PSOE+Podemos: infierno convivencial y violaciones legales

El acuerdo a Presupuestos negociado y ratificado durante los últimos días constituye finalmente a PSOE y Podemos como Frente unificado de izquierda. Sus dos marcas, la de Gobierno de España y la de Podemos firman juntas un documento que compone, primero, un acuerdo ideológico, no sólo con arreglo a teoría económica, sino con foco en otras cuestiones incluso más decisivas, como es la cuestión feminista y de género, ya habituales como avatar de vanguardia de la causa progresista.
En el documento se alega que la causa feminista “es clave para el bienestar social y el progreso económico”, asunto que se trata en el epígrafe 8. La habitual y etérea formulación buenista de la izquierda da luego paso a proposiciones concretas que deben ser estudiadas como signo de la política que se quiere implementar. En este primer panfleto de acuerdo entre PSOE y Podemos (que recaudará, previsiblemente, más apoyos en el Congreso) es donde por primera vez se formaliza el compromiso en legislar las relaciones sexuales como generalidad, esto es, cubrir las relaciones eróticas entre sexos con la rúbrica de la ley, tipificando lo legal y lo delictivo, sin que sea lo anecdótico y lo casual (un desacuerdo, una violación, etc.) el abordaje primero. Aquí se pretende extender la potestad legal de dirimir entre lo adecuado e inadecuado a toda relación sexual íntima entre los sexos, y se empieza por apuntalar que sólo el consentimiento expreso de una mujer otorga legitimidad legal al encuentro sexual.
presupuestos2
En primer lugar, esto supone una intolerable intromisión de la ley, esto es, del Estado, en las relaciones íntimas personales, sagrado espacio de la vida privada de las personas, para el que se estipula una reforma de nada menos que el Código Penal. Es del todo ilegítimo y execrable que la ley estipule la conducta que cada persona llevamos en nuestra intimidad apolítica, que defina marcos de legalidad según qué supuestos, y esta reforma camina hacia esta dirección, pues configura un nuevo tipo penal sexual que requiere de una burocracia impositiva para confirmar la voluntad de las partes en el acto sexual privado. Es decir, se requiere una carga probatoria de la voluntad o consentimiento en el acto sexual, y “todo lo demás es no”. Ni siquiera esto es así, pues para más descaro sólo se quiere exigir la voluntad expresa de la mujer en sus relaciones sexuales. Esta reforma quiere conceptualizar y hacer normativo que, en ausencia de consentimiento demostrable, las personas (los hombres) pueden concurrir en delitos penales. Esta intromisión, repudiable en sí como asalto de nuestros espacios convivenciales, se realiza de la forma más deleznable posible, otorgando sólo a la mujer la capacidad legal de argüir que su falta de consentimiento expreso indica una violación de su voluntad, “sólo sí expreso es sí y todo lo demás es no”.

 

Infierno convivencial

El descenso de estas formulaciones a la realidad de las relaciones humanas dibuja un maquiavélico infierno convivencial. La vida de lo que es quizás nuestra intimidad más personal, nuestra sexualidad y nuestro encuentro sexual con los demás, queda intervenida por la ley, que se arroga la potestad de establecer categorías penales generales a todo encuentro entre pares, bajo la ya desvirtuada consigna de proteger la integridad sexual (de las mujeres).
La asimetría legal que otorga semejantes privilegios a las mujeres coacciona la libertad sexual entre iguales, que queda sujeta al ojo de la ley. El encuentro sexual ya no es un espacio liberado de la moral estatal, sino que, de no suscribir sus preceptos, puede constituir una ofensa, no ya personal hacia la otra persona, sino hacia la administración misma, como tipo penal formal. Esta norma sexual que quiere imponerse obliga a los hombres a tener que considerar la dimensión legal para su relación afectiva y les hace necesitar de ese consentimiento expreso demostrable para no ser, como posibilidad, señalados como agresores sexuales. Esta realidad levanta un muro entre los sexos y cancela el deseo erótico como una pulsión humana ajena a la política. El erotismo, como dimensión prepolítica, queda coartado y por tanto impedido bajo la nueva burocracia feminista. Lo espontáneo del encuentro afectivo entre hombres y mujeres debe sacrificarse por el contrato entre partes con arreglo a una suerte de psicosis social que ha cincelado en la mente colectiva la eterna amenaza del sexo heterosexual como una violación de la voluntad de la mujer. Así, mujeres y hombres se temen, las primeras por ser inducidas a apoyar medidas que se dicen “feministas” pero que ahondan en victimizarlas hasta límites indecibles, hasta que su síndrome de inseguridad les hace temer el más leve pestañeo que identifican como una violación en ciernes. Por su parte, ser varón es un agravante penal y de cara a la ley los hombres deben anteponer su capacidad de probar su inocencia ante posibles acusaciones que no garantizan su derecho a la defensa, amparada en el derecho natural de la presunción de inocencia, figura que ya es ninguneada y cuestionada abiertamente por personajes como Manuela Carmena o movimientos como el #metoo. El resultado: los encuentros heterosexuales están cada vez más intervenidos, más dificultados y expuestos a condicionantes propios de un puritanismo sórdido, y el deseo sexual languidece como dimensión humana no política, preso del deseo estatal de introducir la ley en el dormitorio.
Por si fuera poco, cabe añadir otra realidad monstruosa que deviene de la aplicación de estos principios normativos. Por supuesto que todo el mundo sabe que una persona que quiera violentar sexualmente a otra de forma contraria a su voluntad no va a solicitar ningún permiso, pues el propio acto violento implica la negación de la calidad humana decisoria. Por lo tanto, estas medidas no van a impedir las violaciones y agresiones sexuales reales, de la misma forma que la Ley de Violencia de Género no impide las agresiones en la pareja. Pero, además, bajo las nuevas leyes de consentimiento, si un encuentro sexual queda legitimado con el consentimiento expreso de la mujer, bastará con manipular, coaccionar o falsear dicha prueba de voluntad para nada más y nada menos que hacer legal una violación sexual. Este escenario obliga a pensar en situaciones donde mujeres sometidas y coaccionadas de muy distinta forma otorgan un consentimiento expreso vaciado de su voluntad real, por miedo y parálisis, que luego serían incapaces de contradecir bajo esta nueva justicia feminista. La voluntad de una mujer queda así presa no de su propia evocación ante un tribunal, llegado el caso, sino como juramento al encuentro sexual, bien a través de mensajes, aplicaciones de consentimiento, firmas, etc., lo que abre la puerta a que el verdadero violador ponga su empeño en asegurar la coartada de dichas pruebas para formalizar un acto violento sexual incapaz de ser atajado por la justicia. Así, una mujer que no otorga un consentimiento expreso tendrá cada vez más dificultades para encontrar un compañero, temerosos éstos del abuso que la ley pone en manos de la mujer de forma potencial; pero si concede el consentimiento, tendrá impedimentos añadidos si quisiera retractarse de cara a la ley si, por ejemplo, ese encuentro se torna indecente, violento o contrario a la voluntad real de la persona. Retractarse implicará arremeter contra el artificio del consentimiento expreso, que confina su voluntad, y deberá aportar más pruebas de las debidas para probar situaciones de abuso reales.
Las propuestas sobre el consentimiento sexual que abandera la nueva izquierda, ya en bloque, todos a una, les señala como maestros en la desintegración de las dimensiones humanas de las personas. Su afán totalizante, policial y carcelario les hace verdugos del pueblo que dicen defender. La indecencia moral de sus dirigentes les hace firmar propuestas políticas que pueden volverse en contra de sí mismos, por lo que el hacer de sus dirigentes no puede ni siquiera entenderse como un egoísmo embrutecido, sino más bien como un acto de irreflexión malvada, inconsciente y demencial. 

