El desarraigo (1): La tierra

Un breve relato sobre alguna persona que reflexiona sobre sus intestinos en un banco de la ciudad

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Mientras pasea por las grandes y ajardinadas avenidas de la ciudad, no puede evitar preguntarse el origen de todo. Quiere decir todo, en su más pronta significación: cada árbol colocado en la mediana y en inquebrantable orden a lo largo de la acera; cada bloque de piedra y ladrillo formando los edificios; cada vehículo que avanza a una velocidad insoportable, y cada parte de cada vehículo, todas excesivamente parecidas y con una también insoportable intención de parecer diferentes. Aminora el paso según le parece inasible cada elemento ordenado de una determinada forma ante sus ojos; querría dedicarle a cada uno renglones enteros de pensamiento, que le condujesen a alguna sabia certeza. No puede observar la conexión entre todos ellos y cree que andando más despacio logrará desentrañar alguna suerte de génesis general.

Esta incómoda pregunta, ‘¿de dónde viene todo esto?’, no es del tipo de pregunta que pide responderse en un corto periodo de tiempo. Sí pide, no obstante, una contestación concreta, mas ésta llega tras un largo proceso de reflexión, tras preguntarse, una y otra vez, en una y otra calle, lo mismo. Por tanto es del tipo de pregunta compañera, con la que creces, con la que dialogas, a la que haces alguna concesión momentánea que luego retiras para volverte más exigente. Es una pregunta vital, por lo tanto, que pertenece al tipo de cuestiones que verdaderamente nos importa. El hecho de aminorar el paso nos indica que en esos momentos no hay ninguna otra exigencia que apremie sobre la necesidad de darle respuesta.

La pregunta, asimismo, no nace de una casualidad. Nace de una cierta incomodidad, resultado de un observar sensible del entorno, una preocupación exquisita que requiere reconquistar el orden que ahora ya no ve en el ambiente que ha mamado desde pequeño. Mientras observa las farolas con presunta fascinación, seguramente con gesto entontecido, en su interior se agudiza una temible punzada según se aproxima a una primera verdad. Su vida ha estado desde siempre iluminada por estos calderos mágicos, que obtienen la electricidad de algún lugar invisible. Ha viajado siempre sobre vehículos de cuatro ruedas, unos cilindros que llegan desde algún otro lugar invisible junto con todo el armatoste de hierro. Ha vivido en una misma casa toda su vida pero ha cruzado el umbral de incontables otros hogares, que se componen de unos ladrillos, cemento, corcho y pintura que llegan de algún otro lugar invisible. La sospecha de ese otro lugar tan invisible se torna insoportable cuando se piensa en ese mágico conducto que conecta el inodoro con esa dimensión oculta. Asimismo, ese universo desconocido proporciona agua, gas; a él van a parar los plásticos arrugados de los envoltorios con los que llega, de ese mismo lugar, la comida, como los viejos muebles y otros cacharros que son sustituidos con los años en casa. La existencia de este otro lugar siempre ha sido una evidencia pasmosa. El origen de cualquier bien del que ha disfrutado se lo señala con imprudencia, y ahora, apostado en los bancos fantásticos que se reparten por la ciudad, comienza a relacionar todo y recaba en la existencia de ese otro enorme lugar.

Este otro lugar es la mentira de la ciudad. Es la negación de la autonomía humana en su más abrupta representación, de forma que se ha hecho tan invisible que nadie la echa en falta. Esta pregunta que le resuena tan persistentemente es el resultado de hacer frente a una insoportable realidad, esa repentina angustia que sentimos cuando descubrimos una mentira. La pregunta es ya en sí misma una concreción y contiene parte de su misma respuesta. La pregunta ‘¿de dónde viene todo esto?’ nos está diciendo con flagrante verdad que todo lo que nos rodea en la jungla de cemento no nos pertenece. En esta impostura, y en su relación con ella, todo ese universo mágico de origen y destino de las cosas que pasan delante de sus ojos le señalan lo dependiente que es su cotidianidad. Con estas averiguaciones, de repente el banco donde se encuentra apoyado se le antoja la cosa más frágil del mundo, y con él, todos los robustos edificios empedrados de varias alturas, todos los coches, todos los inodoros, todos los supermercados y todos los parques.

Tras la insistente voluntad por responder a una pregunta que ya le atormenta está el resultado que ha efectuado la ciudad sobre su conciencia. La ciudad, al proveer, arrebata. Su vida entera no ha estado rodeada de grandes lujos, pero no obstante ha sido ajena a esta pregunta hasta ahora. Y, como hemos dicho, esta pregunta no nace de una casualidad sino de una muy cierta sensación de desazón, de desarraigo, que particularmente ha florecido en él de esta forma. Este desarraigo tiene una muy clara razón de ser: la desprotección del Hombre sobre sí mismo, una vez vive una constante mentira. En la ciudad, ningún hombre o mujer es dueño de sí mismo, pues ha de delegar todo con lo que interactúa en ese universo mágico invisible. La autonomía que con ello se pierde sobre nuestras necesidades y apetencias más inmediatas es silenciosa, pero una vez hacemos frente a la solemnidad del pensamiento, en el interior de nosotros mismos, la sensación de vacío, de pérdida y errancia respecto de nuestro primer bien, la tierra, que hemos sepultado bajo adoquines y asfixiado en bolsas de supermercado, es paralizadora. La fragilidad del banco sobre el que se apoya ahora se transforma en una desprotección aguda; esos hierros ahora tan frágiles están a punto de venirse abajo, y entonces, ¿qué hará él? ¿Qué puede hacer, más que buscar otro banco? Ahora todos le parecen iguales, y en su respuesta no encuentra paz sino más desasosiego. En su respuesta se haya ya parte de la gran verdad: la ciudad, sus suministros despreocupados y su espacio invisible nos embrujan hasta desprendernos de la necesidad de vivir.

