Bab’Aziz, el Príncipe que contempló su alma

¿Por qué debo buscarlo?

Soy el mismo, soy como él.

Su esencia habla a través de mí.

¡Me he estado buscando!

Yalal ad-Din Muhammad Rumí

La filosofía sufí brota de entre la cosmovisión islámica como otra rama del Árbol de Conocimiento. Dejando atrás la liturgia mundana del Islam, lo proverbial de su huella apunta, a su modo, en la misma dirección (esa Misma Dirección) que las otras grandes tradiciones en la sombra del idealismo impositivo religioso.

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Bab’Aziz es, así, una invitación a mirar más allá del credo litúrgico, a desvestir al personaje como musulmán y encontrarlo humano, en su sempiterna búsqueda de la Verdad. Esta grandeza, nada original, como debe serlo, trae al presente la sabiduría sufí, que merece subrayarse como una intuición visionaría y también una vivencia práctica, donde la vida es tenida por experiencia integral, completa, con su espacio contemplativo y su espacio sufrido, vivido. La película, obedeciendo a la colonización de las formas narrativas que occidente hace con el cine, un fenómeno incompleto pero muy extenso, surge como cuento, inmemorial, eterno en esencia y discreto en las formas, que narra los pasos por el desierto de Baz’Aziz y su nieta, un camino que nos espera a todos. El recorrido implica soledad y compañía, olvido y fe, como educadores esenciales, partes del camino. El camino se cruza con la búsqueda de otros personajes, que funcionan también de enseñanzas en este particular Viaje del héore, donde la meta no es sino la búsqueda de la meta, el ascenso al encuentro con uno mismo. Bab’Aziz, por atemporal, es esencialista, cada cuál se la apropia en lo mundano de su experiencia, cada cuál la desciende a su errancia presente por el desierto.

En su cáscara, su particular mitología, la película contiene numerosas alusiones al imaginario sufí, moldes del sincretismo oculto, muchos de los cuales, por lejanos, se escapa advertir. Pero es precisamente esa ausencia, esa lejanía inviolable, la que tilda de auténtico el mensaje, pues éste llega; desciende por el valle de las formas y consigue hacerse presente, a través de tejidos y acentos de oriente, a través de rayos de sol esteparios, en la persona extranjera, que entiende su vital significado como una pulsión también propia. En eso reside, qué duda cabe, la magia del arte, una comunicación discreta pero eterna, cifrada pero legible. Bab’Aziz nos recuerda a la Unidad en la búsqueda; con él nos sabemos uno. El constante flujo de historias paralelas al viaje de los personajes contienen la sabiduría misma del viaje. La búsqueda de la belleza, la necedad del ciego que vive atrapado en su visión fantasmal, enloquecido; o la palidez del reflejo propio, advertido como obstáculo para la marcha; éstas y otras breves fulgentes alusiones al demente ejercicio del vivir, por complejo, peligroso, pero con esperanzas de ser recto y sereno, justifican la hora y media de película, que quiere crearse como la vida entera de los protagonistas, el abuelo y la nieta. La madurez de la niña, que suelta la mano del abuelo; y la valentía del sabio, que sabe cuándo partir, son el careo con la muerte, en uno Muerte, en otra crecimiento. Ambos dos habitan su antesala con desapego, en una inconsciente, en otro plenamente presente. La muerte, Transformación, aparece finalmente como ineludible, como único final posible, tanto para el sabio como para la niña, pues ese es el principio del mensaje; el abrazo de lo inevitable, la fe en la complejidad del camino, que hace que el peregrino no se pierda.

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El cine, si funciona como portal de encuentro intercultural, nos eleva sobre la geografía, sobre el tiempo; sobre la separatidad aparente; y nos encuentra, hermanos, yendo por las mismas sendas. Bab’Aziz es, así, otro rastro de mitología pura, de la buena, la que sabe tejer un vestido adecuado a su cuerpo, ese que subyace perenne a las investiduras aparentes.

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‘L’inconnu du lac’ o el cine mutilado

Se puede convenir, aparcando menores disputas y matices, que Cahiers du Cinema siempre ha pretendido redefinir el cine, en tanto proceso de contribución a lo que se entiende por cine de calidad. Lo ha hecho a través de su crítica, estableciendo qué es bueno y qué mejor, de cara al público, logrando una identidad notable en el mundo del cine comentado. Como proceso de masas, Cahiers ha convertido su guía en regla y ha dicho dónde están los tesoros, y esta voz ha sido escuchada con rigor en su corta historia. Por eso, lo que compone su ranking de películas anuales es toda una declaración de principios.

