Capitalismo, feminismo y Estado

La mejor forma de confrontar una ideología no es refutarla desde un punto de vista teórico, argumentar otras ideas, sino enfrentarla a la realidad misma, mostrar que la propia experiencia niega con brutalidad sus preceptos.

La noticia de que la feminista Leticia Dolera rescindió un contrato de trabajo a una actriz, Aina Clotet, cuando se enteró de que estaba embarazada es la realidad manifiesta de la lógica mercantil capitalista, instaurada por un Estado autodeclarado feminista. Además, es otro ejemplo real que niega por enésima vez el axioma fundacional del feminismo, a saber, que las mujeres configuran un grupo humano homogéneo (sororidad y demás mentiras, tratadas en profundidad en esta serie de artículos). La prominencia de Dolera y la carnaza mediática que empieza a ser la humillación merecida del discurso feminista no deben impedir una honda reflexión sobre las razones que convierten el caso concreto de Aina Clotet no en un suceso aislado, ni muchísimo menos. Quienes no quieran estudiar la inexorable relación que mantienen el feminismo, el capitalismo y el Estado están condenados a no entender el cuadro completo.

Capitalismo: más por menos

En el desarrollo de la producción, la lógica capitalista propia del trabajo asalariado exige un rendimiento máximo en la mano de obra al mínimo coste posible. Esto es así debido a un interés de rendimiento sobre la competencia y sobre los costes de producción, gastar lo menos para producir lo más. Es algo que todos podemos observar en la experiencia y que dicta el sentido común bajo el sistema capitalista. Bajo esta dinámica inexpugnable será siempre impositivo la contratación de mano de obra que a mínimo coste produzca el mayor beneficio, o de otra forma la competencia podría generar mejor rendimiento, acaparar más mercado, generar más beneficios para reinvertir en mejoras y desbancar a una empresa no optimizada. El capitalismo obliga a una competencia feroz y para ello las empresas optimizan sus rendimientos mediante la fórmula expresada: producir lo más por lo menos. 

En el caso de Clotet, tal y como describe en el comunicado, su embarazo amenazaba con aumentar los costes de producción, razón por la cuál se optó por elegir a otra actriz cuyo proceso vital femenino no supusiese una desventaja competitiva, un gasto añadido, debido al afán de beneficio capitalista y también a la brutal competencia entre la demanda, que ofrece miles de mujeres actrices para el mismo puesto de trabajo. El capitalismo tiene estrategias competitivas secundarias, como hubiese sido asumir que el Estado, bajo una política natalista, subvecionara la contratación de embarazadas, pagando a las empresas los costes derivados, lo que no compromete la estricta necesidad de pagar esos costes de una forma u otra, reafirmando las necesidades del capitalismo. También se podría haber asumido el coste añadido de contratar a una embarazada por la propia empresa para amortizarlo con una publicidad favorable a la causa feminista, presumir de compromiso con las mujeres, etc., práctica que no obstante tampoco escapa a la lógica capitalista. De todas formas, en este caso se optó por una actriz sustituta.

La emancipación laboral de la mujer

A pesar de que la experiencia real del capitalismo impone la lógica de mercado expuesta, desmintiendo a algunos teóricos ilustrados que se afanan en tergiversar la realidad con teorías que no tienen un descenso real al mundo; a pesar de que la experiencia de millones de personas corrobora que el capitalismo prefiere una persona cuanto más concentrada y capacitada en producir, a todos los niveles, mejor; a pesar de ello, el feminismo tuvo la desvergüenza de aducir que la mujer encuentra liberación y emancipación en el trabajo asalariado capitalista. Deberían preguntarle a Clotet.

Desde que el feminismo se construye bajo estos vectores deja de constituirse como una teoría por una feminidad libre y pasa a erigirse como una doctrina para incluir a las mujeres en las mecánicas del trabajo asalariado. Los procesos vitales que sufren las mujeres por su condición biológica son contrarios a las máximas de rendimiento del capital. Un sistema económico afanado por el beneficio utópico constante es incompatible con procesos humanos que suponen al trabajador no como un o una autómata entregados a una producción óptima para otros, sino como un ser humano con dimensiones no productivas, espacios privados y de afecto que, entre otras cosas, originan la vida. El capitalismo es un sistema perverso porque diseña una lógica de producción donde el individuo más deseado es una máquina vaciada de toda existencia humana.

