La feminidad y el fascismo (2): Alemania Nazi, realidad o discurso de género

Si se dice que el mundo del hombre es el Estado, su lucha, su disposición a dedicar sus habilidades al servicio de la comunidad, entonces quizás se pueda decir que el mundo de la mujer es más pequeño. Su mundo es su marido, su familia, sus hijos y su hogar. […] La nueva comunidad nacional Nacional Socialista adquiere una base firme precisamente porque nos hemos ganado la confianza de millones de mujeres como compañeras combatientes fanáticas, mujeres que han luchado por la vida común al servicio de la tarea común […]

Adolf Hitler, discurso ante la Liga Nacional Socialista de Mujeres, 8 de septiembre de 1934

La Liga Nacional Socialista de Mujeres alcanzó los 2 millones de mujeres miembro en 1938.

A history of Fascism 1914- 1945, Stanley George Payne

women nazi salutation

La primera parte de esta serie de artículos puso el acento en los datos para funcionar de ventana en el tiempo y descubrir la disparidad de opciones femeninas en la España de los años 30. Aquí se darán algunos nombres y datos pero se pondrá el acento en una interpretación que es bien necesitada en el presente. La necesidad de cantidad (más y más datos) no debe hacer olvidar el principal objetivo que aquí se persigue: utilizar la historia para librarnos de la locura de género del presente. La existencia de más datos no eclipsa las historias que aquí se recogen. La primera parte acentuó la proporción y aquí se acentúa la mera desigual calidad humana de las mujeres alemanas de la época.

La realidad de las mujeres en la Alemania nazi, tanto antes como durante el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial, ilustra muy bien, por ser brutal, la falacia que la pretendida antropología feminista mantiene, muy acentuada hoy día, como principal axioma: el concepto de clase de “mujer” como grupo humano homogéneo. Se dice que la mujer sufre de diferentes opresiones, lo que lleva implícito que la mujer es un-todo igual, una identidad colectiva, en definitiva, una clase social, utilizando la analogía con la teoría de clase marxista (analogía que los propios teóricos socialistas realizan, como se verá). La historia misma hace saltar los resortes de este reduccionismo decimonónico, empecinado en explicar la realidad humana en su dialéctica colectivizante, comunista (pensar al individuo ignorando sus dimensiones interiores y emulsionarlo en grupos con arreglo a categorías arbitrarias como el sexo). Tan difusa es la noción unitaria del proletariado como la de la mujer, en tanto que clases sociales. La analogía que hace Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que se explicará, termina por comprometer, a la luz de la historia, el concepto de clase también en lo que al feminismo respecta: “En la familia el hombre es el burgués y la mujer representa al proletario“, se atrevió a decir el teórico marxista. August Bebel, en La mujer y el socialismo espeta, en la misma línea arrogante: “La mujer y el trabajador tienen esto en común: los dos están oprimidos.” Pero regresemos, por ahora, al cruento episodio del nazismo alemán.

Frauenschaft

Las mujeres del Nacional Socialismo alemán

Además de los datos de afiliación femenina masiva, realidad que reproduce la situación habida en el contexto fascista español, hay numerosos testimonios que necesitan ser estudiados. Hitler propone un discurso sexista, como se cita más arriba, en 1934 para las mujeres alemanas, un discurso que confina a la mujer en el hogar y le despoja de responsabilidad civil con su comunidad. Cuatro años más tarde, la Liga Nacional Socialista de Mujeres pasa de 1 a 2 millones de mujeres miembro. Es decir, cientos de miles de mujeres apoyaron explicitamente un régimen patriarcal. Si la mujer es un grupo que comparte visiones e intereses comunes, ¿cómo puede el feminismo explicar este episodio histórico? No puede, y no lo explica, lo silencia. Para el feminismo estas mujeres no forman parte de la historia. Se podría argüir: la visión de la feminidad era distinta en aquella época, las mujeres pensaron que era lo mejor; como dirá Simone de Beauvoir, “no comprendían la naturaleza de sus cadenas”, no eran conscientes de lo que era el patriarcado, etc. Claro, alguna de estas cuestiones cotejó tan dramática situación, lo que a todas luces también desmonta la idea feminista de que la mujer de hoy y del ayer son la misma cosa sustancial. Quienes tienen la arrogancia de atreverse a definir cómo ha sido la historia de lo femenino sin cotejar su principal rasgo, la subjetividad de las propias mujeres, son la apisonadora que impone su visión de las cosas, nuestra subjetividad moderna, sobre todo lo que miran. Esto es lo mismo que realizan los teóricos socialistas cuando se atreven a explicar bajo su pensamiento científico las realidades “feudales” del pasado sin asumir lo vasto (por diferente y plural) de sus gentes. Es lo mismo que hará Beauvoir, apoyada en el existencialismo, cuando sugiera que las mujeres son fruto de su sociedad, son una ‘existencia’, postulado que se refuta a sí mismo como un esencialismo teórico; o cuando la francesa diga que las mujeres de su época “no son feministas, son pasivas resignadas”. El feminismo teórico adolece del mismo afán totalizante.