L’inconnu du lac, El desconocido del lago, de Alan Guiraudie encabeza la lista de mejores películas de 2013. La película tiene esa inexorable lentitud que tanto gusta a la teorética moderna, ese espacio distendido que da pie a interpretar mil y una sublíneas a un plano fijo, tejiéndose así el armatoste erudito y vanidoso que caracteriza a la crítica moderna. Este anzuelo, que siempre desaparece en el lago de víboras enorgullecidas, distrae la mirada del verdadero relato, ese que trasciende la forma, que permanece como objetivo primero de la obra. Si nos procuramos buscar cuál es ese relato, en este caso, nada más encontramos apuntes, nada orgánico, retazos desprendidos de algunas líneas de diálogo, y sí, de algún largo silencio. La valía de estos contenidos es ciertamente discutible, tanto como es objetivable su sentido, en cierta medida, sin afan totalizante. Puede que el cine sólo aspire a esto mismo, aportar ciegos indicios. Eso nada dice sobre la calidad de dichos principios. La película entronada como mejor del año por Cahiers es un recital sobre el cuerpo y sólo el cuerpo, pues todo lo demás ha devenido innecesario.

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En un lago desvinculado del mundo, un idilio podría presuponerse, diferentes hombres se dan cita cotidiana para tener sexo. La búsqueda parece resumirse, a cuentas de los personajes que intervienen y sin adentrarnos en los desnudos de fondo, en animal, un hedonismo raso: la búsqueda del placer. Las vidas de estos hombres, ese ‘otro’ del que nada se sabe, por irrelevante, parece, sólo se abandona para redimirse en la carne, en lo corpóreo del sexo sin alma, con desconocidos. La excepción la protagonizará tan sólo uno de ellos, pero su contemplación, si se quiere, con vistas más allá de la piel, nos queda desconocida, y además, viciada, pues descubrimos con sorpresa que su búsqueda es angustiosa y con final trágico. No existe, de facto, una propuesta alternativa al olor del sexo, otra vía de relación; más bien, la película presume de retratar nuestro convencido voto corpóreo, ese que hace de nuestras vidas un manoseo material con escasas vistas ulteriores. Por tanto, por imagen especular, la película es una trampa, una invitación a ahogarnos en nuestras propias miserias sin salidas de emergencia. El pesimismo, visto una vez descubierto el umbral angustioso de entregarse sólo al cuerpo, recubre toda la cinta, pues no hay alternativa: los escondites del ocio a los que acuden a diario los hombres son inexpugnables, en tanto son lo único deseado, el único anhelo de seres embrutecidos sólo por el goce de sus cuerpos. La película abandona toda posición crítica al respecto; tan sólo aparece cierta resignación en el protagonista cuando, en una inercia que deshace el personaje en trizas de incertidumbre, pero que señala la huida a la honda punzada de la desolación del alma, éste se ve buscando algo más, desligado del sexo, como carencia que se sabe tiene. Esa bella pulsión merece ser lo único que corona la cinta con sentido, pero es una puerta que rapidamente la película cierra para declarar que no hay salida al erial del cuerpo.

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Nada de interés parece tener retratar esa otra búsqueda, como alteridad digna de ser, tanto como lo son, en su distinguida parcialidad, los caminos que descubren el mundo sensorial bello; es más, la película se dedica a impedir dicha búsqueda, quizás porque su director advierta a la humanidad ya en su tumba, incapaz de amar lo verdaderamente humano. Estaríamos ante esa gran derrota de contar historias sin sentido, pues ya está todo jugado; un cine sin misión excelsa, sin sublimidad, que no apunta alto sino que se dedica a desguazar y hacer thriller de la trivialidad. En cuyo caso, no se olvide, Cahiers tiene una deuda pendiente con el arte. Pero al margen de juicios sumarios, este comentario acerca de lo que la película no es sólo lo merece a raíz del culto que le rinde Cahiers, declarando que en este cine pobre y difuso está lo subrayado.

El cine sigue diluyéndose entre penurias y angostos laberintos sin salida, construyendo incertidumbre irresoluble a la luz de principios enflaquecidos, poco dignos de atribuirsele a humanos. Las pesadillas más escabrosas son facilmente retratables por el pincel moderno, especialmente cuando no hay ejercicio de voluntad de cambio; o ni siquiera, me atrevo a decir, advertimiento sobre la neblina en la que se haya la modernidad. En ello coinciden cada vez más propuestas, en este caso la del desnudo masculino y su homoerótica, lo que hace resonar la orientación sexual como agente activo en esa masacre del Hombre que ahora, aparte de los tantos tiros recibidos en sociedad, cuenta con la metralla del mejor cine. Después de todo, tenemos el cine que merecemos, el que dirigen nuestros semejantes, quienes de las mismas penas aquejan, y el que triunfa en los círculos entregados a hacer de nuestro reflejo, el cinematógrafo, un lugar muerto, por pura identificación con nuestra ofuscada existencia moderna.