PSOE+Podemos: infierno convivencial y violaciones legales

El acuerdo a Presupuestos negociado y ratificado durante los últimos días constituye finalmente a PSOE y Podemos como Frente unificado de izquierda. Sus dos marcas, la de Gobierno de España y la de Podemos firman juntas un documento que compone, primero, un acuerdo ideológico, no sólo con arreglo a teoría económica, sino con foco en otras cuestiones incluso más decisivas, como es la cuestión feminista y de género, ya habituales como avatar de vanguardia de la causa progresista.
En el documento se alega que la causa feminista “es clave para el bienestar social y el progreso económico”, asunto que se trata en el epígrafe 8. La habitual y etérea formulación buenista de la izquierda da luego paso a proposiciones concretas que deben ser estudiadas como signo de la política que se quiere implementar. En este primer panfleto de acuerdo entre PSOE y Podemos (que recaudará, previsiblemente, más apoyos en el Congreso) es donde por primera vez se formaliza el compromiso en legislar las relaciones sexuales como generalidad, esto es, cubrir las relaciones eróticas entre sexos con la rúbrica de la ley, tipificando lo legal y lo delictivo, sin que sea lo anecdótico y lo casual (un desacuerdo, una violación, etc.) el abordaje primero. Aquí se pretende extender la potestad legal de dirimir entre lo adecuado e inadecuado a toda relación sexual íntima entre los sexos, y se empieza por apuntalar que sólo el consentimiento expreso de una mujer otorga legitimidad legal al encuentro sexual.
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En primer lugar, esto supone una intolerable intromisión de la ley, esto es, del Estado, en las relaciones íntimas personales, sagrado espacio de la vida privada de las personas, para el que se estipula una reforma de nada menos que el Código Penal. Es del todo ilegítimo y execrable que la ley estipule la conducta que cada persona llevamos en nuestra intimidad apolítica, que defina marcos de legalidad según qué supuestos, y esta reforma camina hacia esta dirección, pues configura un nuevo tipo penal sexual que requiere de una burocracia impositiva para confirmar la voluntad de las partes en el acto sexual privado. Es decir, se requiere una carga probatoria de la voluntad o consentimiento en el acto sexual, y “todo lo demás es no”. Ni siquiera esto es así, pues para más descaro sólo se quiere exigir la voluntad expresa de la mujer en sus relaciones sexuales. Esta reforma quiere conceptualizar y hacer normativo que, en ausencia de consentimiento demostrable, las personas (los hombres) pueden concurrir en delitos penales. Esta intromisión, repudiable en sí como asalto de nuestros espacios convivenciales, se realiza de la forma más deleznable posible, otorgando sólo a la mujer la capacidad legal de argüir que su falta de consentimiento expreso indica una violación de su voluntad, “sólo sí expreso es sí y todo lo demás es no”.

 

Infierno convivencial

El descenso de estas formulaciones a la realidad de las relaciones humanas dibuja un maquiavélico infierno convivencial. La vida de lo que es quizás nuestra intimidad más personal, nuestra sexualidad y nuestro encuentro sexual con los demás, queda intervenida por la ley, que se arroga la potestad de establecer categorías penales generales a todo encuentro entre pares, bajo la ya desvirtuada consigna de proteger la integridad sexual (de las mujeres).
La asimetría legal que otorga semejantes privilegios a las mujeres coacciona la libertad sexual entre iguales, que queda sujeta al ojo de la ley. El encuentro sexual ya no es un espacio liberado de la moral estatal, sino que, de no suscribir sus preceptos, puede constituir una ofensa, no ya personal hacia la otra persona, sino hacia la administración misma, como tipo penal formal. Esta norma sexual que quiere imponerse obliga a los hombres a tener que considerar la dimensión legal para su relación afectiva y les hace necesitar de ese consentimiento expreso demostrable para no ser, como posibilidad, señalados como agresores sexuales. Esta realidad levanta un muro entre los sexos y cancela el deseo erótico como una pulsión humana ajena a la política. El erotismo, como dimensión prepolítica, queda coartado y por tanto impedido bajo la nueva burocracia feminista. Lo espontáneo del encuentro afectivo entre hombres y mujeres debe sacrificarse por el contrato entre partes con arreglo a una suerte de psicosis social que ha cincelado en la mente colectiva la eterna amenaza del sexo heterosexual como una violación de la voluntad de la mujer. Así, mujeres y hombres se temen, las primeras por ser inducidas a apoyar medidas que se dicen “feministas” pero que ahondan en victimizarlas hasta límites indecibles, hasta que su síndrome de inseguridad les hace temer el más leve pestañeo que identifican como una violación en ciernes. Por su parte, ser varón es un agravante penal y de cara a la ley los hombres deben anteponer su capacidad de probar su inocencia ante posibles acusaciones que no garantizan su derecho a la defensa, amparada en el derecho natural de la presunción de inocencia, figura que ya es ninguneada y cuestionada abiertamente por personajes como Manuela Carmena o movimientos como el #metoo. El resultado: los encuentros heterosexuales están cada vez más intervenidos, más dificultados y expuestos a condicionantes propios de un puritanismo sórdido, y el deseo sexual languidece como dimensión humana no política, preso del deseo estatal de introducir la ley en el dormitorio.
Por si fuera poco, cabe añadir otra realidad monstruosa que deviene de la aplicación de estos principios normativos. Por supuesto que todo el mundo sabe que una persona que quiera violentar sexualmente a otra de forma contraria a su voluntad no va a solicitar ningún permiso, pues el propio acto violento implica la negación de la calidad humana decisoria. Por lo tanto, estas medidas no van a impedir las violaciones y agresiones sexuales reales, de la misma forma que la Ley de Violencia de Género no impide las agresiones en la pareja. Pero, además, bajo las nuevas leyes de consentimiento, si un encuentro sexual queda legitimado con el consentimiento expreso de la mujer, bastará con manipular, coaccionar o falsear dicha prueba de voluntad para nada más y nada menos que hacer legal una violación sexual. Este escenario obliga a pensar en situaciones donde mujeres sometidas y coaccionadas de muy distinta forma otorgan un consentimiento expreso vaciado de su voluntad real, por miedo y parálisis, que luego serían incapaces de contradecir bajo esta nueva justicia feminista. La voluntad de una mujer queda así presa no de su propia evocación ante un tribunal, llegado el caso, sino como juramento al encuentro sexual, bien a través de mensajes, aplicaciones de consentimiento, firmas, etc., lo que abre la puerta a que el verdadero violador ponga su empeño en asegurar la coartada de dichas pruebas para formalizar un acto violento sexual incapaz de ser atajado por la justicia. Así, una mujer que no otorga un consentimiento expreso tendrá cada vez más dificultades para encontrar un compañero, temerosos éstos del abuso que la ley pone en manos de la mujer de forma potencial; pero si concede el consentimiento, tendrá impedimentos añadidos si quisiera retractarse de cara a la ley si, por ejemplo, ese encuentro se torna indecente, violento o contrario a la voluntad real de la persona. Retractarse implicará arremeter contra el artificio del consentimiento expreso, que confina su voluntad, y deberá aportar más pruebas de las debidas para probar situaciones de abuso reales.
Las propuestas sobre el consentimiento sexual que abandera la nueva izquierda, ya en bloque, todos a una, les señala como maestros en la desintegración de las dimensiones humanas de las personas. Su afán totalizante, policial y carcelario les hace verdugos del pueblo que dicen defender. La indecencia moral de sus dirigentes les hace firmar propuestas políticas que pueden volverse en contra de sí mismos, por lo que el hacer de sus dirigentes no puede ni siquiera entenderse como un egoísmo embrutecido, sino más bien como un acto de irreflexión malvada, inconsciente y demencial. 

Contra la huelga feminista: comentario detallado al manifiesto del 8M.

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Resulta harto sencillo ilustrar, con un breve y mecánico comentario punto por punto, la pobreza de los textos feministas, su falaz argumentación en casi todo lo que elevan a axioma del movimiento y su peligrosidad como veneno para el alma. Con esta intención y ante el horror que provoca escuchar de un acontecimiento tal que una ‘huelga feminista’, decidí recorrer el manifiesto que lo vertebra y atajar todos los asuntos que allí se concentran bajo una cosmovisión ante todo humanista y con foco en la realidad experiencial.

El manifiesto puede leerse aquí  y del alcance que tenga tras su convocatoria dependerá el grado de preocupación que debemos mantener en el asunto. Las citas están extraídas literalmente del texto e intentar recoger los principales temas tratados en aquél.

Fue la unión de muchas mujeres en el mundo, la que consiguió grandes victorias para todas nosotras y nos trajo derechos que poseemos hoy. Nos precede una larga genealogía de mujeres activistas, sufragistas  y sindicalistas. Las que trajeron la Segunda República, las que lucharon en la Guerra Civil […]

La teoría de género en su versión más denigrante elimina de la ecuación de la historia al varón sólo en sus méritos, mientras que denigra su existencia en todo lo demás. El feminismo, como teoría del odio, no puede ver la implicación que hombres y mujeres han tenido por sus semejantes, pues su método hoy es deducir problemas político-sociales en función del sexo. En el pasado, las comunidades horizontales se han sentido concernidos los unos con las otras; han creído en problemas estructurales que afectaban indistintamente a varones y mujeres. Es decir, es completamente falso que la lucha unitaria exclusiva de mujeres haya originado situación presente alguna. La simbiosis entre ambos; la especie humana, en fin, ha sido agente de la historia, en sus aciertos y en los no tan acertados asuntos en el tiempo. Además, las mujeres no gozan de ningún derecho específico como grupo, algo que se anuncia en ese primer párrafo. También nos precede (sic) una larga lista de personas de distinto sexo cuyo ánimo ha sido el bien común. Contra la mitología progresista que empapa al manifiesto, baste decir que la Segunda República fue un régimen tiránico, violento como pocos y ante todo antidemocrático, por no mencionar la misoginia explícita de alguno de sus agentes, con Manuel Azaña,Indalecio Prieto o el propio congresismo del PSOE como ejemplos paradigmáticos, pero sin olvidar a mujeres, sí, mujeres, como Victoria Kent, que se opuso al sufragio femenino. Misoginia que fue de facto legal cuando los distintos gobiernos se negaron a atajar la brecha salarial real existente en aquél entonces o el dictámen sexista de Largo Caballero que retiró por decreto a todo el sexo femenino del frente de guerra. Merecería una mención velada, por pura decencia, la cantidad de mujeres que apoyaron el levantamiento militar del 36 ante el horror que el gobierno republicano supuso en lo concreto de aquella primavera, por no hablar del cruel número de asesinatos políticos que la República llevó a cabo como expresión de su esencia tiránica y genocida, muchos de ellos mujeres del pueblo (Casas Viejas es un buen ejemplo típico). Así que si se conviene hablar de las mujeres que trajeron la Segunda República (sic), hay que recordar también a las multitudes femeninas que trajeron y apoyaron el Franquismo; conviene no olvidar a la Sección Femenina, tampoco, lo que prueba que el sexo no es ni mucho menos una categoría definitoria de la conciencia ni puede elevarse como una antropología socio-cultural de la historia; mas al revés, mujeres ha habido de distinta condición, tanto como varones; amantes de la libertad, sinceras, cobardes, embusteras, madres y malas madres, poderosas y sin poder. Las mujeres son capaces del bien, del mal, de ansiar la libertad o de estar cómodas en el sofá de su adoctrinamiento.

Exigimos que el Pacto de Estado contra las violencias machistas –por lo demás insuficiente– se dote de recursos y medios para el desarrollo de políticas reales y efectivas que ayuden a conseguir una sociedad libre de violencias contra las mujeres y niñas[…]

Como grata sorpresa cabe destacar la mención, como una de las primeras veces en la ortodoxia feminista que se hace de la infancia (aparte de las habidas en su doctrina, en suma denostables, como las recogidas en la obra de Kate Millet o Judith Butler) , claro, para rapidamente denunciar de nuevo la mutilación sin ambages que a su vez se realiza. Olvidar a los niños varones en un ámbito que sufren indistintamente es repudiable. La violencia contra la infancia es monstruosa y muy real, y precisamente la norma clave del feminismo institucional, la Ley de Violencia de Género, silencia todo tipo de violencia entre los sexos que no sea la que sufre una mujer adulta heterosexual por parte de un compañero sentimental. El hecho de que el único ánimo del legislador sea estigmatizar las relaciones afectivas, sugiriendo que toda relación heterosexual es una relación de dominación, y que se olvide la infinitud de violencias que existen contra niños, ancianos, personas de distinta condición sexual, étnica, etc; ello prueba, de hecho, que la Ley de Violencia de Género es un aparato multiplicador de violencias, que busca dividir y enfrentar a las personas y que, encima, no cumple ni lo que promete, no ofrece protección alguna a las mujeres víctimas de una violencia real ni hace disminuir sino aumentar los casos de misoginia en el hogar. Después se menciona, muy a gusto de una contestación tal que ésta, el acoso en el ámbito laboral, una realidad brutal y también silenciada por la LVG, que es capaz de encarcelar a miles de varones con una inversión de la carga de la prueba, figura jurídica anticonstitucional que anula la presunción de inocencia; ello, mientras que no es capaz de atajar las numerosas vejaciones, acosos y violaciones que jefes (¡y jefas!) acometen contra empleadas y empleados. El sesgo ideológico de género, de facto, anula la capacidad para observar la realidad per se, hasta unos niveles que obnubilan toda visión certera del tiempo presente y del asunto de los sexos.