La feminidad y el fascismo (2): Alemania Nazi, realidad o discurso de género

Si se dice que el mundo del hombre es el Estado, su lucha, su disposición a dedicar sus habilidades al servicio de la comunidad, entonces quizás se pueda decir que el mundo de la mujer es más pequeño. Su mundo es su marido, su familia, sus hijos y su hogar. […] La nueva comunidad nacional Nacional Socialista adquiere una base firme precisamente porque nos hemos ganado la confianza de millones de mujeres como compañeras combatientes fanáticas, mujeres que han luchado por la vida común al servicio de la tarea común […]

Adolf Hitler, discurso ante la Liga Nacional Socialista de Mujeres, 8 de septiembre de 1934

La Liga Nacional Socialista de Mujeres alcanzó los 2 millones de mujeres miembro en 1938.

A history of Fascism 1914- 1945, Stanley George Payne

women nazi salutation

La primera parte de esta serie de artículos puso el acento en los datos para funcionar de ventana en el tiempo y descubrir la disparidad de opciones femeninas en la España de los años 30. Aquí se darán algunos nombres y datos pero se pondrá el acento en una interpretación que es bien necesitada en el presente. La necesidad de cantidad (más y más datos) no debe hacer olvidar el principal objetivo que aquí se persigue: utilizar la historia para librarnos de la locura de género del presente. La existencia de más datos no eclipsa las historias que aquí se recogen. La primera parte acentuó la proporción y aquí se acentúa la mera desigual calidad humana de las mujeres alemanas de la época.

La realidad de las mujeres en la Alemania nazi, tanto antes como durante el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial, ilustra muy bien, por ser brutal, la falacia que la pretendida antropología feminista mantiene, muy acentuada hoy día, como principal axioma: el concepto de clase de “mujer” como grupo humano homogéneo. Se dice que la mujer sufre de diferentes opresiones, lo que lleva implícito que la mujer es un-todo igual, una identidad colectiva, en definitiva, una clase social, utilizando la analogía con la teoría de clase marxista (analogía que los propios teóricos socialistas realizan, como se verá). La historia misma hace saltar los resortes de este reduccionismo decimonónico, empecinado en explicar la realidad humana en su dialéctica colectivizante, comunista (pensar al individuo ignorando sus dimensiones interiores y emulsionarlo en grupos con arreglo a categorías arbitrarias como el sexo). Tan difusa es la noción unitaria del proletariado como la de la mujer, en tanto que clases sociales. La analogía que hace Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que se explicará, termina por comprometer, a la luz de la historia, el concepto de clase también en lo que al feminismo respecta: “En la familia el hombre es el burgués y la mujer representa al proletario“, se atrevió a decir el teórico marxista. August Bebel, en La mujer y el socialismo espeta, en la misma línea arrogante: “La mujer y el trabajador tienen esto en común: los dos están oprimidos.” Pero regresemos, por ahora, al cruento episodio del nazismo alemán.

Frauenschaft

Las mujeres del Nacional Socialismo alemán

Además de los datos de afiliación femenina masiva, realidad que reproduce la situación habida en el contexto fascista español, hay numerosos testimonios que necesitan ser estudiados. Hitler propone un discurso sexista, como se cita más arriba, en 1934 para las mujeres alemanas, un discurso que confina a la mujer en el hogar y le despoja de responsabilidad civil con su comunidad. Cuatro años más tarde, la Liga Nacional Socialista de Mujeres pasa de 1 a 2 millones de mujeres miembro. Es decir, cientos de miles de mujeres apoyaron explicitamente un régimen patriarcal. Si la mujer es un grupo que comparte visiones e intereses comunes, ¿cómo puede el feminismo explicar este episodio histórico? No puede, y no lo explica, lo silencia. Para el feminismo estas mujeres no forman parte de la historia. Se podría argüir: la visión de la feminidad era distinta en aquella época, las mujeres pensaron que era lo mejor; como dirá Simone de Beauvoir, “no comprendían la naturaleza de sus cadenas”, no eran conscientes de lo que era el patriarcado, etc. Claro, alguna de estas cuestiones cotejó tan dramática situación, lo que a todas luces también desmonta la idea feminista de que la mujer de hoy y del ayer son la misma cosa sustancial. Quienes tienen la arrogancia de atreverse a definir cómo ha sido la historia de lo femenino sin cotejar su principal rasgo, la subjetividad de las propias mujeres, son la apisonadora que impone su visión de las cosas, nuestra subjetividad moderna, sobre todo lo que miran. Esto es lo mismo que realizan los teóricos socialistas cuando se atreven a explicar bajo su pensamiento científico las realidades “feudales” del pasado sin asumir lo vasto (por diferente y plural) de sus gentes. Es lo mismo que hará Beauvoir, apoyada en el existencialismo, cuando sugiera que las mujeres son fruto de su sociedad, son una ‘existencia’, postulado que se refuta a sí mismo como un esencialismo teórico; o cuando la francesa diga que las mujeres de su época “no son feministas, son pasivas resignadas”. El feminismo teórico adolece del mismo afán totalizante.

Rescatemos más ejemplos que de por sí ilustran lo que aquí se viene defendiendo: el fraude de la teoría de clase indisoluble del feminismo. En Guardianas nazis: El lado femenino del mal, Mónica González Álvarez da cuenta de mujeres fanáticas nazis que maltrataron, torturaron y asesinaron a otros varones y mujeres, adultos, ancianos y niños. El libro se apoya en datos del régimen, testimonios de supervivientes (como Eugen Kogon, que escribe El estado de las SS. El sistema de los campos de concentración alemanes) y las vistas orales de los diferentes juicios políticos que se produjeron más tarde. Así, perfila las biografías de personas como Ilse Koch, con cerca de 5000 asesinatos, experimentos y torturas a su nombre en el campo de concentración de Buchenwald en Weimar; Irma Grese, “el ángel de Auschwitz” y colaboradora de Mengele, con hasta 30 crímenes diarios; María Mandel, “la bestia de Auschwitz” que acopia 500.000 crímenes contra mujeres judías, gitanas y prisioneras políticas; Herta Bothe “la sádica de Stutthof”, Dorothéa Binz o Hermine Braunsteiner; así, pasando lista de sólo las principales gerifaltes nazis, el libro se erige como pieza fundamental en castellano para comprender el “lado femenino del mal” y refuta, sin quererlo, la raíz del discurso feminista histórico.

En febrero de 1943 un grupo de varones judíos fue recluido por el régimen en un centro de la comunidad judía en el corazón de Berlín. Cuando la situación fue conocida, miles de mujeres, principalmente sus esposas y familiares, se concentraron a las puertas del centro en el número 2 de la calle Rosenstraße. Estas mujeres esposas eran alemanas, de raza aria, y ambos formaban un grupo de unos 2000 matrimonios entre varones judíos encarcelados y mujeres libres. Las mujeres, al grito de “¡Devolvednos a nuestros maridos!” se concentraron durante tres días y resistieron la presencia de la Gestapo, que arma en mano, vociferó por la disolución de la protesta con amenazas de muerte. En Dissent in Nazi Germany (The Atlantic, septiembre 1992) un testigo describe como las calles “estaban abarrotadas de gente, y los gritos exigentes y acusadores de las mujeres se elevaron sobre el ruido del tráfico como declaraciones apasionadas de un amor fortalecido por la amargura de la vida”. Estas mujeres, amantes, y los familiares, que renunciaron con su resistencia a su vida por intentar hacer justicia, consiguieron la liberación de los judíos recluidos y el régimen, ante otras manifestaciones de disidencia popular, retrocedió, y no impuso represalias a las más de 6000 personas que se vieron en la calle Rosenstraße.