Rescatemos más ejemplos que de por sí ilustran lo que aquí se viene defendiendo: el fraude de la teoría de clase indisoluble del feminismo. En Guardianas nazis: El lado femenino del mal, Mónica González Álvarez da cuenta de mujeres fanáticas nazis que maltrataron, torturaron y asesinaron a otros varones y mujeres, adultos, ancianos y niños. El libro se apoya en datos del régimen, testimonios de supervivientes (como Eugen Kogon, que escribe El estado de las SS. El sistema de los campos de concentración alemanes) y las vistas orales de los diferentes juicios políticos que se produjeron más tarde. Así, perfila las biografías de personas como Ilse Koch, con cerca de 5000 asesinatos, experimentos y torturas a su nombre en el campo de concentración de Buchenwald en Weimar; Irma Grese, “el ángel de Auschwitz” y colaboradora de Mengele, con hasta 30 crímenes diarios; María Mandel, “la bestia de Auschwitz” que acopia 500.000 crímenes contra mujeres judías, gitanas y prisioneras políticas; Herta Bothe “la sádica de Stutthof”, Dorothéa Binz o Hermine Braunsteiner; así, pasando lista de sólo las principales gerifaltes nazis, el libro se erige como pieza fundamental en castellano para comprender el “lado femenino del mal” y refuta, sin quererlo, la raíz del discurso feminista histórico.

En febrero de 1943 un grupo de varones judíos fue recluido por el régimen en un centro de la comunidad judía en el corazón de Berlín. Cuando la situación fue conocida, miles de mujeres, principalmente sus esposas y familiares, se concentraron a las puertas del centro en el número 2 de la calle Rosenstraße. Estas mujeres esposas eran alemanas, de raza aria, y ambos formaban un grupo de unos 2000 matrimonios entre varones judíos encarcelados y mujeres libres. Las mujeres, al grito de “¡Devolvednos a nuestros maridos!” se concentraron durante tres días y resistieron la presencia de la Gestapo, que arma en mano, vociferó por la disolución de la protesta con amenazas de muerte. En Dissent in Nazi Germany (The Atlantic, septiembre 1992) un testigo describe como las calles “estaban abarrotadas de gente, y los gritos exigentes y acusadores de las mujeres se elevaron sobre el ruido del tráfico como declaraciones apasionadas de un amor fortalecido por la amargura de la vida”. Estas mujeres, amantes, y los familiares, que renunciaron con su resistencia a su vida por intentar hacer justicia, consiguieron la liberación de los judíos recluidos y el régimen, ante otras manifestaciones de disidencia popular, retrocedió, y no impuso represalias a las más de 6000 personas que se vieron en la calle Rosenstraße.

En la Alemania nazi hubo mujeres amantes de sus maridos, amigas de sus amigos, hermanas, madres, vecinas y compañeras. También hubo mujeres prisioneras, asesinadas, represaliadas, mujeres y niñas judías. Hubo también millones de mujeres nazis, mujeres engañadas, ingenuas y convencidas; algunas mujeres fanáticas, mujeres asesinas y torturadoras de hombres y mujeres asesinas y torturadoras de otras mujeres. Las mujeres del presente, del mañana y del ayer, siempre serán mujeres, seres humanos capaces del mayor crimen, la tortura, o del más noble amor, el desinteresado. Su condición sexual no les define como personas ni les pone en común entre sus semejantes femeninas. Su conciencia y sus elecciones les definen como seres humanos y necesariamente les enfrentan con otras mujeres que, existentes (Beauvoir) bajo una misma cultura, son de distinta condición.