El embarazo provoca que la mujer sufra cambios sustantivos en su organismo, lo que dependiendo del trabajo realizado puede dificultar o del todo impedir un rendimiento aceptable bajo las lógicas mercantiles del más por lo menos. Que el feminismo sea incapaz de asumir que la mujer es un ser menos idóneo para el sistema capitalista debería traducirse, desde una perspectiva de la decencia, el sentido común y el respeto, en una denuncia encarnizada del propio sistema capitalista, por ser en la práctica un sistema que dificulta la vida humana a las mujeres y al resto de varones. En cambio, tenemos que soportar que el feminismo siga perpetuando no sólo su silencio sobre la realidad original anti-humana de la mecánica capitalista, sino que encima considere que en el trabajo asalariado la mujer se empodera y se libera.

Las razones que sustentan este feminismo tramposo y, ante todo, anti-femenino, son también lecturas interesadas de la realidad y de la historia. Se aduce constantemente que la reclusión en el hogar de la mujer es detestable, la dependencia en el marido, una realidad que fue impuesta por el Estado y su normativa civil y de trabajo durante el siglo XIX. Al marido se le otorgó la obligación del salariado fabril y a la mujer se le impidió la remuneración. El feminismo considera que la no retribución del trabajo femenino fue una condición de sumisión frente al varón que generaba dinero. Lo que el feminismo es incapaz de entender es que la mujer dependía del marido y el marido a su vez dependía del dinero, que tenía que cosechar en el infierno del trabajo de fábrica para pagar unos impuestos abusivos crecientes, lo que condujo en generaciones enteras de varones a unos índices criminales de alcoholismo, drogadicción, depresión crónica, agresividad, etc. Lo que el feminismo trasnochado está verdaderamente haciendo con su discurso por la emancipación salarial es trasladar la dependencia de la mujer en el marido por el dinero. Está diciendo que el dinero libera a la mujer. ¿Acaso puede existir proclama más capitalista? La dependencia de la mujer en el salario que generaba el marido es indeseable, pero porque la dependencia en el salario es ante todo indeseable en sí. Obviar esto y centrar el enfado en la asimetría legal (algo secundario en el debate por la emancipación del trabajo, pertinente si acaso como debate político) supone asumir que el capitalismo es deseable, y centrar la queja en que la mujer no puede trabajar. Por tanto argüir que un traslado en la dependencia del salario del marido al propio, decisión que además implica condicionar los procesos propios femeninos tales como la maternidad a la dialéctica capitalista; argüir que esa transmutación de dependencia es una conquista femenina, es un insulto a las mujeres y, sobre todo, es una estrategia perfecta para hacer soportable en las mujeres la reclusión moderna en la empresa.

Cuando Leticia Dolera despide a una mujer por su embarazo mientras se dedica a promocionar en las mujeres una renuncia a su feminidad a través de la brutalidad de trabajo empresarial, está confirmando la dinámica del sistema, a la vez que está poniendo en evidencia la perversión del feminismo. Mientras se anima a las mujeres a ganar independencia financiera, la realidad obliga a cientos de miles de mujeres a supeditar sus proyectos vitales al salariado, cuando no directamente a no embarazarse, a abortar, por no mencionar a sufrir sin posibilidad de escapatoria violencia sexual en la empresa que ninguna ley se atreve a perseguir. El discurso sobre la protección de las violencias contra las mujeres no incluye las ocurridas fuera del núcleo familiar; leyes como la LIVG establecen la inversión de la carga de la prueba para justificar la dificultad probatoria de delitos ocurridos en la intimidad, pero al no incluir las violencias laborales, cualquier denuncia por acoso sexual en la empresa debe ser probada, lo que evidencia que el mensaje que cuestiona la presunción de inocencia como obstáculo para la protección de la mujer es sólo fruto del sectarismo político.

Por todo ello, es el Estado el principal patrocinador del feminismo. Financia a las organizaciones feministas que vehiculan en su labor el discurso que aplaude la inclusión de la mujer en el mercado de trabajo, porque cincelan la mente de las mujeres con la rúbrica afirmativa del capitalismo como un sistema deseable.

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Wheel of fortune by Mark Henson

El Estado feminista

Sin necesidad de entrar en la teoría liberal u otros dogmas ilustrados, solamente observando la realidad, casos como el de Dolera prueban que el trabajo asalariado es contrario a los procesos vitales femeninos como el embarazo, la lactancia o la crianza. Las mujeres precisan ser libres para elegir el proyecto de vida que desean, si quieren ser madres o no, amantes o no, familia o no. Como ya se ha visto, el feminismo invita a medir el medro laboral como un éxito tipicamente femenino, y aquél, dentro del sistema capitalista y a pesar de muchos paliativos endebles que se le pongan, es en esencia contrario a los proyectos de vida humanos íntimos, personales; su máxima expresión es, en definitiva, contraria a las dimensiones no productivas de las personas: prefiere personas-máquina sin preocupaciones ajenas al trabajo que perturben su producción y entrega óptimas en la empresa. El feminismo es, entonces, un suicidio femenino.