En la Alemania nazi hubo mujeres amantes de sus maridos, amigas de sus amigos, hermanas, madres, vecinas y compañeras. También hubo mujeres prisioneras, asesinadas, represaliadas, mujeres y niñas judías. Hubo también millones de mujeres nazis, mujeres engañadas, ingenuas y convencidas; algunas mujeres fanáticas, mujeres asesinas y torturadoras de hombres y mujeres asesinas y torturadoras de otras mujeres. Las mujeres del presente, del mañana y del ayer, siempre serán mujeres, seres humanos capaces del mayor crimen, la tortura, o del más noble amor, el desinteresado. Su condición sexual no les define como personas ni les pone en común entre sus semejantes femeninas. Su conciencia y sus elecciones les definen como seres humanos y necesariamente les enfrentan con otras mujeres que, existentes (Beauvoir) bajo una misma cultura, son de distinta condición.

Realidad o discurso de género

El argumento histórico es uno de los más poderosos para ilustrar el gran error que contiene todo el pensamiento feminista moderno. Y digo todo, porque el uso en su contra, el de la historia, ataca el sustrato base que comparten todas las manifestaciones históricas del feminismo. Hay quizás que hacer cierta excepción en los movimientos feministas liberales primigenios, la denominada primera ola feminista, si se considera que su relato está centrado en la derogación del patriarcado civil, la ley sexista que impone de forma extendida la Revolución Francesa y tras de sí todo el liberalismo. Su centro de gravedad fue la demanda de garantías jurídico-sociales igualitarias. Se tratará en otra ocasión este primer feminismo que, no obstante, ya comienza a apuntalar el error propio del cientifismo ilustrado: encerrar bajo la categoría de “mujer” a toda una amalgama heterogénea de mujeres de muy distinta condición, para las que se adjudica un mismo destino, a saber, la igualdad de trato legal, cuestión que jamás aglutinó a una mayoría de mujeres en ninguna época, que concibieron sus vidas y sus luchas de muy distinta manera. Incluso entre la minoría elitista, urbana y adinerada, distinta del 80% de la población, hubo desavenencias; incluso entre la ínfima minoría parlamentaria, como ilustran en España Clara Campoamor y Victoria Kent, que se manifestaron a favoren contra respectivamente del sufragio femenino. ¿Qué hace pensar que todas las mujeres de un tiempo legitimaban o se sentían representadas por mujeres como Olympe de Gouges, cuando la mayoría ni siquiera fue consciente de su existencia debido a las limitaciones en los medios de difusión? La propia teoría de clases en la que está basada el feminismo refuta esta idea. Las mujeres del campesinado, las mujeres de la burguesía, las mujeres del proletariado y las mujeres del Estado tenían subjetividades, vidas e intereses distintos. Ni siquiera en el presente, sociedad de pantallas, se da esa coincidencia: las feministas discuten entre ellas, articulan sus luchas mientras el resto, con las mujeres, estamos a otra cosa.

La dialéctica feminista comienza a profundizar en su equivocación y alejarse de la realidad cuando incorpora a su discurso, haciéndolo progresivamente prioritario, la denuncia de estructuras socioculturales que oprimen a la mujer, es decir, cuando se aleja del estudio objetivo de la legalidad (la desigualdad normativa real del primer liberalismo) para señalar otras líneas divisorias entre hombres y mujeres que ya no son puramente estructuras objetivas, con literalidad, específicas de un tiempo y un lugar en el mundo, como es una ley, sino que apelan más bien a si las mujeres se sienten oprimidas. Este nuevo feminismo social o cultural tiene su origen doctrinal en el primer marxismo, concretamente en la obra antes citada de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicado en 1884. A partir de este momento, la cuestión de la mujer quedará relegada indefectible y lastimeramente a la interpretación histórica del marxismo, en su dominancia oficial, es decir, en lo que se ha convenido como la historia oficial del movimiento. Existirán autores posteriores que piensen la cuestión femenina y humana alejados del marxismo, pero serán autores olvidados, detestados y hoy día sin presencia en los discursos dominantes. Además, el decurso fascistizante del feminismo de Estado hoy día impone legislación civil que está inspirada en (cuando no cita directamente) autores de esta corriente feminista cultural, pues se afirma sin ambages que “la mujer sufre opresión como grupo”, por lo que esta línea discursiva está oficializada (ya que en España no existe ley discriminatoria por sexo con las mujeres -desde aquí se reta a algún colectivo feminista a que mencione alguna). Pero, en el mundo real, siempre existirán personas, mujeres, que imprimen en el tiempo su feminidad como un agente histórico diametralmente opuesto a los delirios teóricos marxistas, y es éste, el argumento histórico, el estudio del papel real de las mujeres, el que destrona del todo las fantasías tanto del socialismo y marxismo teóricos como de su vástago el feminismo cultural, también apodado a veces o que forma parte de lo que se conoce como marxismo cultural.

 

Odio racial y no odio de sexos

feminidad fascismo feminismo generoEn el régimen nazi, las mujeres, como los varones, participaron del antisemitismo, esto es, un rechazo u odio visceral de base irracional y no experiencial a aquello identificado como judío. Melita Maschmann, mujer letrada, hija de padres universitarios, miembro de la Liga Femenina de las Juventudes Hitlerianas, explicaría años después en Account Rendered: A Dossier of My Former Self la concepción del antisemitismo instalada en las juventudes urbanas cercanas al partido nazi,  de forma que “nadie parecía preocuparse por el hecho de que no tenían una idea clara de quiénes eran los judíos“, lo que Daniel Jonah Goldhagen en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto define muy bien como “la imagen alucinada que tenía de los judíos”. Esta confusión es un cualidad elemental de toda manifestación de odio colectiva, por irracional, que expresa la irresponsabilidad moral e histórica, o si se quiere, el error sin más, que condujo a muchas personas, entre ellas dos millones de mujeres, a apoyar la causa nacionalsocialista. La propia Maschmann, en el epígrafe citado, culpa a aquel antisemitismo racial de que  “más adelante pudiera entregarme en cuerpo y alma a un sistema político inhumano, sin que esto me hiciera dudar de mi propia decencia.”

Antes se hacía referencia a algunas voces femeninas históricas que no comulgan o que se expresan fuera de la dialéctica marxista feminista. Bien, de las declaraciones de Maschmann, una ex-militante nazi, se extraen algunas enseñanzas que bien podrían servir para pensar la feminidad en aquel tiempo y en el presente, como son la necesidad de estudiar los fenómenos de odio sospechosos de ser bulos interesados en su momento presente y no cuando es demasiado tarde; o a preguntarse constantemente por la propia decencia y moralidad de formar parte activa de una opción política. Cabe preguntarse si quizás Maschmann, cuando confiesa arrepentida el horror nazi del que participó, quizás sólo busque limpiar su imagen, expiar su culpa, no ser juzgada; cabe preguntarse, entonces, ¿tiene una mujer conciencia, remordimiento? ¿puede una mujer mentir? Algo tan elemental que causa vergüenza plantearlo, sí, pero que está ausente en la ramplonería feminista actual, donde legislación penal y alta jurisprudencia asumen la veracidad del testimonio de una mujer (figura de la inversión de la carga de la prueba) por el hecho de ser mujer, y donde tenemos que soportar que se sostenga por las asociaciones feministas y por el Consejo General del Poder Judicial que no existen denuncias falsas, ¡negando que cualquier mujer pueda mentir!

