El in-dividuo no existe: los peligros del individualismo

Imagen destacada: La Semillera, Mark Henson

La palabra individuo proviene del latín individuus, literalmente «no divisible» o «no separable». Su referencia al sujeto humano es un acuerdo posterior, que llega hasta nuestros días. Pero la etimología de la palabra es buen comienzo para reflexionar hasta dónde abarcan las realidades de lo individual. Sintetizando, lo que sigue es una exposición que señala que lo individual no tiene mayor realidad que lo colectivo. No se trata de ver qué existe primero o de manera más fundamental: lo colectivo es una dimensión de lo individual, y viceversa. En lo relativo al ser humano, lo colectivo no es ni superior ni inferior a lo individual: ambas dos realidades siempre coexisten, ninguna supera a la otra, simplemente son dos manifestaciones de la experiencia humana. Enfrentar lo individual a lo colectivo es como enfrentar el fuego con la combustión de su entorno; enfrentar signo y lenguaje, o enfrentar animal y especie. Ambos polos son fenómenos igualmente reales que manifiestan una interdependencia ontológica, no existen sin su correspondiente expresión colectiva o individual.

Estas consideraciones estrictamente metafísicas son, además, verdades científicas. Se puede evidenciar que lo individual y lo colectivo existen de manera interdependiente, pues mantienen líneas o patrones de evolución distintos pero entrelazados. Así, un ser humano se desarrolla en parte de manera autónoma, autogenerada (individual) durante su infancia, adolescencia y madurez; desarrolla su fisiología, de la misma forma que la semilla se convierte en árbol (la semilla contiene, en potencia, el árbol). El ser humano va creciendo, va adquiriendo capacidades locomotoras, emocionales, racionales, cognoscitivas etc., de manera individual, en tanto estas capacidades existen dentro de sí mismo, por ejemplo en su expresión genética. Pero paralelamente, su dimensión colectiva se desarrolla necesariamente con él, gracias a él y a costa de él. La persona se desarrolla desde dentro (como hemos visto, individualmente) pero también desde fuera, pues forma parte inevitablemente de estructuras de organización social (es un niño de su familia, un alumno de su escuela, un menor de edad de su sociedad), que además vierten sobre él una cultura, un contexto colectivo, del que es copartícipe con los demás miembros. La persona encarna, así, valores intersubjetivos, comparte los valores de su grupo (no de manera determinista, sino de manera parcial, tan parcial como su individualidad tampoco le determina de manera absoluta). La persona es un tapiz que expresa singularidad y colectividad, manifiesta autenticidad y herencia cultural, intencionalidad (yo quiero) e inercia colectiva (el grupo puede), creatividad y esclavitud. Negar la colectividad (o negar la individualidad) es absurdo, pues es imposible extirpar del individuo la cristalización colectiva que tiene incardinada. Como recuerda Heleno Saña, «el hombre se acostumbra a ver y juzgar desde una perspectiva axiológica anterior a su propio proceso de concienciación», esto es, su conciencia se desarrolla desde dentro de un contexto colectivo, no en una isla desierta. Tampoco es posible, claro, destejer del tapiz colectivo la singularidad de sus partes sin destruir la propia colectividad. Es decir, tan incardinada está en la individualidad la expresión de su correlato colectivo como el grupo manifiesta en cierto grado la expresión de la individualidad del sujeto. Todo esto, además, sirve para hacer notar que la apreciación original de in-dividuo, «no divisible» o «no separable», tiene cero vigencia sobre el propio sujeto humano, de manera que la persona niega ser un in-dividuo de manera orgánica. Una persona es divisible separable, tanto en lo evidente del nivel fisiológico (dos brazos, dos piernas) como en los reinos cognoscitivos (Piaget), pues la propia integridad subjetiva humana puede recorrerse en partes identificables, tal y como hemos hecho: aparato sensorio-motor, inteligencia emocional, raciocinio lógico y formal, capacidad intencional o volitiva, intuición espiritual, etc. Las divisiones son pensables ad infinitum: el átomo indivisible de Demócrito ha sido desmenuzado en partículas subatómicas según la precisión tecnológica lo ha permitido.