Señalamos y denunciamos la violencia sexual como expresión paradigmática de la apropiación patriarcal de nuestro cuerpo

Si con esta consigna tan repleta de lugares comunes y sin concisión alguna se hace referencia a la mercantilización del cuerpo femenino, se recuerda; primero, es el Estado, con su legislación civil, quien crea una primera diferenciación normativo-impositiva entre los sexos, en España en 1889, con el Código Civil y su designación marital, e incluso hoy día, con la LVG, que considera a las mujeres sujetos débiles, incapaces, inferiores al varón que requieren de una especial protección institucional porque no pueden atajar sus asuntos o valerse por si mismas. Segundo, que es en la historia de las sociedades occidentales y sus gentes, criadas durante más de un siglo bajo esa misma legislación misógina, embrutecidas por la obligatoriedad del salariado, en quienes ha permeado cierta misoginia cuyo origen primero reside en las estructuras dominantes, en esencia el Estado. El capitalismo, como método dinamizador y explotador de recursos al servicio del poder real estatal ha utilizado indistintamente al varón y a la mujer para inyectar multitud de ideas, hábitos o productos. La hipersexualización del cuerpo femenino no impide que el varón también sea objeto de múltiple degradación por parte del patriarcado. El varón fue obligado normativamente a dominar a su esposa, al denigrante salariado fabril, a la guerra, al servicio militar obligatorio o a atentar indistintamente a su salud bebiendo y fumando con exclusividad e incluso orgullo. El patriarcado no fue un consenso entre una mayoría social de varones para doblegar al otro sexo sino una decisión del poder, una ínfima minoría en élite que deciden organizar la explotación social del resto a base de desnaturalizar las relaciones afectivas libres humanas para conseguir doblegar la voluntad de unos y otras asignados con diferentes tareas indispensables en cada fase del magno proyecto de control social. Las derivaciones que de ello hoy tenemos son múltiples, el sexo como una mercancía más (para unos y para otras), la mortalidad laboral, que en el caso de los varones es muchísimo más alta cuando la femenina es insignificante, o el suicidio, como último atentado contra nuestra integridad física auspiciado por severas depresiones intrínsecas a este modelo de la existencia, con los varones a la cabeza de la lista en acometarlo. Los varones también encabezan las listas de personas en la indigencia en todos los países modernos. En definitiva, la apropiación patriarcal (sic) del cuerpo es, considerada la magnitud del resto de problemas político-culturales, una insignificancia, y enunciar que se trata de una cuestión exclusivamente femenina es faltar a la verdad y dar la espalda a los verdaderos problemas de nuestro tiempo.

¡BASTA! De opresión por nuestras orientaciones e identidades sexuales! Denunciamos la LGTBIfobia social, institucional y laboral que sufrimos muchas de nosotras, como otra forma de violencia machista

Aducir que la LGTBIfobia la sufren sólo o específicamente las mujeres es de nuevo una ofensa intolerable, pero además enunciar que ese maltrato es una forma de violencia machista es ya un delirio casi imposible de hacer descender y concretar para poder contestar. En general el trasfondo de este tipo de asertos expuestos sin pudor ni respeto por las personas proviene de la concesión extendida que se hace de que las mujeres son benévolas y amigables por naturaleza y los varones somos descarnados, tozudos y agresivos. Sólo cabe apelar a la experiencia vital de cada persona para poder comprobar que esta categorización cuasimilitar de la naturaleza humana es irreal. Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Además, ya que se menciona la cuestión LGTBI (o no se cuántas más letras), asumir que existe maltrato institucional, cuando un vistazo con una óptica inclusiva advierte que de hecho es la heterosexualidad la que está en jaque y vivimos en un momento de florecimiento (tras la debida siembra) y de promoción por distintos medios de la homosexualidad y ahora también la transexualidad; entender ese maltrato institucional como tradicionalista, casi canónico, cuando lo que es, en cualquier caso, es una inferencia en la vida sexual privada de las personas, es propio de una perspectiva adscrita sólo a teorías y suflamas repetidas sin capacidad reflexiva y observadora y consumidas como productos del supermercado ideológico moderno. A través de miles de canales institucionales y adscritos, debates de palestra pública, leyes como el matrimonio homosexual, medios de comunicación, series de televisión y otras narrativas del momento, se observa que la condición sexual está siendo objeto de mediación, y con lo señalado antes sobre el acoso que la LVG induce en las relaciones heterosexuales libres, olvidándose bochornosamente de las relaciones entre personas del mismo sexo (creer en un desacierto o casualidad parlamentaria es de necios cuando fue un mismo gobierno quien impulsó ambas la LVG y la del matrimonio homosexual); se concluye, en efecto, que cuando en el pasado fue lo heterosexual la ortodoxia dominante, hoy ya no es así (algunas notas al respecto en mi blog aquí y aquí). Además, las nuevas leyes de diversidad sexual ya vigentes explicitamente obligan a las instituciones a promover opciones sexuales distintas a la “normatividad heterosexual”.

Somos las que reproducen la vida.

La androfobia u odio al varón se manifiesta subrepticiamente como constante en muchos de los principales actores feministas en la actualidad. Aducir que es la mujer quien reproduce la vida cae dentro de un fundamentalismo paranoide que causa pavor. El menosprecio de la paternidad es uno de esos subtextos, cuando no una afirmación rotunda (Firestone),  que el feminismo ortodoxo contiene y que enajenan el pensamiento de la mas cruda y visceral realidad biológica. El rol de los sexos en la reproducción de la vida es una necesidad orgánica que no puede hacerse descender al terreno teórico para discutirse. Este tipo de asertos en un manifiesto llamado feminista es el punto débil de su apología inhumana y debiera ser el que permita rechazar en un primer plano su contenido por cualquiera con un sentido común de su propia vida. Siendo lo que es, un insulto a la masculinidad, a nuestros padres, hermanos, tíos, abuelos y demás semejantes que, a fin de cuentas, nos han hecho estar aquí; contra todos y todas (por negarles la capacidad de amarse), el feminismo se desmarca de toda argumentación elaborada para inducir el odio como principal motor de su militancia. Por supuesto, una gran mayoría social no está de acuerdo con este tipo de estupideces, o en el peor de los casos, está dispuesta a sentar un debate sobre el papel de los sexos en la reproducción, pero aun así el movimiento arriesga a introducir elementos de distorsión de la mas pura realidad tal como éste con el ánimo de embaucar a personas particularmente maltratadas, victimizadas, que hacen extensiva su experiencia traumática concreta al resto de la humanidad y que por tanto militaran con una actitud recalcitrante como feministas convictos.

El trabajo doméstico y de cuidados que hacemos las mujeres es imprescindible para el sostenimiento de la vida. Que mayoritariamente sea gratuito o esté devaluado es una trampa en el desarrollo del capitalismo[…] Reivindicamos que el trabajo de cuidados sea reconocido como un bien social de primer orden.[…]

El feminismo constituye uno de los reformismos del sistema actual con más visos de ser decisivo en la organización social del futuro inmediato. Para empezar, de nuevo, se esgrime la exclusividad de lo que sería un trabajo sexuado, el trabajo doméstico y de cuidados (sic) que realizarían sólo las mujeres, lo que prueba de la propia misoginia del feminismo. Anteriormente ya se ha dado cuenta del bochornoso acoso y mutilación de la masculinidad que tan libremente se predica. Pero además, en este caso, esta demanda casi sindicalista pasa por querer monetarizar (con sesgo ideológico de género) y por tanto legislar, por instrumentalizar aspectos de la vida doméstica o de convivencia, algo siempre muy a gusto del capitalismo del que dicen ser un gran mal. Aducir que el capitalismo gana o no quiere monetarizar alguna actividad humana es no haber entendido en nada la cuestión. Este reclamo se traduce en un perfeccionamiento del sistema de dominación, ambos dos, el Estado y su cuerpo de leyes y su correlato específico de nuestra era, la explotación capitalista, que confluyen en dictaminar sobre cada vez más aspectos de nuestra vida privada. Pero claro, cuando el feminismo olvida en primer lugar que es el Estado quien crea una primera diferenciación impositiva de los sexos, que en sociedades sin Estado las normas y costumbres han puesto en común a hombres y mujeres en una apabullante mayoría de veces; esto, algo imposible de concebir dentro de la agitación feminista, toma un cariz aún más preocupante cuando se considera que lo concreto de esta manifestación feminista es una huelga. Así, el único propósito que vehicula esta convocatoria, en su mismo lenguaje, es el reajuste, el perfeccionamiento, la actualización del capitalismo moderno. Un horror, más si se entiende que con ello se pretende hacer algún tipo de favor a la feminidad; sin más, el arribismo lo único que promete es una nueva capa de barniz, motivo por el cual, precisamente, el feminismo está arropado por el poder, por el Estado (gobiernos feministas) y por la gran empresa (Ana Patricia Botín se considera feminista), encantados de utilizarlo como termómetro social y como catalizador de nuevas regulaciones.

Huelga contra los techos de cristal y la precariedad laboral, porque los trabajos a los que logramos acceder están marcados por la temporalidad, la incertidumbre, los bajos salarios y las jornadas parciales no deseadas. Nosotras engrosamos las listas del paro. Muchos de los trabajos que realizamos no poseen garantías o no están regulados. Y cuando algunas de nosotras tenemos mejores trabajos, nos encontramos con que los puestos de mayor salario y responsabilidad están copados por hombres. La empresa privada, la pública, las instituciones y la política son reproductoras de la brecha de género.

Ya puestos en asumir el cutre empeño del feminismo más orgulloso en reducir gran parte de su cuestión a la diferencia salarial, cabe hacer varios apuntes. Quienes intentamos vivir nuestra vida desde la vida misma, con el testimonio de nuestra propia huella y la de nuestros iguales, aún estamos esperando que alguien demuestre con consistencia que las mujeres cobran salarios más bajos por realizar el mismo trabajo idéntico al varón. Muy al contrario, existe mucho argumentario que desmonta esta falacia. La distorsión que este tema encierra es bien aprovechada para seguir dictando la mitología feminista. Los sectores laborales donde existe una predominancia bien del varón (industria pesada, por ejemplo) bien de la mujer (enseñanza, servicios como ejemplo) no comparten el mismo horizonte salarial. Lo que se establece falazmente es una comparativa intersectorial, lo que puede cobrar un varón y una mujer como si su sexo predominara sobre la remuneración concreta de cada caso, sin atender a variables clave, como el propio trabajo desempeñado, la edad, la formación o la clase. Esta categoría última, la clase social, es bien decisiva. Decir que la empresa privada está interesada en mantener a la mujer relegada no encaja con la actual disposición del mundo. En el momento de escribir este texto, Marillyn Hewson ocupa la presidencia de la mayor empresa armamentística del momento, Lockheed Martin;  Phebe Novakovic, está al mando de General Dynamics y de fletar el armamento pesado de la marina estadounidense. Christine Lagarde o Ana Patricia Botín también desmontan toda la cuestión. La mujer, además, no comparte el mismo recorrido laboral del varón. Suele conciliar más, con peso a su salario, sufre procesos vitales como el embarazo y en general en la actualidad dedica más tiempo a la formación académica que el varón, por lo que su horizonte de cotización también difiere. Si la mujer engrosa las listas del paro, el varón engrosa las listas de suicidios, de encarcelados o de emigrantes. Centrar una lucha supuestamente dedicada a la emancipación personal en algo tan mediocre como la remuneración y obviar cualquier otro tipo de estadística que en términos existenciales preocupa con mucha mayor necesidad conduce por un camino ególatra, desconsiderado, de la envidia y del rencor. Justamente los vicios potenciados por el feminismo en todos y todas los que hace mella.