Realidad o discurso de género

El argumento histórico es uno de los más poderosos para ilustrar el gran error que contiene todo el pensamiento feminista moderno. Y digo todo, porque el uso en su contra, el de la historia, ataca el sustrato base que comparten todas las manifestaciones históricas del feminismo. Hay quizás que hacer cierta excepción en los movimientos feministas liberales primigenios, la denominada primera ola feminista, si se considera que su relato está centrado en la derogación del patriarcado civil, la ley sexista que impone de forma extendida la Revolución Francesa y tras de sí todo el liberalismo. Su centro de gravedad fue la demanda de garantías jurídico-sociales igualitarias. Se tratará en otra ocasión este primer feminismo que, no obstante, ya comienza a apuntalar el error propio del cientifismo ilustrado: encerrar bajo la categoría de “mujer” a toda una amalgama heterogénea de mujeres de muy distinta condición, para las que se adjudica un mismo destino, a saber, la igualdad de trato legal, cuestión que jamás aglutinó a una mayoría de mujeres en ninguna época, que concibieron sus vidas y sus luchas de muy distinta manera. Incluso entre la minoría elitista, urbana y adinerada, distinta del 80% de la población, hubo desavenencias; incluso entre la ínfima minoría parlamentaria, como ilustran en España Clara Campoamor y Victoria Kent, que se manifestaron a favoren contra respectivamente del sufragio femenino. ¿Qué hace pensar que todas las mujeres de un tiempo legitimaban o se sentían representadas por mujeres como Olympe de Gouges, cuando la mayoría ni siquiera fue consciente de su existencia debido a las limitaciones en los medios de difusión? La propia teoría de clases en la que está basada el feminismo refuta esta idea. Las mujeres del campesinado, las mujeres de la burguesía, las mujeres del proletariado y las mujeres del Estado tenían subjetividades, vidas e intereses distintos. Ni siquiera en el presente, sociedad de pantallas, se da esa coincidencia: las feministas discuten entre ellas, articulan sus luchas mientras el resto, con las mujeres, estamos a otra cosa.

La dialéctica feminista comienza a profundizar en su equivocación y alejarse de la realidad cuando incorpora a su discurso, haciéndolo progresivamente prioritario, la denuncia de estructuras socioculturales que oprimen a la mujer, es decir, cuando se aleja del estudio objetivo de la legalidad (la desigualdad normativa real del primer liberalismo) para señalar otras líneas divisorias entre hombres y mujeres que ya no son puramente estructuras objetivas, con literalidad, específicas de un tiempo y un lugar en el mundo, como es una ley, sino que apelan más bien a si las mujeres se sienten oprimidas. Este nuevo feminismo social o cultural tiene su origen doctrinal en el primer marxismo, concretamente en la obra antes citada de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884. A partir de este momento, la cuestión de la mujer quedará relegada indefectible y lastimeramente a la interpretación histórica del marxismo, en su dominancia oficial, es decir, en lo que se ha convenido como la historia oficial del movimiento. Existirán autores posteriores que piensen la cuestión femenina y humana alejados del marxismo, pero serán autores olvidados, detestados y hoy día sin presencia en los discursos dominantes. Además, el decurso fascistizante del feminismo de Estado hoy día impone legislación civil que está inspirada en (cuando no cita directamente) autores de esta corriente feminista cultural, pues se afirma sin ambages que “la mujer sufre opresión como grupo”, por lo que esta línea discursiva está oficializada (ya que en España no existe ley discriminatoria por sexo con las mujeres -desde aquí se reta a algún colectivo feminista a que mencione alguna). Pero, en el mundo real, siempre existirán personas, mujeres, que imprimen en el tiempo su feminidad como un agente histórico diametralmente opuesto a los delirios teóricos marxistas, y es éste, el argumento histórico, el estudio del papel real de las mujeres, el que destrona del todo las fantasías tanto del socialismo y marxismo teóricos como de su vástago el feminismo cultural, también apodado a veces o que forma parte de lo que se conoce como marxismo cultural.