Sí; su pregunta, la que nace no por casualidad sino porque este desarraigo verdaderamente le pesaba ya antes de formular las palabras, le ha conducido hasta su infancia. De ella recuerda que la teta le llegaba a la boca y podía defecar sin pensar a dónde iba todo eso. Pero ahora entiende que toda su vida ha sido una segunda infancia; la teta ha seguido dando de mamar sin exigir ser entendida, y los pañales siempre han sido limpiados por una mano ajena. Ahora puede seguir alimentándose y yendo al baño de la misma forma, pero esto ha hecho de él un ser tan alejado de sus propias exigencias que ya no lo soporta, y al menos en el pensamiento necesita encontrar una alternativa. Necesita recuperar la noción de sí mismo, meter la mano por el conducto del inodoro y limpiar todas sus ingenuidades.

La respuesta a su pregunta consigue aliviar su pensamiento, pues al menos ahora sabe que su más apremiante objetivo es recordar quién es él, desde los mismos cimientos de su más sustancial presencia: su organismo.

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El abrazo

El amor y el tiempo son dos dimensiones en constante fricción. El amor exige conservar y el tiempo dejar ir. Para el amor, la muerte es una experiencia traumática; no obstante, forma parte de las exigencias del tiempo. El amor resulta ser, en realidad, un duelo constante contra el tiempo, la mayor de todas las naturalezas.

Hay que entender el amor en sus múltiples manifestaciones. Por supuesto, existe un amor hecho tan vigoroso que consigue trascender al tiempo; uno que, cuando el apego hacia el otro ya no es lo sustantivo, el tiempo no discurre ni a su favor ni en su contra, sencillamente discurre y el amor con y sin él. Pero este es sólo un resultado del amor más puro sobre las personas y no explica su totalidad.

Abrazados

En la experiencia inmediata, nuestra forma de manejarnos en el mundo, el amor exige también vencer al tiempo. Toda la danza del cuerpo, sus idas y venidas, y también la danza de la mente, entre éste y aquél otro concepto, cuando rondan la idea del amor, debido a alguna persona, en el caso del cuerpo, o como reflexión en los salones del pensamiento, temen el discurrir y desean la quietud. En el pensamiento, la quietud es alguna suerte de verdad, saberse con firmeza sobre algún concepto donde refugiarse de lo desconocido. Se trata de asir mentalmente toda nuestra comprensión y apretarla contra nosotros, con pasión e incluso obcecación, con mucho apego, para sentirnos a salvo de lo incognoscible. Asimismo, en el cuerpo, esta fuerza que emana del apego y del miedo a la muerte, última consecuencia del tiempo, es el abrazo.

En el lenguaje del cuerpo, el abrazo ejemplifica con pasmosa teatralidad el deseo de permanencia. El aire que separa dos cuerpos es la imposibilidad de saber para nuestro pensamiento, y el encuentro en el abrazo la sensación de verdad, con la que querríamos yacer para siempre. En estas pequeñas trampas de un amor aún temporal, el abrazo es un primer paso, por acudir directamente de nuestra persona orgánica, a veces de forma insospechada, como un repentino deseo por descansar sobre el hombro del otro, sin más. Este amor es estrictamente afectivo; es carnal, pero no sexual. Representa el deseo de entendimiento de nuestra mente, ejecutado por nuestros músculos. En el abrazo existe la exigencia de entender y ser entendido, no siempre cumplida, tanto como en la verdad existe la exigencia de amar lo concebido, tampoco siempre cumplida. Quien ama, desea entender; quien entiende, desea amar. Esta pareja necesidad acompaña la acción humana de manera indisociable, porque la verdad y el abrazo son pequeñas defensas levantadas sobre la amenaza del tiempo.

Para quienes se aventuran en la senda del amor, el abrazo es una primera necesidad vital, y con él nos sumergimos en su abundancia y lloramos su ausencia. Quienes se descubren en la reflexión, la sensación de verdad, de haber topado con algo final, también es vital, y a ella le confiamos toda nuestra integridad, nos sentimos firmes cuando se confirma y débiles cuando no. Pero en el amor que finalmente ocurre más allá del tiempo, bajo otra consideración de la vida, el final del abrazo ya no es traumático. Asimismo, en la sabiduría que finalmente trasciende las aparentes verdades finales, saberse inseguro en el pensamiento, sin ningún concepto al que asirse con firmeza, produce paz donde antes producía zozobra. Estos nuevos vacíos que se abren, primero frente a nuestro amante, que se aleja ahora de nosotros tras habernos tocado, y en nuestra mente, por sabernos ignorantes en todo, son ahora abrazados con la misma pasión con la que antes nos asegurábamos esos besos y esa calma, y nos conducen a una nueva batalla en la infatigable resistencia a la experiencia humana, solitaria y desconocida, y también iluminada en compañía.