Individuos y colectivos

El debate social al respecto, no obstante, no está guiado por esta consideración técnica de in-dividuo, sino que cuando se dice individuo, se quiere significar, más bien, auto-determinaciónvoluntadautenticidad e independencia. Cuando se habla de individuo frente a colectivo, se quieren subrayar las categorías de autonomía de la persona, su libertad posible, a fin de cuentas, en contraposición a las determinaciones externas, no-individuales, que influencian o determinan nuestra existencia personal. Como hemos visto, estas dimensiones individuales existen, impregnan nuestro propio desarrollo y deben ser defendidas, pues están incardinadas en la propia integridad de la conciencia, pero no son todo lo que existe, no existen sólo desde sí mismas, no pueden existir sólo desde sí mismas. Fragmentar la interrelación que existe entre lo individual y lo colectivo supone mutilar nuestros propios procesos de crecimiento y conocimiento (y condenarse a no entenderlos), así como deshumanizar (des-individualizar) nuestra existencia comunitaria. In extremis, el individualismo radical niega la realidad de la esfera colectiva (dirá que todo son abstracciones, o que el grupo es reducible al individuo), y viceversa, un colectivismo agresivo anula la libertad interior, dirá que los sujetos son sólo productos de su entorno, que el individuo es reducible al grupo.

Contra la ontología atomista e in-dividualista de Demócrito se levanta, con un eco que reverbera en la actualidad, la dialéctica de la dualidad de Heráclito. Existe y es observable una armonía, un equilibrio dinámico de las tensiones entre contrarios, «como en el arco y en la lira», expresado en el Ying y el Yang del Tao. En este sentido, la dialéctica individuo VS colectivo es una materialización eterna de esa dualidad propia de toda existencia humana, que pone sobre la mesa la inextinguible relación de mutua dependencia entre el individuo y el grupo. Esta constatación tiene unas consecuencias inabarcables. Puede conducir hacia unas virtudes encomiables de superación, de entendimiento, de abrazo de la contradicción, que merecen ser tratadas por separado. De momento, lo que sigue es un análisis del peligro que supone, en este orden de cosas, un individualismo exagerado.

La contradicción individual

Fijarse en el individuo sobre el colectivo exhibe las capacidades autodeterminadas del sujeto, su libertad personal no sólo para ser sino sobre todo para querer ser. Es decir, no significa sólo subrayar la libertad práctica de la persona sino su libertad de conciencia, esto es, la capacidad del individuo de otorgarse a sí mismo valores, intención, significado, voluntad y práctica. Es un enfoque muy necesario que reivindica la responsabilidad humana, la autonomía de la voluntad (Kant), la libertad de decisión (Reiner), la afirmación individual frente a las influencias del entorno. Pero un exceso de esta visión obnubila el juicio y presupone una potencia infinita en la libertad individual; cae en un reduccionismo fatal que olvida (cuando no niega en rotundo) toda influencia del entorno en las disposiciones individuales. Así, se pasa por alto, en primer lugar, que el individuo desarrolla su conciencia inmerso en un contexto colectivo, de manera que la primera injerencia del entorno no es, siquiera, intencionada, o de manipulación, sino que es de necesidad, es ontológica. El contexto está inscrito en nosotros de la cuna a la tumba. La máxima estoica «retírate al interior de ti mismo y permanece ahí» es posible, pues existe de hecho esa estancia interior individual en cada sujeto, pero es radicalmente falso que los salones de la conciencia no estén tapizados por el contexto colectivo. Como bien expone Habermas, el individuo «tiene lugar» bajo las condiciones de una «red de intersubjetividad». En este sentido, cuando Hölderlin expresa que «no hemos sido creados para lo individual, para lo limitado», una máxima ética encomiable, podríamos reformular: ni siquiera hemos sido creados solamente desde lo individual. Convencernos a nosotros mismos de lo contrario es negar nuestra naturaleza más fundamental, sería elevar de manera alucinada el idealismo ético clásico, en Platón o Cicerón, la disposición interior individual absoluta, sin sopesar la normalización de Foucault, la heteronomía kantiana, la teoría mediática sobre la manipulación (Sartori), el papel embaucador de las religiones (tradicionales o seculares-ideológicas); en general, la capacidad de lo colectivo de influirnos. No en vano, la virtud clásica es por excelencia la virtud pública, la virtud expresada hacia el grupo, lo que es en sí una bella síntesis ancestral de la necesidad de complementar la defensa del espíritu ideal e individual (Hegel) con una consideración del individuo en tanto que animal social, con todas sus implicaciones.