 

De Beauvoir hasta el presente machista

¿Por qué no puede el feminismo ver en el testimonio de Maschmann enseñanzas dignas, humanas, de concienciación, de llamada a la cautela por los nuevos aduladores, de escepticismo ante las modas en boga? ¿Por qué no se cita como testimonio histórico femenino de lo que conviene prevenir; en definitiva, como alegato a primar el sentido crítico y al individuo como conciencia en el mundo, a no fanatizarse ni censurar opiniones, en lugar de priorizar las teorías de identidad de grupo? El feminismo sólo rescata los textos históricos de fanáticas, su mayoría marxistas o comunistas confesas, que reproducen la ideología del conflicto constante entre clases o grupos porque son quienes asumen las mismas falacias interpretativas, como considerar a la mujer un grupo o clase social uniforme: Clara Zetkin, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Shulamith Firestone, Kate Millet, Judith Butler, etc. Es apabullante ver cómo estas autoras se citan entre ellas, en un continum bochornoso: Beauvoir citará a Zetkin, Friedan a Beauvoir, Firestone a Friedan, Millet a Firestone, Butler a Miller, … Todas ellas comparten la misma dialéctica clasista, nacida en el marxismo, y con intención o sin ella, han traído hasta el presente un feminismo absurdo, desprovisto del menor atisbo de realidad y acierto, pues aunque identifiquen alguna verdad relativa, se equivocan del todo en los fundamentos del análisis y por tanto todas sus propuestas conducen al error.

La mujer como unidad, como grupo, categoría, clase; transversal y total, se desvanece en los avatares de la historia; la mujer, como segmento constante de la humanidad, como 50% pretérito. Son, como individuo humano, sus decisiones morales fruto de su conocimiento del mundo las que le empujan, como a todo ser humano, hacia una dirección u otra. Paradojicamente, en su epistemología humana juega un papel fundamental el conocimiento de la historia, y si mujeres como Melita Maschmann hubieran tenido referencias históricas para poder abordar fenómenos cognoscitivos como el odio racial “alucinado”, seguramente no hubieran participado con “propia decencia” de su gestación y apoyo. De la misma forma, si no se ocultara la verdad histórica con intereses espurios, como hace toda corriente feminista hoy, por ignorancia o despotismo, se otorgarían herramientas poderosas para el porvenir moral de nuestras decisiones. Pero, claro, el feminismo es un gigantesco Uroboros, reptil que se muerde la cola. Su concepción de la mujer como clase le obliga a ocultar las manifestaciones históricas que dan prueban de lo contrario, que el sexo no define una realidad de grupos humanos de manera uniforme por encima de otros condicionantes tan variados como el lugar y el tiempo, la conciencia individual y de grupo, la moral, el poder, la conveniencia, la voluntad, la valentía, la libertad, etc.

De forma que, digámoslo claro, cuando el feminismo habla de la mujer no sólo niega la verdad histórica, sino que al hacerlo, acentúa el empobrecimiento del entendimiento humano, no sólo por operar como un reduccionismo muy burdo, idéntico discursivamente al socialismo científico y su materialismo histórico marxista, al utilizar categorías universales falaces como “mujer”, sino por imposibilitar que nuestra historia sea una gran maestra de vida.  El colmo de su maldad destructiva es que su constante victimización de la mujer, fruto entre otras cosas de negarle su conciencia histórica, propicia que aflore en ella esa misma “imagen alucinada” de fenómenos de su entorno actual; cuando el odio racial nazi odiaba lo judío “sin tener muy claro quienes eran los judíos”, hoy día es el machismocomo categoría cultural (y no como realidad legal, lo que da prueba de la inspiración marxista-culturalista del feminismo de hoy) el que encarna esa nueva categoría de odio. El antisemitismo era “un poder maligno, con los atributos de un espectro”, según Maschmann, definición que hoy corresponde entre otros al machismo, término en constante (in)(re)definición, utilizado con o sin argumentos, cuando no esgrimido como argumento en sí (¡eres un machista!).

Sin siquiera entrar a valorar aquí las cacerías y campañas de desprestigio que con arreglo al machismo realiza el feminismo recalcitrante actual, que no se quedan cortas en similitudes con las campañas de acoso antisemita que gestaron el clima social y el ascenso del partido de Hitler (recuérdese, votado en urnas), se puede argüir, una vez más, que el feminismo es un cáncer epistemológico, que se ramifica a todos los estratos del ser: victimiza a la mujer (opresión perpetua), le extirpa su conciencia de nuestro pasado (la historia como herramienta) y de sí misma (sororidad o pertenencia a una clase ilusoria), le hace ciega ante su realidad presente (demanda que vista sus gafas moradas), le enfrenta a sus iguales (a los varones -hay una conspiración cultural machista- y a las mujeres que no participan del credo) y encima y como resultado de todo ello, sienta las bases para una cultura del odio con semejanzas al caldo de cultivo de los fascismos históricos, que tuvieron un apoyo civil precisamente porque calaron en la población nociones como el antisemitismo.

Afortunadamente, el feminismo sufre de un fuerte desprestigio teórico en la actualidad, motivo por el cuál es el momento idóneo para entregar las herramientas, proponer otra vía, señalar su maldad y apostar por que una mayoría social rechace sus preceptos y quede así marginado a ínfima minoría. Prevalecer, en resumidas cuentas, pero nunca vencer por imposición, pues bajo la innegociable libertad de expresión, tiene todo su derecho a existir y manifestarse.

Feminismo: el ocaso del grupo humano

La noción de que la violencia es una forma extendida de dominio entre hombres y mujeres, ejercida por lo primeros hacia las segundas, no importa si por una suerte de cuestión biológica o estructural, social o cultural, constituye los preceptos de lo que es en toda regla una ideología del odio. El olvido y, sobre todo, la negación del amor que ocurre entre las personas en pos de una dominación que se abre camino no importa cuándo y dónde es un delirio intolerable que viola principios de convivencia y de humanidad que se manifiestan a diario ante nuestros ojos, que son en suma muchísimo más numerosos que los casos de efectivo odio y dominancia, y que silencia y elimina de la ecuación las causas reales de lo particular de una situación de sometimiento. Tanto como se culpa al capitalismo de ser el gran mal que construye un mundo de injusticias mientras se silencia el origen de la opresión, se cuenta que las mujeres son sometidas como único destino posible, bien porque son consideradas (bajo esa misma ideología) sujetos específicamente más débiles que sus compañeros, bien porque éstos son considerados agresivos y dominadores en lo relativo a su condición de varones (en lo estrictamente biológico) o en la forma en que esa virilidad se ha construido en sociedad. Esta mitología se despega de la realidad y postula sobre un comportamiento humano universal, atemporal y homogéneo, de subjetividad única; no importa quién, dónde y cuándo, si es mujer, estará potencialmente bajo la sombra.

La sociedad de las violencias que tenemos como entorno incita sin lugar a dudas a incorporar a nuestro pensamiento este tipo de teorías que nos hacen enemigos de nuestros semejantes. La exposición a la desconfianza generada por la necesidad normativa de asegurarse un interés particular genera más desconfianza, y estas teorías dan una fingida respuesta a cómo hemos de vernos los unos con los otros. El feminismo no es un acontecimiento casual de nuestro tiempo. Trascendido lo que sería su cuerpo teórico, como fenómeno sociológico debe entenderse así. Tiene, claro, varios significados. Era necesario desnutrir en lo más hondo las relaciones afectivas que regulan la vida del las personas corrientes para que su lucha deje de enfocarse en una dominación desde afuera y las personas peleen en una guerra imaginaria, una trinchera interior. Además venía muy bien aupar al grupo femenino al horizonte de la producción, identificando ésta con una liberación de las labores del pasado (por mucho que éstas fueran de una necesidad mucho más humana). Era necesario catalogar dos grupos, determinar sus diferencias de forma ortodoxa. En suma, es difícil determinar todas las causas que han derivado en una crispación tal y como la que existe hoy día entre los sexos, seguramente porque sólo la proyección histórica del presente alumbre en un futuro un gran motivo.