En estos extremos reina el silencio: tras nuestro abrazo, ya no hay sollozos, y tras dejar atrás lo que creíamos que era la verdad, ya no hay palabras.

La necesidad e imposibilidad del saber

Entre todo lo temible que podemos encontrar relacionado con nuestra situación social actual, hay una cuestión que trasciende su condición de agente más en ese puzzle de lo letal y se eleva como decisivo a la hora de ver qué futuro del mundo nos espera. El paroxismo moderno redunda en una idea constante: en la Era de la Información, las herramientas analíticas e interpretativas se han potenciado y se han entregado a la ciudadanía, de manera que no sólo se ha hecho exigible saber, sino que se ha hecho obligatorio. El ‘derecho a la información’ contiene ese doble filo que obliga a la existencia de un torrente de información continuo que nos bombardea, parejo a la idea de la necesidad de esa información por parte de los receptores. Esto redunda en un elogio recurrente a la cumbre de la modernidad, donde por fin nos hemos liberado no sólo de la opresión del pasado sino también de esa suerte de ignorancia congénita que abrumaba a toda la humanidad hasta la aparición de la Academia.

Un análisis estructural, con objeto la realidad misma según dimana de nuestro sistema socio-político, tiene mucho que decir sobre esta situación. En la actualidad, nuestro pensamiento sobrevive secuestrado por muchos raptores, entre los que se encuentra él mismo. La inyección de la mentalidad moderna para provocar el extravío del sentido común relativo a nuestra vida tiene gran parte de éxito gracias a esta intransigente necesidad del conocimiento totalizado del presente. La conciencia que se nos inocula desde diferentes frentes, específicamente la esfera mediática y la universidad, concurre en hacernos necesitar explicación sobre lo que ocurre más allá de nuestro ámbito de acción. La ‘aldea global’ es esa demencia teórica que pretende ponernos en relación de vecindad con los acontecimientos que tienen lugar en China. Pero lo que se olvida de manera sistemática por los aforados a la prensa como si de una necesidad vital se tratase es que es, en efecto, imposible un conocimiento del mundo a través de la ventana de los canales monopolizados. Lo único que alojan so pretexto de ser propuesta pero con conciencia de ser obligación los canales mediáticos, culturales y académicos es una visión del mundo maniquea, estrictamente correcta con arreglo a la conciencia que se desea que emerja, y no otra.juj

De aquí se desprenden muchas cosas, pero voy a resaltar una que es poco comentada. Más allá de la cuestión de la intervención del pensamiento, existe una crispación cuando se constata que de esta forma, en el presente y cada vez con más eficacia, es imposible conocer nuestro mundo con garantías de veracidad y adecuación. Hoy día, casi todas las fuentes de información sobre lo que está ocurriendo en el mundo responden a unos intereses estratégicos, en la medida en que cada vez más todas ellas están sindicadas por alguna fuerza institucional. La universidad, el espacio donde se dan cita autores entre sí con ánimo de levantar teorías omniexplicativas del mundo, tampoco escapa a esta cuestión, principalmente porque sus cauces de investigación están provistos por la información que trasciende de manera oficiosa, y no otra. Con la existencia de un gran Ministerio de la Verdad como transversal a toda la oficialidad, resulta imposible confiar en las informaciones que llegan sobre lo que ocurre con Ucrania, con el Estado Islámico o con el virus del ébola. Igualmente, todo lo que se incuba en en ala del sistema le sirve como principio, como es el caso del fenómeno Podemos, en nuestro país. Resulta temerario, una vez se cancela el hechizo de invisbilidad que han jugado las estructuras de poder sobre sí mismas, confiar en la información que se entrega. La neurosis de la modernidad tiene un gran resorte en esa imbecilidad que se siente por querer conocer y confiar a la misma vez sobre los discursos ajenos, y ahí es donde la modernidad se ha hecho potente, al autojustificarse en un plano tan sutil; al hacerse necesaria, querida y exigida.

La pérdida, en primer lugar, es nuestra historia. Desde la sociedad del aleccionamiento no se permite conocer ya nuestro propio pasado, ya que la tradición oral sobrevive raquítica gracias a la mentalidad del progreso más destructiva, que nos hace mirar con recelo, con inconveniencia, a las historias de nuestros abuelos, y una posible documentación sobre lo ocurrido pasa por consultar fuentes convenidas, insertas en lo despótico del sistema académico o fundadas en estadísticas tramposas. Hoy día es toda una aventura intentar comprender qué ocurrió en nuestro territorio hace 50 años. La poca prueba documental que queda, en aquellos estudios sobre una realidad inmediata pasada, a nivel local y sin pretensiones totalizantes, se están desintegrando a medida que las bilbliotecas y los archivos del mundo rural se caen a pedazos, debido a su nulo reconocimiento actual. Ese desinterés que provoca la centralización y el secuestro de la historia por los aparatos ideológicos por las únicas cuestiones que contienen una visión de la historia más o menos acertada pero honesta en sus términos nos está conduciendo a un escenario del mundo sin historia real más que como fabricación premeditada. Hoy ya es imposible conocer lo que ocurre en nuestro entorno inmediato, con el secuestro de la información relevante; pero la cuestión no es que en el pasado sí se pudiera conocer mejor el mundo y hoy día ya no, sino que se ha inoculado una falsa necesidad de prospección mientras se suministran documentos manidos, cuando en el pasado esa necesidad no existía y la gente vivía con un paradigma epistemológico más adecuado a su situación.

