Colectivismo como disolución: Foucault, el Estado y la moral

COLECT

En otro texto hemos afirmado que lo individual y lo colectivo son realidades en dependencia ontológica. Si lo individual es fuente de crecimiento pero también, en su obstinada afirmación, encarna graves peligros, el colectivismo es asimismo veta de virtud, pero su exceso provoca el rapto de la identidad y la atrofia de los músculos de autonomía personal, como la voluntad. Podemos definir lo colectivo como una fuente de la identidad, como localización de parte de nuestra integridad como seres humanos, de forma que el colectivismo sería el acto de nutrirnos de dicha fuente. Lo individual es la fuente interna al sujeto, investiga la relación del individuo consigo mismo, mientras que lo colectivo es la fuente externa que entiende a la persona en su relación con el entorno.

Individualismo y colectivismo construyen nuestra identidad, desde ambas dos localizaciones, interna y externa. Cuando el individualismo sobrepuja e incluso niega la dimensión colectiva, la conciencia se asienta en un individualismo posesivo (C. B. Macpherson) que proclama al individuo como único responsable y propietario de su existencia, sin que deba nada a la sociedad por ello. Macpherson, en su obra La Teoría política del individualismo posesivo: de Hobbes a Locke recorre una de las principales fallas en los cimientos del pensamiento liberal, la propuesta de un individuo sin fuentes externas, soberano desde su autonomía subjetiva. Esta desvinculación del mundo (Charles Taylor) sitúa la totalidad de las metas del sujeto en sí mismo y ha sido un gran leitmotiv del pensamiento moderno: está en Descartes, en Locke, en grandes corrientes de la Ilustración y llega hasta el presente en forma teórica, incrustada en una parte de la teoría política liberal, pero también encarnada de manera práctica en fenómenos de atomización social, de interés particular, ostracismo individualista y de desarraigo de cuestiones morales convivenciales.

 

El otro extremo: la disolución colectiva

Cuando se habla de colectivismo, normalmente se hace referencia a formas de identidad colectiva, a formas de organización del grupo y, en resumidas cuentas, se apunta a las fuentes externas al sujeto en las que éste incrusta su vida. Si un exceso de individualismo conduce a esa desvinculación del mundo, al falso credo del hiper-individuo autónomo y auto-determinado, un colectivismo radical sumerge al individuo en la trama del mundo hasta asfixiarlo, hasta diluirlo, hasta desustanciar toda autonomía y disposición interiores. Esta posición es irreconciliable con una voluntad autónoma, con una libre disposición interior, con la expresión auto-determinada de la individualidad (en la medida en que, por ejemplo, nuestra personalidad y carácter nos son innatos y esenciales, sin atender a las partes mediadas por el entorno, de la misma forma que la semilla contiene, dentro de sí, el árbol). Por tanto cualquier postura anidada en un colectivismo semejante tiende a identificar todos los procesos y valores internos de la persona (ideas, convicciones, voluntad, virtud; amor, ética, …) en términos socio-culturales y no como realidades personales, auténticas, únicas. Tiende a explicar todo desde lo colectivo o contextual. El sentimiento de amor o la convicción ética serán reducidos a mandatos sociales; se dirá que el individuo participa de esos estados de manera automática debido a que su entorno así lo establece. Esta postura radical considera al ser humano un contenedor vacío, una tábula rasa, que se rellena sólo en tanto animal social. Niega de manera tácita toda autonomía existencial (Scheler) y toda autonomía moral (Kant). La primacía de este punto de vista es la deriva absurda de todas las teorías de la colectividad, algunas veces en su versión canónica tradicional, cuando las religiones disuelven la virtud individual en el grupo, y otras veces, de manera más sangrante, en su versión secularizada, como el marxismo o el estructuralismo, cuando no sólo sepultan al individuo con el peso del dispositivo social sino que, además, se dedican a describir las incapacidades e impotencias de la persona media. Todo acierto en las aportaciones de estas disciplinas queda arruinado en el momento en el que se hacen incompatibles con una defensa igualmente sosegada de la libertad individual.

Esta visión extrema del colectivismo permea el arquetipo de la víctima, la anulación de la épica personal, la incapacidad de la persona de encontrar dentro de sí valor intrínseco. Es también (y como correlato a ello) el centro de gravedad de religiones o teorías cuando éstas postulan verdades que se deben acatar indiferentemente de la subjetividad de la persona. En este sentido la ciencia, el feminismo o cualquier doctrina puede incorporar la vara de este colectivismo si viola, homogeneiza, pretende rellenar desde fuera o ni siquiera considera como realidad la subjetividad humana. En la modernidad política, esta posición se traduce en el formalismo determinista de Hobbes: el Estado, y sólo el Estado, debe garantizar el orden social. Hablamos así de un colectivismo de estructuras, la primacía de una determinada arquitectura social por encima del respeto por la voluntad del individuo. De manera insospechada, existe una secreta complicidad entre fascismo, comunismo y liberalismo. Mussolini, Lenin y Hayek están de acuerdo en impostar la autoridad del Estado a la libre y autónoma disposición moral del individuo, pues ninguno de ellos propone que los individuos, reunidos y haciendo uso de su libertad interior constitutiva, decidan sobre su modelo de organización social. Un Estado más o menos protagonista; para todos ellos el Estado es necesario per se, a priori, indiferentemente de la voluntad de sus gentes: la esfera colectiva debe imponerse a la subjetividad individual. La teoría del consentimiento, expresada en la formulación del contrato social, si bien constituye un paso de superación frente a un estatismo legitimado sólo desde sí mismo, no consigue colocar la decisión real del individuo como fuente de legitimidad del sistema, pues si bien formula el procedimiento, explica la soberanía del individuo en términos de un individualismo tipicamente ilustrado: un sujeto que se cree autónomo, capaz de decidir desde sí mismo, sin fuentes externas. No comprende que la voluntad personal puede estar fuertemente mediada por un entorno que, entre otras cosas, puede dar cobro a esa influencia precisamente como auto-justificación aparentemente democrática. Y este despiste ahoga toda defensa de la libertad individual en tanto no se investigue lo constitutivo de ésta; si existe, en resumidas cuentas, libertad de conciencia suficiente para calificar las decisiones individuales como genuinas. La historia de la propaganda puede facilmente quebrar la mistificación que la validez del contrato social adquiere en sociedades con gran capacidad de adoctrinamiento.

La voluntad de poder en NietzscheFoucault también es manifestación de este tipo de colectivismo anulador cuando prescribe “la muerte del hombre” en tanto que individuo. Para este Foucault la conciencia es un accidente epistémico, doblegada de manera perenne por estructuras de poder externas. Es decir, la interioridad individual es coloreada (y en este caso, dirigida) totalmente por el entorno. Esta determinación colectiva extrema supone el caos del relativismo epistemológico: todo significado depende de forma total del contexto colectivo, incluso la propia integridad individual. Foucault quiere desenmascarar las pretensiones de validez de las ciencias sociales como imperativos de poder, de lo que se deduce que este poder tiene una capacidad perentoria sobre las conciencias. Es decir, no existen individuos competentes para dar(se) y comprender significado; sólo existen sujetos autómatas, clónicos, que reproducen el dictado del grupo no por convicción sino por ausencia de capacidad de elección, ya que lo que se está negando no es la decisión, acertada o no, de la persona por pertenecer a un grupo y dejarse influenciar, sino cualquier grado de determinación subjetiva. Todo ésto se viene abajo cuando entendemos que la propia reflexión o el propio pensamiento filosófico sólo pueden realizarse como expresión y como intencionalidad de la individualidad más pura. Foucault niega la determinación individual para sobrepujar un poder colectivo omnímodo salvo sobre sí mismo, pues él resulta ser soberano de su propio pensamiento y encarna una voluntad auto-determinada por combatir al poder. Es esta individualidad, invisibilizada tanto por este Foucault como por aquel formalismo estatalista obligatorio, la que puede desarrollar un legítimo sentido crítico y llegar a proponer discursos y sistemas alternativos; su atropello es sin duda lo que configura los colectivismos de la disolución. Foucault, consciente de la contradicción que encarnaba su propio personaje, terminó abandonando este posicionamiento tan radical.