Denunciamos que ser mujer sea la principal causa de pobreza

Esta consigna lleva repitiéndose en las cumbres de Naciones Unidas desde hace décadas, que es desde donde se transpone a las organizaciones feministas locales. Hablar de algo como la pobreza de género imposibilita pensar con calidad el problema de fondo, la pobreza. Además, incita a dividir, a segmentar a la población; los varones, con sus problemas, y las mujeres con los suyos. De forma que los unos no se sientan concernidos por los problemas de las otras, y viceversa. Ruinoso punto de vista que imposibilita cualquier tipo de acción local para combatir la pobreza si se entiende que sólo la cooperación horizontal tiene visos de poder liberar a comunidades concretas de la explotación vertical que es única causa verdadera de la pobreza. El asistencialismo que se ruega con este reclamo es bochornoso, algo así como considerar que la mujer es, además de inferior, propensa a la pobreza, y requiere no de su puesta en común con sus semejantes para recuperar autonomía y alcanzar cotas de igualdad sino la completa sumisión al discurso, primero, asumiendo estas condiciones, y de seguido, su paciencia cuando no militancia para recibir, como un menor de edad, la tutela de las instituciones internacionales, que dispondrán para ella privilegios especiales para empoderar al género. En definitiva, se consideran sólo las ocasiones en que la mujer es protagonista de un umbral de pobreza concreto, se obvia al varón como si de una especie distinta se tratara, y no se consideran todos los casos (por ejemplo las mujeres directivas de la gran empresa, poderosas) donde queda como evidente que la pobreza radica más en un componente de clase y no de sexo.

Gritamos bien fuerte contra el neoliberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial y que destroza nuestro planeta y nuestras vidas.[…] Exigimos que la defensa de la vida se sitúe en el centro de la economía y de la política.

El feminismo pretende embutir a la mujer en los procesos más bestiales y definitorios del capitalismo, quiere igualdad salarial y prerrogativas legales que obliguen a su empoderamiento capitalista, quiere añadir más y más tareas domésticas al engranaje económico, de las que el Estado y la empresa se lucren a través de impuestos y regulaciones; y a la vez, quiere combatir un tal neoliberalismo que, lejos de definirse como categoría central de su discurso, queda nada más pincelado como algo así como la dominancia internacional de una élite empresarial. No sólo se yerra al identificar al enemigo de los pueblos libres del mundo, que es el poder del Estado, la imposición normativa, el ejército, las armas, la coerción, la imposición homogénea de la moralidad del buen ciudadano a la inconmesurable amalgama de diferentes subjetividades individuales repartidas por el mundo y por el tiempo; no sólo se señala al ultracapitalismo moderno, sino que además las peticiones que se recogen con ánimo supuestamente de liberar a la mujer trabajan directamente en mejorar las condiciones de explotación de ese mismo neoliberalismo demoníaco. Sin más, una demencia, que soterra toda inteligencia e impide, en primera instancia, pensar los problemas reales del mundo. Sin siquiera poder pensarse, observarse, se erradica toda posibilidad de alternativas nacidas en lo local. Este es el verdadero pensamiento totémico, que se impone como pensamiento único a nivel mundial (sic), y que no libera a las distintas generaciones del porvenir porque les envenena y hace inhábiles de primero pensar en qué mundo estamos viviendo.

Exigimos un avance en la coeducación en todos los ámbitos y espacios de formación y una educación que no relegue nuestra historia a los márgenes de los libros de texto; y en la que  la perspectiva de género sea transversal a todas las disciplinas. ¡No somos una excepción, somos una constante que ha sido callada!

Tan callada como el silencio que el propio feminismo practica sobre las cuestiones históricas que le ponen en evidencia como fraude. Efectivamente, el patriarcado liberal ha silenciado en numerosas ocasiones la obra de diferentes mujeres cuya autoría no ha interesado para el decurso concreto de la época, por ejemplo Simone Weil, tanto como ha potenciado la obra de otras como Simone de Beauvoir. Lo mismo para los varones es cierto. Tan cierto como que en la actualidad la mujer goza de privilegios, de discriminación positiva, sin cabida a la interpretación interesada, pues existen ministerios de género y una red internacional de organizaciones que funcionan como lobby con interés a hacer suscribir en todas partes el decálogo feminista. Cuando se pide coeducación en todos los ámbitos (sic) se puede leer adoctrinamiento y amansamiento. Pedir que la perspectiva de género sea transversal a toda disciplina de nuevo ensalza la categoría sexo-género como definitoria, cuando ésta es sólo una dimensión de nuestra existencia; y además, no se menciona la calidad u origen de dicha educaciónque por mucha adjetivación y maquillaje que se le ponga, es lo definitorio. Así, en realidad se pide al Estado, al Ministerio de Educación, que es el único que redacta los manuales escolares, que se empape de la corriente feminista e implemente políticas educativas para conseguir ya sabemos qué fines. Una alianza perfecta que suscribe lo que viene siendo más que evidente, que el feminismo es una ideología potenciada desde el poder estatal, que permite dividir y amansar a la población mientras que promete ser una forma de liberación de tiranías irrisorias mientras que en lo concreto de sus preceptos se trabaja, en realidad, para su perfeccionamiento futuro. 

Ninguna mujer es ilegal. Decimos ¡BASTA! al racismo y la exclusión. Gritamos bien alto: ¡No a las guerras y a la fabricación de material bélico! Las guerras son producto y extensión del patriarcado y del capitalismo para el control de los territorios y de las personas. La consecuencia directa de las guerras son millares de mujeres refugiadas por todo el mundo, mujeres que estamos siendo victimizadas, olvidadas y violentadas. Exigimos la acogida de todas las personas migradas, sea por el motivo que sea. ¡Somos mujeres libres en territorios libres!

Es curioso justamente que en el desarrollo de este texto se haya apuntado que la fabricación de material bélico de la primera potencia militar del planeta corra a cargo de dos mujeres. Todo lo apuntado hasta el momento puede servir para atajar este párrafo. El capitalismo por si mismo no puede ni provocar una guerra ni aprovecharse del devenir de ninguna contienda. Necesita el brazo legal del Estado, necesita primero controlar los designios normativos, necesita la tutela de la ley para poder descender a explotar la mano de obra, única y primera materia prima de los territorios del mundo. El capitalismo es el buque insignia de la armada colonialista de los imperios del mundo porque permite explotar los recursos humanos para que a su vez se exploten los recursos naturales, pero el proceso de tutela y control de la mano de obra la establece primero el marco normativo. El capitalismo no tiene capacidad coercitiva directa sobre las personas, no puede imponer el trabajo y sencillamente no existe en aquellos territorios o épocas con un Estado disminuido. Es la coerción de las leyes diseñadas a controlar a la población para su posterior explotación; el tándem Estado-capitalismo, y en ese órden, el origen de las guerras, de la pobreza, de la desigualdad, de corrientes de pensamiento como el feminismo. Y, por regresar al texto, el resultado de todos estos procesos, de guerras y divisiones, son personas, seres humanos damnificados, de muy distinta forma, y no sólo mujeres. Cabe apuntalar que en la actualidad además los ejércitos como el estadounidense están formados por docenas de miles de mujeres que imponen la voluntad legal y asesinan a otros varones y mujeres. Quienes denostamos este tipo de reclamos feministas aún estamos esperando a que el propio feminismo se acuerde de este hecho y reconsidere su posición hacia los conflictos armados, bien desheredando de su calidad de mujer a las militares o bien reformulando de una vez toda su parafernalia pueril.

Denunciamos la justicia patriarcal que no nos considera sujetas de pleno derecho.

La justicia patriarcal (sic), o en consonancia con el nuevo ánimo de segregación y control de los sexos debiéramos decir neopatriarcal; la justicia moderna, por ejemplo en España, considera a la mujer sujeto de más derecho, lo que significa que eleva la consideración del sexo como distintiva sobre la legislación a implementar. Existe un Ministerio de Igualdad, eufemismo muy corriente en el lenguaje feminista que, en realidad, quiere decir Ministerio de la Mujer. Además, por oposición, es el varón el que ha sido, dentro de esas mismas reglas de juego, despojado de ser sujeto de pleno derecho cuando en numerosas ocasiones está obligado a probar su inocencia y no a ser probado culpable. Ser varón en la actualidad es un agravante penal, pues un mismo delito será juzgado por los Tribunales de Violencia de Género, si lo comete un varón contra su compañera mujer, mientras que el mismo delito cometido por una mujer contra su pareja varón será juzgado por los tribunales ordinarios. En definitiva, el manifiesto es un dislate sin el más simple arreglo al mundo de la realidad.

Exigimos ser protagonistas de nuestras vidas, de nuestra salud y de nuestros cuerpos, sin ningún tipo de presión estética. Nuestros cuerpos no son mercadería ni objeto, y por eso, también hacemos huelga de consumo. ¡Basta ya de ser utilizadas como reclamo!

Exigimos también la despatologización de nuestras vidas, nuestras emociones, nuestras circunstancias: la medicalización responde a intereses de grandes empresas, no a nuestra salud. ¡Basta de considerar nuestros procesos de vida como enfermedades!

Una huelga de consumo, en el mejor de los casos, conduce a un consumo responsable, a repensar los hábitos de nuestra existencia urbana, pero el capitalismo se recicla precisamente con estos arreglos; utiliza las corrientes de pensamiento dominantes para aventajar el futuro y predisponer las bases de la explotación venidera, he ahí la explosión del mercado ecológico, verde, de etiqueta ‘salvemos el planeta’, por ejemplo. La única forma de hacerse protagonista de nuestra vida es primero comprender el alcance tan futil de nuestras acciones ante la ominosa dominación interdimensional, política, cultural, de la voluntad y del pensamiento que nos sobrecoge. Máxime en una situación tal que una huelga, un elemento harto utilizado por el poder como válvula de escape, como disidencia controlada. No existe compromiso en la huelga para el sistema porque el propio sistema posibilita la huelga. Ni Estado ni capitalismo pierden con ella, es más, ganan en aprendizaje de las pulsiones sociales del momento. Con el intento de asamblearismo del 15M el poder ha sabido encauzar la inquietud de la juventud y les ha confeccionado un partido político a medida, Podemos. Los ejemplos de estos procesos se repiten a lo largo de la historia pero también son observables en el presente. Por comentar este último párrafo, la medicalización de la vida responde, en primera instancia, al Ministerio de Sanidad, que dicta su existencia y su función y después traza lazos con la gran empresa farmacéutica para el lucro de ambos. O, si se quiere, a la responsabilidad estatal de firmar tratados de calado internacional (OTAN, UE) que luego obligan a implementar sus políticas en temas como la psiquiatríaEl capitalismo aprovecha la coyuntura de la regulación normativa contra el sujeto para generar numerario y reinvetirlo a su vez en la potenciación de la dominación estatal-capitalista. La única sanidad que promete un hospital público-estatal es la que pase por el aro de los avatares de su tiempo, no la que mejor y con mayor sabiduría sepa tratar una dolencia humana. Por tanto, la única forma de despatologizar la vida es sacarla del control estatal, misión harto dificultosa pero que merece tenerse en cuenta para por lo menos no caer en la ramplonería y ñoñería feminista que de nuevo identifica verdugos con liberadores.

14 de abril: contra la fiebre republicana

Cada 14 de abril hay que soportar a quienes rescatan del pasado a conveniencia los sucesos que configuran la mitología moderna sobre nuestra historia. Hay que hacerlo, soportarlo, demasiado más a menudo, pero la incidencia sobre esta fecha, 14 de abril, como la conmemoración de la II República, es uno de esos casos de especial importancia para comprender el alcance de estas investigaciones interesadas.

El mito de la II República democrática, benévola, paritaria, moderna y, en fin, libre, no sólo es de buen rédito para los grupos políticos y organizaciones republicanas sino para el conjunto de los intereses estratégicos del poder. Este reducto de paz en los estertores del virulento siglo XX es la Ítaca particular del progresismo español, que fabula sobre su existencia de la manera más tramposa y parcial. Según este cuento, por una suerte de movimiento revolucionario espontáneo, Madrid escucha un eco venido de las montañas en el Norte y se autoproclama republicana el 14 de abril de 1931,  desafiando las armas de la temible monarquía. La concentración en la Puerta del Sol, por arte de magia, no es represaliada, como tampoco lo es el discurso enfrentado de Francesc Macià en Cataluña, sucesos a los que les sigue el izamiento rebublicano, todo lo que supondría, de provenir de una verdadera pulsión popular espontánea, una amenaza al orden social constituido.

