El abrazo

El amor y el tiempo son dos dimensiones en constante fricción. El amor exige conservar y el tiempo dejar ir. Para el amor, la muerte es una experiencia traumática; no obstante, forma parte de las exigencias del tiempo. El amor resulta ser, en realidad, un duelo constante contra el tiempo, la mayor de todas las naturalezas.

Hay que entender el amor en sus múltiples manifestaciones. Por supuesto, existe un amor hecho tan vigoroso que consigue trascender al tiempo; uno que, cuando el apego hacia el otro ya no es lo sustantivo, el tiempo no discurre ni a su favor ni en su contra, sencillamente discurre y el amor con y sin él. Pero este es sólo un resultado del amor más puro sobre las personas y no explica su totalidad.

Abrazados

En la experiencia inmediata, nuestra forma de manejarnos en el mundo, el amor exige también vencer al tiempo. Toda la danza del cuerpo, sus idas y venidas, y también la danza de la mente, entre éste y aquél otro concepto, cuando rondan la idea del amor, debido a alguna persona, en el caso del cuerpo, o como reflexión en los salones del pensamiento, temen el discurrir y desean la quietud. En el pensamiento, la quietud es alguna suerte de verdad, saberse con firmeza sobre algún concepto donde refugiarse de lo desconocido. Se trata de asir mentalmente toda nuestra comprensión y apretarla contra nosotros, con pasión e incluso obcecación, con mucho apego, para sentirnos a salvo de lo incognoscible. Asimismo, en el cuerpo, esta fuerza que emana del apego y del miedo a la muerte, última consecuencia del tiempo, es el abrazo.

En el lenguaje del cuerpo, el abrazo ejemplifica con pasmosa teatralidad el deseo de permanencia. El aire que separa dos cuerpos es la imposibilidad de saber para nuestro pensamiento, y el encuentro en el abrazo, la sensación de verdad, con la que querríamos yacer para siempre. En estas pequeñas trampas de un amor aún temporal, el abrazo es un primer paso, por acudir directamente de nuestra persona orgánica, a veces de forma insospechada, como un repentino deseo por descansar sobre el hombro del otro, sin más. Este amor es estrictamente afectivo; es carnal, pero no sexual. Representa el deseo de entendimiento de nuestra mente, ejecutado por nuestros músculos. En el abrazo existe la exigencia de entender y ser entendido, no siempre cumplida, tanto como en la verdad existe la exigencia de amar lo concebido, tampoco siempre cumplida. Quien ama, desea entender; quien entiende, desea amar. Esta pareja necesidad acompaña la acción humana de manera indisoluble, porque la verdad y el abrazo son pequeñas defensas levantadas sobre la amenaza del tiempo.

Para quienes se aventuran en la senda del amor, el abrazo es una primera necesidad vital, y con él nos sumergimos en su abundancia y lloramos su ausencia. Quienes se descubren en la reflexión, la sensación de verdad, de haber topado con algo final, también es vital, y a ella le confiamos toda nuestra integridad, nos sentimos firmes cuando se confirma y débiles cuando no. Pero en el amor que finalmente ocurre más allá del tiempo, bajo otra consideración de la vida, el final del abrazo ya no es traumático. Asimismo, en la sabiduría que finalmente trasciende las aparentes verdades finales, saberse inseguro en el pensamiento, sin ningún concepto al que asirse con firmeza, produce paz donde antes producía zozobra. Estos nuevos vacíos que se abren, primero frente a nuestro amante, que se aleja ahora de nosotros tras habernos tocado, y en nuestra mente, por sabernos ignorantes en todo, son ahora abrazados con la misma pasión con la que antes nos asegurábamos esos besos y esa calma, y nos conducen a una nueva batalla en la infatigable resistencia a la experiencia humana, solitaria y desconocida, y también iluminada en compañía.

En estos extremos reina el silencio: tras nuestro abrazo, ya no hay sollozos, y tras dejar atrás lo que creíamos que era la verdad, ya no hay palabras.

