes denostamos este tipo de reclamos feministas aún estamos esperando a que el propio feminismo se acuerde de este hecho y reconsidere su posición hacia los conflictos armados, bien desheredando de su calidad de mujer a las militares o bien reformulando de una vez toda su parafernalia pueril.

Denunciamos la justicia patriarcal que no nos considera sujetas de pleno derecho.

La justicia patriarcal (sic), o en consonancia con el nuevo ánimo de segregación y control de los sexos debiéramos decir neopatriarcal; la justicia moderna, por ejemplo en España, considera a la mujer sujeto de más derecho, lo que significa que eleva la consideración del sexo como distintiva sobre la legislación a implementar. Existe un Ministerio de Igualdad, eufemismo muy corriente en el lenguaje feminista que, en realidad, quiere decir Ministerio de la Mujer. Además, por oposición, es el varón el que ha sido, dentro de esas mismas reglas de juego, despojado de ser sujeto de pleno derecho cuando en numerosas ocasiones está obligado a probar su inocencia y no a ser probado culpable. En definitiva un sinsentido sin el más simple arreglo al mundo de la realidad.

Exigimos ser protagonistas de nuestras vidas, de nuestra salud y de nuestros cuerpos, sin ningún tipo de presión estética. Nuestros cuerpos no son mercadería ni objeto, y por eso, también hacemos huelga de consumo. ¡Basta ya de ser utilizadas como reclamo!

Exigimos también la despatologización de nuestras vidas, nuestras emociones, nuestras circunstancias: la medicalización responde a intereses de grandes empresas, no a nuestra salud. ¡Basta de considerar nuestros procesos de vida como enfermedades!

Una huelga de consumo, en el mejor de los casos, conduce a un consumo responsable, a repensar los hábitos de nuestra existencia urbana, pero el capitalismo se recicla precisamente con estos arreglos; utiliza las corrientes de pensamiento dominantes para aventajar el futuro y predisponer las bases de la explotación venidera, he ahí la explosión del mercado ecológico, verde, de etiqueta ‘salvemos el planeta’, por ejemplo. La única forma de hacerse protagonista de nuestra vida es primero comprender el alcance tan futil de nuestras acciones ante la ominosa dominación interdimensional, política, cultural, de la voluntad y del pensamiento que nos sobrecoge. Máxime en una situación tal que una huelga, un elemento harto utilizado por el poder como válvula de escape, como disidencia controlada. No existe compromiso en la huelga para el sistema porque el propio sistema posibilita la huelga. Ni Estado ni capitalismo pierden con ella, es más, ganan en aprendizaje de las pulsiones sociales del momento. Con el intento de asamblearismo del 15M el poder ha sabido encauzar la inquietud de la juventud y les ha confeccionado un partido político a medida, Podemos. Los ejemplos de estos procesos se repiten a lo largo de la historia pero también son observables en el presente. El Estado no comienza su campaña de denigración del tabaco y en general de todos los fumadores hasta que no ha recalculado y considerado el usofructo en el mercado del cigarrillo electrónico y ha potenciado su expansión y regulación para funcionar de sustituto. Por comentar el último párrafo, la medicalización de la vida responde, en primera instancia, al Ministerio de Sanidad, que dicta su existencia y su función y después traza lazos con la gran empresa farmacéutica para el lucro de ambos. El capitalismo aprovecha la coyuntura de la regulación normativa contra el sujeto para generar numerario y reinvetirlo a su vez en la potenciación de la dominación estatal-capitalista. La única sanidad que promete un hospital público-estatal es la que pase por el aro de los avatares de su tiempo, no la que mejor y con mayor sabiduría sepa tratar una dolencia humana. Por tanto, la única forma de despatologizar la vida es sacarla del control estatal, misión harto dificultosa pero que merece tenerse en cuenta para por lo menos no caer en la ramplonería y ñoñería feminista que de nuevo identifica verdugos con liberadores.

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