La reflexión en el pasado, allá donde el afán adoctrinador era flaco, en tanto los medios así lo eran, se basaba sobre la experiencia vivida. Es decir, por necesidad, se basaba sobre lo inmediato, sobre la información que emanaba del entorno al que se podía consultar. Hoy día, los cuerpos teóricos se argumentan sobre informaciones que provienen de fuentes privadas, ajenas al investigador, y no digamos al receptor final de los estudios, que es un ser totalmente pasivo, incapaz de contradecir con la misma estructura a su servicio todo lo dicho. Por eso hoy día resulta casi imposible contradecir en su mismo lenguaje a todas las ciencias, porque contienen la rúbrica de un sistema empoderado que dispone toda su estructura al servicio de los mecanismos que le dan autoridad. Muchísimas veces se escuchan comentarios que cuestionan de manera intuitiva algún postulado hecho en la actualidad, pero jamás prosperan como contrateoría, como alternativa. Paralelamente a esto, se nos ha extirpado el impulso por la reflexión autónoma, basada en la propia experiencia, además de que la calidad de dicha experiencia es del todo preocupante. Lo más delirante de esta situación recae en la impotencia hacia un conocimiento que se nos escapa, que ya no es nuestro, pues nos han saqueado la tradición oral, fuente de recursos para la reflexión sobre el mundo, y hemos confiado una gran importancia a la tarea de formarnos en el conocimiento de esta u otra cuestión del presente a través de los medios que provee el poder, siendo todas ellas visiones relativas a su campo del sistema de dominación, o en su defecto, perspectivas que a éste le interesan y convienen, o cuanto menos, no le importan.34

La única conclusión posible es que nos adentramos en un escenario donde las personas vamos a estar entregadas de lleno a nuestros dominadores, y la capacidad de resistencia, no como voluntad de la persona sino como posibilidad de que emerja una conciencia crítica al respecto, sea llevada a cero. La resistencia ya no está en la calle; está, primero, en el pensamiento. Resistir al envite de la apropiación de nuestra mente, de la consecución de estas estrategias en nuestro interior, es primordial, y también lo es promocionar la reflexión autónoma y personal para que emerja una cierta conciencia escéptica, pues tampoco se trata de imponer una desobediencia pautada, que sería exactamente igual de indeseable que el adoctrinamiento actual. Los aduladores de la teoría del progreso se niegan a reconocer el curso ya casi indefectible que hemos tomado como sociedad, cuyo futuro es incierto pero temible si se mira desde la concepción de la libertad, tanto moral como de conocimiento.

Algunas notas sobre la exigencia de vivir (I): La trampa de la identidad y la identidad moderna como trampa

‘Anda camaleónico entre disfraces de ocasión, vestidos para relacionarse con el mundo. Pero en su interioridad sabe del baile de máscaras, del oportunismo de vestirse de telas engalanadas y ofrecer las mejores posturas: siempre necesitar de impresionar a quienes sean los acompañantes…’

La modernidad es ese espacio donde los límites del laberinto son extensos, están tan alejados en el horizonte que parecen no existir. En lo interior de la jaula, todo se permite, a condición de que se haya borrado la propia concepción de jaula.

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En el descenso de lo cotidiano, el hecho de vestir pieles cualesquiera pero saberse más allá de eso, identificarse a uno mismo (lo que quiera que sea uno mismo) con algo distinto a lo que normalmente se considera que son nuestras (como especialmente conquistadas) elecciones y nuestros gustos; ese hecho, es el que puede iluminar los barrotes de la prisión moderna. La revolución interior es exigencia primera para encontrarnos esclavizados por sinergias condescendientes. Nuestra determinación social no es genuina, es impuesta, y nuestro libre albedrío es un simulacro de libertad, pues la libertad no reside en el obrar infinito o aleatorio, sino en la calidad del obrar, que emane de algo suficientemente humano y no pervertido por aleccionamientos cualesquiera sean los motivos. La modernidad parece ser un punto de inflexión donde se nos ha hecho casi del todo incapaces de saber mirarnos a nosotros mismos y descubrirnos una obra pop, porque lo que venga después quizás sea un escenario donde ya no sea posible descubrirnos presos. La modulación de la conciencia podría adquirir nuevas implicaciones (y no es atrevido aventurarlo, si comparamos la afirmación con la que pudieran hacer hace tres siglos sobre el estado de las cosas hoy día) que vayan más allá de lo esperado hoy día.