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Marihuana: legalización, docilidad y abuso mediático

Desde hace unos años diversas fuentes de autoridad internacional vienen apuntando la necesidad de abrir el debate sobre la legalización de algunas sustancias psicoactivas, como la marihuana (1). Esto, en realidad, quiere decir que desde hace poco tiempo tiene lugar una campaña de normalización y amaestramiento sobre esta sustancia ante no sólo su inminente legalización sino su premeditada promoción.

Hay que entender que los discursos liberalizadores esconden intenciones más amplias que lo concreto de sus propuestas. El pretexto liberalizador que se esgrime como defensa de la libertad total de tenencia, oda al libre albedrío infinito sobre el que descansa el cinismo moderno, significa, una vez más, un liberticidio llevado a la práctica. La prohibición legicentrista es del todo detestable, en esto y en todo, pues subraya el totalitarismo al que estamos sometidos, cuyos principios van maquillándose cada día más; ésta es la razón por la que la prohibición expresa empieza a resultar incómoda para los aparatos de poder, que verán necesario limitarla, como viene sucediendo en lo que resulta una parte sustantiva de la definición de ‘progresismo’. En la reducción de las prohibiciones antaño mantenidas, hoy se erigen los discursos de la permisividad plena; como digo, en primer orden, como estrategia del poder para invisibilizarse, pero también como un doble rasero; mientras la sociedad aplaude su profunda ‘libertad’, se instauran comportamientos cuya aplicación a una sociedad como la nuestra, desnutrida y airada, resultan devastadores.

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La legalización de la marihuana es un paso más en el cinismo monstruoso que nos somete; una nueva etapa que pretende superar la de la promoción indiscriminada del consumo de alcohol, un veneno químico y sociológico. La campaña procannábica que se avecina sacará a todas las tribunas las investigaciones científicas que prueben la presunta neutralidad médica del producto, y si no, se inventarán, dejando de nuevo claro que la ciencia, como secuestro institucional, no tiene ya nada que decir más que suscribir la rúbrica de lo conveniente para quien la controla. Huelga decir que la ciencia, como axioma inviolable del paradigma moderno, es una pieza indispensable para instaurar, como argumento de autoridad, comportamientos de peso en una sociedad convencida por insistencia en que todo es deducible a ojos de un microscopio. Esto, además de no ser cierto, pues le pese a quien le pese, seguimos nadando en un mar de incertidumbre gnoseológica, olvida el consenso que mantiene la comunidad científica como precepto de ley, que implica que nada pasará a los anales de la ciencia si no es consensuado por la comunidad, una comunidad inserta en la dinámica económica y política que no puede perturbar su curso. Esta connivencia se puede comprobar estudiando cómo cambian los recetarios sobre distintas cuestiones científicas según la concepción social de dichos objetos evoluciona en el tiempo. Además, en cuestiones que atañen a los estupefacientes, el caballo de batalla es la psiquiatría, seguramente la rama médica más demencial y delirante en su misma concepción, en tanto trituradora de la diferencia y unificadora por identidad forzada, que diagnostica enfermedades a gusto según el signo de los tiempos. La psiquiatría presume de haber encontrado la mente en el cuerpo, concretamente en el cerebro. Cree poder deducir lo mental de lo material, el trauma del tránsito neuronal, con un mapa cartesiano en mano, a través de una observación reduccionista, burda y tosca, que olvida otros planos de la existencia humana. Convierte en totalidad la evidente relación entre lo biológico y lo mental, relación que no implica que sean identidades, sino que efectivamente mantienen una relación. Su contribución positiva a la sociedad en el tratamiento concreto de algún caso no puede despistar el hecho de que, en esos casos, ese apoyo estará permitido por el poder, exactamente igual que la sanidad estatal sana tumores y otras deficiencias con un alto gasto para recolocar al enfermo como fuerza asalariada lo antes posible.