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Lo que resulta de un análisis objetivo de los hechos es que la II República fue un régimen continuista de las dictaduras militares previas en el que la configuración del Estado no cambió en lo sustancial. El ejército no combatió el cambio de nombre de régimen debido, claro, a su anuencia (seguramente su propia gestión), algo que aún deben explicar quienes se creen que la voz del pueblo derrotó a unos tanques bélicos que jamás salieron. Hoy se sigue defendiendo que la monarquía había perdido su base social, algo que jamás había tenido, si no contamos, claro, con la minoría de urbanitas (en 1930 menos del 20% de la población del Estado vivía en núcleos de más de 50.000 habitantes) cuya vida había sido ya entregada a los avatares del progreso más obtuso y su modo de vida asalariado había hecho mella. Siendo así, lo que se descubre es que la II República fue la república de la oligarquía burguesa, empresarial y estatal, no sólo con desprecio sumo de la opinión de las clases populares sino con su represión policial. Esta II República fue el nuevo nombre que tomó el Estado para modernizarse, debido a la crisis en la gestión que habían demostrado los gobiernos precedentes, incapaces de aglutinar una masa civil suficiente para desarticular la oposición popular al centralismo estatal. En definitiva, esta II República fue el último intento por canalizar bajo las directrices estatales el contento popular, y con él, su fuerza productiva. Fue primero un elogio a la modernidad, al liberalismo doctrinario, y como no podía ser de otra forma, fue después su imposición normativa, con el constitucionalismo como arma de doble filo y con leyes contra el interés comunal popular, como las sucesivas desamortizaciones terrenales. Este intento por convencer del bien moral del Estado moderno, con toda la ingeniería panfletaria recién horneada en Europa rendida a las virtudes de la República, mientras ésta asesinaba en la sombra al campesinado, cuando no sus propios miembros de gobierno se asesinaban entre ellos, no tuvo más salida que la contienda militar a la que se desembocó en 1936 como solución final para enderezar el “gran problema de España” que recoge Ortega: su naturaleza combativa y auto-organizada.

Las razones para la construcción teórica, ignorante, simplista y sencillamente falaz de este episodio histórico por parte de fuerzas políticas (algunas de las cuales estuvieron y siguen estando en la palestra) tiene una trascendencia insospechada. Sus intereses partidistas son más que satisfechos; en lo concreto, el elogio de la II República sirve para la consecuente demonización del régimen franquista, que de nuevo según la ortodoxia izquierdista fue el que vino a poner fin a la orgía democrática de la República. Pero es en este detalle, en el eterno dedo acusador sobre Franco (más que merecido, por otra parte) donde resulta, en los tiempos presentes, una estrategia política.

Lo que de un elogio delirante a la II República resulta es un igualmente irracional y fantasioso odio al franquismo. Y de este gran mal histórico deviene un culto por el parlamentarismo moderno (o huelga decir, por la Transición y la situación actual – no se olvide que con Franco existieron las Cortes franquistas). Así, la conciencia colectiva está hoy intervenida de manera plena bajo cuestiones que aparentemente no atañen al presente político, pero en boca de G. Orwell, “quien controla el pasado controla el futuro. quien controla el presente controla el pasado“. La demonización del franquismo, régimen repudiable en todo, tirano, antihumano y asesino, en ausencia de un abordaje objetivo en lo posible, justifica, en el mejor de los casos, el parlamentarismo moderno; en el peor, hace a la gente devota de nuestra situación actual ante un miedo inducido por la comparación por los horrores del pasado. En los hechos, la izquierda ha sido la principal fuerza política desde la Transición, tanto en el número de años en el gobierno como en la presencia entre ideólogos, artistas, profesores, etc., y esto se debe, principalmente, al gran acicate que supone el chivo expiatorio del franquismo, algo de lo que no presume la derecha, marginada a soportar los avatares del siglo XXI con la cabeza gacha.

Ha sido esta izquierda, principalmente, quien ha silenciado los crímenes cometidos durante la II República. Ha sido silenciado el carácter misógino de los primeros partidos republicanos, específicamente izquierdistas. Durante el régimen anterior a la República, la Dictadura de Primo de Rivera, existe una legislación específica que concede a las mujeres cabeza de familia un derecho de voto restringido de circunscripción local, hecho que tira por tierra, por cierto, toda la retahíla feminista sobre el sempiterno sometimiento de la mujer, pues existían mujeres en la ruralidad que gestionaban los asuntos familiares con sobrada eficacia. No es la II República quien concede el primer sufragio femenino, y ello, por otra parte, no es ninguna conquista, a sabiendas de la intervención panfletaria del voto. Antes de la concesión de dicho sufragio, el gobierno de la República eleva a Victoria Kent a la Dirección General de Prisiones, lo que subraya de manera pasmosa el interés real del feminismo de Estado. Hay que recordar que  Margarita Nelken y María Martínez Sierra, dos mujeres socialistas, se opusieron a la concesión del sufragio universal femenino debido al temor en los resultados, lo que exhibe, por un lado, el eterno arribismo de la politiquería en detrimento de una defensa real de valor alguno, y por otro, la colaboración de las mujeres en el patriarcado civil. Llegado este sufragio femenino, el censo menospreció a una gran parte de la población en pequeñas comunidades rurales, y además, dio la victoria a la derecha, lo que enseña la opinión que la izquierda le merecía, en general, a la mujer. Esto choca con la invocación feminista actual, sobre todo desde la izquierda, del progreso femenino republicano. Se ha dicho que la victoria de la derecha tras el sufragio femenino se debe a que la mujer vivía, en su mayoría, amaestrada bajo los preceptos católicos, lo que es en sí una muestra de machismo insoportable, dando a entender que las mujeres no eran capaces de pensar por sí mismas, pero el varón sí. Más bien, el giro a la derecha de 1933 se debe al rechazo explícito de toda la política implementada hasta la fecha por los gobiernos de izquierda, que atentaba contra las formas de vida tradicionales, asentadas en su mayoría en la horizontalidad y el apoyo mutuo. Los sucesos de Villa de don Fadrique exponen como las mujeres se elevaron en armas contra la República ante una ley que les prohibía trabajar en igualdad con los varones, resultando en una masacre por parte de la policía socialista. Es interesante, más que el carácter represivo del gobierno republicano, algo de sobra conocido, el motivo de la insurrección y la cooperación entre hombres y mujeres por la defensa de intereses comunes. Un año después, esas mujeres fueron llamadas a las urnas y, una vez discriminadas quienes negaron asistencia, no en vano numerosas, la mayoría de quienes otorgaron el voto seguramente se decantaron por un cambio en la dirección de la República.

No se puede olvidar así, tampoco,  la faceta policial-militar armada del gobierno que, no en vano, declaró el estado de sitio, alarma e incluso guerra en numerosas ocasiones en el periodo 1931-36, con la consecuente suspensión de las garantías constitucionales que de tanto se hace gala, un hecho que decisivamente enuncia el carácter dictatorial-militar de la República. Esta izquierda para nada quiere recordar las recurrentes huelgas que se produjeron durante estos 5 años de régimen, que bien demuestran la mala disposición y no la buena que se instaló en muchos ámbitos laborales. Sólo les cabe un comentario positivo, claro, para la brutal escolarización que acometió el régimen, especifica y curiosamente para las edades 5-14 años, que convirtió los cuarteles militares en escuelas, bajo las que se intentó adoctrinar de manera feroz a los niños y niñas con vistas a un futuro integrador con el régimen. Si la estrategia hoy consiste en reinterpretar el pasado para acomodar una mentalidad determinada en el presente, en el pasado se intentó hacer lo mismo, y para ello, el mundo de la tradición era el enemigo contra el que calumniar. Mientras los manuales escolares rezumaban un anticlericalismo desmedido y, sobre todo, un antitradicionalismo feroz, los hombres y mujeres de Villa de don Fadrique fueron asesinados por la República por entender que las mujeres también podían elegir trabajar la siega.

La recuperación del 14 de abril es más que aleatoria. De todas las efemérides modernas, entre las que existen, de largo, otras que demuestran una cierta defensa de la libertad, su recuerdo año tras año ahonda la brecha en nuestra historia y, sobre todo, en nuestro presente. La fábula concluye: la Transición vino a recuperar, en una suerte de Renacimiento, el constitucionalismo republicano, ante el cuál siempre existirán las fuerzas de la barbarie, amenazantes, sólo combatibles bajo los preceptos parlamentarios.

Feminismo: el ocaso del grupo humano

La noción de que la violencia es una forma extendida de dominio entre hombres y mujeres, ejercida por lo primeros hacia las segundas, no importa si por una suerte de cuestión biológica o estructural, social o cultural, constituye los preceptos de lo que es en toda regla una ideología del odio. El olvido y, sobre todo, la negación del amor que ocurre entre las personas en pos de una dominación que se abre camino no importa cuándo y dónde es un delirio intolerable que viola principios de convivencia y de humanidad que se manifiestan a diario ante nuestros ojos, que son en suma muchísimo más numerosos que los casos de efectivo odio y dominancia, y que silencia y elimina de la ecuación las causas reales de lo particular de una situación de sometimiento. Tanto como se culpa al capitalismo de ser el gran mal que construye un mundo de injusticias mientras se silencia el origen de la opresión, se cuenta que las mujeres son sometidas como único destino posible, bien porque son consideradas (bajo esa misma ideología) sujetos específicamente más débiles que sus compañeros, bien porque éstos son considerados agresivos y dominadores en lo relativo a su condición de varones (en lo estrictamente biológico) o en la forma en que esa virilidad se ha construido en sociedad. Esta mitología se despega de la realidad y postula sobre un comportamiento humano universal, atemporal y homogéneo, de subjetividad única; no importa quién, dónde y cuándo, si es mujer, estará potencialmente bajo la sombra.

La sociedad de las violencias que tenemos como entorno incita sin lugar a dudas a incorporar a nuestro pensamiento este tipo de teorías que nos hacen enemigos de nuestros semejantes. La exposición a la desconfianza generada por la necesidad normativa de asegurarse un interés particular genera más desconfianza, y estas teorías dan una fingida respuesta a cómo hemos de vernos los unos con los otros. El feminismo no es un acontecimiento casual de nuestro tiempo. Trascendido lo que sería su cuerpo teórico, como fenómeno sociológico debe entenderse así. Tiene, claro, varios significados. Era necesario desnutrir en lo más hondo las relaciones afectivas que regulan la vida del las personas corrientes para que su lucha deje de enfocarse en una dominación desde afuera y las personas peleen en una guerra imaginaria, una trinchera interior. Además venía muy bien aupar al grupo femenino al horizonte de la producción, identificando ésta con una liberación de las labores del pasado (por mucho que éstas fueran de una necesidad mucho más humana). Era necesario catalogar dos grupos, determinar sus diferencias de forma ortodoxa. En suma, es difícil determinar todas las causas que han derivado en una crispación tal y como la que existe hoy día entre los sexos, seguramente porque sólo la proyección histórica del presente alumbre en un futuro un gran motivo.

Una vez que olvidamos observar nuestro entorno como prueba más veraz de nuestro tiempo e incorporamos ideas salidas de otras realidades, nuestra conciencia del presente disminuye. Si estamos convencidos de que esas ideas no provienen casualmente de otras situaciones sino que han sido erigidas falazmente como sintomáticas de una supuesta dolencia común, resulta evidente que el imaginario colectivo que se construye tiene un rumbo establecido. La mujer ha sido ciertamente sometida como grupo en algún pasado (por ejemplo, tras la legislación civil de 1889 en España, que dictaba la sumisión legal de la esposa al marido), y lo es en el presente (por ejemplo, en el entorno de un fuerte patriarcado dogmático dictado por el poder islámico), pero tras una lenta observación y a modo de conclusión preliminar, para marcar un punto y aparte, se puede afirmar y yo afirmo que la mujer no sufre de ninguna opresión como grupo sexual en los países occidentales. A riesgo de ser polémico, conviene matizar inmediatamente.

Por supuesto que la mujer, como individuo, sufre violencia, tan cierto como la sufre el varón, y este es el punto que hay que subrayar. No existe ningún marco legal, ningún imperativo normativo (que son los que primero socavan una diferencia) contra la mujer (de hecho la mujer sufre de sobreprotección legislativa en España y otros lugares, con la Ley de Violencia de Género, lo que es otro asunto). Hoy, el feminismo, como ideología ultraconservadora, como perpetuador de esta idea de dominación infinita, sobrevive aupado por un poder institucional descomunal repitiendo machaconamente que la mujer en España sufre de una opresión cultural, pues es ya evidente que no existe ley por sexo discriminatoria desfavorable al sexo femenino (lo que si ocurrió y ocurre en los ejemplos detallados).