¿Por qué resistirse? Es una reflexión merecida, sobre todo cuando intentamos postular una alternativa y todo se desvanece bajo el yugo del progreso. La resistencia surge como necesidad ante lo determinado, tal vez, una vez somos conscientes de que se nos conducirá casi indefectiblemente hacia un lugar. No nos gusta el destino, pudiera parecer. Encarnamos la ley de la contestación perpetua ante lo dado, como contraprestación congénita. Pero yo subrayaría el hecho de que la contestación pueda basarse no en una predestinación divina, sino en el rapto del destino por iguales. La lucha contra el futuro tiene por frente la moral; ella es quien batalla sobre lo que postulamos correcto e incorrecto. Pero, ¿es posible trascender esa escaramuza? Y tal vez apostar por un destino cualquiera pero propio, el que sea que merezca una comunidad en función de su integridad colectiva…? Es difícil superar la fuerza de imposición de lo que consideramos bueno; pero, de haber algo más allá, ¿estará la asunción de lo propio, lo libre, a cada comunidad, como lo adecuado? ¿La defensa a la capacidad de elección como única sustancia de lo deseado?  Al fin y al cabo, eso resultaría en entregarle al mundo su propio destino, no importa el resultado. Y ahí estaríamos apostando por la libertad libre, no como un medio sino como consumación de un valor distintivo. Ser libres para, no importa qué.

‘En su estancia por el mundo, asume distintos papeles, constantemente, con las personas de su entorno; con los espacios, los lenguajes, los sentidos. Se desenvuelve de muy distinta forma, imitando, copiando, intentando innovar, sorprenderse y resultar integrado, a la vez que distinguido, concreto, especial. Pero en no importa qué lugares o a través de qué personas, le asalta el pensamiento de separatidad del escenario. Se encuentra encarnando personajes, dirigiendo su cuerpo con impulsos y decisiones oportunistas. Eso le parecen ser signos de su identidad verdadera, una que se haya oculta a la inmanencia del mundo. Pero el proceso de emancipación de su propio yo está teñido de tragedia, que es lo que salpica su vida entera; ¿por qué asumiría, entonces, que esa nueva identidad revelada sería su total y pura esencia, y no un nuevo teatro con funciones más sutiles? Eso le lleva a plantearse los procesos de autopercepción como una escalera coronada por la contemplación divina. A fin de cuentas, Dios, en esa escala, no precisa de decoro divino, sino de fe en uno mismo. Y eso le reconforta y le sirve de guía en el mundo; es más, gracias a estos descubrimientos, su desenvolvimiento en el suelo es más libre, más ameno y no está medido por la carga del miedo. El final del sendero es la disolución total del miedo.’

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Todo está relacionado; la apreciación del entorno depende de la apreciación de la propia identidad. Somos una integridad relacionada, y no podemos funcionar en desfases, con una conciencia cívica emancipada y un yo ególatra y miserable. En el camino de revolución, que significa, a fin de cuentas, dar un paso más en la escalera de disolución del miedo (y todo lo que trae aparejado), el primer paso está en la conciencia de identidad. La identidad define las estructuras con las que interpretamos el mundo; los simbolos con los que componemos el lenguaje. Si somos capaces de trascender nuestra piel escamosa y afirmar que somos algo más, por principio, seremos capaces de apreciar más allá de lo racional (mecanismo a veces insuficiente) que la sociedad no es todo lo aparente, que existen fuerzas ocultas que podemos identificar una vez nos desprendemos de la identificación forzosa que se nos ha impuesto. El escepticismo en lo evidente, a fin de cuentas, se inicia como catalizador del yo pero es extensivo a todas las celdas de la experiencia humana, siendo la identidad la transversal.

‘Cuando se despojó de sus telas de gala; cuando se deshizo del hechizo del cuerpo, se encontró desnudo pero sin vergüenza. Y levantó las manos y se paseó por toda la ceremonia con la actitud más serena que el resto, que se tambaleaba en sus tacones imposibles.’

La sencillez del espíritu

Vivimos en una sociedad donde la especialización extrema del conocimiento es tenida por totémica, ante la que postrarse para que se nos muestren los grandes hallazgos del universo. El encuadramiento y la división del conocimiento en cajones estancos, además de la mutilación del mismo paradigma cognitivo, incapaz ya de integrar vías de verdad complementarias, conducen a una deriva sobre las bases primarias del mundo, un despiste sobre el acuerdo tácito que mantenemos sobre nuestra existencia. La acumulación del saber es tenida por argumento de autoridad, relegando a un último plano la sabiduría, tal y como era concebida en otro tiempo, como acumulación de experiencias vitales y su posterior reflexión, sin necesidad de erudición o academicismo. Así, esa posible realidad común compartida, el sustrato mitológico que ordenaría la vida como experiencia compartida, no existe hoy día, pues la sociedad marcha hacia procedimientos mecánicos del saber racional sin lugar a otras vías de conocimiento. El mundo se hunde entre procedimientos extenuantes de laboratorio y descubrimientos químicos; bajo un mapa cartesiano se entrega el conocimiento parcelado y desmenuzado.