 

Odio racial y no odio de sexos

feminidad fascismo feminismo generoEn el régimen nazi, las mujeres, como los varones, participaron del antisemitismo, esto es, un rechazo u odio visceral de base irracional y no experiencial a aquello identificado como judío. Melita Maschmann, mujer letrada, hija de padres universitarios, miembro de la Liga Femenina de las Juventudes Hitlerianas, explicaría años después en Account Rendered: A Dossier of My Former Self la concepción del antisemitismo instalada en las juventudes urbanas cercanas al partido nazi,  de forma que “nadie parecía preocuparse por el hecho de que no tenían una idea clara de quiénes eran los judíos“, lo que Daniel Jonah Goldhagen en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto define muy bien como “la imagen alucinada que tenía de los judíos”. Esta confusión es un cualidad elemental de toda manifestación de odio colectiva, por irracional, que expresa la irresponsabilidad moral e histórica, o si se quiere, el error sin más, que condujo a muchas personas, entre ellas dos millones de mujeres, a apoyar la causa nacionalsocialista. La propia Maschmann, en el epígrafe citado, culpa a aquel antisemitismo racial de que  “más adelante pudiera entregarme en cuerpo y alma a un sistema político inhumano, sin que esto me hiciera dudar de mi propia decencia.”

Antes se hacía referencia a algunas voces femeninas históricas que no comulgan o que se expresan fuera de la dialéctica marxista feminista. Bien, de las declaraciones de Maschmann, una ex-militante nazi, se extraen algunas enseñanzas que bien podrían servir para pensar la feminidad en aquel tiempo y en el presente, como son la necesidad de estudiar los fenómenos de odio sospechosos de ser bulos interesados en su momento presente y no cuando es demasiado tarde; o a preguntarse constantemente por la propia decencia y moralidad de formar parte activa de una opción política. Cabe preguntarse si quizás Maschmann, cuando confiesa arrepentida el horror nazi del que participó, quizás sólo busque limpiar su imagen, expiar su culpa, no ser juzgada; cabe preguntarse, entonces, ¿tiene una mujer conciencia, remordimiento? ¿puede una mujer mentir? Algo tan elemental que causa vergüenza plantearlo, sí, pero que está ausente en la ramplonería feminista actual, donde legislación penal y alta jurisprudencia asumen la veracidad del testimonio de una mujer (figura de la inversión de la carga de la prueba) por el hecho de ser mujer, y donde tenemos que soportar que se sostenga por las asociaciones feministas y por el Consejo General del Poder Judicial que no existen denuncias falsas, ¡negando que cualquier mujer pueda mentir!

 

De Beauvoir hasta el presente machista

¿Por qué no puede el feminismo ver en el testimonio de Maschmann enseñanzas dignas, humanas, de concienciación, de llamada a la cautela por los nuevos aduladores, de escepticismo ante las modas en boga? ¿Por qué no se cita como testimonio histórico femenino de lo que conviene prevenir; en definitiva, como alegato a primar el sentido crítico y al individuo como conciencia en el mundo, a no fanatizarse ni censurar opiniones, en lugar de priorizar las teorías de identidad de grupo? El feminismo sólo rescata los textos históricos de fanáticas, su mayoría marxistas o comunistas confesas, que reproducen la ideología del conflicto constante entre clases o grupos porque son quienes asumen las mismas falacias interpretativas, como considerar a la mujer un grupo o clase social uniforme: Clara Zetkin, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Shulamith Firestone, Kate Millet, Judith Butler, etc. Es apabullante ver cómo estas autoras se citan entre ellas, en un continum bochornoso: Beauvoir citará a Zetkin, Friedan a Beauvoir, Firestone a Friedan, Millet a Firestone, Butler a Miller, … Todas ellas comparten la misma dialéctica clasista, nacida en el marxismo, y con intención o sin ella, han traído hasta el presente un feminismo absurdo, desprovisto del menor atisbo de realidad y acierto, pues aunque identifiquen alguna verdad relativa, se equivocan del todo en los fundamentos del análisis y por tanto todas sus propuestas conducen al error.