La dominación cultural es la gran batalla del feminismo recalcitrante. El feminismo incide con más fiereza cuando identifica ciertos usos comunes, como el lenguaje, con una dominación cultural, porque instaura el odio al asumir, entre otras cosas, que esas construcciones sociales se usan deliberadamente por los sujetos para desprestigiar o hacer sentir de menos a las mujeres, aunque en la mayoría de los casos,  no es propósito de la persona que los emplea esgrimirlos como armas de dominio. Como se ha visto, en el pasado se encuentran ejemplos de una dominación efectiva, más que como resultado de una activa agresión entre sujetos, como resultado pasivo de una legislación cruel sobre las personas que puede terminar determinando actitudes cotidianas. De ese contagio surge efectivamente violencia, una cierta violencia hacia un sexo, tanto como surgen violencias transversales a muchos otros ámbitos de la vida. La especificidad de la violencia de género es una maldad que incita a medir toda forma de violencia como un deliberado intento por someter a la mujer. Este monstruoso gráfico que presenta Amnistía Internacional da buena prueba del estado de delirio en que se haya una mujer hoy día, obligada a creer en todos estos mensajes que la bombardean.

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A pesar de esa ausencia de voluntad de someter a nadie que poseemos una gran mayoría social a la hora de la convivencia, efectivamente la mujer puede sentirse oprimida, en parte por la carga residual que determinado elemento pueda contener como herencia cultural de épocas discriminatorias en lo legal, en parte porque la mujer sufre de una intervención de su conciencia hoy día. Amenazar, gritar e insultar a una mujer aparecen en ese gráfico como formas de violencia de género visibles, recubiertas con el peso de una cierta objetividad, determinando que en una situación agresiva, el mismo acto del insulto verbal, la amenaza o la voz alzada tienen por objeto subyugar al otro sólo por el hecho de ser mujer y no por la cuestión concreta de esa disputa, que es en última instancia siempre su motivo. Las particularidades de situaciones de confrontación entre personas se suprimen y se exige que un varón siempre que insulte a una mujer lo hará porque la considera inferior y así estará ejerciendo una violencia no sobre la otra persona como individuo entero sino sólo a razón de su sexo. Este planteamiento, estrictamente estúpido y alejado de la experiencia que podemos observar; la experiencia no de otros, sino de nuestras mismas disputas, la forma en que, siguiendo el caso, discutimos con nuestros semejantes; este planteamiento, se evapora a la luz de la constatación de que, cuando discutimos, lo hacemos por una diferencia de opinión, no por un deseo de dominio.

Si esos tres primeros ejemplos resultaban escalofriantes, echar un vistazo a las formas “invisibles” de violencia de género da verdadero pavor. Según esta ortodoxia feminista, ya de alcance internacional, ignorar, culpabilizar o ejercer chantaje emocional sobre una mujer son actos que siempre se cometen como violencia hacia su género, y claro, siempre y sólo lo ejercen varones, pues una mujer chantajeando o ignorando a otra no comportaría una violencia sobre su propio sexo. Tampoco son violencia de género las disputas, agresivas o invisibles, que se producen en las relaciones afectivas lesbianas, por ejemplo. La mención del lenguaje sexista, como ya se ha dicho antes, comporta esa idea nacida del mismo odio de que una persona desea activamente hacer sentir mal a la otra en el uso de estructuras aprendidas, por ejemplo en el uso del masculino plural para hacer referencia evidente tanto a ellos como a ellas. La cuestión de la conveniencia o no de nuestro lenguaje es un asunto interesante, pero atribuir una violencia sobre la mujer no por parte del lenguaje sino por parte de la persona que emplea ese lenguaje constituye un despropósito y una falta de presencia y empatía totales. Como colofón a esta radiografía de los machismos culturales, se expresa ese neologismo indescifrable que resulta ser micromachismos, que no tiene una definición cerrada y bajo el que caen, basicamente, todos aquellos comportamientos que una mujer detecte como dominadores-opresores. ¿Qué no detectará una mujer instruida en este tipo de decálogos de la violencia de género como potencialmente machista? Exponerse al discurso feminista, victimizarse como una permanente agraviada, multiplica los casos de micromachismos que una mujer detectará a su alrededor. Usos sociales, desde el lenguaje hasta las formas más celulares de convivencia, como las relaciones afectivas, sexuales o la misma familia, son nidos de violencia de género bajo estos planteamientos. Las publicidades son siempre machistas y el varón jamás está expuesto, cosificado. Los cánones de belleza son dominadores para ellas pero no para ellos. Las secretarias son señoreadas por el ejecutivo pero la mujer jefa emprende y emplea. La mujer es siempre objeto del agravio y la sociedad conspira activamente desde cada sujeto y no sólo desde las alturas para denigrar al sexo débil. Esta es la cosmovisión del odio, una que dibuja una sociedad orquestada desde arriba para oprimir sólo a las féminas a través, en estos tiempos, del entorno cultural, pero también que achaca a cada sujeto varón la culpa de la opresión sobre las que son sus compañeras. Los varones permanecemos ajenos a una hegemonía cultural brutal, al parecer, y de sufrirla, no la sufrimos como una violencia sobre nuestra condición de sexo, sino según otros vectores.

Así de potentes relucen la gran contradicción y el sinsentido del feminismo actual. Mi opinión en cierto momento fue otorgar al feminismo cierta relevancia para cotejar cuestiones de género. Actualmente desposeo a toda corriente autodenominada feminista que suscriba estos principios de acierto alguno. Hasta la fecha, estos planteamientos me parecen completamente dañinos y no aciertan a poner en común soluciones; primero, no aciertan a identificar problemas reales, mas bien aciertan a despistar y embotar las mentes. En la actualidad de mi entorno afirmo que las mujeres precisan de una puesta en común con sus semejantes para atajar violencias que nos afectan como individuos indistintamente de nuestro sexo. Digo mujeres porque no creo en la mujer como grupo, pues existen otras cuestiones sobre las que pivota nuestra pertenencia en esta sociedad (por ejemplo nuestros intereses horizontales, de grupo humano; nuestro rango de poder o capacidad adquisitiva). En este sentido el feminismo sigue fragmentando y planteando, cada vez con alcance más global, cuestiones que impiden esa puesta en común e implantan un odio visceral entre nosotros, ya casi en cada acto de contacto en la convivencia. También creí en que cierta corriente subalterna arrimada al feminismo supiera desentrañar una verdadera opresión femenina y supiera encontrar los problemas y proponer una lucha. Actualmente no; no creo que la mujer posea como grupo ninguna lucha concreta, pues ya he dicho que no creo en tal grupo. Cualquier división entre géneros y/o sexos en este punto del camino me parece una derrota abismal; cualquier organización destinada a salvaguardar intereses exclusivos, condenada a ser instrumentalizada para desgajar aún más nuestra capacidad de encuentro. En suma, cualquier corriente de pensamiento que detecte “asuntos de las mujeres”, ya se llame feminismo o no, me resuena incierta y errada en identificar problemas humanos reales y su libre planteamiento y existencia dentro del marco de la libertad de pensamiento serán utilizados para dividir y vencer.

Ciencia, totalitarismo epistemológico religioso

Es solo cuando cesamos de razonar y profundizamos en nosotros mismos, dentro de ese secreto donde la actividad de la mente esta en calma, que esa otra conciencia llega realmente a sernos manifiesta, aunque imperfectamente debido a nuestro prolongado hábito de reacción mental y limitación mental.

Sri Aurobindo, La vida Divina

El arte es el Árbol de la vida; la ciencia es el árbol de la muerte

William Blake

La Ciencia, con mayúsculas, es hoy esa gran deidad a la que se rinde culto desmesuradamente y la que ocupa el templo del conocimiento sensible del mundo. Dejando de lado sus derivados prácticos, que son los que construyen la modernidad y le otorgan ese toque de tiempo aventajado, mejor, digno (medicina, ingenierías, las máquinas etc.), se puede bucear en su ontología para intentar entender su significado social. Una postura antidesarrollista debe afrontar ese debate, el de cómo desentenderse o negar ciertos avances en los modos de vida modernos, que pueden llegar a salvarnos la vida. Pero dejando para otro momento ese interesante asunto, hay todavía mucho que decir sobre cómo esta Ciencia configura nuestro pensamiento.

Sus bases definen la ciencia como una suerte de sabiduría compartida con posibilidad de contraste en el mundo real. Pero como toda teoría fabricada ajena a las comunidades humanas, esto dista mucho de ser la realidad. Hoy día la ciencia es una suerte de conocimiento totémico que cae sobre la gente, un complejo sistema de axiomas y deducciones que se vierte desde los comités de super-expertos y que la gente está obligada a creer. En su origen, los fenómenos científicos más primarios son observables, datables. Es así como la ciencia obtiene su sacromanto de inviolabilidad. A partir de unas observaciones hechas por otras personas y en otra época, que una persona con mucha suerte podría ser capaz de reproducir, comprobar (salvando el abismo que separe a dos subjetividades distintas, las que tendrían esa persona intentando replicar experimentos del pasado y sus predecesores), la ciencia erige un pabellón teórico laberíntico donde las posibilidades de contraste se desvanecen. Podemos observar que el agua se congela a cierta temperatura, pero no podemos comprobar la fisión nuclear ni la teoría de la evolución de las especies (y aún así, deberemos creer que la solidificación a 0ºC es toda la historia del asunto). No muy avanzado el aprendizaje de cualquier ciencia deberemos delegar nuestra sed de evidencia a un cerrado círculo de académicos y eruditos, y debido a que todas esas derivaciones prácticas de la ciencia son las últimas líneas escritas hasta la fecha en sus diferentes campos, nos encontramos con un sistema epistemológico construido sobre la fe en todo lo que nos rodea.

Eso es así para el común de los hombres; lo que cree evidencias físicas o fenomenológicas no lo son, se le ha dicho que lo son, son evidencia para otros. Y si se visita un acelerador de partículas podría presenciarse algún evento singular, pero la realidad es que esas visitas son excesivamente escasas y poco importa que esos experimentos contengan verdad a la hora de valorar de qué forma se construye el conocimiento de los pueblos. En cuanto se despista este asunto y sólo permanecemos con la retahíla instaurada de que la ciencia es la redentora de nuestra ignorancia intempestiva, cualquier cuento es válido, incluso los que se adentran mucho en la senda de lo delirante a expensas de ser comprobados o verificados incluso por aquél comité de expertos (sin ir mas lejos, las teorías de Darwin o los dislates sobre qué hay en otras galaxias).

La experiencia humana, nuestra estancia en este mundo, es limitada, mientras que la Ciencia es voraz, totalizante. Nuestras naturalezas son contrarias; la Ciencia es una afirmación rotunda y el Hombre una interrogación. Incluso en los márgenes de la Ciencia, allá donde se abraza otro tipo de conocimiento del mundo, la Ciencia embota la mente debido a su persistente afirmación o negación, a ese permanente pronunciarse, que no deja a las cosas ser si no como fenómenos identificables. Es relativamente sencillo contradecir los argumentos cientifistas, los que pretenden explicar el mundo sólo en base a su propia ontología y los que niegan la validez de algún otro tipo de conocimiento. Pero sin necesidad de caer en el lenguaje de la razón y debatir sobre si este fenómeno es así o de la otra manera, se puede apartar el peso del argumento científico y recuperar otro tipo de conocimiento del mundo.

Un conocimiento paracientífico o alternativo resulta el conocimiento sensible. La ortodoxia científica establece que las subjetividades son homogéneas (es decir, son Una), que todo el mundo observa e interpreta de la misma manera los fenómenos, y que luego todo el mundo se entiende y puede poner en común los resultados desde un mismo nivel, lo que conduce a verdades cerradas y totales. El conocimiento sensible apremia la singularidad de cada sujeto y le apropia de un conocimiento único, que sólo uno mismo puede tener. El conocimiento sensible emana de la observación del mundo pero no basa su veracidad en la objetivación o comprobación de sus premisas para luego compartir los datos y llegar a acuerdos; interpreta la realidad del individuo e integra los datos recibidos por la observación junto con incontables agregados sensibles y espirituales fruto de la humanidad que llevamos dentro. El conocimiento sensible no busca la práxis, no busca el entendimiento horizontal, sino que se constituye como guía de uno mismo; las voces inadjetivables que llevamos dentro nos susurran en el lenguaje del alma, y así intuimos verdades. La Ciencia se enquista demasiado a menudo en debates irresolubles entre sus distintos integrantes; en cambio, este conocimiento intuitivo no busca ser comunicado, y de cierto modo, no puede serlo. En otro tiempo, en ausencia de la perfidia de los reductos del progreso (entre los que se hayan los sermones de supremacía de la Ciencia sobre todo otro conocimiento), la gente integraba la tradición con este conocimiento sensible y era un músculo más entrenado, mientras que hoy resulta casi ridículo defender esta otra epistemología. Por supuesto la Ciencia ha conquistado su trono en parte gracias a verter veneno sobre las realidades pasadas, insultando y ninguneando a las gentes de otro tiempo y afirmando que el progreso es posible gracias al alto nivel de acierto y verdad que ella como ciencia posee, ocultando que dicho progreso que vivimos es sólo posible debido a la configuración político-económica y nada tiene que ver la mucha o poca verdad de sus experimentos.