 

La moralidad como localización del sujeto

Si el problema del individualismo posesivo es negar u ocultar todos los contextos colectivos que nos determinan, lo que hemos llamado las fuentes externas, el problema del colectivismo exaltado es negar todo rango de valor autónomo interno al sujeto. Esto quiere decir que nuestra posición ante el colectivismo no puede ser ni una entrega inconsciente (que suspenda nuestra soberanía interna) ni tampoco una fingida huida de todo colectivo (que nos reafirme en una hiper-individualidad desvinculada). El ideal que conduce a Schiller a plantear una utopía estética contiene una noble intención que conviene recuperar aquí. Ignorando ahora el planteamiento estético, Schiller pretende fundamentar un orden social en el que “cada uno esté en sosiego consigo mismo en su propia cabaña, y en cuanto salga de ella pueda hablar con toda la especie”. Schiller habla desde la encrucijada histórica de la modernidad, en un momento decisivo donde se comprendió que el ideal ilustrado de hiper-individualidad desvinculada construía individuos convencidos de una soberanía excesiva, algo que redundaba en una apatía social, en ausencia de hermandad en un plano convivencial, pero antes de todo ello, en una renuncia a comprender las fuentes externas. Habermas recuerda el noble ideal de Schiller y formula un sencillo esquema en el que localiza las fuentes internas y externas: “a los hombres que como trogloditas se esconden en cavernas, su forma privatista de vida les priva de las relaciones con la sociedad como algo objetivo fuera de ellos; mientras que a los hombres que como nómadas vagan en el seno de las grandes masas su alienada existencia les priva de la posibilidad de encontrarse a sí mismos“. Lo que Habermas recoge aquí no es sólo la comprensión de las fuentes internas y externas del sujeto, su dimensión privada y colectiva; a lo que esta constatación le conduce es a la articulación de un planteamiento moral. Si, con Levinas, aspiramos al noble ideal de la acogida del otro, de hospitalidad, primero hemos de comprender la localización colectiva de ese otro, no para instalarnos en la diferencia entre sujeto y objeto, entre individuo y colectivo, sino para trascender cualquiera de las dos desidentificaciones con la totalidad. Esta ética de la acogida de Levinas, que con Martin Buber afirma que “toda vida verdadera es encuentro”, sólo es posible en la medida en que nuestra voluntad individual se oriente a construir un colectivo más allá del gregarismo. Pero ello significa, a la inversa, que nuestra comprensión de las fuentes internas y externas es lo que determina nuestro sentido moral.

Si nos afanamos por construir una individualidad constitutivamente blindada de las influencias del entorno, nuestro cántico por la responsabilidad individual será inmisericorde con toda circunstancia donde la injusticia dependa del entorno. Nuestro sentido de justicia no comprenderá el marchamo de responsabilidad que las estructuras sistémicas y culturales imprimen en la realización de la voluntad individual. Nos parecerá indiferente el hecho de nacer en una familia con privilegio social o en un entorno de exclusión marginal. El fracaso personal será signo de debilidad individual y no el resultado de las estructuras del mundo. Nuestra idea del bien necesitará articularse en algo así como la realización absoluta del bien personal de todos los individuos, un interés particular maximizado, que ignorará el significado y posibilidad que la trama intersubjetiva de lo social ha otorgado a lo que consideramos puramente propio. De manera análoga, desde el colectivismo de la disolución, la responsabilidad individual no existe como valor, pues todo es proyectable en las estructuras colectivas del mundo. La culpa se traslada, de una irresponsabilidad individual, a una opresión asfixiante del entorno. Y la idea del bien quedará presa de las consabidas aporías relativistas donde toda pretensión de bien individual será tachada de artificial en la medida en que ese rango de valor subjetivo será visto como una cristalización del entorno en individuos vacíos.

 

Éste es sólo un pequeño boceto del complejo entramado que configura nuestra identidad conforme a la identificación que hacemos de las fuentes internas y externas y, con arreglo a ello, la edificación posterior de nuestro sentido moral. Este sentido moral fundamenta después las teorías e ideas que incorporamos como las que consideramos más adecuadas en función de dónde posicionemos lo moralmente bueno; pero, en última instancia, todo el proceso depende de dónde nos posicionamos nosotros con respecto al mundo, a saber, encerrados en nuestra cabaña, diluidos en las grandes masas o, con mayor fortuna, en medio de la eterna puja, en el choque óntico, entre lo individual y lo colectivo.

Orgullo LGTBI y la política del reconocimiento

Entre las consignas más laureadas desde las celebraciones LGTBI del mundo occidental sobresalen aquellas que claman por una mayor visibilidad de la diversidad sexual. La motivación que ello contiene es la de influir en el contexto social para ganar espacios de aceptación en lo referente a las formas de vivir nuestra sexualidad. A este ánimo contribuye en gran medida la historia indigna que diferentes opciones sexuales sufrieron en el pasado y la situación marginal y proscrita que aún perdura en algunas partes del mundo. Pero el protagonismo actual de la cuestión no lo encarna, en su mayoría, la exigencia de la despenalización de la diversidad sexual en aquellos rincones del mundo, sino que más bien pasa por exigir mayor reconocimiento en nuestras sociedades.

La idea del reconocimiento social de la particularidad de distintas minorías no implica por sí misma la subversión del ordenamiento liberal universalista, expresado en la igualdad de trato ante la ley, sin discriminación pero tampoco sin privilegio hacia ningún colectivo. Ahora bien, ambas dos opiniones, la defensa de la particularidad y la necesidad universalista deben saber transigir, dialogar y evolucionar hacia el entendimiento. La propia articulación de las sociedades humanas y de la integridad individual configuran siempre, según el signo de los tiempos, mayorías y minorías que se exigen reconocimiento mutuamente. El reconocimiento de la diferencia minoritaria no sólo es exigible como pacto civilizatorio, como aceptación colectiva, sino que configura en primer orden la salvaguarda de la propia identidad individual. El reconocimiento social determina en parte nuestra individualidad, y por ello una defensa del individuo sólo puede ser efectiva desde el reconocimiento de la diferencia. Un rechazo social a alguna parte constitutiva de nuestra integridad natural, como pueda ser nuestra vida sexual, puede generar un sentimiento de represión, auto-odio y un sufrimiento existencial severo en el individuo. La construcción de nuestra identidad como personas no se realiza exclusivamente desde uno mismo, sin fuentes externas, sino que en buena medida asumimos, aceptamos y realizamos quiénes somos con arreglo al contexto colectivo. Por ello las exigencias de igualdad de trato ante la ley, sin que deban ser abandonadas, no son garantía en sí mismas de la libertad individual.

Este hallazgo pone en cuestión cierta posición del pensamiento liberal que ve en una férrea normatividad universalista el signo absoluto de la libertad personal y entiende toda revisión de esta teoría política como innegociable. Esta posición otorga al aparato normativo legal de igualdad de trato una pretensión objetivista, una asepsia impersonal e imparcial, como si tal andamiaje legislativo fuera ajeno a todo influjo cultural y en cuyo abrigo pudiera refugiarse toda realidad social posible. El propio revisionismo que la teoría liberal realiza sobre sí misma en forma de actualización histórica de los órdenes normativos da cuenta del particularismo que en realidad alberga. La historia del matrimonio prueba cómo los límites de lo considerado en un momento como universal pueden estirarse insospechadamente para alumbrar realidades más inclusivas. Así, los detractores de esta postura acusan al liberalismo de haber funcionado como un particularismo disfrazado de universalista, que homogeneiza la diferencia bajo el canon coyuntural de turno. La “cultura hegemónica” sería el reflejo de un procedimiento político histórico determinado que invisibiliza y oprime la diferencia e impide el reconocimiento mutuo. Pero la valoración sobre el estado de reconocimiento de la diversidad sexual es, bajo un mínimo de aceptación normativa, muy difícil de dirimir, y en boca de alguno de sus defensores nunca parece ser suficiente. Tal obcecación es motivo de que el conflicto se agrave también desde el otro lado.

