El árbol de la vida – Terrence Malick

El cine que entrañan estos tiempos está acostumbrado a alumbrar un discurso formal exquisito, que a su vez vertebra un metadiscurso dialéctico insípido, a veces transparente. Estamos acostumbrados a fagocitar historias sin incidencia trascendental , relatos que nacen y mueren en su propio minutaje y se alimentan mientras tanto de una vanidad ambiciosa y trazada a brochazos. Es lo que -falazmente, a mi juicio- se conoce como “cine nihilista”. Alguna vez apuntaré una opinión más extensa sobre este cine antiteísta.

Vuelvo para hablar del título, El árbol de la vida, de Terrance Malick (2011).

Existen algunas películas que funcionan de excepción a la norma arriba citada, esa profesión antideítica tan extendida, y existen sólo unas pocas cintas que, además, navegan por el mainstream de cartelería pop y star system moderno predicando alguna que otra doctrina o idea. La película de Terrence Malick participa de esta excepción al adentrarse entre las preguntas –típicas- del existencialismo sartreriano más medular –sin dejar de lado el condicionamiento educativo, aquella Sociedad condicionada del mismo Sartre: eso sí, de manera más tangencial; también, al iniciar una interpretación científica del origen de lo terreno –¿y de lo divino?- que decora con sinfonías a propósito con deje canónico; en fin, un compendio filosófico poco original por sí mismo, pero cuya realización enmudece y sobrecoge.
La búsqueda de un dios en la naturaleza deviene inminente ante el torrente de imágenes del inicio, transcurso y supuesto fin del orden natural de las cosas que el film introduce de manera formalmente inconexa pero acertadamente oportuna. La hegemonía del plano oblicuo, de un onirismo rural que castiga el recuerdo y la fe de los personajes; un Brad Pitt creíble, cuanto menos, y una Jessica Chastain en perfecta comunión con el personaje que desentraña -sin olvidar ni a Sean Peann ni a los niños; son sólamente -y no por ello pobres- algunas piezas del gran conjugado multidimensional que se nos presenta en cerca de dos horas y media, un minutaje quizás excesivo para conseguir lo que a mitad del film ya aventuramos a conocer.

Así, El árbol de la vida se me antoja ambiciosa, positivamente hermenéutica; una de esas pocas películas-tratado sobre la complacencia que ofrece por sí sola la ininteligibilidad del ser humano. Se me antoja similar a un poemario de rutina, capaz de deconstruirse durante un viaje en ascensor; pero no de una rutina anodina, ergo insípida; una rutina cuasi divina, en vez de, con una trascendencia precisa y significativamente natural. Dios se erige como ápice del alumbramiento inteligente, del significado de la vida, de fin de una búsqueda de misticismos y ascensiones. Terrence Malick compone una sinfonía cargada de reminiscencias a un estadio primitivo donde la educación, la fe y la inocencia –y la materia, y el universo entero de hecho- determinan la vida, y ésta última no es ni azar, ni caos ni orden; es, sobre todo, dios. Un dios sin mayúsculas que permuta, según el individuo, en cualquier forma, signo o credo; o, para otros, se haya informe o metafórico, sin ataduras, fluyendo entre el tremendo azar de todas las cosas.

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