En resumidas cuentas, recorrer el sendero de la Ciencia nos aliena el pensamiento, pues su promesa inicial es su capacidad de contraste inscrita en el método científico, pero nuestro entorno está configurado por ciencias hiperdesarrolladas que se conjuran en las altas estructuras institucionales. Confiar en lo científico todo nuestro pensamiento, aparte de hacernos olvidar nuestra gran esencia espiritual, tan o más importante que nuestra presencia física, nos convierte en seres vulnerables. Nuestra integridad, por humana que es, no puede construirse confiando en un paradigma científico como principal motor. Es deseable la presencia de un conocimiento objetivable compartido, una ciencia propia, pero como mero diálogo social, como conexión humana, no como piedra angular de nuestro ser; algo sobre lo que vivir el aquí y ahora, un grado de acuerdo sobre el que charlar, construir y usar, pero sólo como arquitectura social, como andamiaje de las comunidades, no como sistema operativo de las mentes.

Se dice que hoy día la Ciencia ha desnutrido la inquietud espiritual de muchos, generando un gran nihilismo social, pero la realidad es que la fe se ha transmutado y ha abandonado los textos canónicos y se integra en una nueva visión del mundo cientifista donde el credo es la razón pura, la función estrictamente lógico-racional del conocimiento, que traducido a la existencia individual, tal y como se vive hoy día, bombardeados por infinidad de mensajes desde pronto, se convierte en un fervor por los sentidos, una confianza ciega por lo físico, con un repunte de la fe y no la experiencia como principal acicate y un neolenguaje centrado en negar a la sociedad su deriva religiosa. Si la Ciencia establece que lo observable es lo real, independientemente de nuestra participación en esa realidad, y más adelante establece sus propias observaciones (las de sus expertos) como principio para, por ejemplo, teorizar sobre la organización de partículas subatómicas, la realidad sobre la que se construye nuestro presente a nivel gnoseológico es ajena a las personas, y de ahí que la existencia o no de tres protones o cuatro en un determinado elemento tenga relevancia ninguna, bajo una serenidad mental suficiente, para cualquier persona. Especialmente así, la Ciencia se niega a si misma como modelo gnoseológico válido, pues sus observaciones no pueden ser experimentadas por la mayoría social, por el individuo, que es su promesa primera. La Ciencia sólo puede tener un sentido práctico, dominado siempre por la serenidad individual y observada como lo que es, una herramienta: no puede funcionar como clave de bóveda de un paradigma epistemológico.

Es en la riqueza de la intuición personal donde, independientemente del grado de error de nuestras aseveraciones, nos mantenemos auténticos, ya que el motivo del conocimiento no ha de ser siempre la Verdad como cajón estanco, finito y asible; la experimentación del mundo desde la contemplación intuitiva inicia en cada uno un camino de verdad superior, donde queda atrás toda la autoridad del microscopio, que por mucho que mire y detecte una cierta realidad tangible, no observa más que cáscara y polvo. En palabras de Aurobindo, ‘el Conocimiento aguarda asentado más allá de la mente y del razonamiento intelectual, entronizado en la vastedad luminosa de la auto-visión ilimitable‘, lo que significa que la verdad finita científica es deseable sólo para ser superada (“más allá”), pero no negada. En cambio, enraizarse con él, con el método científico, confina nuestra capacidad al suelo de la ortodoxia; nos impide ser autónomos en la construcción de Nuestra verdad y así impide un gran florecer personal que ocurre cuando se dejan de lado todas las certezas, por mucha evidencia que muestren. Insiste Aurobindo e insisto yo: ese ‘dejar de lado’ no implica negar su verdad relativa, sino precisamente relativizarla al ámbito de la razón. La molécula de agua puede estar formada por elemento hidrógeno y oxígeno, pero esa es sólo una parte de la gran verdad que trasciende ese descubrimiento; esa es sólo la observación más acertada hasta la fecha que la humanidad ha logrado dar en relación a ese hecho sólo como realidad física. Lo que existe entre ese punto y la aprehensión del fenómeno Agua en su totalidad es, indudablemente, un océano mismo. La Ciencia embota la mente y de forma muy sibilina impide la constatación de esta gran evidencia mediante la mutilación de la experiencia y la apropiación de la Verdad como exclusiva a su ámbito. El misterio insondable inherente al Agua y a cualquier otra manifestación de la existencia jamás será traducido a nuestro lenguaje mediante una observación cartesiana, y así, cualquier epistemología basada en estas pretensiones sólo puede ser un paradigma agresivo, mutilador, totalitario y antihumano.

En el sendero de la Verdad, muy al principio pero habiendo ya superado los ruidos de la ciencia, el lenguaje ni siquiera es apropiado y uno ha primero de prevenirse de seguir utilizándolo (y por ende,de lograr alguna suerte de Verdad final) y descubrir otros acercamientos más adelante en esa senda.

¿Qué es la izquierda? – Para una crítica radical de la izquierda (2)

Como he dicho, lo importante de una crítica tal no es circunscribirse al marco de la izquierda, sino poder ser traducida, hacerse mutable, para todos los credos ideológicos que estén por venir y de cuya proyección histórica dimanen los mismos principios, es decir, convertirse en el ‘pensamiento alternativo’ oficial. Aún así, será útil definir qué es la izquierda hoy, con esta aspiración de ser transversal y saltar por encima de los tópicos.

En su dimensión social, en su penetración cultural, la izquierda es hoy el bastión intelectual de los inconformes. Constituye un contrato ideológico que pacta el hastiado, el oprimido, que entrega su pensamiento a una cosmovisión que promete un umbral de liberación y redención. Es éste el principal acicate del izquierdismo, la promesa. En sus formulaciones ideológicas la quimera de la utopía resuena como proyección ineluctable una vez se asume la lucha. Ésta ha sido la tradición izquierdista más común en los países industrializados desde que se constituye una suficiente ‘clase obrera’ (aunque la teoría de clase no es más que una perspectiva del entorno social). La fraseología izquierdista ha prometido en el pasado la reducción (si no la inversión…) de la desigualdad entre obrero y patrono; ha encontrado en el Estado Social la guinda con la que atraer a los asalariados más incómodos hacia el umbral del bienestar de los servicios, a la par que ha implementado la ideología de los ‘derechos’ normativizados como obsequio al que (unicamente) aspirar.

De esta forma, la izquierda floreció en la dimensión colectiva de la sociedad, como teoría organizativa y explicativa, pero terminó inundando la interioridad de sus seguidores, embruteciendo hasta límites insospechados a todos los que ya se contaron y se cuentan como fanáticos. En su desmesura, la izquierda, con su explicación estrictamente colectiva, economicista y sistémica del mundo, ha mutilado la experiencia humana; ha elevado a única realidad en la conciencia de las personas su teoría del mundo, en la que no caben las dimensiones sensibles del ser humano, sino simplemente las mecánicas. Antes de entrar a valorar dicha teoría de la realidad del mundo (que es falsedad y despiste), la izquierda debe ser denunciada por la forma en que empapa al Hombre. Debido a su contenido abstracto y alejado de toda realidad apreciable, la izquierda obliga a confinar el pensamiento a la más pura fe; no permite al individuo validar sus postulados según su experiencia vital, y con ello, el pensamiento crítico ha mermado generación tras generación en su seno, de forma que en la actualidad permanece raquítico. El obrero que comulgó con los preceptos izquierdistas no leyó en ellos crítica alguna a la idea de progreso; más bien, encontró la forma de soportar su opresión bajo la promesa de un escenario favorable futuro en la misma línea del ‘desarrollo’. Debido a esta opresión que supone el salario, la integridad humana se reduce y la voluntad se concentra en superar esa cierta esclavitud; es así como se asumen como totales los preceptos prometeicos izquierdistas que, no obstante, no explican absolutamente nada de la vida humana.

clase obrera

La deriva izquierdista ha llegado más lejos con el tiempo y ha terminado por aniquilar los resortes de incomodidad que quedaban en el asalariado. Hoy día la izquierda demanda más empleo con fervor. Si estamos por definir la izquierda hoy día de forma útil para nuestra crítica, habría que señalar a todos los discursos, entidades, organizaciones y centros visibles del espacio social que se autodefinen como ‘de izquierda’. Ésta es la marca que atrae a quienes buscan refugio intelectual desde una cierta sospecha de que algo no marcha bien. Quienes hoy se definen de izquierda muy a menudo nada tienen que ver con los avatares de la izquierda en el pasado, salvo en esa humana sensación de desazón, más o menos cercana en la vida, que guía los pasos hacia las mismas fauces de la bestia. La izquierda se replica a sí misma como cebo, y ahí es donde se identifica, pues su discurso cambia según el signo de los tiempos para adecuarse a las exigencias del sistema. La buena voluntad particular de sus allegados es fagocitada por la inmundicia de sus propuestas ideológicas. Puede decirse así que la izquierda ha mutado, si nos atenemos a su discurso, según quienes en el pasado se consideraron de izquierda y quienes lo hacen hoy, pero en su implicación medular, en su forma de intervenir la mente, la izquierda sigue operando de la misma forma. Induce a hacer totales sus preceptos en la interioridad subjetiva, anulando los espacios para el necesario florecimiento de otras dimensiones humanas. La izquierda aniquila el espíritu, pues lo asfixia con su idolatría desmedida por la realidad sensible, y una vez el Hombre es hecho máquina (algo que viene gestándose desde varias generaciones atrás), éste es incapaz de cuestionarse su existencia.

La izquierda es seguramente fruto de un proceso histórico complejo; surge específicamente en un contexto de novedad en las formas de organización social, que propiciaron que cierta fe se instalara en el corazón de los Hombres. Esa primera fe fue estrictamente necesaria para la inyección del narcótico izquierdista; pero en su desarrollo histórico, el mismo ideal progresista ha redundado en vaciar a la persona de todo interior humano y, así, ha hecho posible que dicha fe en un discurso tan ajeno a la realidad del Hombre se asiente como carácter imborrable de la epistemología moderna. La izquierda necesitó una primera confianza y, una vez instaurada, ha aumentado su secuestro potencial, pues al limitar la reflexión sobre la vida humana, limita la reflexión sobre sí misma; impide su crítica. La reducción del ser humano a cuerpo en demanda de sus necesidades fisiológicas es producto tanto de la modernidad misma como de la izquierda; sólo se entiende bajo el sistema social que la izquierda actualiza e invita a practicar. En España ha sido la izquierda, en su generalidad como ideario progresista, la responsable del colapso mental fruto del periodo de la democracia. Por tanto la izquierda es ya, en nuestra sociedad, una cierta tendencia general, una peligrosa inercia de fondo que impone el credo del progreso con total irreverencia.

Por todo ello, el objetivo de la crítica a la izquierda es devolver la reflexión intelectual al plano humano, y en ello la izquierda es adversario eterno. No importará tanto, pues, descender a la cosmovisión izquierdista, denunciar por qué su visión del mundo conduce a la tragedia (lo que se hará), sino que hace falta centrar el discurso en su implicación sociológica. No importará tanto entregar las evidencias sino hacer posible su avistamiento. 

El desarraigo: La tierra

Un breve relato sobre alguna persona que reflexiona sobre sus intestinos en un banco de la ciudad

banco ciudad

Mientras pasea por las grandes y ajardinadas avenidas de la ciudad, no puede evitar preguntarse el origen de todo. Quiere decir todo, en su más pronta significación: cada árbol colocado en la mediana y en inquebrantable orden a lo largo de la acera; cada bloque de piedra y ladrillo formando los edificios; cada vehículo que avanza a una velocidad insoportable, y cada parte de cada vehículo, todas excesivamente parecidas y con una también insoportable intención de parecer diferentes. Aminora el paso según le parece inasible cada elemento ordenado de una determinada forma ante sus ojos; querría dedicarle a cada uno renglones enteros de pensamiento, que le condujesen a alguna sabia certeza. No puede observar la conexión entre todos ellos y cree que andando más despacio logrará desentrañar alguna suerte de génesis general.