Una vez que olvidamos observar nuestro entorno como prueba más veraz de nuestro tiempo e incorporamos ideas salidas de otras realidades, nuestra conciencia del presente disminuye. Si estamos convencidos de que esas ideas no provienen casualmente de otras situaciones sino que han sido erigidas falazmente como sintomáticas de una supuesta dolencia común, resulta evidente que el imaginario colectivo que se construye tiene un rumbo establecido. La mujer ha sido ciertamente sometida como grupo en algún pasado (por ejemplo, tras la legislación civil de 1889 en España, que dictaba la sumisión legal de la esposa al marido), y lo es en el presente (por ejemplo, en el entorno de un fuerte patriarcado dogmático dictado por el poder islámico), pero tras una lenta observación y a modo de conclusión preliminar, para marcar un punto y aparte, se puede afirmar y yo afirmo que la mujer no sufre de ninguna opresión como grupo sexual en los países occidentales. A riesgo de ser polémico, conviene matizar inmediatamente.

Por supuesto que la mujer, como individuo, sufre violencia, tan cierto como la sufre el varón, y este es el punto que hay que subrayar. No existe ningún marco legal, ningún imperativo normativo (que son los que primero socavan una diferencia) contra la mujer (de hecho la mujer sufre de sobreprotección legislativa en España y otros lugares, con la Ley de Violencia de Género, lo que es otro asunto). Hoy, el feminismo, como ideología ultraconservadora, como perpetuador de esta idea de dominación infinita, sobrevive aupado por un poder institucional descomunal repitiendo machaconamente que la mujer en España sufre de una opresión cultural, pues es ya evidente que no existe ley por sexo discriminatoria desfavorable al sexo femenino (lo que si ocurrió y ocurre en los ejemplos detallados).

La dominación cultural es la gran batalla del feminismo recalcitrante. El feminismo incide con más fiereza cuando identifica ciertos usos comunes, como el lenguaje, con una dominación cultural, porque instaura el odio al asumir, entre otras cosas, que esas construcciones sociales se usan deliberadamente por los sujetos para desprestigiar o hacer sentir de menos a las mujeres, aunque en la mayoría de los casos,  no es propósito de la persona que los emplea esgrimirlos como armas de dominio. Como se ha visto, en el pasado se encuentran ejemplos de una dominación efectiva, más que como resultado de una activa agresión entre sujetos, como resultado pasivo de una legislación cruel sobre las personas que puede terminar determinando actitudes cotidianas. De ese contagio surge efectivamente violencia, una cierta violencia hacia un sexo, tanto como surgen violencias transversales a muchos otros ámbitos de la vida. La especificidad de la violencia de género es una maldad que incita a medir toda forma de violencia como un deliberado intento por someter a la mujer. Este monstruoso gráfico que presenta Amnistía Internacional da buena prueba del estado de delirio en que se haya una mujer hoy día, obligada a creer en todos estos mensajes que la bombardean.

11350622_831595946932396_5185352584033297479_n

A pesar de esa ausencia de voluntad de someter a nadie que poseemos una gran mayoría social a la hora de la convivencia, efectivamente la mujer puede sentirse oprimida, en parte por la carga residual que determinado elemento pueda contener como herencia cultural de épocas discriminatorias en lo legal, en parte porque la mujer sufre de una intervención de su conciencia hoy día. Amenazar, gritar e insultar a una mujer aparecen en ese gráfico como formas de violencia de género visibles, recubiertas con el peso de una cierta objetividad, determinando que en una situación agresiva, el mismo acto del insulto verbal, la amenaza o la voz alzada tienen por objeto subyugar al otro sólo por el hecho de ser mujer y no por la cuestión concreta de esa disputa, que es en última instancia siempre su motivo. Las particularidades de situaciones de confrontación entre personas se suprimen y se exige que un varón siempre que insulte a una mujer lo hará porque la considera inferior y así estará ejerciendo una violencia no sobre la otra persona como individuo entero sino sólo a razón de su sexo. Este planteamiento, estrictamente estúpido y alejado de la experiencia que podemos observar; la experiencia no de otros, sino de nuestras mismas disputas, la forma en que, siguiendo el caso, discutimos con nuestros semejantes; este planteamiento, se evapora a la luz de la constatación de que, cuando discutimos, lo hacemos por una diferencia de opinión, no por un deseo de dominio.

Si esos tres primeros ejemplos resultaban escalofriantes, echar un vistazo a las formas “invisibles” de violencia de género da verdadero pavor. Según esta ortodoxia feminista, ya de alcance internacional, ignorar, culpabilizar o ejercer chantaje emocional sobre una mujer son actos que siempre se cometen como violencia hacia su género, y claro, siempre y sólo lo ejercen varones, pues una mujer chantajeando o ignorando a otra no comportaría una violencia sobre su propio sexo. Tampoco son violencia de género las disputas, agresivas o invisibles, que se producen en las relaciones afectivas lesbianas, por ejemplo. La mención del lenguaje sexista, como ya se ha dicho antes, comporta esa idea nacida del mismo odio de que una persona desea activamente hacer sentir mal a la otra en el uso de estructuras aprendidas, por ejemplo en el uso del masculino plural para hacer referencia evidente tanto a ellos como a ellas. La cuestión de la conveniencia o no de nuestro lenguaje es un asunto interesante, pero atribuir una violencia sobre la mujer no por parte del lenguaje sino por parte de la persona que emplea ese lenguaje constituye un despropósito y una falta de presencia y empatía totales. Como colofón a esta radiografía de los machismos culturales, se expresa ese neologismo indescifrable que resulta ser micromachismos, que no tiene una definición cerrada y bajo el que caen, basicamente, todos aquellos comportamientos que una mujer detecte como dominadores-opresores. ¿Qué no detectará una mujer instruida en este tipo de decálogos de la violencia de género como potencialmente machista? Exponerse al discurso feminista, victimizarse como una permanente agraviada, multiplica los casos de micromachismos que una mujer detectará a su alrededor. Usos sociales, desde el lenguaje hasta las formas más celulares de convivencia, como las relaciones afectivas, sexuales o la misma familia, son nidos de violencia de género bajo estos planteamientos. Las publicidades son siempre machistas y el varón jamás está expuesto, cosificado. Los cánones de belleza son dominadores para ellas pero no para ellos. Las secretarias son señoreadas por el ejecutivo pero la mujer jefa emprende y emplea. La mujer es siempre objeto del agravio y la sociedad conspira activamente desde cada sujeto y no sólo desde las alturas para denigrar al sexo débil. Esta es la cosmovisión del odio, una que dibuja una sociedad orquestada desde arriba para oprimir sólo a las féminas a través, en estos tiempos, del entorno cultural, pero también que achaca a cada sujeto varón la culpa de la opresión sobre las que son sus compañeras. Los varones permanecemos ajenos a una hegemonía cultural brutal, al parecer, y de sufrirla, no la sufrimos como una violencia sobre nuestra condición de sexo, sino según otros vectores.

Así de potentes relucen la gran contradicción y el sinsentido del feminismo actual. Mi opinión en cierto momento fue otorgar al feminismo cierta relevancia para cotejar cuestiones de género. Actualmente desposeo a toda corriente autodenominada feminista que suscriba estos principios de acierto alguno. Hasta la fecha, estos planteamientos me parecen completamente dañinos y no aciertan a poner en común soluciones; primero, no aciertan a identificar problemas reales, mas bien aciertan a despistar y embotar las mentes. En la actualidad de mi entorno afirmo que las mujeres precisan de una puesta en común con sus semejantes para atajar violencias que nos afectan como individuos indistintamente de nuestro sexo. Digo mujeres porque no creo en la mujer como grupo, pues existen otras cuestiones sobre las que pivota nuestra pertenencia en esta sociedad (por ejemplo nuestros intereses horizontales, de grupo humano; nuestro rango de poder o capacidad adquisitiva). En este sentido el feminismo sigue fragmentando y planteando, cada vez con alcance más global, cuestiones que impiden esa puesta en común e implantan un odio visceral entre nosotros, ya casi en cada acto de contacto en la convivencia. También creí en que cierta corriente subalterna arrimada al feminismo supiera desentrañar una verdadera opresión femenina y supiera encontrar los problemas y proponer una lucha. Actualmente no; no creo que la mujer posea como grupo ninguna lucha concreta, pues ya he dicho que no creo en tal grupo. Cualquier división entre géneros y/o sexos en este punto del camino me parece una derrota abismal; cualquier organización destinada a salvaguardar intereses exclusivos, condenada a ser instrumentalizada para desgajar aún más nuestra capacidad de encuentro. En suma, cualquier corriente de pensamiento que detecte “asuntos de las mujeres”, ya se llame feminismo o no, me resuena incierta y errada en identificar problemas humanos reales y su libre planteamiento y existencia dentro del marco de la libertad de pensamiento serán utilizados para dividir y vencer.

