Jia Zhangke: Naturaleza Muerta

Cigarros, licor, té, caramelos.

Ficha IMDB

Esta es una historia de nostalgias, de reconstrucciónes, de nuevos empeños y huidizos legados.

En el año 2006, la ciudad de Fengjie ha sido completanemte anegada por las aguas crecidas tras la progresiva construcción del faraónico proyecto de la Presa de las Tres Gargantas. Miles de personas han sido desalojadas y reubicadas con trágica arbitrariedad.

Dos personajes protagonizan los dos hilos narrativos del film. Han estado ausentes de la ciudad más de lo que pueden recordar. Uno de ellos asentó allí su vida una vez; el otro regresa, también, aunque la ciudad siempre le resultó ajena. Ellos vuelven a su Fengjie particular,en busca de algo que se les ha desvanecido. Sólo encuentran herrumbre, aguas ponzoñosas e insalubres que inhundan ahora los lugares de sus recuerdos. No encuentran amigos, ni familia, ni siquiera una buena acogida. Desertaron de una sociedad férreamente patriarcal, con escabrosos movimientos hipodérmicos, en la que la cotidianidad es un importante voto de aceptación. Uno de los protagonistas reniegará de su pasado, en vista a los irreconciliables cambios que se han producido, en el entorno natural -que está moribundo-; también en su interior, acaso resultado de un desconcierto enajenado: su ausencia ha removido su huella en los demás, quienes parece le han olvidado. Esto es, la contingencia de la existencia en una sociedad prototípica que intenta sobrevivir a corto plazo, pues de hecho, no existe futuro -optimista- alguno augurado.
El otro, por inospechado afán, prometerá reconciliar el abismo que 16 años han dejado a su espalda, un vacío existencial que hace mella en él y le conduce con penosa aflicción, sincero arrepentimiento por muchas decisiones, hoy errores, de un pasado ya lejano.
Se trata de dos viajes que inicia la añoranza; conduce el azar, el ir y venir en búsqueda de antiguos conocidos, cuyo paradero es un escondite premeditado: han cambiado sus hábitos, sus hogares; dos recorridos con desenlaces divergentes.

El Yangtsé, el río sobre el que, durante milenios, han asentado la vida millones de personas -millones de familias, millones de historias, millones de millones de hechos azarosos interrumpidos por insondables permutaciones-, la plétora de agua dulce más vasta de toda Asia, se presenta aquí como una escisión: no discurre, divide. Los personajes se afanan por cruzarlo, como si ello supusiese resquebrajar alguna otra barrera en su interior. El río crece, anega con plenitud, sin miramiento, y es de hecho una amenaza. Ahoga a los personajes en la conciencia, pues ellos saben que necesitan cruzarlo: porque por eso han regresado a él, con un reto de reconciliación sin garantías de éxito. Ellos forman parte de la incesante transformación de las cosas; esta vez, el azar de su hacer no les ha sido favorable, pues regresan a un ambiente hostil, en ruinas, donde reconstruir es harto dificil y costoso. Son los depositarios de una circunstancia ajena en la que se implican, de la que participan, porque este azar ha dado con sus vidas y las ha desmembrado, las ha situado en orillas contrapuestas de un río cuyo caudal discurre peligroso.

El azar se intuye, se aprecia, se ve. Durante el film se suceden los subtítulos ‘cigarros’, ‘alcohol’, ‘té’ y ‘caramelos’, ítems cuya relación resulta inexcrutable. A mi se me antoja azar, tal y como el azar es el responsable de que ellos dos, ciudadanos de ese país en ese momento, han sido despojados, por errar propio o por fuerza exterior, y se encuentran a ellos mismos buscando dentro de sí mismos un tesoro que salvar.

Jia Zhangke nos ofrece un retrato de la China actual con anclajes en formas de vida de un pasado cercano en el tiempo, lejano en la memoria. Su filmografía se dedica a menudo a destacar la emergencia -brote, surgimiento- de una China poscomunista, occidentalizada y occidentalizante. Al filo de este discurso se estiliza el paisajismo del que participa Naturaleza muerta: un paisaje forzadamente urbano, aunque las ciudades sean escombros -y, precisamente, nada más que eso, pues las obras de reconstrucción de Fengjie son lentas, costosas-, y las montañas aparecen lúgubres, nubladas. Naturaleza muerta es el -principio del- fin de la China maoísta, el proceso de occidentalización que se produce en algunas -una mínima parte, por cierto- ciudades del milenario dragón asiático.

Pero tambien es la muerte de la naturaleza del hombre: su condicionamiento, impuesto desde fuera, para abandonar sus pertenencias, sus enseres y sus rincones: a migrar con lo puesto sin destino elegido por ropia voluntad. El regreso al legado es, a veces, insalvable, y se presenta como un edificio en ruinas al que un grupo de obreros apalean, casi arbitrariamente, hasta su derrumbe: es frágil, se desgasta y se deshabita, por decisiones propias o por condicionamientos que la naturaleza -del Hombre- interpone.

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