Esta incómoda pregunta, ‘¿de dónde viene todo esto?’, no es del tipo de pregunta que pide responderse en un corto periodo de tiempo. Sí pide, no obstante, una contestación concreta, mas ésta llega tras un largo proceso de reflexión, tras preguntarse, una y otra vez, en una y otra calle, lo mismo. Por tanto es del tipo de pregunta compañera, con la que creces, con la que dialogas, a la que haces alguna concesión momentánea que luego retiras para volverte más exigente. Es una pregunta vital, por lo tanto, que pertenece al tipo de cuestiones que verdaderamente nos importa. El hecho de aminorar el paso nos indica que en esos momentos no hay ninguna otra exigencia que apremie sobre la necesidad de darle respuesta.

La pregunta, asimismo, no nace de una casualidad. Nace de una cierta incomodidad, resultado de un observar sensible del entorno, una preocupación exquisita que requiere reconquistar el orden que ahora ya no ve en el ambiente que ha mamado desde pequeño. Mientras observa las farolas con presunta fascinación, seguramente con gesto entontecido, en su interior se agudiza una temible punzada según se aproxima a una primera verdad. Su vida ha estado desde siempre iluminada por estos calderos mágicos, que obtienen la electricidad de algún lugar invisible. Ha viajado siempre sobre vehículos de cuatro ruedas, unos cilindros que llegan desde algún otro lugar invisible junto con todo el armatoste de hierro. Ha vivido en una misma casa toda su vida pero ha cruzado el umbral de incontables otros hogares, que se componen de unos ladrillos, cemento, corcho y pintura que llegan de algún otro lugar invisible. La sospecha de ese otro lugar tan invisible se torna insoportable cuando se piensa en ese mágico conducto que conecta el inodoro con esa dimensión oculta. Asimismo, ese universo desconocido proporciona agua, gas; a él van a parar los plásticos arrugados de los envoltorios con los que llega, de ese mismo lugar, la comida, como los viejos muebles y otros cacharros que son sustituidos con los años en casa. La existencia de este otro lugar siempre ha sido una evidencia pasmosa. El origen de cualquier bien del que ha disfrutado se lo señala con imprudencia, y ahora, apostado en los bancos fantásticos que se reparten por la ciudad, comienza a relacionar todo y recaba en la existencia de ese otro enorme lugar.

Este otro lugar es la mentira de la ciudad. Es la negación de la autonomía humana en su más abrupta representación, de forma que se ha hecho tan invisible que nadie la echa en falta. Esta pregunta que le resuena tan persistentemente es el resultado de hacer frente a una insoportable realidad, esa repentina angustia que sentimos cuando descubrimos una mentira. La pregunta es ya en sí misma una concreción y contiene parte de su misma respuesta. La pregunta ‘¿de dónde viene todo esto?’ nos está diciendo con flagrante verdad que todo lo que nos rodea en la jungla de cemento no nos pertenece. En esta impostura, y en su relación con ella, todo ese universo mágico de origen y destino de las cosas que pasan delante de sus ojos le señalan lo dependiente que es su cotidianidad. Con estas averiguaciones, de repente el banco donde se encuentra apoyado se le antoja la cosa más frágil del mundo, y con él, todos los robustos edificios empedrados de varias alturas, todos los coches, todos los inodoros, todos los supermercados y todos los parques.

Tras la insistente voluntad por responder a una pregunta que ya le atormenta está el resultado que ha efectuado la ciudad sobre su conciencia. La ciudad, al proveer, arrebata. Su vida entera no ha estado rodeada de grandes lujos, pero no obstante ha sido ajena a esta pregunta hasta ahora. Y, como hemos dicho, esta pregunta no nace de una casualidad sino de una muy cierta sensación de desazón, de desarraigo, que particularmente ha florecido en él de esta forma. Este desarraigo tiene una muy clara razón de ser: la desprotección del Hombre sobre sí mismo, una vez vive una constante mentira. En la ciudad, ningún hombre o mujer es dueño de sí mismo, pues ha de delegar todo con lo que interactúa en ese universo mágico invisible. La autonomía que con ello se pierde sobre nuestras necesidades y apetencias más inmediatas es silenciosa, pero una vez hacemos frente a la solemnidad del pensamiento, en el interior de nosotros mismos, la sensación de vacío, de pérdida y errancia respecto de nuestro primer bien, la tierra, que hemos sepultado bajo adoquines y asfixiado en bolsas de supermercado, es paralizadora. La fragilidad del banco sobre el que se apoya ahora se transforma en una desprotección aguda; esos hierros ahora tan frágiles están a punto de venirse abajo, y entonces, ¿qué hará él? ¿Qué puede hacer, más que buscar otro banco? Ahora todos le parecen iguales, y en su respuesta no encuentra paz sino más desasosiego. En su respuesta se haya ya parte de la gran verdad: la ciudad, sus suministros despreocupados y su espacio invisible nos embrujan hasta desprendernos de la necesidad de vivir.

Sí; su pregunta, la que nace no por casualidad sino porque este desarraigo verdaderamente le pesaba ya antes de formular las palabras, le ha conducido hasta su infancia. De ella recuerda que la teta le llegaba a la boca y podía defecar sin pensar a dónde iba todo eso. Pero ahora entiende que toda su vida ha sido una segunda infancia; la teta ha seguido dando de mamar sin exigir ser entendida, y los pañales siempre han sido limpiados por una mano ajena. Ahora puede seguir alimentándose y yendo al baño de la misma forma, pero esto ha hecho de él un ser tan alejado de sus propias exigencias que ya no lo soporta, y al menos en el pensamiento necesita encontrar una alternativa. Necesita recuperar la noción de sí mismo, meter la mano por el conducto del inodoro y limpiar todas sus ingenuidades.

La respuesta a su pregunta consigue aliviar su pensamiento, pues al menos ahora sabe que su más apremiante objetivo es recordar quién es él, desde los mismos cimientos de su más sustancial presencia: su organismo.

El abrazo

El amor y el tiempo son dos dimensiones en constante fricción. El amor exige conservar y el tiempo dejar ir. Para el amor, la muerte es una experiencia traumática; no obstante, forma parte de las exigencias del tiempo. El amor resulta ser, en realidad, un duelo constante contra el tiempo, la mayor de todas las naturalezas.

Hay que entender el amor en sus múltiples manifestaciones. Por supuesto, existe un amor hecho tan vigoroso que consigue trascender al tiempo; uno que, cuando el apego hacia el otro ya no es lo sustantivo, el tiempo no discurre ni a su favor ni en su contra, sencillamente discurre y el amor con y sin él. Pero este es sólo un resultado del amor más puro sobre las personas y no explica su totalidad.

Abrazados

En la experiencia inmediata, nuestra forma de manejarnos en el mundo, el amor exige también vencer al tiempo. Toda la danza del cuerpo, sus idas y venidas, y también la danza de la mente, entre éste y aquél otro concepto, cuando rondan la idea del amor, debido a alguna persona, en el caso del cuerpo, o como reflexión en los salones del pensamiento, temen el discurrir y desean la quietud. En el pensamiento, la quietud es alguna suerte de verdad, saberse con firmeza sobre algún concepto donde refugiarse de lo desconocido. Se trata de asir mentalmente toda nuestra comprensión y apretarla contra nosotros, con pasión e incluso obcecación, con mucho apego, para sentirnos a salvo de lo incognoscible. Asimismo, en el cuerpo, esta fuerza que emana del apego y del miedo a la muerte, última consecuencia del tiempo, es el abrazo.

En el lenguaje del cuerpo, el abrazo ejemplifica con pasmosa teatralidad el deseo de permanencia. El aire que separa dos cuerpos es la imposibilidad de saber para nuestro pensamiento, y el encuentro en el abrazo, la sensación de verdad, con la que querríamos yacer para siempre. En estas pequeñas trampas de un amor aún temporal, el abrazo es un primer paso, por acudir directamente de nuestra persona orgánica, a veces de forma insospechada, como un repentino deseo por descansar sobre el hombro del otro, sin más. Este amor es estrictamente afectivo; es carnal, pero no sexual. Representa el deseo de entendimiento de nuestra mente, ejecutado por nuestros músculos. En el abrazo existe la exigencia de entender y ser entendido, no siempre cumplida, tanto como en la verdad existe la exigencia de amar lo concebido, tampoco siempre cumplida. Quien ama, desea entender; quien entiende, desea amar. Esta pareja necesidad acompaña la acción humana de manera indisoluble, porque la verdad y el abrazo son pequeñas defensas levantadas sobre la amenaza del tiempo.

Para quienes se aventuran en la senda del amor, el abrazo es una primera necesidad vital, y con él nos sumergimos en su abundancia y lloramos su ausencia. Quienes se descubren en la reflexión, la sensación de verdad, de haber topado con algo final, también es vital, y a ella le confiamos toda nuestra integridad, nos sentimos firmes cuando se confirma y débiles cuando no. Pero en el amor que finalmente ocurre más allá del tiempo, bajo otra consideración de la vida, el final del abrazo ya no es traumático. Asimismo, en la sabiduría que finalmente trasciende las aparentes verdades finales, saberse inseguro en el pensamiento, sin ningún concepto al que asirse con firmeza, produce paz donde antes producía zozobra. Estos nuevos vacíos que se abren, primero frente a nuestro amante, que se aleja ahora de nosotros tras habernos tocado, y en nuestra mente, por sabernos ignorantes en todo, son ahora abrazados con la misma pasión con la que antes nos asegurábamos esos besos y esa calma, y nos conducen a una nueva batalla en la infatigable resistencia a la experiencia humana, solitaria y desconocida, y también iluminada en compañía.

En estos extremos reina el silencio: tras nuestro abrazo, ya no hay sollozos, y tras dejar atrás lo que creíamos que era la verdad, ya no hay palabras.

Feminismo: desmontando el credo para el respeto humano

Pudiera parecer que el ‘feminismo’ no es otra cosa que un ‘ismo’ más, otro de los tantos movimientos circundantes a nuestra sociedad actual, que batalla en su particular circunstancia sin más peso que el de sus propios objetivos parciales. Hay que recordar que la modernidad es ese escenario donde todas las luchas están segmentadas, donde el interés parcial de los grupos se ha hecho decisivo para enarbolar banderas distintas y no compaginarse hacia unos objetivos comunes. En estas funestas circunstancias, el feminismo no es uno más de los movimientos sacralizados durante los años 60 y 70, como fueran el movimiento homosexual o el black power. En el ideario feminista y su aplicación descansan muchas de las claves de la modernidad, de forma que la teoría y la práctica relativas al movimiento por la ‘emancipación’ de la mujer revelan las claves para entender en mucho nuestro tiempo presente, siempre desde esa debida prudencia de no asirnos a teorías totalizadoras que crean poseer una explicación finita y final.

En resumidas cuentas, el feminismo doctrinario, el que hoy día se predica con más avidez, tiene entre sus muchas consecuencias el enfrentamiento radical entre hombres y mujeres. Es necesario subrayar que, por tanto, este feminismo no tiene en absoluto nada que ver con la lucha por la liberación de la mujer; de hecho, resulta en ser su impedimento, no sólo porque ideologicamente niega a la mujer la capacidad de emanciparse mientras reparte una retahíla falaz y tramposa, sino porque confina la reflexión de la mujer a estos preceptos antirevolucionarios. En esta subversión, en esta transmutación de los mensajes libertadores en mera mercadería prosistema reside la gran estrategia fáctica de los poderes para vehicular la posible emergencia de una conciencia civil autónoma en mera ‘resistencia controlada’. En tanto lo particular del feminismo incide en predicar un odio visceral entre los sexos, lo que obliga a una división sin precedentes en la sociedad que trasciende otras divisiones también fatales (como el estamento o las clases sociales) pero no esencialistas, biólogicas, este movimiento va más allá de su ideario y conforma uno de los grandes desafíos de la modernidad.

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Este denominado feminismo, que es en realidad feminicidio (como han acordado Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en Feminicidio o autoconstrucción de la mujer) configura una determinada política que se ha puesto en marcha con toda la connivencia institucional. Su línea programática consiste en inculcar a la mujer la necesidad de liberarse de un patriarcado ancestral, dibujado desde una mitología insostenible, y obligarla a concebir dicha liberación bajo los dulcificados barrotes de la prisión moderna, específicamente el dinero y el poder, mediante el trabajo asalariado y la carrera profesional. Esto, insisto, nada tiene que ver con la liberación de la mujer, y quienes pretendan esta labor necesitan no sólo desvincularse del feminismo ortodoxo, sino denunciarlo por envenenar del todo la cuestión.