El reconocimiento legal de la diversidad sexual no parece ser suficiente para la militancia LGTBI, que exige que la visibilidad adquiera el rango de sedimento cultural normalizado. Esta demanda está anidada en una concepción materialista de la libertad, que asume que son las condiciones estructurales del entorno las que deciden en gran parte nuestra libertad constitutiva. Esta idea, propia del materialismo filosófico, quiere incidir en que sólo si todas las opciones sexuales están expuestas y representadas en el entramado social, uno es libre de elegir con conocimiento de causa su forma de estar en el mundo. La heterosexualidad sería un sistema opresor no desde sí mismo, sino debido a la ausencia de otras opciones sexuales visibles, que no concedería a las personas la capacidad de elección sobre su sexualidad según otros modelos. Este discurso es irreconciliable con el idealismo subjetivista del liberalismo: éste identifica como génesis de la identidad al individuo en sí mismo y desde sí mismo, mientras que aquél incide en la repercusión del entorno en la construcción de nuestra subjetividad. El entendimiento sólo puede producirse en un punto intermedio donde ambas partes comprendan la parcela de verdad que contiene el discurso de la otra. Nuestra dimensión sexual está mediada por el entorno según las nociones de lo sexual que hemos adquirido y según los modelos de conducta que validamos dentro de lo que la sociedad permite, pero también es evidente un elemento genético en nuestra forma de ser, y no resulta sensato considerar que los heterosexuales deben su condición a una pura ausencia de alternativas, pues así se les está negando, en nombre de la libertad sexual, la capacidad de ser efectivamente libres.

Mucho más grave, en cualquier caso, resulta dirigir las exigencias de reconocimiento hacia un trato normativo favorable hacia el colectivo, con privilegios de discriminación positiva o prerrogativas legales exclusivas. Este camino no promete más que la victimización perpetua del colectivo, que lejos de dejar de considerarse marginado o inferior, se reafirma tacitamente en ello para permanecer en un trato favorable, lo que conduce a una situación acomodaticia insolidaria con una igualdad real. En resumidas cuentas, este camino no conduce a un reconocimiento social por consenso y aceptación, sino por imperativo legal. El reconocimiento no se dirige así en horizontal hacia el resto de la sociedad, hacia las personas, sino en vertical hacia las instituciones, que deben garantizar tales privilegios, no solamente con indiferencia de la opinión pública sino en su perjuicio. Perjuicio debido, esencialmente, a que esta posición asume el proteccionismo institucional como garante de la libertad de las minorías y de manera implícita culpa al resto de la sociedad de su anterior sumisión, ahora aliviada por el brazo del Estado. El foco de la aceptación se desplaza del entendimiento intersubjetivo y cultural hacia lo legislativo, de forma que se generan diferentes grupúsculos sociales minoritarios protegidos de lo que, se asume, sería la barbarie interpersonal. El peligro aquí radica no sólo en la subversión de lo que se considera un logro de la cultura occidental moderna, el principio de igualdad ante la ley, sino en la articulación implícita de una opinión nefasta de nuestras relaciones interpersonales, que las consideraría en puridad destructivas e intransigentes, todos contra todos. Lo que subyace aquí es una opinión de odio entre iguales, una suerte de incapacidad innata para convivir de manera saludable. Se olvida de manera fatal que allí donde las diferentes opciones sexuales han sido y son perseguidas con mayor dureza, lo son no por obra de la gente del común, sino por mandato de marcos normativos institucionales; son perseguidas porque se ha legislado para ello. No es aceptable, por un lado, aplaudir a quienes con una épica encomiable han defendido la diferencia sexual en tiempos de represión, y por otro, dar la espalda al entendimiento humano real y solicitar en su lugar el proteccionismo normativo de instituciones bajo cuyo mismo nombre se reprimió la diferencia. Los cánticos por un amor libre que se entonan desde la defensa de la libertad sexual quedan desvirtuados si su propósito primero es encontrar apoyo en las instituciones (que así ya lo reconocen) y no el reconocimiento de otras personas. Hay una gran contradicción en señalar que la libertad sexual se realiza de manera material en la visibilidad social de distintas opciones sexuales y a la vez restar importancia al entendimiento y el diálogo saludable entre personas. ¿Quién posibilita, a fin de cuentas, esa libertad sexual, si no el resto de individuos? Sólo en la medida en que somos reconocidos, no por las instituciones sino por nuestros iguales, nuestra dimensión sexual adquiere sentido pleno.

 

La obsesión institucional

Hablar de reconocimiento horizontal significa reafirmar los espacios de diálogo interpersonales fuera de la tutela de las administraciones y de las empresas. Significa volver la mirada hacia la multiplicidad mundanal, adquirir la sabiduría experiencial de cuán diferentes somos las personas en el trato entre iguales. No todo el mundo está dispuesto a transigir con nuestras necesidades de reconocimiento, pero es difícil valorar dónde comienza la valentía por atreverse a ser, dónde la cobardía por miedo a no ser aceptado, y dónde reside la intransigencia real entre quienes se afirman a sí mismos y quienes no lo respetan. Anteponer esta búsqueda al reconocimiento institucional significa, a fin de cuentas, fundar un orden social de cooperación, encuentro y reconocimiento voluntarios, o al menos tender a ello, y reservar la protección institucional como último resorte de auxilio en situaciones de trágico desacuerdo.

Esta obsesión institucional es precisamente el principal punto de fuga de las contradicciones que ocurren hoy día en el seno del movimiento LGTBI. El debate entre las pretensiones de universalidad (todos iguales ante la ley) y el reconocimiento del particularismo de minorías sociales no conserva ya si quiera su plena vigencia, pues este particularismo que el movimiento LGTBI quiere defender se ha convertido, intramuros, en exclusivista. El colectivo se muestra reacio a integrar las voces que provienen de sectores distintos a la izquierda, y con ello abandona gran parte de su coherencia para instalarse en un arribismo partidista interesado, desatento de la ética del discurso, de la reconciliación y reconocimiento auténticos. La visibilidad tiene ahora condiciones políticas, y con ella, la libertad sexual también. En esta nueva situación pueden rastrearse los estragos típicos del revanchismo político. La izquierda ha encontrado en la lucha por el reconocimiento sexual una forma de señalar con dedo acusador a sus enemigos sempiternos y auto-justificarse. Y esa inquina artificial, en un momento en que, paradojicamente, el colectivo goza de mayor aceptación social y cuenta con plena permisividad normativa legal, es la que alimenta un cierto sentimiento de repudio que auto-justifica opiniones políticas contrarias, en cuyo seno no sólo se habla de instaurar un universalismo liberal aséptico y sin mirada al reconocimiento de minorías, sino que también se llegan a denostar cuestiones personales sobre la manera de vivir la sexualidad. En otras palabras, el gregarismo del movimiento LGTBI no sólo compromete la coherencia de su mensaje sino que promociona aquéllo que dice combatir. Una mayor crispación en esta dirección sólo puede conducir a una radicalización de las opiniones reaccionarias, y con ello existe un peligro de que la culpa se desplace de consideraciones estrictamente políticas y partidistas al ámbito propio de la sexualidad. El gregarismo LGTBI puede promocionar rechazo real a la diversidad sexual. Así como una opinión política se hace exclusiva en la militancia a favor del reconocimiento institucional, así también una opinión de rechazo al reconocimiento o rechazo a la propia libertad sexual se puede politizar en otro espacio político. Pero además de a la materialización de discursos públicos, hay que atender al estado de la cuestión a pie de calle. No es de buen recibo observar a un colectivo por la liberación sexual adquirir reconocimiento social y a su vez ser testigo de cómo realiza purgas ideológicas interesadas.

Por todo ello, en un momento donde en nuestras sociedades la igualdad de trato ante la ley está en cuestión solamente, si acaso, de manera favorable al colectivo, es imperativo retirar el discurso por la libertad sexual del terreno partidista. Hay que orientar las necesidades de reconocimiento hacia la sociedad civil y sólo es un ejercicio honesto el rechazo de las prebendas que el asistencialismo institucional turnista promociona. Si bien las opciones liberales y conservadoras intransigentes deben comprender que, aunque importante, el espíritu de convivencia (y así, nuestra identidad individual) no radica en la universalidad legal sino en el entendimiento intersubjetivo, también el movimiento LGTBI debe realizarse una mirada crítica y entender que las demandas por la emancipación sexual ya están, en la forma en que fueron concebidas, cumplidas.

