Contagio – Nada se extiende tanto como el miedo

A la estela de la más reciente perspectiva de disgregación, esa condición posmoderna de desmoronamiento del sistema a tenor de su calificada frágil estructura, Steven Soderbergh se ha posicionado: cree en ello, en lo indómito de una masa global de contactos peligrosos; inconscientes la mayoría de un abismo que muchos aventuran a recalcar cercano, cercanísimo; precipitándonos ya por él de hecho, para algunos, y en determinados sectores completamente despeñados (lease orden económico y esas cosas).
 
 
 
Así, la inclsasificable filmografía del director incluye (también) ahora un mal presagio al respecto, una advertencia: de un momento a otro, este tinglado se puede venir abajo. Y para manifestar esta aventura incipiente para los más pesimistas, para los menos optimistas o los más conscientes, Soderbergh escoge un virus, entidad absolutamente desconcida para la ciencia -le pese a quien le pese, así las cosas-, que afecta, que de hecho lleva afectando, de largo, a millones de personas. Es el virus que todos conocemos: ese (cualquiera) que todos desconocemos en esencia pero reconocemos en resultados. Ese que la inmensa mayoría de occidentales aniquila con una semana de cama y siete pastillas. Ahora, ese virus supone una amenaza sin nombre, sin una firma reconocible como patología, síntoma o huella: la gente muere, en sus casas, en los autobuses, en la calle. De repente, la conciencia global entra en estado de alarma ante la expansión de un desconocido troyano que aniquila desde dentro, y cuya identificación es azarosa (pues tan solo se manifiesta un catarro, fiebre y, como máxima, sequedad en la boca). Acertado símil entre esta conciencia global, globalizada en primer término, e Internet, la red de redes sobre la que navenga Occidente y cada vez más las emergencias orientales. El virus se propaga a la vez por una y por otra con la misma rapidez. Es, a fin de cuentas, la incorporación real de esta sociedad de sociedades a un flujo permamente de comunicaciones, comparticiones y vínculos cada día más inherentes al hombre moderno, que implican un gran caudal de conocimientos a la par de un riesgo de contagio de miedos, rumores y amenazas.
 
 
Resulta notable y acertado cómo se trata la espectación que causa el virus. Y esto es, lejos del espectacuralismo ocurrente y poco original (sí ortodoxo, sí cansino) del habitual drama apocalítpico-estadounidense, en el que la alarma empapa al espectador y ata nudos en las gargantas de fácil manera (ese discurso presidencial sentidamente poético y nostálgico, esa reunión plural frente al televisor de multitud de personas; en fin, 2012, El día de mañana, Armaggedon, Invasión a la tierra, etc.). El film causa pánico de manera más asentada, porque se dedica a reflejar que lo futurible que contiene, esa posiblidad a la que estamos expuestos de contagio masivo, es posible. Existe, en pos de esto, una identificación optimizada del espectador con la trama, con los lugares, con las prácticas; existe, tambien, una presencia de los nuevos medios, como Twitter y los blogs. Todo entabla una conversación creíble con el público. Se subraya, a la vez, la idea aterradora pero reconocida de cómo el pánico, el temor, la incertidumbre y el caos se predican más rápido que el propio virus. De cómo se extiende un rumor infundado que anuncia el fin del mundo; de cómo se extiende un rumor infundado de que la cura para el virus la tiene un blogger y no las grandes farmacéuticas. Y respecto a estas últimas, se lanza la acusación que compromete a las empresas, a cerca de cómo éstas se lucran del virus y del miedo instaurado en la gente. La película no esta libre de conductivismos, no. Se destila un anticorporativismo bastante disimulado, maquillado para permanecer sutil y quien sabe si para no despertar la ira de algunos. Pero tambien se desprende una crítica a los nuevos medios, a Internet como fuente de difamaciones e infortunios predicados desde el lugar correcto en el momento correcto, que terminan por recorrer el mundo en forma de TrendingTopic
 
Es, sin duda, el escepticismo moral en gradiante, cuando nadie confía en la honradez de la empresa ni en la humildad de la persona. Cada cuál mira por si, avisa a sus seres cercanos de un peligro inminente, y termina atracando al vecino en busca del placebo que se ha difundido en Internet. Soderbergh aprovecha así la ocasión para relatar concisa y brevemente problemas derivados de esta alarma general. Los sobornos y los secuestros completan la lista de subtramas qe unifican un relato sin protagonismos, sin resultantes héroes ni antihéroes. El enemigo es el sistema, que juega a sorteo con la salud del ciudadano; es la ciencia, incompetente de elaborar una vacuna a tiempo de las primeras víctimas; es el miedo, que enajena las vidas de la gente y les prohibe estrechar manos, compartir besos o salir por el umbral del la puerta.
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