La adhesión de multitud de buenas voluntades, de gente, mujeres y varones, a la cuestión feminista tal y como se preconiza hoy día, constituye el triunfo de la voluntad feminicida; impedir una concepción distinta a la dictada por la dominancia. El feminismo hoy día tiene el carácter de religión, pues incita a una creencia ciega sobre esa nombrada mitología, en la cuestión del patriarcado y en muchas otras, pero sobre todo porque invita a una intransigencia atroz cuando se contradicen los puntos clave. La contestación que se recibe cuando se quiere defender que el feminismo de manual oculta una ideología puramente sexista, similar a la concepción nazi de distinciones a razón de los genes, la genética, evidencia la brutalidad con la que son amaestrados sus seguidores, lapidando toda buena voluntad que pudieran alojar en un primer instante, ahora sólo entregados a repetir e imponer ‘su’ visión del mundo. La clave de bóveda del feminismo, su fundamento doctrinario desde sus primeras manifestaciones históricas, afirma que la mujer es un ser de especial debilidad congénita, que precisa de una protección del Estado y que éste le posibilita la emancipación de la brutalidad y agresividad también congénitas al varón, que la ha oprimido desde tiempos inmemoriales por el simple hecho de ser varón. Quienes se autodenominan feministas deben hacer frente a la realidad histórica del movimiento, deben asumir que el feminismo tiene la historia que tiene y sólo si verdaderamente están por una visión igualitaria de los sexos, sólo si verdaderamente pretenden una liberación humanista de la mujer, repudiarán a personajes como Lidia Falcón en España o Simone de Beauvoir en Francia. Es imperativo liberar a las personas que verdaderamente sienten una necesidad de igualdad del encuadramiento del sistema, que es mutilador y sólo concibe dicha igualdad mediante la degradación de la mujer a los mismos estados antihumanos en los que sobrevivimos los varones.

Recuperando el hilo, si el feminismo es sustantivo para comprender la modernidad y es una clave en la estrategia del sistema para ir dibujando su escenario futuro (un futuro que, en esa medida y si no se actúa, no será nuestro, tanto como no es nuestro el presente) es porque impone una nueva categoría de odio entre nosotros. El único escenario en que se podrá recuperar la autonomía de las personas es uno donde estemos unidos como seres humanos contra la imposición de cualquier signo. Ni siquiera con la mujer preocupada en lo que ha convertido y sacralizado como ‘sus asuntos’, los funestos ‘asuntos de género’, que liquidan la comprensión entre iguales, y con el varón volcado en lo suyo, se podría lograr nada, por tanto la fuerza está en la unión, que derrote a cualquier impostura primero mediante el pensamiento. Pero es que el feminismo, además de dividir aquél, es una ideología del odio, quizás la mas temible habida hasta el momento a nivel transversal en toda la sociedad, por tanto comporta una cuestión esencialmente biológica. Con el pensamiento fragmentado y enfrascado en doctrinas cuasireligiosas, y encima con nuestros iguales enfrentados, como enemigos primeros, jamás fructificará una conciencia verdaderamente emancipadora.

No puede ser casualidad que, tras triturar al común de los mortales, tras imponer un estado antihumano que se constituye como consumación de la ideología de poder, progresivamente hasta nuestros días, donde es casi total y tiende hacia un escenario de perfección técnica aterrador, el feminismo haya irrumpido como el último frente institucional para terminar por destruir los lazos afectivos entre las personas dominadas. Lo que el Estado gana con el feminismo que predica desde sus aparatos ideológicos (la universidad y los medios de comunicación eminentemente) es tanto, que pretender que no se trate de un oportunismo más es cuestión de obcecación metal, sólo fruto de la exposición a sus discursos farsantes. No sólo en la instauración del odio entre varones y mujeres tiene un triunfo, lo que está terminando de triturar en lo afectivo la familia, que ya sólo se sostiene como célula cancerosa que sobrevive en régimen de necesidad por tanto es difícil ‘salir adelante’ económicamente en soledad; también en la incorporación de la mujer al trabajo (hasta ahora improductiva para la cosmovisión economicista, ese monismo mutilador la existencia humana), nada menos que el 50% de la población, el Estado declara una victoria total. El feminismo es pilar estratégico de la política a nivel mundial, si bien ha sido primero introducido en lo que se conoce como occidente, pero poco a poco se observa su aplicación en otras sociedades.

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Es evidente que Arabia Saudí no es un país cuya clase gobernante demuestre un interés humanista para con su población. Por distintas cuestiones es un régimen que se manifiesta aún explicitamente violento y represivo; en cambio, ya ha comenzado a financiar campañas institucionales contra la violencia de género. Quienes vean en esta cuestión un progreso y una ayuda para la mujer lo hacen a costa del autoengaño, como también hace la izquierda, que elogia las actividades de lavado de manos que realizan dictadores sin importarle un análisis profundo del estado de las cosas, obviando los hechos que ponen en relación estas actividades con otras intolerables y que demuestran que toda actividad institucional va pareja. ¿Por qué no se denosta el régimen normativo ultra-partriarcal de los países islámicos? ¿Por qué no se denuncia la Sharía? No es posible concebir un régimen que en parte colabore con buena voluntad y en otra parte sea genocida. Por tanto, esto es prueba de que el feminismo de Estado sólo es una política estratégica más que persigue fines que le son de interés a la tiranía islámica.

Con vistas a una economía de mercado mundial, se hizo necesario desarrollar un programa de ingeniería social que estuviese en consonancia con las dos claves de la modernidad occidental, que son a) Invisibilizar a las estructuras de poder y darles un régimen meramente nominativo de ‘democracia’, y b) Rentabilizar al máximo la materia prima con la que los Estados miden su fuerza entre sí, la mano de obra. El resultado fue aupar a ideología de Estado una teoría que obligase a las mujeres a hacerse mano de obra en los cauces de la administración mientras creen conseguir con ello mismo su libertad. No se explica de otra forma el apoyo que el feminismo ha recibido por parte del sistema precisamente en la evolución de este último siglo. Además, la ausencia de un movimiento feminista tan homogéneo como el actual en el pasado sólo demuestra que la causa feminista no existió porque la mujer no estuvo sometida a ningún régimen patriarcal igualmente homogéneo sino sólo como circunstancia local y particular. Esto es algo que el feminismo niega en rotundo y demoniza la agresividad y anhelo de dominación intrínsecos a la condición de varón; pero un vistazo a las condiciones de vida del pasado, no centralizadas y asentadas en la convivencialidad y el apoyo mutuo, cuando se pudo, anula los sofismas empecinados del feminismo. El patriarcado fue y es una realidad muy cierta, pero atribuírselo al varón implica una ideología estrictamente sexista, además de mostrar una nula visión sobre las estructuras del mundo.

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La condición de varón o mujer no son decisivas en lo relativo a un contexto donde existen las clases, por ejemplo. De esta forma, hoy día nada tiene que ver una mujer de barrio con Christine Lagarde o Ana Patricia Botín. De la misma forma, sólo desde la concepción de clase es explicable la instauración de un patriarcado, y no como resultado de una naturaleza congénita al varón sino como resultado de la existencia de una clase dominante y una dominada. Si se recorre la definición que hace del patriarcado la ortodoxia feminista, se ve que la subyugación marital de la mujer al marido la establece el código civil, y no una suerte de ley divina ancestral (que no contaría con los aparatos de coerción y represión oportunos para hacerla cumplir). En la ausencia de una legislación civil centralizada, impuesta y no consensuada, dicha subyugación comportaría un caso estrictamente particular, o quizás común a alguna sociedad machista particular, muy detestable, pero no al varón como ser humano, lo que es una afirmación irrenunciable del feminismo que hay que derribar de una vez. Puedo decir que como varón no me considero una persona con anhelo de dominancia sobre una mujer, y que la casi totalidad de los conocidos varones tampoco lo son, y digo casi por suponer un cierto desconocimiento sobre la interioridad de alguno de ellos. La perfidia feminista debe denunciarse activamente, porque el acoso que sufren muchos hombres cuando se ven en la necesidad de cuestionarse como agresivos ante la monomanía social impuesta está haciendo un daño terrible y es contraria a unos principios de respeto e igualdad.

En la propia ideología feminista está el impedimento para entender el mundo. Bajo sus preceptos, es imposible que emerja una conciencia crítica del mundo, y por ello sus discursos están centrados, bien en uno odio irracional por distintas cuestiones, como el varón y el patriarcado, bien en cuestiones nimias que no significan nada para la cuestión femenina. Por ejemplo el feminismo académico vive embravecido denunciando la mercantilización de la mujer que realiza el capitalismo a través de la ideología de consumo, algo repudiable (tanto como la mercantilización del varón, por cierto), pero eso no es sustantivo a la concepción de la feminidad como categoría autogestionada. En pocas palabras, ante una feminidad fuerte, firme y autoconstruida, los eslóganes publicitarios se evaporan y no turban en lo mínimo a la mujer ante su fortaleza erguida, quizás tan sólo en lo inconsciente, esa gran arma subliminal que contiene la publicidad. Estas denuncias parciales deben enmarcarse en un marco más amplio que ponga en su justa relación ese fenómeno, pues de nada sirve repudiar la publicidad comercial y luego acudir a la oficina con ánimo redentor. Todo forma parte de un gran sistema social que hay que entender en su complejidad, por eso la sectarización de la lucha no sirve de nada.

Creo que uno de los desafíos actuales es desestructurar el pensamiento feminista desde la realidad. Es tremendamente difícil contradecirlo desde la dialéctica, exactamente igual que ocurre con el pensamiento izquierdista. Creo que quizás es más revelador mostrar la realidad tal cual se manifiesta para que se destierren esos credos irracionales. Demostrar a la mujer que los varones no somos agresivos por naturaleza es decisivo; habrá que buscar cómo hacerlo para que se trate de una experiencia reveladora para las mujeres en contraposición a la brutal concepción contraria que se vierte desde el poder. No sólo hay que demostrarlo sino que hay que subrayarlo mientras se denuncia la violencia de algunos hombres. También, ilustrar en lo posible el pasado, a través de las historias orales que podamos encontrar y los documentos más o menos honestos (aunque me temo que esto último es más difícil que nunca). Hay que hacer apreciar las vivencias de nuestros mayores, que contienen muchas claves sobre cómo realmente era la vida. Si se busca, si se tiene en la mente consciente el objetivo, se comprobará con tremenda sencillez que la estupidez doctrinaria feminista es simplona y absurda. En el discurso y no en los hechos es muchísimo más difícil contestar al feminismo, porque cuando se queda sin argumentos acude al ataque indiscriminado bajo título de neomachismo. No sólo sus más aupados aduladores, sino la gente común envenenada con sus perfidias reacciona violentamente cuando se cuestionan cosas fundamentales. Por tanto, este texto tiene una contradicción inherente que asumo con resignación, pero también con ganas de que en algo esté equivocado y a alguien haga pensar sobre la cuestión de fondo, que el feminismo es una cuestión de Estado. En esa identificación puede comenzar una reflexión sobre a qué causas responde mientras dice responder a qué otras.

La realidad sigue teniendo, afortunadamente, un peso arrollador, por eso los principales discursos ideológicos se basan en la mentira, ocultación y tergiversación. En la naturalidad nos descubrimos afectivos, no odiosos. Jamás en mi vida he sentido superioridad ante una mujer por el hecho de ser mujer, y es algo que no asumiré como precepto ni me consideraré una salvedad por el simple hecho de que es la experiencia la que guía mi acción. Dicha excepcionalidad pudiera no reflejarla mi experiencia personal, en tanto individual; pero si nos armamos con una cierta empatía, un amor, a fin de cuentas, nos daremos cuenta de que la gente tampoco es odiosa por naturaleza; que su pulsión inherente es amar y desear ser amada. Quienes estén por concebir al ser humano como un depredador, aun tienen que explicar muchas cosas; entre otras, cómo hemos llegado hasta aquí. Tienen que convencer de lo excepcional del amor a quienes lo sentimos con nuestros iguales. Tienen que explicar por qué existe una estrategia de dominación fundada en el odio, si acaso éste fuese congénito. Nada se sostiene bajo una cosmovisión del odio, ni siquiera la humanidad misma.