Así, cada uno hablando su propio lenguaje, es comprensible que casi ningún debate tenga solución dialéctica, no digamos práctica. Hemos perdido todo sentido ordenador de la existencia y ya nos creemos incluso ateos o agnósticos en esta maravillosa prisión de polvo y roca llegada del azar inescrutable llamada Tierra. Dios en el mundo aterra, porque todo principio axial ordenador viene a tumbar todos nuestros pequeños templos, pequeños dioses al estilo griego. El nihilismo resulta ser esa última consecuencia de la existencia a la deriva, la desconfianza sobre todo el proceso de la vida y la negación empecinada de un axis mundi, cualquiera que sea su nombre. En este último delirio colectivo, la mente no habita en paz, pues la desconfianza implica terror y actitud defensiva y hostil de forma permanente. Así es, la vida moderna contiene la consecuencia del marco social, a nivel individual, y las personas vivimos acosadas por pensamientos, dilemas y problemas sin solución; vivimos en una contradicción constante porque las herramientas que se nos han entregado no nos permiten despejar la densa niebla que provocan los excesos del conocimiento racional.

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Ante el sinsentido de las ciencias modernas, hay que elevar la sencillez como principio sustancial de la vida. La sencillez permite concretar lo adecuado de cada marco y disolver sus respectivas barreras; permite trazar puentes comunes y descubrir la verdad complementaria, parcial y no total de cada lugar. Pero, ¿qué sería la sencillez?

Cuando se habla de sencillez, como cualidad muy valorada por quienes desean trascender el mundo de las formas y deshacerse de los enredos de la realidad inmediata, a veces se dibuja la imagen de la mendicidad, la carestía, la austeridad y la escasez, en lo relativo a la apariencia y las pertenencias. La sencillez ha sido alabada por todas las tradiciones ascendentes (aquellas que pretenden una elevación sobre el mundo material para contemplar una realidad ordenadora superior), pues libera a la mente de las trifulcas de lo terrenal. Pero una lectura demasiado manida conduce a una búsqueda de la sencillez como manifestación corpórea; lleva a la persona a pretender ser sencilla, desvestirse de toda floritura, despojar todo incentivo material y transformarse en un árbol pelado. En cambio, aun en la soledad del cuerpo más perfecta, la mente puede estar, al mismo tiempo, embotada en un sinfín de pensamientos que alejan a la persona de una experiencia genuina de la sencillez del alma.

La sencillez del cuerpo proporciona una liberación del entorno material. En la negación del cuerpo hay mucha enseñanza, qué duda cabe. La privación, primero, fortalece la voluntad y engrosa el ánimo y el vigor de la persona ante la vida. El ayuno o la castidad siempre han sido objeto de estudio por las tradiciones religiosas, porque libera a la mente, momentáneamente, de la búsqueda terrenal. La comodidad del cuerpo también embota la mente y no permite descubrir los verdaderos límites fisiológicos, ante los cuales la reflexión sobre la vida es radicalmente distinta a la que produce la quietud del acomodamiento. Pero existe otro vector de la sencillez que no fija su objetivo en el cuerpo de forma primaria o exclusiva. Se trata de una traslación de la sencillez formal a lo que sería una sencillez del espíritu, una sencillez en la actitud y en la concepción integral del mundo.

La sencillez más brillante no es, pues, el esfuerzo por la escasez, entendida como austeridad pretendida, en lo relativo a la apariencia, las pertenencias o en definitiva la imagen que trasladamos al mundo. La sencillez más pura es un paradigma de conocimiento que previene a la mente de caer en debates superfluos sin salida posible. En la sencillez llegan la compasión y la humildad en el sentimiento y el conocer, pues quien es sencillo en su trato con las personas, no pretenderá nada con ellas más que ser; quien es sencillo en su conocer, no pretenderá alcanzar ninguna verdad axial, sencillamente gustará en permanecer conociendo sin descanso. 966145_10201460132449216_1975144890_o

Por tanto la sencillez no implica sólo un desapego formal de todo incentivo que sea considerado innecesario para la vida, sino que su máxima meta consiste en deshacerse de la necesidad misma de su uso. Se trata de una negación pasiva del entorno inmediato que nos impide ver un gran principio ordenador; todo lo que le sean añadidos, recovecos en el camino, no son negados y apartados sino recorridos bajo la resignación de saberse innecesarios. No se trata pues de prohibirse las cosas que hagan de nuestra estancia en el mundo seres complejos y disfrazados, sino de erradicar su necesidad y relacionarse con estos objetos y pensamientos con control, desde una perspectiva de arriba, siempre a sabiendas del peligro de las fauces de la tentación; pero siendo presente, aquí y ahora, y ejercer constantemente voluntad por mantenernos autónomos. La sencillez interna es mucho más importante que una desaforada carrera por aparentar austeridad o que afanarse por exponer al cuerpo a los límites de la necesidad fisiológica. En dichos límites hay mucha enseñanza, pero la sencillez, en tanto causa y consecuencia de la negación del ‘yo’, no es un objetivo a cumplir (en la rutinaria carrera del ego del ‘querer ser’) sino que es un estado perenne; no es una meta sino un camino. La sencillez interna no pretenderá negar el mundo sino que establece una jerarquía de prioridades, de forma que la estancia material es filtrada bajo una necesidad de tercer grado. Así, la vida fluye de forma integral ante nuestros ojos, pero éstos no se hacen estancos, ni a la fijación ascética por hacer de la sencillez una toga, ni a la imprudencia de reducir el mundo al placer de los sentidos. La sencillez es un principio ordenador que proporciona serenidad y apertura de conciencia; sólo una mente sencilla puede descansar en paz ante la comprensión de lo ininteligible, pues una mente compleja quedará extraviada en cuestiones demasiado hondas para arrojar luz.