Feminismo: desmontando el credo para el respeto humano

Pudiera parecer que el ‘feminismo’ no es otra cosa que un ‘ismo’ más, otro de los tantos movimientos circundantes a nuestra sociedad actual, que batalla en su particular circunstancia sin más peso que el de sus propios objetivos parciales. Hay que recordar que la modernidad es ese escenario donde todas las luchas están segmentadas, donde el interés parcial de los grupos se ha hecho decisivo para enarbolar banderas distintas y no compaginarse hacia unos objetivos comunes. En estas funestas circunstancias, el feminismo no es uno más de los movimientos sacralizados durante los años 60 y 70, como fueran el movimiento homosexual o el black power. En el ideario feminista y su aplicación descansan muchas de las claves de la modernidad, de forma que la teoría y la práctica relativas al movimiento por la ‘emancipación’ de la mujer revelan las claves para entender en mucho nuestro tiempo presente, siempre desde esa debida prudencia de no asirnos a teorías totalizadoras que crean poseer una explicación finita y final.

En resumidas cuentas, el feminismo doctrinario, el que hoy día se predica con más avidez, tiene entre sus muchas consecuencias el enfrentamiento radical entre hombres y mujeres. Es necesario subrayar que, por tanto, este feminismo no tiene en absoluto nada que ver con la lucha por la liberación de la mujer; de hecho, resulta en ser su impedimento, no sólo porque ideologicamente niega a la mujer la capacidad de emanciparse mientras reparte una retahíla falaz y tramposa, sino porque confina la reflexión de la mujer a estos preceptos antirevolucionarios. En esta subversión, en esta transmutación de los mensajes libertadores en mera mercadería prosistema reside la gran estrategia fáctica de los poderes para vehicular la posible emergencia de una conciencia civil autónoma en mera ‘resistencia controlada’. En tanto lo particular del feminismo incide en predicar un odio visceral entre los sexos, lo que obliga a una división sin precedentes en la sociedad que trasciende otras divisiones también fatales (como el estamento o las clases sociales) pero no esencialistas, biólogicas, este movimiento va más allá de su ideario y conforma uno de los grandes desafíos de la modernidad.

campaña_no-te-saltes-las-señales

Este denominado feminismo, que es en realidad feminicidio (como han acordado Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora en Feminicidio o autoconstrucción de la mujer) configura una determinada política que se ha puesto en marcha con toda la connivencia institucional. Su línea programática consiste en inculcar a la mujer la necesidad de liberarse de un patriarcado ancestral, dibujado desde una mitología insostenible, y obligarla a concebir dicha liberación bajo los dulcificados barrotes de la prisión moderna, específicamente el dinero y el poder, mediante el trabajo asalariado y la carrera profesional. Esto, insisto, nada tiene que ver con la liberación de la mujer, y quienes pretendan esta labor necesitan no sólo desvincularse del feminismo ortodoxo, sino denunciarlo por envenenar del todo la cuestión.

La adhesión de multitud de buenas voluntades, de gente, mujeres y varones, a la cuestión feminista tal y como se preconiza hoy día, constituye el triunfo de la voluntad feminicida; impedir una concepción distinta a la dictada por la dominancia. El feminismo hoy día tiene el carácter de religión, pues incita a una creencia ciega sobre esa nombrada mitología, en la cuestión del patriarcado y en muchas otras, pero sobre todo porque invita a una intransigencia atroz cuando se contradicen los puntos clave. La contestación que se recibe cuando se quiere defender que el feminismo de manual oculta una ideología puramente sexista, similar a la concepción nazi de distinciones a razón de los genes, la genética, evidencia la brutalidad con la que son amaestrados sus seguidores, lapidando toda buena voluntad que pudieran alojar en un primer instante, ahora sólo entregados a repetir e imponer ‘su’ visión del mundo. La clave de bóveda del feminismo, su fundamento doctrinario desde sus primeras manifestaciones históricas, afirma que la mujer es un ser de especial debilidad congénita, que precisa de una protección del Estado y que éste le posibilita la emancipación de la brutalidad y agresividad también congénitas al varón, que la ha oprimido desde tiempos inmemoriales por el simple hecho de ser varón. Quienes se autodenominan feministas deben hacer frente a la realidad histórica del movimiento, deben asumir que el feminismo tiene la historia que tiene y sólo si verdaderamente están por una visión igualitaria de los sexos, sólo si verdaderamente pretenden una liberación humanista de la mujer, repudiarán a personajes como Lidia Falcón en España o Simone de Beauvoir en Francia. Es imperativo liberar a las personas que verdaderamente sienten una necesidad de igualdad del encuadramiento del sistema, que es mutilador y sólo concibe dicha igualdad mediante la degradación de la mujer a los mismos estados antihumanos en los que sobrevivimos los varones.

Recuperando el hilo, si el feminismo es sustantivo para comprender la modernidad y es una clave en la estrategia del sistema para ir dibujando su escenario futuro (un futuro que, en esa medida y si no se actúa, no será nuestro, tanto como no es nuestro el presente) es porque impone una nueva categoría de odio entre nosotros. El único escenario en que se podrá recuperar la autonomía de las personas es uno donde estemos unidos como seres humanos contra la imposición de cualquier signo. Ni siquiera con la mujer preocupada en lo que ha convertido y sacralizado como ‘sus asuntos’, los funestos ‘asuntos de género’, que liquidan la comprensión entre iguales, y con el varón volcado en lo suyo, se podría lograr nada, por tanto la fuerza está en la unión, que derrote a cualquier impostura primero mediante el pensamiento. Pero es que el feminismo, además de dividir aquél, es una ideología del odio, quizás la mas temible habida hasta el momento a nivel transversal en toda la sociedad, por tanto comporta una cuestión esencialmente biológica. Con el pensamiento fragmentado y enfrascado en doctrinas cuasireligiosas, y encima con nuestros iguales enfrentados, como enemigos primeros, jamás fructificará una conciencia verdaderamente emancipadora.

No puede ser casualidad que, tras triturar al común de los mortales, tras imponer un estado antihumano que se constituye como consumación de la ideología de poder, progresivamente hasta nuestros días, donde es casi total y tiende hacia un escenario de perfección técnica aterrador, el feminismo haya irrumpido como el último frente institucional para terminar por destruir los lazos afectivos entre las personas dominadas. Lo que el Estado gana con el feminismo que predica desde sus aparatos ideológicos (la universidad y los medios de comunicación eminentemente) es tanto, que pretender que no se trate de un oportunismo más es cuestión de obcecación metal, sólo fruto de la exposición a sus discursos farsantes. No sólo en la instauración del odio entre varones y mujeres tiene un triunfo, lo que está terminando de triturar en lo afectivo la familia, que ya sólo se sostiene como célula cancerosa que sobrevive en régimen de necesidad por tanto es difícil ‘salir adelante’ económicamente en soledad; también en la incorporación de la mujer al trabajo (hasta ahora improductiva para la cosmovisión economicista, ese monismo mutilador la existencia humana), nada menos que el 50% de la población, el Estado declara una victoria total. El feminismo es pilar estratégico de la política a nivel mundial, si bien ha sido primero introducido en lo que se conoce como occidente, pero poco a poco se observa su aplicación en otras sociedades.