Rimbaud expresa en síntesis poética nuestra extranjería interna, dirá «yo es otro». Desde luego, esa pendiente puede conducir hacia una alienación total (que es, en esencia, el exceso del colectivismo), por lo que podríamos convenir: yo es, en parte, otro. Multitud de escuelas de pensamiento se han dedicado a desentrañar la impronta colectiva que llevamos dentro, desde la fenomenología, el estructuralismo, la hermenéutica, la semiótica, el psicoanálisis, etc. Es de hecho un logro de la posmodernidad haber señalado la amplitud de contextos colectivos que nos determinan individualmente, en contra del ideal liberal ilustrado del individuo que observa la naturaleza como si él mismo estuviera fuera de todo entorno. La propia ciencia ha frenado esta fragmentación entre el observador y el mundo: el principio de indeterminación de Heisenberg, la revolución cuántica y relativista o la teoría de sistemas son ejemplos que exponen que la observación no puede desentenderse del contexto. El Diccionario de la Filosofía de Cambridge rechaza con respaldo científico lo que Wilfrid Sellars llama «el mito de lo dado», la creencia de que los procesos conceptuales no influyen en el conocimiento que percibimos. Muy al contrario, nuestra cognición individual está penetrada por estructuras contextuales (lenguaje, normatividad social) que influyen en cómo percibimos. Esto quiere decir que nuestra mente pensante está estructuralmente imbuida en su contexto colectivo relativo. El individuo, de manera congénita, forma parte de su colectivo, y obviar esta influencia conduce a desastrosos alegatos por una falsa libertad individual prístina, totalmente autónoma. Cualquier teoría de la libertad que se quiera pensar auténtica no puede obviar nuestra propia constitución bipartida.

Honrar al individuo

Para Husserl, la «autonomía de la razón, la libertad del sujeto personal consiste, pues, en que yo no me someta pasivamente a las influencias ajenas, sino que decida por mí mismo». Pero hay una diferencia radical entre decidir por uno mismo asumiendo, teniendo en cuenta, esas influencias ajenas, y un obcecado elogio de la libertad interior que ignora esas influencias. La demencia relativista, lo que condujo a la locura a Bataille y a algunos postestructuralistas, es que consideraron que a mayor introspección e investigación sobre todos los determinismos colectivos que nos constituyen, la autonomía individual disminuía, hasta instalarse en el estado anulador del relativismo total, donde el individuo es sólo un accidente colectivo, «todo es estructuralmente relativo», nuestra esclavitud a lo colectivo es total. Es decir, la arqueología (Foucault) venía a sepultar al individuo, a hacerle consciente de su esencia rellenada desde fuera. Pero ello es sólo una aproximación, muy pesimista, contradictoria (para los relativistas, todo es relativo menos su punto de vista, que es total y verdad) y con final trágico. Precisamente, el tesoro de la posmodernidad, el desentrañar contextos de influencia en el individuo, puede ser utilizado, no para negar al individuo, sino todo lo contrario: para hacerle consciente, más autónomo, más preparado para afrontar su propia realidad. La máxima socrática «sólo sé que no se nada» podría tener una lectura batailleana terrible, desmoralizadora, relativista; pero Sócrates, de firme espíritu moral, no la pronuncia desde ese lugar. Más bien, Sócrates es consciente de lo que dirá Rilke, «la vida dice simultáneamente sí y no», otra materialización de la dialéctica de Heráclito que señala la eterna finitud y contradicción, afirmación y duda que, en nuestro caso, afirma al individuo (dice sí), pero no le absolutiza, sino que le pone en tensión perpetua con su entorno (dice no).