Hay una cuestión más, ineludible en un análisis honesto. La cuestión LGTBI hoy día se ha convertido, de facto, en la ortodoxia cultural. Todas las instituciones del mundo occidental promocionan el mensaje del movimiento con gran ímpetu. Las grandes ciudades albergan concentraciones anuales con motivo del colectivo que, en mucho, superan cualquier otra festividad local. La presencia de los motivos LGTBI en las narrativas culturales y mediáticas es apabullante, y la mercantilización del movimiento como marca es mandato empresarial obligatorio. El capitalismo trasnacional debe millones a la promoción y explotación del mercado LGTBI y lo que puede denominarse una industria cultural supera año tras año sus expectativas de crecimiento, lo que le granjea una visibilidad sin precedentes en todos los grandes escaparates, tribunas y pantallas. Por todo ello, resulta insostenible aducir que el colectivo precisa de mayor visibilidad, pues ello sólo alimenta esa suerte de insatisfacción perenne que esconde deseos de exhibición constantes de lo que, no se olvide, son motivos estrictamente privados, como es la sexualidad. Si el Orgullo ha adquirido sentido político y público es precisamente por su proscripción en el pasado y en otros lugares del mundo. La visibilidad en nuestro entorno cultural no contiene ya apenas sentido político, pues como se ha dicho, el reconocimiento debe correr más a cuenta de la naturalización y aceptación en el trato humano real entre personas que por parte de una desbocada asimetría culturalinstitucional que podría redundar, por ese giro insospechado, en un repunte de desprecio a la diversidad sexual.

Obsérvese que si un nuevo desprecio de este tipo arraigase en algún espacio político, el movimiento LGTBI tomaría un nuevo impulso auto-legitimador, pero la convivencia real entre personas quedaría más quebrada. A sabiendas de todos los intereses políticos y económicos depositados tras la industria internacional LGTBI, cabe invocar: cui prodest? Un nuevo desprecio a la diferencia sexual podría venir a revalidar y potenciar todos los intereses que, al haberse alcanzado un escenario de gran aceptación social de la sexualidad plural, ya casi se han agotado. Se debe pues fijar el reconocimiento humano en la convivencia horizontal como objetivo honesto y con seguridad libre de posibles intereses espurios derivados de las dinámicas sistémicas del mundo. De otra forma, la defensa de la integridad sexual como reconocimiento amable y real en el trato entre personas no está garantizado.

Vox: estrategia de contención

La descomposición y desprestigio de los discursos políticos en nuestras sociedades durante los últimos años han generado en mucha gente una muy cierta conciencia crítica, un despunte de lucidez, una inquietud que ya no se deja(ba) embaucar por los hipnotizadores, por las viejas siglas de la política. Mucha gente ha experimentado como realidad inmediata un engaño profundo y una decepción por las promesas prometeicas de los diferentes discursos. La teoría política está enfrentada con la realidad vital de muchas personas. La escasa adecuación del teoricismo simbólico y dialéctico de los discursos políticos con la realidad del mundo ha originado una crisis de representatividad: ha resaltado la calidad puramente fantástica de la ciencia política, ha engrosado los marcos antes difuminados que insertan estos discursos en el estricto ámbito de la ficción.

Rasgar el velo que envolvía al espectador con la función, la realidad con la teoría; romper ese silencio cómplice, encender las luces de la habitación, provoca la constatación más trágica de la modernidad, el final del hechizo. Mediante estrategias muy diversas hemos sido embaucados para creer en el supermercado ideológico, se nos ha dicho que la virtud política consistía en reflexionar y documentarse sobre qué papeleta, de entre un surtido de tres o cuatro colores, era dado elegir. Pero nuestra propia estancia en el mundo, nuestra experiencia, nos desengaña, nos hace incómodos en nuestra butaca. Cada vez más gente entiende en sus propias carnes, sin que ésto sea un nuevo color político, la calidad artificial, tramposa y embustera de la politiquería, de toda ella.

El parlamentarismo viene arrastrando esta crisis orgánica de representatividad desde hace décadas. La abstención crece cada nuevos comicios, pero sobre todo, el pensamiento político languidece. Los discursos ya no significan nada, no dicen nada, son pura fraseología vaciada de contenido sólo vertida con intención de enfrentar a la otra facción. Izquierda y derecha no conforman ya ningún debate político, tan sólo son categorías que se utilizan como disyuntiva para generar la sensación de enfrentamiento. Lo importante es la escenografía, el combate, desdecir al otro mientras aquél me desdice a mí. Esta dialéctica impone una necesidad de mutua dependencia. Las viejas fórmulas ya han sido ensayadas, han evidenciado su fiasco y, a falta de nuevas ideas, ideas originales de raíz, izquierda y derecha se definen como polaridad enfrentada más que como proposiciones originales. Están definidas en negativo, en el combate al contrario y, por tanto, se necesitan mutuamente.

Esta realidad, observable por cualquiera, somete al parlamentarismo, ya de por sí limitado y tramposo, a una situación de radicalidad encendida. El turnismo político en la actualidad deviene en un movimiento pendular más acusado. La polarización de los no-discursos responde a esta representación en el Parlamento con tintes de batalla final. Sólo un nuevo pico acusado de tensión política hace a los rezagados que aún están sentados viendo el teatrillo político permanecer atentos y vociferar por su elenco predilecto. Mientras la sala se vacía, los huérfanos de afecto, los más ingenuos, aquéllos que se autoengañan, los de floja voluntad; todos ellos, los del morbo escénico, los atormentados, los interesados que de ello cobran, los cómodos en sus butacas; mientras el buen público abandona, ellos siguen sentados. Las dinámicas colectivas de ilusión de pertenencia, la disolución individual en el grupo, la irreflexión y las bajas pasiones se acentúan para los que se quedan, mientras que quienes se van abandonan el barco aquejados de un desengaño que sufren a título individual.

Podemos, Cs, Vox: estrategias de contención

Para encauzar a los descontentos, para contener a los nuevos indómitos y hacer de contrafuerte del templo democrático en ruinas, el Parlamento agrega nuevas realidades, inventa y crea partidos que casualmente responden a pulsiones sociales del momento. En nuestra corta historia reciente de turnismo polítco, ha habido dos momentos clave de confección a medida del traje del emperador: la creación y promoción visceral de Podemos, y la creación y promocion visceral de Vox. Ciudadanos es ese tercer eje sobre el que pivota la imantación política en la actualidad, quizás el más nefasto en el sentido de lo acomodaticio, la banalidad, la pereza mental y la falsa modestia.

Podemos fue el primer producto lanzado con ánimo de revertir la disuasión que las mentiras políticas habían generado. Podemos perpetuó la duración del hechizo parlamentario gracias a su neolenguaje buenista y su simulacro asambleario; fue el gran secuestro de la juventud, un gran golpe al pensamiento creativo y libre de la calle. La herida aún sana en muchos a quienes ha dejado huérfanos de confianza. Para otros, esa herida fatal ha devenido en ansias de revancha. El odio acumulado hacia los renombres del partido es quizás el mayor capital del que se valen los nuevos estafadores para erigir su fortaleza. El desprestigio de la izquierda es incólume, imparable y Podemos capitaliza su mayor expresión, pues su credibilidad fue levantada sobre el antiguo cementerio de la izquierda. Esta doble derrota de la izquierda moderada y radical es una realidad compartida en todo Occidente. Desde hace décadas la izquierda era un cadáver político en avanzado estado de putrefacción, pero a su naufragio intelectual se ha sumado su desprestigio en la calle. Son precisamente estos abusos, los delirios de esta izquierda moribunda y enloquecida los que han prendido de nuevo la mecha del descontento civil.

