Bailando en la oscuridad – Lars von Trier

Leviathan, íntima y oportuna homonimia a propósito del  monstruoso ser marino citado en el Antiguo Testamento, acoge la obra más famosa del filósofo y político inglés Thomas Hobbes. Y, entre sus líneas, un igualmente acertado apunte:Homo homini lupus; como sentenció Tito Macio Plauto: ‘El hombre es un lobo para el hombre’. 
Sobre esta plausible obviedad, manifiesta en el laboratorio mundo, versa Bailando en la oscuridad, a propósito de un egoísmo identitario con aquél destilado de la obra de Hobbes.

 
El hombre en sociedad, víctima de sus propias limitaciones, en su afán de supervivencia en una jungla obtusa y angosta, tiende hacia sí mismo y hacia sus simbiontes, aquellos que le proporcionan ayuda en esta carrera por la vida. La simbiosis de la cual participa todo ser no es egoísta: es participativa, abnegada e incluso altruista. La película, de hecho, subraya notablemente estas cualidades y las subtitula, acertadamente, ‘amor de madre’. Pero también la cita registra el oportunismo del instinto; apunta cómo, en tiempo de necesidad, esa simbiosis entregada por y para la supervivencia del conjunto se reduce a, precisamente, el egoísmo desconsiderado.  Nuestra protagonista es, para sus semejantes, un ser cuya supervivencia estriba en un altruismo gratuito hacia su simbionte –aquel que le apoya en la supervivencia-, gratuidad que a su vez deriva de una inspiración divina o convicción, en cualquier caso, tremendamente férrea. Pero sus intenciones se ven obstaculizadas, entre otras cosas, por un lobo hambriento, que reniega de una amistad simbiótica para intentar subsanar su acuciante necesidad. 
 
Además de esta fábula sobre la convivencia del grupo, la película introduce diversos temas, los cuáles considero así secundarios pero no menos importantes. La tara como obstáculo pero también como punto de partida para la realización; la musicalización del sonido –y, magistralmente, del silencio. Y, claro, la cuestión de la pena de muerte, la difuminada dicotomía buenos/malos –pues, precisamente, ¿acaso no se produce un intercambio de roles? -; en fin, un compendio filosófico-moralista diestramente tejido y armonizado –aún más- con las sublimes voces de Björk y, sí, también de Thom York (Radiohead), que sin rostro nos deleita con un acompañamiento a la intérprete islandesa.
Sin género de dudas, dentro de la filmografía de von Trier, para mi la película representa la implicación mas socialmente comprometida, sólo lograda más tarde a través del ruralismo deDogville o la aguda introspección contemplativa de Anticristo. Ninguna de las últimas conquista, para mi, tantas cotas dentro de una armonía musical como lo hace Bailando en la oscuridad
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