Las conclusiones de Simone Weil en La condición obrera son en este sentido decisivas. Si la lingüística de Saussure o el psicoanálisis desvelan influencias insospechadas sobre el individuo, Simone Weil subraya quizás el elemento más olvidado en nuestra época: el régimen de trabajo moderno también recorre las arterias internas del cuerpo. La existencia del Hombre, su praxis y hábitos, también le constituyen, configuran su mentalidad. Weil hace una radiografía estremecedora de régimen asalariado para ilustrar que el sistema económico y sus estructuras también constituyen al individuo. El aforismo «quien posee tu tiempo, también posee tu mente» tiene una materialización estructural en la obra de Weil, que estudia, desde dentro del sistema, cómo el capitalismo fabril desmoraliza, embrutece y apaga la vida de los trabajadores, a la vez que resquebraja su convivencia. En suma, el emplazamiento del ser humano en un dispositivo social determinado (fábrica, oficina, escuela; medios de comunicación, pantallas digitales) define parte constitutiva de su integridad. Todo tiene una dimensión de construcción colectiva, externa, y en esa medida, el individuo merma. Así, se puede hablar de manera parcial de sexualidad intervenida en tanto la industria audiovisual (cine, prensa, televisión, pornografía) y la arquitectura social (escuela, empresa) influyen en la consideración sexual, máxime si estos espacios tienen una audiencia masiva. Este es el poso de verdad en los estudios de género más sensatos. Esta sexualidad, o la mentalidad de un interés particular funcional, potenciada por el régimen asalariado moderno y la universalización de la necesidad de dinero, son expresiones que diferentes estructuras sociales han hecho habitar (o han potenciado) dentro de nosotros.

Con todos estos referentes, es del todo inoportuno afirmar que nuestra libertad depende exclusivamente de una invocación interior. En teoría política, por ejemplo, el liberalismo acierta en señalar las dimensiones internas de autonomía del individuo, pero naufraga cuando no explica estas dimensiones en relación con su entorno. No es admisible una defensa apodíctica de la prostitución, de la gestación subrogada o, en definitiva, de la libertad de decisión individual, que no considere una visión panorámica de todo lo que nos constituye. El sistema económico y sus estructuras no son sólo estructuras huecas, asépticas, no personales. El ser humano encuadrado en ellas se desarrolla a sí mismo desde ellas, no sólo de manera funcional y utilitaria sino de manera interior, subjetiva. Esto quiere decir que en nuestras coordenadas sociales, el dinero no es sólo un elemento objetivable, un dispositivo social, sino que también es móvil de la voluntad, elemento ordenador de hábitos, deseos, obligaciones, conciencias. Obviar ésto empuja a la sombra freudiana una parte sustancial de nuestro ser, y oculta dinámicas de relación con nuestro entorno que entorpecen una comprensión más generosa de nuestra vida. Todo ello no quiere decir que haya que renunciar al sustrato individual, sino que para de verdad defender al individuo es imperativo situarse en la complejidad de la existencia humana. Las teorías políticas que claman por el individuo y bien niegan o ignoran nuestras vidas paralelas en realidad impiden una comprensión integral del sujeto, y debido a ello, no favorecen un crecimiento personal, sino que entregan sucedáneos, con frecuencia en forma de narcisismo y solipsismo, que infantilizan la comprensión y adiestran en la altivez. Las propias presiones e intereses ocultos que guían mucha de la militancia y teorización políticas (el arribismo, no querer sentirse excluido, la carrera profesional, etc.) son prueba en sí mismos de la influencia del entorno en el pensamiento y en la obra del Hombre.

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