Para frenar la estampida de descrédito y la huída de las instituciones ha aparecido Vox. De la misma forma que hizo la izquierda vanguardista con Podemos, la derecha se ha lavado la cara para formularse como creativa, original y necesaria. El cementerio sobre el que levanta Vox bandera es un doble erial; por un lado, está la vergüenza de la derecha tradicional, que ha replicado sin pudor las memeces izquierdistas, y por otro está el propio estercolero de la izquierda. En la práctica, Vox se formula como solución institucional, como nueva papeleta, una argucia ya desgastada quizás en su escenificación final. Vox es el rechazo político mayúsculo, es la renuncia a la horizontalidad, al encuentro popular y al estudio, reflexión y acción sobre el presente alejados de la maquinaria estatal. Vox es un nuevo flanco de contención, que ya capitaliza cantidad de buenas voluntades que, en su ausencia, podrían estar poniéndose en común para tejer redes de encuentro, apoyo, reflexión y acción sobre nuestras vidas. Vox es volver a delegar, volver a confiar y volver a entregar el destino político a políticos de profesión. Vox es volver a reafirmar el parlamentarismo, es confiar en el Estado. Al igual que hizo Podemos, Vox, sus dirigentes, se han apoderado de discursos de descontento que se estaban dando de forma genuina a nivel popular. Han instrumentalizado el rechazo civil al feminismo y a la sustitución cultural en marcha, a la vez que intentan reafirmar la identidad española con arreglo a un patriotismo tribal, que no es más que un nacionalismo de mayor diámetro (del mismo signo que el nacionalismo regional que afirman combatir). Quienes hoy confían de buena fe en Vox, quienes se han dejado hipnotizar por el poder de la publicidad política, son la imagen especular del 15M que terminó votando a Podemos, y la caída anunciada del prestigio de Vox, por todas las inconsistencias que contiene y en tanto van encabezados a incumplir sistematicamente lo que ahora vociferan, igual que hiciera Podemos; su caída, dejará muchos huérfanos y enfurecidos

Viñeta VOX JM NIETO

Hay algo mas. Mientras Vox se alimenta ahora mismo del fiasco de Podemos y el descrédito del progresismo, la izquierda necesita del ascenso y obra de Vox y de la nueva derecha para renacer. Es por ello que desde que Vox ha sido termómetro social, ha recabado voto y trozo del pastel, la estrategia mediática del progresismo ha pasado del silencio sobre su existencia o el insulto sobre su programa a la moderación en los discursos. La izquierda sobrevive en un estado tan raquítico de existencia que sólo un desprestigio ajeno puede devolverle atención. Este juego propio del politiqueo más infame debería hacer desistir al que por castigo ahora elige a Vox. El voto por Vox es poner a Vox contra las cuerdas, es hacerles responsables de cumplir, ante lo que la izquierda, por fin, se frota las manos. La única forma de abandonar un juego tan sucio y no ser instrumento de operaciones de manipulación masiva es desconfiar del Parlamento. El ritual del voto sólo sirve, además de para poner políticos-funcionarios y quitar otros, además de para hacer cambios insignificantes, nimios; además de para hacer a los discursos caer y renacer con más fuerza; el voto sirve, además, para mantener una hemiplejia mental indecente, una parálisis, un culto y una gran mentira, la mentira de la libertad política en el Parlamento.

París 2015: Estado de Excepción

Por principio, la información institucional es falsa, porque lo institucional no responde a una exigencia de verdad sino a una necesidad de interés. Sólo si la verdad y ese interés coinciden, las informaciones aciertan en algo concreto, pero no como voluntad de verdad sino como conmiseración. Quien no entienda esto deposita una fe ciega en las instituciones y además ignora del todo la historia, que enseña lo inmisericorde de las relaciones internacionales y el abuso de la informaciónpropaganda. Quien sea consciente de ello quizás crea que el interés del poder y el suyo propio son compatibles y por eso lo avala. Es notorio que nunca podemos saber tal adecuación, ya que nunca conoceremos en detalle los verdaderos intereses institucionales, por lo que confiar en los mensajes mediáticos supone la mutilación de nuestra conciencia con toda certeza.

Siendo concretos y descendiendo a la realidad, tomando por caso acontecimientos recientes en Francia: es imposible conocer la autoría de la masacre de Paris de 2015. No se puede saber el origen del ISIS, quién lo financia, quién o qué lo impulsan. Nada más se puede trazar a brochazos un esquema de algunas cuestiones, al cotejar información con arduo esfuerzo, a sabiendas de que gran parte de la verdad permanece insondable para el común de los mortales, desquiciado y temeroso, creyéndose un Dios digital capaz de desempolvar una verdad que se filtra milagrosamente por la Red. La Era de la Información inocula a las personas esa ‘capacidad de saber’, que en la práctica es devoción ciega por fuentes ajenas. Sólo los resultados históricos, vistos en perspectiva, demuestran los intereses que en el momento en cuestión han movido el gran tablero de ajedrez de la geopolítica. Cualquier aproximación a la verdad del presente es arrogancia, principalmente porque la mayor parte de los documentos decisivos sobre las estrategias actuales permanecen clasificados en régimen militar, y también por lo ya mencionado sobre el interés de las informaciones que trascienden.

Lo que sí se puede hacer tras los acontecimientos de París es analizar el impacto social, las expresiones psicológicas personales y colectivas que florecen como consecuencia. En lo concreto de los hechos, Francia y todo Occidente han vuelto a invocar esta vez el mito de la Gran Amenaza Externa, ese gran mal que amenaza la fingida armonía y ética de los paraísos constitucionales. Por supuesto, me refiero, ha sido invocado desde los centros de poder, agregando un nuevo episodio, una nueva cabeza, a este gran monstruo concreto que nos toca vivir, que es el islamofascismo.

La realidad concreta de este Islam radicalizado es completamente irrelevante para proceder a un análisis concreto de lo que de verdad ocurrió en Francia a finales de 2015. En los hechos: la muerte en París de más de un centenar de personas, tantos otros centenares de vidas truncadas y, como consecuencia que escapa de la concreción de los allí presentes y alcanza a todos, la justificación de políticas policiales y la exhibición de la omnipotencia del Estado. Con motivo de la masacre, el Estado francés decretó el estado de emergencia para la semana posterior al atentado, siendo extensivo durante meses.

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El ensayo del estado de emergencia, estadio plenamente constitucional que consiste en una suspensión progresiva de las prerrogativas civiles (hasta llegar al estado de sitio, donde el ejército hace visible su control total de la sociedad), bien demuestra lo tramposo del constitucionalismo en términos absolutos. Su decreto sólo es asumido por la sociedad ante la necesidad visceral de una gran amenaza debido a un miedo noqueador. Interesada o no tal amenaza, lo importante es que la constitución ampara su propia anulación, y así hace que reluzca su naturaleza: todo régimen constitucional contempla una dictadura militar. Si la historia del constitucionalismo contemporáneo es corta, más lo es la historia de los estados de excepción y sitio, muy pocas veces practicados. Es muy posible que su decreto constituya todo un ensayo de ejercicio de poder y que su mandato se aproveche para reajustar fallas institucionales, especialmente en terreno militar, con nombramientos y destituciones sumarias, presupuestos inflados por exigencias del guión, desarrollo e implementación de nuevas ingenierías de guerra (como sucedió en Irak tras el 11/s), etc. Estas maniobras de urgencia también se utilizan como tributo o como exigencia de pago en la geopolítica internacional, para balancear alianzas (la presión de los acreedores sobre los deudores del PIB), redactar tratados de derecho internacional según nuevos vectores, amén de toda la reorientación que sufren grandes generadores de opinión como Naciones Unidas en sus diferentes cumbres futuras (tratados por la paz con neolenguaje bélico: yihadismo, ciberteorrismo, etc., así como el acuerdo internacional por legislar en materia común).

No se puede menospreciar la cuestión macroeconómica, que sufre de una volatilidad atroz tras la militarización institucional. Conviene ver que en todo momento el Estado mantiene una estrategia de guerra, pues ésa es su naturaleza; la diferencia radica entre un estado de guerra latente o beligerante, y los estados de emergencia y sitio son la ceremonia inaugural de toda maniobra agresiva. A mayor protagonismo militar, la estrategia del estado se torna bélica, de guerra, y como es sabido, toda guerra es una gran empresa. El decreto de un estado de emergencia a la luz de acontecimientos de este calibre es considerado todo un símbolo fetiche para el mercadeo internacional, en la actualidad eminentemente bursátil, y no en vano, a comienzos de semana tras los atentados, las empresas armamentísticas cotizaban al alza.