La sencillez es, entonces, una consecuencia inevitable de la contemplación sin adjetivos, porque una vez conscientes del sustrato que subyace a toda manifestación de la existencia, una vez se empieza a inhalar la paz del silencio, se nos confirma que jamás llegaremos a ningún sitio por la senda de la arrogancia; se intuye, además, que nunca llegaremos a ningún sitio, pues no hay sitio al que llegar.

Elogio al maestro: nosotros elegimos a nuestros educadores

Cuando nos aventuramos a mirarnos a nosotros mismos, en lo interno, intentando apartar todos los apriorismos posibles, y analizamos nuestra vida, la experiencia que nos forma, es imposible que más allá de ese análisis racional y esquemático no resuenen voces, experiencias o momentos que nos estremecen especialmente; rostros y gestos que sentimos muy profundamente y que corresponden a todas las experiencias que nos han transformado en mayor grado que un simple aprendizaje más. Esa estela inmemorial que nos acompaña a diario, seguramente más allá de nuestra vida finita, forma el plantel de maestros, el conjunto de verdaderos educadores que han hecho de nosotros humanos.

Andado el tiempo, cuando descansamos serenos sobre una identidad forjada (esa misma que dejará de ser cuando nuevos maestros la transfiguren) relucen por su pureza las experiencias trascendentes, las que verdaderamente nos han marcado. Podemos convenir, rapidamente, a la luz de estas averiguaciones, que los usos que tiene la palabra ‘educación’ en nuestra sociedad desmerecen de tan alta estima, al lado de la voz eterna de quienes, de verdad, nos han educado.

Hablamos de las madres, los padres, hablamos de las caídas primerizas; esas conversaciones inoportunas que, vistas desde el privilegio del presente, resultan más bellas; o también la caricia y el respeto que hemos recibido como anticipo a saber qué significa la caridad. Mucha atención suelen requerir los momentos de dolor, pues en la adversidad es donde verdaderamente renacemos. La vida misma es maestra, en su devenir. Pero una vez nos proponemos la autoexigencia de crecer, una vez instauramos la consciencia como tamiz a través del cual forjarnos mejores, en el heroico y a la vez insignificante afán de superación, nuestros maestros del pasado forman un panteón aparte y a partir de entonces nosotros elegimos a nuestros maestros.

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El elogio al maestro debe hacerse debido a una deuda infinita con qué otra cosa sino la humanidad misma. Es característico de ser humano el cariño y entrega para superarse en común; ¿qué define mejor el amor sino el deseo de superación para con el otro? Las relaciones entre nosotros forjan y remueven las conciencias, y desde pequeños estamos envueltos en los abrazos fraternos, lo que nos da vida y nos condiciona. La inhumanidad que invita a practicar la sociedad moderna, so pena de destruirnos, nos hace olvidar estas reflexiones que encomien la labor de nuestros cercanos particulares a la hora de construirnos, y coloca a personajes ajenos que desde la autoridad nos intentan direccionar. La figura del profesor-educador nos acompaña como escolarización forzada durante toda nuestra etapa de autoconstrucción, perpetrando un auténtico crimen contra la libertad de conciencia y atentando contra la única forma de educación legítima, la instaurada en el amor, que con sus deficiencias, resulta en puridad la más humana. Pero además, una vez el proceso de ‘educación’ reduccionista, invasiva y criminal termina, se nos deposita en un mundo desenfrenado donde abundan otros profesores-educadores disfrazados de amigos y familiares. La negación de la libertad de pensamiento, como cuestión fundamental de la libertad misma de ser, comienza en la escuela pero tiene su peor filón en la vida adulta, pues desde temprano se nos ha erradicado la noción de ‘maestro’ como voz, momento o rostro que nosotros elijamos como admiración puntual, lo que nos haría dueños de nuestra propia conciencia, más o menos errada. Tras la demencia moderna de reducir toda la educación a lo académico, se esconden las quimeras que dibujan seres vejados como humanos, sólo construidos como hombres-máquina con cerebro fino pero sin conciencia. Por un lado, quiere significar que, una vez terminado lo académico, no hay necesidad de educación, y todo proceso de cambio surgido en la tremenda etapa adulta será tomado como algún parpadeo de la identidad, un agregado inoportuno tal vez, que nos corrija un poco el rumbo fijo que ya llevábamos. Por otro, además, aniquila la concepción del ‘maestro’ como guía prudente a la hora de afrontar la vida, lo que realmente conlleva una erradicación de la necesidad de autoconstrucción consciente e insufla una especie de soberbia arrogante sobre la totalidad del mundo.