CampañaVGArabiaSaudi

Es evidente que Arabia Saudí no es un país cuya clase gobernante demuestre un interés humanista para con su población. Por distintas cuestiones es un régimen que se manifiesta aún explicitamente violento y represivo; en cambio, ya ha comenzado a financiar campañas institucionales contra la violencia de género. Quienes vean en esta cuestión un progreso y una ayuda para la mujer lo hacen a costa del autoengaño, como también hace la izquierda, que elogia las actividades de lavado de manos que realizan dictadores sin importarle un análisis profundo del estado de las cosas, obviando los hechos que ponen en relación estas actividades con otras intolerables y que demuestran que toda actividad institucional va pareja. ¿Por qué no se denosta el régimen normativo ultra-partriarcal de los países islámicos? ¿Por qué no se denuncia la Sharía? No es posible concebir un régimen que en parte colabore con buena voluntad y en otra parte sea genocida. Por tanto, esto es prueba de que el feminismo de Estado sólo es una política estratégica más que persigue fines que le son de interés a la tiranía islámica.

Con vistas a una economía de mercado mundial, se hizo necesario desarrollar un programa de ingeniería social que estuviese en consonancia con las dos claves de la modernidad occidental, que son a) Invisibilizar a las estructuras de poder y darles un régimen meramente nominativo de ‘democracia’, y b) Rentabilizar al máximo la materia prima con la que los Estados miden su fuerza entre sí, la mano de obra. El resultado fue aupar a ideología de Estado una teoría que obligase a las mujeres a hacerse mano de obra en los cauces de la administración mientras creen conseguir con ello mismo su libertad. No se explica de otra forma el apoyo que el feminismo ha recibido por parte del sistema precisamente en la evolución de este último siglo. Además, la ausencia de un movimiento feminista tan homogéneo como el actual en el pasado sólo demuestra que la causa feminista no existió porque la mujer no estuvo sometida a ningún régimen patriarcal igualmente homogéneo sino sólo como circunstancia local y particular. Esto es algo que el feminismo niega en rotundo y demoniza la agresividad y anhelo de dominación intrínsecos a la condición de varón; pero un vistazo a las condiciones de vida del pasado, no centralizadas y asentadas en la convivencialidad y el apoyo mutuo, cuando se pudo, anula los sofismas empecinados del feminismo. El patriarcado fue y es una realidad muy cierta, pero atribuírselo al varón implica una ideología estrictamente sexista, además de mostrar una nula visión sobre las estructuras del mundo.

2010-12-09_IMG_2010-12-02_01.25.42__5426381

La condición de varón o mujer no son decisivas en lo relativo a un contexto donde existen las clases, por ejemplo. De esta forma, hoy día nada tiene que ver una mujer de barrio con Christine Lagarde o Ana Patricia Botín. De la misma forma, sólo desde la concepción de clase es explicable la instauración de un patriarcado, y no como resultado de una naturaleza congénita al varón sino como resultado de la existencia de una clase dominante y una dominada. Si se recorre la definición que hace del patriarcado la ortodoxia feminista, se ve que la subyugación marital de la mujer al marido la establece el código civil, y no una suerte de ley divina ancestral (que no contaría con los aparatos de coerción y represión oportunos para hacerla cumplir). En la ausencia de una legislación civil centralizada, impuesta y no consensuada, dicha subyugación comportaría un caso estrictamente particular, o quizás común a alguna sociedad machista particular, muy detestable, pero no al varón como ser humano, lo que es una afirmación irrenunciable del feminismo que hay que derribar de una vez. Puedo decir que como varón no me considero una persona con anhelo de dominancia sobre una mujer, y que la casi totalidad de los conocidos varones tampoco lo son, y digo casi por suponer un cierto desconocimiento sobre la interioridad de alguno de ellos. La perfidia feminista debe denunciarse activamente, porque el acoso que sufren muchos hombres cuando se ven en la necesidad de cuestionarse como agresivos ante la monomanía social impuesta está haciendo un daño terrible y es contraria a unos principios de respeto e igualdad.

En la propia ideología feminista está el impedimento para entender el mundo. Bajo sus preceptos, es imposible que emerja una conciencia crítica del mundo, y por ello sus discursos están centrados, bien en uno odio irracional por distintas cuestiones, como el varón y el patriarcado, bien en cuestiones nimias que no significan nada para la cuestión femenina. Por ejemplo el feminismo académico vive embravecido denunciando la mercantilización de la mujer que realiza el capitalismo a través de la ideología de consumo, algo repudiable (tanto como la mercantilización del varón, por cierto), pero eso no es sustantivo a la concepción de la feminidad como categoría autogestionada. En pocas palabras, ante una feminidad fuerte, firme y autoconstruida, los eslóganes publicitarios se evaporan y no turban en lo mínimo a la mujer ante su fortaleza erguida, quizás tan sólo en lo inconsciente, esa gran arma subliminal que contiene la publicidad. Estas denuncias parciales deben enmarcarse en un marco más amplio que ponga en su justa relación ese fenómeno, pues de nada sirve repudiar la publicidad comercial y luego acudir a la oficina con ánimo redentor. Todo forma parte de un gran sistema social que hay que entender en su complejidad, por eso la sectarización de la lucha no sirve de nada.

Creo que uno de los desafíos actuales es desestructurar el pensamiento feminista desde la realidad. Es tremendamente difícil contradecirlo desde la dialéctica, exactamente igual que ocurre con el pensamiento izquierdista. Creo que quizás es más revelador mostrar la realidad tal cual se manifiesta para que se destierren esos credos irracionales. Demostrar a la mujer que los varones no somos agresivos por naturaleza es decisivo; habrá que buscar cómo hacerlo para que se trate de una experiencia reveladora para las mujeres en contraposición a la brutal concepción contraria que se vierte desde el poder. No sólo hay que demostrarlo sino que hay que subrayarlo mientras se denuncia la violencia de algunos hombres. También, ilustrar en lo posible el pasado, a través de las historias orales que podamos encontrar y los documentos más o menos honestos (aunque me temo que esto último es más difícil que nunca). Hay que hacer apreciar las vivencias de nuestros mayores, que contienen muchas claves sobre cómo realmente era la vida. Si se busca, si se tiene en la mente consciente el objetivo, se comprobará con tremenda sencillez que la estupidez doctrinaria feminista es simplona y absurda. En el discurso y no en los hechos es muchísimo más difícil contestar al feminismo, porque cuando se queda sin argumentos acude al ataque indiscriminado bajo título de neomachismo. No sólo sus más aupados aduladores, sino la gente común envenenada con sus perfidias reacciona violentamente cuando se cuestionan cosas fundamentales. Por tanto, este texto tiene una contradicción inherente que asumo con resignación, pero también con ganas de que en algo esté equivocado y a alguien haga pensar sobre la cuestión de fondo, que el feminismo es una cuestión de Estado. En esa identificación puede comenzar una reflexión sobre a qué causas responde mientras dice responder a qué otras.