Como siempre, el foco de atención ha sido desviado de las cuestiones decisivas, y a fecha de hoy insiste en querer poner rostro a los asesinos. Mientras tanto, toda la arquitectura estatal muta, como algo ajeno a las personas pero siendo la matriz que las ordena, en lo que es un olvido fatal de nuestra condición presente. Por supuesto la existencia de esta realidad, la sumisión a la política de Estado, no es algo exclusivo de estas ocasiones: ocurre siempre. Pero es en estos momentos, gracias a lo implacable de los estados de emergencia y sitio, cuando es más evidente su naturaleza. El Estado de Derecho se desvanece como un mal sueño y resuena hueco cuando sale al frente la quintaesencia del poder, y su señuelo, la Constitución, de repente tiene condiciones. Éstos supuestos son sin duda buenos momentos para hacernos conscientes de ello.

El asesinato en masa dentro de las fronteras occidentales funciona de catársis para la aceptación de un estado militar protector, al menos durante los primeros momentos tras los hechos, mientras la opinión pública sigue visionando los vídeos caseros del suceso (quizás ya no confía en los vídeos de telediario, como si eso fuese una victoria), que contribuyen al delirio de la era digital, la imposibilidad de saber, que nos hace llegar a callejones sin salida, debatiendo sobre quién es el Estado Islámico o quién es responsable del mismo, ignorando de forma pasmosa los millones de informes confidenciales que nuestros estados de derecho se reservan. La masacre funciona de embrujo; apenas nadie concede importancia al decreto de emergencia, y quien lo hace le concede necesidad o conveniencia. El miedo es el principal agente inmovilizador que agota la curiosidad por pensar el presente.

Culpar a Francia de sus negocios con Siria supone pisar un erial importante. El ejercicio militar está exento de rendir cuentas ante las poblaciones, principalmente porque se desconoce lo sustancial de sus acciones. Sus reportes son materia clasificada, su jurisdicción, específica y blindada. Los reporteros de guerra no tienen acceso a ningún tipo de documento logístico o estratégico ya que su divulgación está prohibida y los que acompañan a los militares (embedded journalists) nunca reportan acciones comprometidas; constituyen la democratización del frente, donde las maniobras de guerra son misiones de paz y los soldados son como un brazo armado de alguna ONG. Se desconocen los intereses de Francia y Occidente en Siria, por muchas evidencias que apunten a los combustibles u otros bienes, siempre secundarios ante lo imperioso de la estrategia entre estados. 

Si el ejercicio militar es silenciado e invisible, no lo son las políticas policiales, que son sufridas por los ciudadanos y que marcan las líneas de estrategia de control poblacional so pretexto de ser medidas de seguridad. Cada manifestación terrorista es buena excusa para implementar nuevas políticas invasivas, que bajo una lógica inocente permitirían localizar a un terrorista que consigue darse a la fuga y camuflarse, pero que evidentemente tienen otros usos de sumo interés para el Estado. A través de ellas se actualizan las estrategias de dominio, siendo en estos tiempos la ciberseguridad una prioridad. El rastreo de sospechosos yihadistas posibilita asimismo el conteo de disidentes en otros asuntos y estrecha la posibilidad de mantener actitudes contrarias a la voluntad del poder, mediante el empleo de tecnologías insospechadas y tremendas, teniendo en cuenta que hoy día el uso de la geolocalización, por ejemplo, está extendido al ámbito civil, siempre último reservorio del avance técnico.

En la actualidad no obstante la libertad de expresión es bastante amplia, cuando en el pasado el Estado ha buscado y perseguido a quienes mediante la palabra han comprometido sus intereses; pero en un futuro podría ser distinto, y evidentemente, la Policía está interesada en continuar elaborando listas de personas. Esa información por sí sola es poder. Por tanto, lo único que se puede sacar en claro del momento presente es cómo el Estado utiliza elementos desinhibidores de la libertad de pensar, como son el miedo y el acoso, para implementar nuevas políticas que persiguen objetivos que desconocemos pero ya tememos, mientras su estrategia militar permanece en secreto, a la vez que se dramatizan situaciones que invitan a pensar que la información que obtenemos nos pertenece y que podemos construir con ella una idea del mundo acertada.

Londres, ciudad de Dios

Londres ofrece una fotografía excelente de la situación moribunda de la moralidad occidental moderna. Muchos son los hábitos donde ésto se manifiesta, que como generalidad, apuntan hacia la misma definición. En Londres, las estaciones de metro tienen puertas de acceso que se abren una vez el usuario utiliza su tarjeta de transporte. En casi todas las estaciones hay cabinas de seguridad desde las que personal contratado vigila el acceso a las vías. No es difícil imaginar qué sucedería si un día todas las puertas estuvieran abiertas; no cuesta saber qué ocurriría si desapareciesen todas las puertas de acceso y no hubiera nadie vigilando la entrada y salida. Una insoportable mayoría de usuarios seguiría acercándose a las taquillas a adquirir sus bonos semanales y de alguna forma intentaría usar sus tarjetas sobre el lector. Aun sin ninguna fuerza potencialmente coercitiva vigilando (los agentes de seguridad) y con todas las puertas abiertas, los ciudadanos-bien no soportan dar un paso cerca de la línea del delito; necesitan responder a la voz que, desde dentro de su mente, les susurra ya a cada paso que dan que lo den de acuerdo con los dictados mecánicos de la máquina.

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Esto tiene muchas implicaciones. El ejemplo gráfico de un tropel de personas comprando billetes para un tren o autobús vacíos de seguridad nos indica ante todo que estas personas defenderían hasta límites insospechados el sistema. Esto es así porque forma parte de ellos, ha conseguido penetrar e inscribirse en la celda de su moralidad y sobre su consideración del bien y el mal. Aunque en la cotidianidad no pensemos activamente en la devoción por el funcionamiento de las cosas, en nuestro subconsciente está cincelada la necesidad de comportarse bien. Es en la moralidad donde se descubre el éxito del Estado, de la modernidad si se quiere; de la ideología de poder, que desde hace siglos viene ensanchándose en la conciencia de nuestra propia existencia y es en la conducta de una mayoría, si asumimos abstraer con generalidad, donde se observa la identidad entre la ley y la moral.

En Londres, en tanto mito moderno, la diferencia, o multiculturalidad, o disidencia, se diluyen tras tramposas apariencias y se descubren seres humanos clónicos, en lo referente a las dimensiones morales del individuo. Los distintos credos y culturas que habitan la ciudad son diversidad, variaciones no radicales, y no diferencia, alteridad, de una misma cosmovisión. Es en la moralidad, donde se aprecia de manera mas nítida cómo los británicos son, verdaderamente, la vanguardia del Progreso, la nueva religión occidental. La losa de una extensa tradición institucional pesa sobre las costumbres y tanto extranjeros como locales (si es que ya queda de eso) establecen su conducta no como consideración prepersonal ni como dilucidación interior sino como irreflexión y entrega ante la imposición legal. Tras unas primeras semanas en la capital de la aldea global ha sido imposible no percibir esta concesión indecente, esta delegación de la conciencia, la consideración sobre lo correcto y lo incorrecto en función de lo que es legal, está bien visto o es políticamente correcto.

El ‘ciudadano bien’, vaciado o mermado en su esencia decisiva como ser humano, está autoconvencido, a base de un amaestramiento multicanal (escuela, trabajo, medios), de la necesidad de replicar, de adoptar, la moral institucional: servir con devoción al fisco, circular por los carriles de la ciudad y agradecer la mano que le obliga a tomar comida envenenada. Para lo primero, la contribución al gran sistema del que inocentemente se siente parte partícipe, quedan algunas sabidas reticencias, en lugares como España, que a veces presume de cierta picardía e irreverencia y, no en vano, tiene una notable  tradición de la insumisión, de la alteridad, de la autoafirmación o de una economía sumergida. Pero en lo importante, el más que logrado objetivo de la moral liberal no consiste en asegurarse una explotación civil y devoción plenas; le basta con sobrepasar lo suficiente, ya superado con creces. El gran objetivo consiste precisamente en hacer obligatorio el catecismo institucional en el individuo sin que éste sospeche en lo más mínimo que cada vez un mayor número de todas sus convicciones han sido inducidas. En Londres, el servilismo reluce totémico, casi pleno, en comparación con otros lugares de España. Aquí el imperio de la ley es verdaderamente la voz ineluctable de la conciencia, está completamente invisibilizada y a la vez es plenamente presente.