Debe aceptarse tarde o temprano que la conciencia colectiva en la actualidad está intervenida más profundamente que nunca, no por mayor deseo de sometimiento sino por mayor perfeccionamiento de medios. Y como consecuencia, las conciencias individuales son réplicas autojustificadas en una aparente diversidad de una conciencia totémica y obligatoria. Para desaprender y desandar el camino de la educación institucional, son necesarias muchas cosas, pero la noción de maestro es fundamental, pues es precisamente la que nos permite, recorriendo los resquicios de nuestra memoria auténtica, distinguir entre la educación humana y la educación de ministerio, y la que nos entrega la llave de nuestra identidad, elegir a nuestros maestros. La educación de manual puede y debe ser calificada como adoctrinamiento masivo con el único objetivo de perpetuar el sistema de dominación, a través de procedimientos cada vez más sutiles que pasan, en la actualidad, no por exhibir autoridad sino por camuflarla, ‘democratizar el aula’, para promocionar la confianza en las mecánicas escolares.

¿Y qué significa elegir a nuestros maestros, una vez somos adultos? En primer lugar, que exista una base suficientemente libre para que dicha elección sea tomada como tal, libre, autodeterminada, y no intervenida por los discursos e ideas que inundan el tránsito social. Este es el mayor impedimiento en la actualidad para que dicho proceso florezca, pues la homogenización de la sociedad ha tomado un rumbo imparable en las últimas décadas y cada vez es más difícil poder encontrar integridades paralelas, no afincadas en las falsas disidencias sino sencillamente diferentes. Elegir a nuestros maestros resulta una reivindicación necesaria para autoformarnos, pero no supone nada si dicha elección es sólo una ilusión de libertad: hace falta ser libre para liberarse. Esta gran contradicción inherente a la concepción de libertad humana, impedida más que nunca en la sociedad moderna, nos obliga a reafirmarnos en su determinación a sabiendas de su difícil comprensión, que requiere de todo un proceso que nos des-identifique con el entorno y nos incite a volver a construirnos. La comprensión de esa trágica condición nos conduce a un proceso de catarsis donde la necesidad de desaprender se funde con la necesidad de volver a aprender, de forma que el sustrato previo necesario para tal fin, donde el individuo sea suficientemente libre, se forma con mayor firmeza que si no nos guiara otro fin más que la crítica abrupta contra todo. Reflexionar sobre estas cuestiones requiere tiempo, un tiempo que también está impedido bajo los estrictos corsés modernos, gracias al salariado inhumano pero también al ‘tiempo libre’ consagrado al ocio amoral y estúpido.

Una de las exigencias para que suceda este proceso seguramente sea la de fomentar no otra cosa sino estas reflexiones individuales con vistas a despertar la conciencia raquítica que pueda volver a engrosarse hasta hacerse digna de ser humana. Necesitamos recuperar el debate sobre nosotros mismos, nada más allá de eso.

 

El amor propio

Mucho para aprender de este fragmento. A veces mirarse en el espejo del mérito es la tentación más satisfactoria, pero he ahí la cuestión del desapego hasta de la propia comodidad para saltar más allá del Yo individuado. Practicamente todas las grandes tradiciones de sabiduría han recogido la necesidad de la negación del Yo como proceso de percepción de la Unidad, mas muy pocas veces se ha advertido que este proceso tiene sus trampas. Este fragmento contiene una concisa aproximación de la más típica y peligrosa, por honda, a la que por cierto, la modernidad invita desmesuradamente, y en la que no es muy difícil encontrar atrapados a muchos discursos espirituales contemporáneos.

‘Pasaste toda tu vida en la creencia de que estás completamente consagrado a los demás y nunca a ti mismo. Nada alimenta tanto la presunción como esta especie de testimonio interno de que uno está limpio de amor propio y siempre generosamente consagrado a sus semejantes. Mas toda esta devoción que parece ser para los demás es realmente para ti mismo. Tu amor propio llega a tal punto que estás felicitándote perpetuamente de estar libre de él; toda tu sensibilidad se alarma de que pudieses no estar plenamente satisfecho de ti mismo: esto está en la raíz de todos tus escrúpulos. Es el “Yo” lo que te pone tan alerta y sensible. Quieres que así Dios como el hombre estén siempre satisfechos de ti, y quieres estar satisfecho de ti mismo en todos tus tratos con Dios.

Además, no estás acostumbrado a contentarte con la simple buena voluntad; tu amor propio necesita una briosa emoción, un placer tranquilizador, alguna especie de excitación o encanto. Estás demasiado habituado a dejarte guiar por la imaginación y a suponer que tu mente y tu voluntad están inactivas, si no tiene conciencia de su obrar. Y así dependes de una especie de excitación semejante a la que despiertan las pasiones, o las representaciones teatrales. A fuerza de refinamiento caes en el extremo opuesto: una verdadera grosería de imaginación. Nada es más opuesto, no sólo a la vida de la fe, sino también a la verdadera prudencia. No hay ilusión más peligrosa que las fantasías con que la gente trata de evitar la ilusión. Es la imaginación lo que nos descarría, y la certidumbre que buscamos por medio de la imaginación, el sentimiento y el gusto es una de las más peligrosas fuentes de donde brota el fanatismo. Ésta es la sima de vanidad y corrupción que Dios querría que descubrieses en tu corazón; debes mirarla con la calma y la sencillez que corresponden a la verdadera humildad. Es mero amor propio el estar inconsolable al ver las propias imperfecciones; mas el encararse con ellas sin halagarlas ni tolerarlas, procurando corregirse sin volverse quisquilloso: esto es desear lo que es bueno por amor a lo bueno y a Dios.

Fénelon

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