La realidad sigue teniendo, afortunadamente, un peso arrollador, por eso los principales discursos ideológicos se basan en la mentira, ocultación y tergiversación. En la naturalidad nos descubrimos afectivos, no odiosos. Jamás en mi vida he sentido superioridad ante una mujer por el hecho de ser mujer, y es algo que no asumiré como precepto ni me consideraré una salvedad por el simple hecho de que es la experiencia la que guía mi acción. Dicha excepcionalidad pudiera no reflejarla mi experiencia personal, en tanto individual; pero si nos armamos con una cierta empatía, un amor, a fin de cuentas, nos daremos cuenta de que la gente tampoco es odiosa por naturaleza; que su pulsión inherente es amar y desear ser amada. Quienes estén por concebir al ser humano como un depredador, aun tienen que explicar muchas cosas; entre otras, cómo hemos llegado hasta aquí. Tienen que convencer de lo excepcional del amor a quienes lo sentimos con nuestros iguales. Tienen que explicar por qué existe una estrategia de dominación fundada en el odio, si acaso éste fuese congénito. Nada se sostiene bajo una cosmovisión del odio, ni siquiera la humanidad misma.

Femen: feminismo totalitario

A raíz del inicio del movimiento autodenominado feminista Femen en España, hace ya unos meses, y ante el inminente protagonismo que parece va a tener en medios de comunicación gracias a sus acciones despampanantes, es necesario estudiar su ideario con mirada crítica y poner las verdades sobre la mesa.

Femen se autodefine como ‘feminismo radical’, en función, parece ser, de su acción, que consiste en ‘luchar contra el patriarcado en sus tres manifestaciones: la explotación sexual de las mujeres, religión y dictadura‘. Si entendemos esto por axiología, las premisas que se desprenden de aquí son evidentes: la mujer está sometida, infravalorada, por un patriarcado totalitarista y omniabarcante. Conviene advertir que, lejos de considerar esto un mero tópico, además de serlo (por su inmadura y acrítica asunción común a la que estamos acostumbrados), el movimiento no tiene un marco teórico definido al respecto, erudito, popular o no académico; se construye como un activismo de consigna, casi una performance, por lo que entonces es una contradicción que incorpore conceptos teóricos, por ejemplo el patriarcado (su motivo antagónico), evidenciándose así una pobreza de base sustancial. Si el patriarcado queda definido por ‘explotación sexual de las mujeres, religión y dictadura’, habrá que pedirle a las mujeres que deciden explotarse sexualmente, a las fascistas y a las católicas, e incluso a aquellas que no conciben ninguno de esos aspectos como definitorios del patriarcado o no se sientan sometidos por ellos, que nos aporten su visión del asunto, un dialogo que, evidentemente, Femen suprime, pues le interesa considerar sus premisas como dogmas indefectibles, denotando así su carácter totalitario.

Imagen

Si Femen no recurre al pensamiento, entonces sólo le queda la acción, y así se desvela, como mero movimiento representacional, que insiste en una acción llamativa, pintoresca, provocativa, para lograr la atención de todos los ojos y flashes. La desnutrición del pensamiento provoca que sus actividades naufraguen en un charco de incoherencias, boberías y escándalos de sinsentido, pues su mensaje no es un texto pensado y consensuado, o un acuerdo de ideas sin erudiciones pesadas, sino defendido sin debate, sin términos, como tótem de consignas. Las femen afirman que han copado los debates feministas y que, no obstante, han perdido la lucha en la calle (claro), por lo que dicen es necesario su acción en ella, y dado que desde aquellas tertulias no se les escuchaba, deciden llamar la atención poderosamente con el cuerpo como instrumento aliado.

Para Lara Alcázar, líder del movimiento en España, la mujer tiene algunos y muy distinguidos frentes abiertos, que pasan por promocionar un empoderamiento ecónomico de la mujer, con su ‘decisiva y emancipadora’ incorporación al trabajo asalariado en igualdad de condiciones respecto del varón, lo que en sí mismo desprecia la lucha femenina como tal, femenina, y concibe a la mujer como un instrumento servil al sistema del capital y de las leyes. Se llega así, sin sorpresa, a las consignas de los movimientos feministas que copan la ideología de género en el presente, los cuales desprecian a la mujer como feminidad y la condenan a un simple ejercicio de sumisión dócil, no distinto al ritmo frenético que la sociedad lleva en sí: el de convertir a sus gentes en sujetos productores desprovistos de identidad propia, sólo con el alivio de la identidad de grupo como sustento del almaFemen se incorpora así a la historia del feminismo tramposo y traidor, que lleva a la mujer a olvidarse de sí y adueñarse de causas que le son ajenas como persona humana para definirse. ¿Existe acaso un discurso elaborado, una mirada crítica con la feminidad? ¿Existe intención de reedificar la feminidad como energía, Eros, existe un pensamiento al respecto de la construcción de la mujer? No: subyace una consideración clasista de “la mujer”, y encima sólo insisten en enarbolar la feminidad como nueva conciencia sindicalista, a la que el Estado debe proveer protección con leyes bajo el contrato social. La noción de ciudadanía devora a la feminindadésta sólo se piensa en sus términos. La lucha contra el patriarcado es la premisa que se toma para justificar una reacción performativa, que termina por concebirse sólo en función de la relación de las mujeres con el poder. Además, considerar la violencia contra las mujeres algo estructural, como ellas hacen, y en general, toda la ideología de genéro reinante, es suponerlas a ellas seres débiles, inferiores y manipulados. Su discurso sólo conduce a la instauraicón de un nuevo patriarcado:  un neopatriarcado estatal, donde ahora en vez del marido,es el Estado el que vela por la mujer. La gran paradoja del feminismo es que es un movimiento misógino y  siempre sugiere algunas preguntas: ¿quieren una mujer que cambie de tutor o una mujer verdaderamente libre que pueda pensarse a sí misma? ¿De verdad pretenden terminar con el paternalismo generando otro nuevo? ¿Quieren a lo femenino liberalizado o liberado? Estas cuestiones son ineludibles en una lucha consciente de cualquier feminismo, y cuando no se contemplan, sencillamente se naufraga estrepitosamente. Es curioso, y a la vez habitual, observar cómo estos movimientos se autodefinen como liberadores, cuando, en realidad, conducen a una sumisión aún más honda, pues se anulan las energías de lucha de las mujeres al instrumentalizarse para dicho fin, resultando en mujeres que se sienten libres pero son siervas, el cóctel más peligroso a imaginar: aquél donde la lucha se agota.

Imagen

“Al sector ultraderechista conservador nazi no les gustamos mucho”, afirma Lara Alcázar, aserción que revela el grado de inconsciencia de su teoría de género. Esos mismos nazis, inmovilistas y dementes, conservadores de sus ideas e inquisidores de las mismas, son ellas mismas, como frente cultural totalitario, al negarse a realizar un abordaje crítico de sus bases y desproveerse de la fe ciega como única iluminación, y al imponer su visión de la feminidad (¡incluso a otras mujeres que no piensan como ellas!) como cualidad no distinta a la de ser ciudadano, servicial al poder vigente y en demanda sólo de legislación y hegemonía cultural.

Salta a la vista que, en realidad, lejos de ofrecer resistencia, ellas son las últimas aliadas del poder. Quieren acoplar a la mujer al capitalismo como lucha femenina en sí, sin cuestionarse si esto es beneficioso para la concepción de lo femenino, como categoría prepolítica, personal, íntima, de nuevo como dogma inducido, creído y profesado. Se manifiestan contra regímenes totalitarios musulmanes (cada vez menos, debido a la corrección política que impone el progresismo) y no conciben que su gesto de apoyo al poder, incluir a las mujeres al salario y asignarles un destino dentro de los márgenes de aquél, es justamente lo que el capitalismo desea, un poder que verdaderamente sí apoya la fuerza militar cuando es necesario. Por eso el Estado se dice ahora “feminista” y la gran empresa mediática las pasea por periódicos, medios de comunicación y demás gabinetes de adoctrinamiento, porque su ilusoria disidencia le ofrece la ventaja de jugar a su favor y a la vez simular un atentado, en palabras de Lara Alcazar, “antisistema”.