El delito, el margen de la ley, es, efectivamente, ese jardín vedado que ha sido totalmente impuesto y señalado con tosquedad como el gran mal. El individuo, ya no como ser humano sino como ciudadano, es incapaz de decidir su categoría moral y distinguir entre el bien y el mal. Es cada vez más incapaz de entablar un debate consigo mismo sobre qué es lo bueno, qué es lo malo. Sencillamente, recibe caído del cielo, como mantra incontestble, un decálogo, so pena de multa, condena social o cárcel. Así, el bien, y su transposición a una actitud ética, incapaz de descubrirse en libertad y elegirse como opción personal, no existe, ni tampoco el mal, por las mismas razones. Sólo existen actos destinados a cumplir la ley y no actos destinados hacia un bien pensado, construido y elegido por la persona. Insisto, como generalidad cada vez más apabullante. Quienes ven en lugares como Londres un comportamiento ciudadano ejemplar y lo califican como un bien ético, un triunfo y resultado de una sociedad muy ‘civilizada’ olvidan la imposición moral que se realiza sobre la persona, que se filtra cada día por más canales y que tiene por objeto construir al sujeto conforme a los intereses dominantes y no construir a la persona en sí misma. De hecho, la existencia misma de una presión normativa impide la construcción libre del individuo y, por tanto, a mayor presencia y eficacia de una legislación ajena a la persona y sobre la que ésta no participa, menor libertad relativa. Esto no tiene nada que ver con denostar toda norma o categoría moral sino en saber identificar que el proceso de construcción personal sobre la conciencia moral no puede ni ser homogéneo ni ser impuesto; solamente podemos hablar de un bien moral cuando es la persona la que, sin coacciones, decide sobre sí misma qué considera bueno y malo, y después, elige el bien como actitud cívica. De otra forma, se conduce a una dejadez, una desidia por construirse en el bien, pues simplemente hay que cumplir la ley y con ello uno parece ya haber realizado su conversación moral interna. Es precisamente por esta dejadez e inversión en el proceso de concepción de las categorías morales que a pesar de movernos en el tiempo hacia delante y contar con sociedades más avanzadas cada vez somos más presos de normas pasajeras y peregrinas que se instalan entre nosotros de forma incontestable: lo políticamente correcto, la teoría del progreso o la modernidad pura como bien indiscutible. Además en este sentido el progresismo funciona como la avanzadilla que sigue reventando nuevos resortes de una moralidad genuina en pos de una moralidad construida desde fuera, desde el Estado.

Inglaterra, como parangón de una sociedad amaestrada en el bien normativo, es un paso asegurado en el camino del progresismo, y resulta temible imaginar las etapas que le seguirán. En Londres está muy bien aceptado el uso de cámaras de seguridad en todos los lugares de la vía pública y los transportes, las llamadas CCTV. Las zonas que cuentan con red de vigilancia 24 horas se consideran zonas privilegiadas. Con extrema sutileza y un éxito tremendo el sistema va logrando su omnipresencia en los espacios convivenciales; con una fórmula brillante ha logrado que se le exija una eficacia en el control que él mismo quiso ejercer. Ya nadie se siente molesto por estar siendo observado. Con excusa de salvaguardar la ley y protegernos ante algún comportamiento divergente, el sistema avanza y penetra también en las mentes, hace obligatorio desear su sometimiento y, así, se recubre con un manto divino de invisibilidad.

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Basta un vistazo histórico para hacerse evidente que el deseo de control y la eficacia del mismo van de la mano del desarrollo del progreso tal y como está llamado a suceder en nuestra sociedad. Un posible cese o retroceso del dominio del Estado y la ley sobre las personas sólo pasaría por un cambio radical de los ejes del mundo y no por una posible saciedad, pues el deseo de poder es infinito y conservador por propia naturaleza. Cuando no exista la necesidad de un cuerpo coercitivo de vigilancia porque la propia persona se haya convertido en un policía de sí mismo, otros serán los objetivos inmediatos de las élites, siempre con objeto de perpetuar su situación de dominadores, con el fin justificando los medios. En cambio, si realizamos una retirada hacia el interior de nosotros mismos; si cumplimos la ley como imperativo formal pero no como aserción moral, si no nos dejamos fanatizar e intentamos adueñarnos de nuestra conciencia ética, nos reformularemos como seres humanos. Y, posicionados en nuestro bien,  podremos implementar una actitud recta en los espacios de intimidad de nuestra vida, cada vez más escasos, precisamente porque cada vez permitimos más que la ley, por ser ley y estar envuelta en el misticismo de lo bueno, nos invada espacios de autonomía.

Podemos, simulacro democrático

‘Ganemos Madrid’ afirma que su razón de ser es “asaltar las instituciones municipales”. Su objetivo primario básico es éste y no otro. Es decir, en su constitución, su función no ha sido la de emancipar al pensamiento de los lindes del sistema dominante (sino confinarlo aún más a éstos); ni proponer una línea de acción fruto del sentimiento popular (sino inducir a la gente a reunirse para lograr su objetivo como partido-plataforma político); ni crecer en el bien común (sino confiar en una suerte de mesianismo que se apodere del poder y lo purgue de sus miserias). El fenómeno ‘Ganemos’, tanto como su origen ‘Podemos’, ni son movimientos democráticos, ni están por la revitalización de la sociedad; impiden, de facto, lo estrictamente democrático, y están por la revitalización de las estructuras de poder, y no de las personas en comunidad, que es bien distinto.

‘Podemos’ es un movimiento ferozmente institucional, que ha ido tejiendo su red de seguidores de arriba abajo, exactamente igual que lo ha hecho el resto de partidos, con la salvedad de una cierta originalidad que liquida la ya vieja forma de hacer política y mutila quizás del todo la capacidad de percibir la engañifa: pintar de democrático el proceso. Los círculos de Podemos son supuestamente, según afirman sus jefecillos, los reservorios de un movimiento ciudadano que se articula y que pretende ‘ganar’ las alcaldías, las comunidades y también el gobierno central. Pero lo único cierto es que este movimiento de ‘asambleas’ se ha creado en torno a la marca. Así, Podemos no cuenta con una representación popular real, nada más que se ha dedicado a crear la infraestructura para visualizar el grueso de sus seguidores. Este principio de acción, al que obliga la tiranía del sistema de partidos, es el que impide de facto la democracia, porque sólo realiza un simulacro de ésta, socavando su más sustantiva cualidad: la horizontalidad.

‘Podemos’ no tiene representación en el tejido social; no es un resultado al que se ha llegado sino un principio del que se ha partido, por tanto su esencia es hueca, antidemocrática. No comporta un orden moral genuino, ni el resultado del esfuerzo en un debate auto-gestionado, ni tampoco contiene una cosmovisión particular de un colectivo real, como elemento creador, ni recoge una ordenación normativa fruto del acuerdo colectivo; su estructura vaciada es su única sustancia, que será utilizada para lograr su verdadero y único objetivo: ganar las instituciones. Esto no se debe confundir con el hecho de que haya gente que participe en ‘Podemos’ que tenga unos intereses previos, por ejemplo un cierto clima de indignación y hartazgo; pero esto nada dice de la estructura, que se ha creado asombrosamente rápido y la gente se ha sumado con igual vértigo. La antítesis de este proceso fue el 15M, si asumimos que fue espontáneo, que materializó un cierto sentir popular, al menos durante las primeras horas, que finalmente fue intervenido por la ideología del poder y fue convertido en resistencia controlada, pero que hubiera conducido a un proceso largo, hondo y tedioso de deliberación, primero, y de acción, después. ‘Podemos’ y ‘Ganemos’, antes de toda reunión, ya cuentan con los principios de acción (las urnas y lo que conllevan parejo) y sólo perfilan su pensamiento en lo secundario como narcótico para sus colaboradores. La aparición de ‘Ganemos’, como supuestos brotes repentinos de una pulsión democrática y democratizante de la ciudadanía debe ser entendida bajo estas consideraciones y han de trascenderse las formas con que tan facilmente se nos convence. Un primer éxito consiste en observar que lejos de ser un fenómemo popular, ‘Ganemos’ comporta una verticalidad mutiladora.