La mujer como unidad, como grupo, categoría, clase; transversal y total, se desvanece en los avatares de la historia; la mujer, como segmento constante de la humanidad, como 50% pretérito. Son, como individuo humano, sus decisiones morales fruto de su conocimiento del mundo las que le empujan, como a todo ser humano, hacia una dirección u otra. Paradojicamente, en su epistemología humana juega un papel fundamental el conocimiento de la historia, y si mujeres como Melita Maschmann hubieran tenido referencias históricas para poder abordar fenómenos cognoscitivos como el odio racial “alucinado”, seguramente no hubieran participado con “propia decencia” de su gestación y apoyo. De la misma forma, si no se ocultara la verdad histórica con intereses espurios, como hace toda corriente feminista hoy, por ignorancia o despotismo, se otorgarían herramientas poderosas para el porvenir moral de nuestras decisiones. Pero, claro, el feminismo es un gigantesco Uroboros, reptil que se muerde la cola. Su concepción de la mujer como clase le obliga a ocultar las manifestaciones históricas que dan prueban de lo contrario, que el sexo no define una realidad de grupos humanos de manera uniforme por encima de otros condicionantes tan variados como el lugar y el tiempo, la conciencia individual y de grupo, la moral, el poder, la conveniencia, la voluntad, la valentía, la libertad, etc.

De forma que, digámoslo claro, cuando el feminismo habla de la mujer no sólo niega la verdad histórica, sino que al hacerlo, acentúa el empobrecimiento del entendimiento humano, no sólo por operar como un reduccionismo muy burdo, idéntico discursivamente al socialismo científico y su materialismo histórico marxista, al utilizar categorías universales falaces como “mujer”, sino por imposibilitar que nuestra historia sea una gran maestra de vida.  El colmo de su maldad destructiva es que su constante victimización de la mujer, fruto entre otras cosas de negarle su conciencia histórica, propicia que aflore en ella esa misma “imagen alucinada” de fenómenos de su entorno actual; cuando el odio racial nazi odiaba lo judío “sin tener muy claro quienes eran los judíos”, hoy día es el machismocomo categoría cultural (y no como realidad legal, lo que da prueba de la inspiración marxista-culturalista del feminismo de hoy) el que encarna esa nueva categoría de odio. El antisemitismo era “un poder maligno, con los atributos de un espectro”, según Maschmann, definición que hoy corresponde entre otros al machismo, término en constante (in)(re)definición, utilizado con o sin argumentos, cuando no esgrimido como argumento en sí (¡eres un machista!).

Sin siquiera entrar a valorar aquí las cacerías y campañas de desprestigio que con arreglo al machismo realiza el feminismo recalcitrante actual, que no se quedan cortas en similitudes con las campañas de acoso antisemita que gestaron el clima social y el ascenso del partido de Hitler (recuérdese, votado en urnas), se puede argüir, una vez más, que el feminismo es un cáncer epistemológico, que se ramifica a todos los estratos del ser: victimiza a la mujer (opresión perpetua), le extirpa su conciencia de nuestro pasado (la historia como herramienta) y de sí misma (sororidad o pertenencia a una clase ilusoria), le hace ciega ante su realidad presente (demanda que vista sus gafas moradas), le enfrenta a sus iguales (a los varones -hay una conspiración cultural machista- y a las mujeres que no participan del credo) y encima y como resultado de todo ello, sienta las bases para una cultura del odio con semejanzas al caldo de cultivo de los fascismos históricos, que tuvieron un apoyo civil precisamente porque calaron en la población nociones como el antisemitismo.

Afortunadamente, el feminismo sufre de un fuerte desprestigio teórico en la actualidad, motivo por el cuál es el momento idóneo para entregar las herramientas, proponer otra vía, señalar su maldad y apostar por que una mayoría social rechace sus preceptos y quede así marginado a ínfima minoría. Prevalecer, en resumidas cuentas, pero nunca vencer por imposición, pues bajo la innegociable libertad de expresión, tiene todo su derecho a existir y manifestarse.

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Un comentario en “La feminidad y el fascismo (2): Alemania Nazi, realidad o discurso de género

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