Joseph H. Lewis – Gun Crazy

El film noir configura a menudo un relato de intrusiones pasionales, un modelo subrayado durante toda su historia por el ineludible misterio que destilan sus películas. Estamos ahora ante una pieza determinante para el género, postergada en su momento a otras lecturas (y otro tiempo) para sustraer una merecida aportación.

Gun Crazy manifiesta la idiosincrasia cultivada en el seno de la cinematografía occidental en referencia al género del film noir hasta su fecha, es decir, 1950. Pero además, es contenedora de la habilidad de un director que, bajo un presupuesto de serie B, supo alojar un vasto y logrado discurso anti-establishment parejo de una lectura sociológica desgarradora.

#Una lectura freudiana

La falta de control de los protagonistas sobre su entorno, palpable durante el transcurso del film como “la no-vuelta atrás” y su consecuente muerte, viene a constituir sólo el cascarón de la construcción ideológica y funcional de los individuos.

La dependencia de las pulsiones (impulsos, instintos humanos) internas que sufren los personajes en Gun Crazy esboza un cuadro neurótico que cristaliza en una misma dependencia, esta vez por las armas, en Bart, y una ansiedad estimulante en el uso de las mismas, en Laurie. Con un origen común, sustentado en la neurociencia freudiana, los roles masculino y femenino nos conducen a una praxis del problema distinta, la cual, identificada como la diferencia medular entre él y ella, es la verdadera artífice de la tragedia final.

Desde la presentación a ambos protagonistas se deja constancia de su debilidad de raciocinio, identificada en él como un carácter de la infancia (al principio de la película, observamos como él, niño aún, roba una pistola) pero que se recupera durante la edad adulta en una tácita llamada a la inmadurez infantil. Laurie tampoco parece atender a razones y dispara gratuitamente en numerosas ocasiones, sin una verdadera necesidad de supervivencia. Del pasado de ella conocemos precisamente lo necesario: su padre tenía un salón de tiro. Su fascinación por apretar el gatillo constituye, también, una reminiscencia de su edad infantil, un recuerdo de una edad perdida en la que sintió ese mismo disfrute por disparar. Pero desde un primer momento se constatan unas intenciones bien distintas. Pronto, de boca de la hermana de Bart, conocemos que éste “jamás haría daño con un arma”, lo que viene a anular en su persona toda violencia como fin ulterior. De hecho, durante el transcurso del film, Bart se mostrará contrario a disparar a cualquier persona y sólo será (de nuevo) traicionado por sus propios impulsos al final del film, cuando dispare a su propia pareja. La sexualidad se halla, entonces, como causa de esta obsesión por las armas.
La ausencia de la figura paterna, harta discutida por Freud como causa de disfunciones y trastornos, produce en el Bart adolescente un trastorno de identidad que le lleva a trasladar la masculinidad ausente en su hogar (no aparece mención alguna a su padre) a una concepción fálica de las armas de fuego. Bart constituye un macho indeciso, tímido e incluso tierno (todo lo contrario al cliché predominante de Hombre), que sólo se siente hombre cuando empuña un arma. Durante toda la película Bart lucirá la idiosincrasia americana del hombre fuerte, en un astuto ejercicio crítico a la dependencia que sufren los pistoleros de las armas de fuego (el director se preguntará por qué, si acaso tal dependencia desentraña carencia de masculinidad). Prueba irrefutable de esta construcción del personaje es la elección que el director realiza para el papel: John Dall, actor que había conseguido integrar subversivamente su condición homosexual en la gran pantalla (La Soga, Hitchcock, 1948). Así, Bart se libera de las apariencias y queda desnudo, al contrario que los grandes pistoleros del western, pero con una fascinación si cabe mayor por las armas de fuego.
La fascinación de Laurie por apretar el gatillo también deviene impulsiva durante la película, como decíamos. Pero en este caso representa una resonancia de su edad infantil, en la que parece que disfrutaba disparando con su padre. El recuerdo positivo de esta figura paterna y, sobre todo, su presencia, constituyen la principal diferencia entre ambos personajes, la cual es visiblemente notoria durante el film: ambos comparten una atracción por las armas, pero nada más. Ella, personificación de la femme fatale, ha sido educada en la tradición de las armas, al igual que la sociedad americana. Esta metáfora deviene crítica cuando asistimos al atraco a mano armada al sistema de esta sociedad: la autodestrucción del mundo por una mujer que no ha dejado de ser la niña que aprendió a disparar. La educación y, una vez más, las experiencias de la infancia, configuran el papel que ella desarrolla durante el film.

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