‘Ganemos’, como aplicación del programa y del fenómeno de ‘Podemos’, ha sido igualmente inoculado, creado como movimiento social y no organizado de manera parainstitucional, como fruto de una cierta confluencia entre personas en una misma moralidad orientada a un bien común. Por mucho que en sus reuniones se den este tipo de encuentros entre personas de noble voluntad, hay que evidenciar la estafa, hay que retirar el pensamiento creativo de dichos simulacros, que lo único que harán es reconducir todo ánimo de resistencia y verdadera reflexión hacia las grietas del sistema en curso, y de esta forma liberar tanta buena fe concedida al proyecto por parte de tantas personas. ‘Ganemos’ está por el reformismo, por la conquista de la administración y su depuración, y con ello, está en contra de un planteamiento revolucionario, ni siquiera en el pensamiento. Aunque de sus reuniones salgan aciertos, amistades y crecimiento personal, todo estará destinado a componerse como alternativa de gobierno, y por tanto debe ser tenido por tal. Quien quiera sumarse al reformismo tiene derecho a hacerlo pero también a saber que lo está haciendo, y para ello, la fraseología y el mesianismo de ‘Podemos’, todo el poder mediático mediante, y la monserga de la ‘revitalización de la democracia’ son opiáceos que ofuscan y nublan las mentes. El reformismo puede ser defendido por algunas razones (ahora mismo sólo se me ocurre una suerte de interés particular), tanto como criticado por otras, seguramente más. Pero antes de descender a ese debate debe quedar claro que ‘Podemos’ y sus tentáculos ‘Ganemos’ siguen esa línea arribista, y no prometen más que rebautizar el sistema alienante, jerárquico, autoritario y ante todo, impuesto.

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En ‘Ganemos’, toda propuesta supuestamente vertida en democracia tiene por objetivo adecuarse a la conquista de la administración; tiene, por tanto, un condicionante base, que niega todo planteamiento que ponga en cuestión, cuanto menos, la conveniencia de dichas instituciones. Un movimiento popular genuino es libre en su condición primera, en su gestación, y no tiene condición; luego, su recorrido es el que es decisivo para consolidar uno o varios acuerdos. ‘Ganemos’ no está creado por la gente, ni ‘Podemos’ tampoco, sino que han sido expuestos, sobre todo éste último, en los más grandes escaparates del momento, y han sido sazonados en lo nimio por quienes se creen creadores pero son afiliados. La programación mental que hay detrás de ‘Podemos’ y ‘Ganemos’ es terrible, porque pretende identificar estos dos fenómenos; pretenden adueñarse para sí los resortes del verdadero poder libre de la gente, cada día más en jaque (seguramente, más en jaque que nunca, ya que ya no es sólo la persecución policial la que hostiga, sino que ahora es el propio pensamiento, a través del lenguaje, el que poco a poco va impidiendo concebir la democracia como algo distinto a lo que el poder dicta). En ese sentido, ‘Podemos’ y sus vástagos merecen el repudio en la reflexión; deben abandonar la retórica tan tramposa que incorporan y definirse como herramientas para la rejustificación del orden político vigente y no como agentes liberadores de las tiranías de las oligarquías, algo que nunca, evidentemente, harán.

El dogma izquierdista implícito en ‘Podemos’ y ‘Ganemos’ afirma que el sistema es bueno, deseable y mejorable. Afirma, entre otras cosas, que es fruto de sus adversarios políticos (los que están de acuerdo en lo sustantivo) su envilecimiento, y que una vez efectuada una purga, que pasa por que ellos ocupen los altos cargos, la sociedad tomará un rumbo mejor. Este delirio, aparte de denigrante para una reflexión humana honda, como todo dogma, no tiene fundamento alguno; más bien, tiene demasiadas pruebas en su contra. Pero una verdad es hecha verdad a base de repetirse constantemente, que es exactamente lo que ha efectuado ‘Podemos’ y todo el aparato mediático, institucional y hasta académico a través de los discursos ‘anticorrupción’. El escenario que plantean ‘Podemos’ y ‘Ganemos’, y que dicen poder conseguir, es uno donde la corrupción esté duramente penada, y gracias a una ‘responsabilidad’ civil del político, todo sea mejor gestionado. Si nos situamos en ese idilio inalcanzable, resuena igualmente insoportable. La corrupción es intrínseca al sistema de dominación, porque lo corrupto es lo ordenador e impositivo, que es el principio fundamental del expolio de bienes y facultades humanas que después son saqueadas o utilizadas con cinismo y maldad. En un régimen de autonomía suficiente, la acumulación extranormativa de capital, que es hoy el cliché del corrupto, es imposible o muy difícil, pero sobre todo, es indiferente. Lo que preocupa al pensamiento que está con la libertad no es el sueldo de un ministro o un diputado, es la misma existencia de dichos cargos. Sólo a quien se debate en una suerte de egoísmo le duele (le importa, le concede peso) que un eurodiputado cobre más de 20.000€ y aparta la vista de lo sustantivo, que no es su retribución, sino su existencia, porque en la crítica a algo tan secundario como su nómina está implícita su aceptación en términos de regeneración.

Lo que ‘Podemos’ y ‘Ganemos’ prometen seguramente sea muy distinto de lo que hagan; sobre todo porque la política se enmarca dentro de un espacio geopolítico internacional donde nadie realmente es rebelde. Pero si nos atenemos a lo que prometen, es lo siguiente: un regreso a un clima social donde la corrupción desaparezca del imaginario colectivo, como ocurría aquí hace una década; donde dicha noción de corrupción y su erradicación mediante leyes coercitivas legitimen un gobierno que está por un bien común ficticio, que subraye lo conveniente y deseable de instituciones y de todo el aparato del poder, ahora ‘depurado’; lo que impida que el clima popular de crispación y hastío evolucione hacia un pensamiento creativo heterodoxo, que pueda al menos pensar una alternativa, y que permita a las personas, por lo menos en el pensamiento primero, ser conscientes de una realidad social que se va ocultado con técnicas cada vez más sibilinas. Con todo, lo cierto es que la misma noción de corrupción que cada día nos asalta, con casos hiperescandolosos que curiosamente se reparten en los meses a lo largo del año con debido orden, parece haber sido potenciada para que ahora aparezca como necesidad a combatir.

Esta política de señalar al falso enemigo hasta hacerlo el único enemigo visible (en este caso, la corrupción y la ineficacia institucional) y después proponer cómo combatirlo para así empujar al rebaño hacia el mismo cerco se repite constantemente, una y otra vez, como principio sistémico. Las luces que ocurran en el seno de ‘Ganemos’ deben ser reflexionadas al lado mismo de sus sombras, siempre mayores, por tanto están prefijadas y comportan un atentado contra lo que dicen defender. El cinismo propio del discurso político, acentuado sobre todo en la izquierda, por ser quien siempre se adjunta el combate ‘revolucionario’ y quien lo traiciona tanto o más que la derecha (porque impide que el sentimiento de indignación fructifique en otra cosa) es fácil de descubrir; nada más hace falta mirar a la realidad y rastrear en nuestra mente los dogmas que impone el pensamiento moderno (en primer lugar, la necesidad de las instituciones y su conveniencia). Después, con el pensamiento sí depurado, las opciones son más legítimas, porque son elegidas. Y en dichas circunstancias de no idolatría y no en otras se puede dar un debate sano sobre lo acertado, lo oportuno, lo necesario o lo deseable pero irrealizable, de una u otra propuesta.