Pink Flamingos, expositor trash

Cualquier ejercicio de contestación, cualquier manifiesto de rebeldía tildado con ese punto de originalidad tan pocas veces oportuna suele, visto lo visto, concluir en una especie de reunión; suele convertirse en punto de encuentro para atormentados, curiosos, disconformes o, en fin, dado el caso, protogeeks en inminente búsqueda de identidad. Es lo que ocurre, avistado desde lejos (cercana, fácil constatación: película manifiesto) por cierto, con Pink Flamingos, la paradigmática obra del John Waters setentero. Y underground, un Waters underground, por temática, por producción, por maneras y, sobre todo, porque así lo quiso él (etiquetas que se programan, no se adquieren).

Pink Flamingos se rueda con 10.000$ durante varios fines de semana en Phoenix, Arizona. John Waters escribe, dirige, produce, rueda y edita la cinta. Él. Se nota. Afortunadamente, la película tiene un mensaje que subyace a (casi) cualquier limitación de medios o de estilo. Al principio, este mensaje parece poco fructuoso (“¿Qué mensaje?” se dijo), poco denotado. Aperece transparente para los primeros círculos de distribución (pero, joder, si la película es todo un subrayado), pero afortunadamente la cinta se escapa de los reticentes y la distribución de New Line Cinema la proyecta nacionalmente: se hace conocida. Es 1972.
John Waters (“¿Quién demonios es John Waters?”) ha dirigido, hasta esa fecha, algunos cortos en 8 y 16mm y un largometraje en 16mm; Pink Flamingos es su salto cuantitativo (y cualitativo, le pese a quien le pese). Está rodada en 16 pero posteriormente blown-up (volcada) a 35, protagonizando así la primera incursion de Waters en los terrenos del cine canónico (en cuanto a formato, desde luego).

Pink Flamingos se ha definido positivamente como ‘ejercicio de mal gusto’. Desde el primer momento, se evoca el sentido del asco, estableciéndose una (re)pulsión que funciona de fuerza de doble vector: uno que empuja al espectador a abandonar la sala, a punto del vómito; otro que atrae su inquietud hasta transformarla en morbo, jugando con el gusto por la otredad. Y en este sentido, Pink Flamingos, en tanto que espectáculo de lo cómico, exageradamente grotesco; como exhibición cuyo fin es esa otredad; así, es como merece cualquier aplauso (de ninguna otra forma, está claro). Y ya es decir bastante.

Pink Flamingos narra la historia de una drag queen casi vagabunda que ostenta el prestigio (Waters lo define como virtud y no como vicio) de ser la persona mas filthy (sucia, soez, inmundo) del mundo. En su hacer, Divine se granjea competencia: el matrimonio Marble, quienes se disputan con la drag queen la medalla en dicha categoría. Ante una cláusula tan ridícula, el film adopta la parodia y la excentricidad para denotar un constante cinismo en los personajes, quienes pelean a muerte por convertirse en ‘the filthiest people alive‘. Esto es, en sí mismo, la pamplina. Waters hace explícito (muy explícito) que su cinta es risoria, porque ese, precisamente, es su fin. Ni las situaciones ni los personajes tienen límite, ni moral, ni escrúpulos, ni sentimientos, ni hermandades, ni integridad individual. Sólo tienen sentido del humor (y ellos mismos no lo saben). El discurso que subyace emana sin ambages: esta es una cinta sobre lo que (además del cine torrencial) puede hacerse; sobre lo que no tiene una trascendencia mediata, sino una efervescencia vacua, finita, supérflua.

En Pink Flamingos, John Waters reúne un elenco que le acompaña en numerosas ocasiones a lo largo de su  carrera. Waters es de película coral, con rostros que llevan su nombre; así, Divine, protagonista del film, interviene en otras cintas de su vecino Waters, como Female Troble o Multiple Maniacs. En Pink Flamingos Divine encara su propia persona, una drag queen casi vagabunda y obsesionada con la suciedad (esto ya forma parte del personaje ficticio, me atrevo a pensar). También se citan David Lochary como Mr. Marble y Edith Massey como Edie, ambos dos actores de costumbre en la obra de Waters.

La película ha sufrido de numerosas cirugías, intentando enterrar lo ineludible de ella. La escena de la mamada incestiva, por supuesto, fue siempre la predilecta a desaparecer. También el final, ese colofón a modo atemporal, que funciona de catársis paródica, un excelso pero indigno parangón de El Asco. Magistral final para recordar ese poso ineludible de la cinta: el reducto, precisamente residual, que el espectador aprehende en ella. Es inevitable, también, la pregunta “Ah, ¿que esto puede hacerse?”; como también lo fue para numerosos otros ejemplos transgresores (porque, en este sentido, Waters homenajea, no crea).

En el plano de la realización; adoptando una visión tecnófila, analítica des(a)pre(he)ndida del placer de la contemplación sin miramientos (abstenido el placer intelectual, eso si); estudiada así, la película desmerece, sin género de dudas, de tal calificativo. Rodada a modo de “treatro grabado”, no contiene (decididamente) elementos cinematográficos. Se compone en su mayoria de planos medios de conversación, de perfiles enajenados de su posición en pantalla, donde personajes esbozados (con brocha, eso sí) se pervierten incesantemente. En este sentido, John Waters adopta moldes de serie B, de aquel cine trash re-interpretado, donde ni caras conocidas (ni muchísimo menos) ni abalorios de alusión emocional directa interfieren; donde, una historia se relata sola, sin mediaciones transversales.

Pink Flamingos nos muestra a John Waters como sujeto, no como cineasta (eso lo aprendió, se dedico a ello, después). Es una película de autoría inherente, sin suscribir a corriente, manera o tiempo alguno. Una película que junto con Desperate Living y Female Trouble conforman una trilogía-apología de lo camp, del cine descuidado, excéntrico y contestatario, una reivindicación que homenajea al incomprendido, quien se encuentra, se descubre, riéndose de sí mismo.

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