Bajo estas consideraciones, tenemos un Estado que se autodeclara feminista. Un Estado que premia con subveciones multimillonarias a toda organización que se autodesigne feminista. Un Estado con legislación y tribunales de excepción que ajustician a razón de sexo como empeño feminista. En definitiva, un Estado que promociona de manera directa e indirecta el discurso en el que está inserta la conquista laboral de la mujer como redención moderna de la feminidad. La inclusión del feminismo como ideología de Estado completa el triángulo que permite comprender la multi-dependiente relación que mantienen entre sí feminismo, capitalismo y Estado.

El Estado, al financiar este discurso de forma multimillonaria, está haciendo que las mujeres piensen su feminidad a través de una mercantilización de su fuerza de trabajo, está haciendo pensar que esta labor define su feminidad, ahora liberada. Está impidiendo comprender que el capitalismo destruye las relaciones afectivas humanas y dificulta los procesos vitales que protagonizamos como seres humanos. Cuando Ana Patricia Botín se declara feminista, o Carmen Calvo, están siendo altavoz de un discurso que inserta a la mujer en las dinámicas más perversas del capitalismo y del Estado de Bienestar: primero, porque le hace ansiar la independencia económica, el medro profesional, en detrimento de los procesos propiamente humanos que definen su feminidad pero que son contrarios a una producción sostenida; segundo, porque le hace odiar al varón y a las mujeres que critiquen el feminismo, lo que debilita su relación horizontal entre iguales y potencia las estructuras asistenciales del Estado de Bienestar, un Estado que se financia mediante los impuestos sobre las clases trabajadoras en las que ahora están incluidas las mujeres que compran el mensaje de Botín.

El Estado tiene máximo interés en promocionar el enfrentamiento controlado entre hombres y mujeres y hacer a las segundas obligatorio su encuadramiento en la empresa como único destino posible de su liberación femenina para así desnaturalizar las relaciones de afecto, de cooperación y de mutua asistencia entre las personas. Es naturaleza del poder del Estado y principio fundacional del Estado de Bienestar sustituir las relaciones horizontales de cercanía y acuerdo entre las personas por estructuras verticales no consensuadas. La ruptura de la convivencia y el odio entre iguales que predica el feminismo sirven perfectamente a esta dinámica. Las mujeres solitarias, que han aprendido a despreciar el amor, que no quieren ser madres, que temen a sus vecinos varones, compran el mensaje redentor del capitalismo, porque no les queda otro lugar al que ir.

El feminismo justifica las dinámicas mercantiles y de servilismo propias del capitalismo y del Estado. Loa el capitalismo más brutal mientras es financiado por el Estado para que su mensaje de odio penetre en la sociedad. El capitalismo privado también se suma a la orgía depravada de adulación de un mensaje de odio y financia campañas para promover la perfidia feminista, como prueba ésta obscena campaña financiada por el tándem ElPaís-BBVA.

Debemos atajar el feminismo con la más estricta realidad. Sin ser idealistas, vivimos en el aquí y ahora; para plantear un sistema de vida distinto al que tenemos, necesitamos ponernos en común y proponer vías de vida alternativas, algo que el feminismo impide  hacer ferozmente cuando se posterga ante una ideología del servilismo irreverente y además genera odio entre todos nosotros. El feminismo es ultra-capitalismo y ultra-estatismo. Para poder pensar qué futuro del mundo deseamos construir es necesario denunciar con el peso de la realidad los discursos del odio, en concreto el feminismo. Trabajamos y vivimos bajo un Estado ultra-regulador, cada vez más, lo que no quiere decir que tengamos que caer víctimas de los discursos que lo justifican, lo elogian e incitan a entregarse con vehemencia. Y por supuesto, no podemos consentir pensar la feminidad como adulación enloquecida de ambos dos, Estado y capitalismo.

Un comentario en “Capitalismo, feminismo y Estado

  1. Un artículo muy profundo, te lo has currado. Sin embargo, sigo pensando que sí que existen caracteristicas innatas en la mujer que las hace comportarse como un grupo, tales como ser más inseguras y por ende pedir más proteccion del Estado, etc. Pero eso es otro tema, enhorabuena por el artículo. Sigue así.

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