Tras una legalización inminente de la marihuana y otros similiares, en los próximos años, en un gran número de democracias occidentales, como sucede con el alcohol, se prevé un doble discurso, propio del social-cinismo; en primer lugar, un mensaje institucional cauto, seguramente con campañas de ‘moderación’ y ‘responsabilidad’ en el uso, al mismo tiempo de un discurso mediático agresivo, donde distintos personajes publicitarios, en cine y televisión, comiencen a pasearse con las bolsas de hachís cargadas como trofeo de la nueva era ultrademocrática. Lo primero, la responsabilidad civil impulsada por las instituciones, quiere evidenciar una vigilancia fingida, una preocupación inexistente del gobierno por la salud pública; lo segundo, la campaña mediática transversal a todos los productos culturales y mantenida en el tiempo durante largo, es el verdadero objetivo y quiere impulsar su consumo desmedido, como ha sucedido con el alcohol, a modo de opiáceo para la conciencia.

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La marihuana es un catalizador de estados alterados de conciencia, pero no es suficiente: dichos estadios son facilmente accesibles a través del consumo de psicoactivos, como han sabido todas las grandes tradiciones de la humanidad, pero su mero consumo no catapulta la conciencia a experiencias trascendentales. De hecho, el uso lúdico de los psicoactivos ha sido minoritario en lo referente a la emancipación de las conciencias, siendo el uso sacramental o estrictamente personal el predominante. Desde luego, la campaña narcotizante efectuada sobre el alcohol o tabaco, que vaticina cómo será la que llegue sobre la marihuana, jamás ha pretendido promocionar un uso contemplativo de las sustancias para, ocasionalmente, acceder a experiencias del espíritu. Ha basado su haber en reducir la concepción de las sustancias al ocio más embrutecedor cuya única misiva es lúdica, impersonal, arrogante con su potencialidad y jubilosa, sin afán superador o investigador. Lo mismo sucederá con la marihuana, con el agravante de la nueva publicidad hiperagresiva actualizada al nuevo tiempo y, además, el efecto más potente de esta sustancia respecto al alcohol, que tanto es capaz de impulsarnos más alto, en las dosis y bajo las convicciones adecuadas, como de sepultarnos en una docilidad aciaga y embobecida sin visos de contestación ante nada, como está previsto. La marihuana como acontecimiento lúdico es lo más parecido al ‘soma’ que vaticina Huxley. Las experiencias personales introspectivas, fruto nada más que de una inquietud humana por la vida, estarán restringidas por la conspiración del entorno, que haga identificar las sustancias sólo con determinados comportamientos, de la misma forma que ya casi nadie consume tabaco en soledad sino por vicio. Además, los espacios de silencio donde el consumo de psicoactivos florece en experiencias de aprendizaje están cada vez más limitados por lo mutilador de la vida moderna, que inunda de ruido todos los recovecos de la vida.

La legalización de la marihuana trae consigo un mayor acceso de la gente, que en una minoría tendrá en estas sustancias experiencias que nos construyen. Pero tal es la situación de las cosas, donde la capacidad de emancipación colectiva está más impedida que nunca, que al poder no le importa las averiguaciones místicas propias de minorías aisladas e incomunicadas; no le importará proveer las herramientas para ello, siendo la marihuana, a mi parecer, un producto de apoyo pero no fundamental para algunas de esas experiencias; no le importará pues no le compromete, aunque pareciera, sino que, además, a través de esta ingeniería social consigue crear la dependencia social en sustancias de evasión de la brutalidad cotidiana del trabajo, que la hagan más llevadera, a la vez que potencia los espacios de distensión y embriaguez, que se sabe funcionan de válvula de escape ante la indignación y hacen a las personas piltrafas humanas que regresan los lunes domesticados al trabajo, sólo con el anhelo del ‘tiempo libre’ como recompensa vital. El debate se encona en los usos modernos del ocio, evidentemente, y no podemos dejar de estudiar la campaña alcoholizante que ha tenido lugar en las últimas décadas,que ha convertido a la sociedad, especialmente la juventud, en una masa distraída por lo lúdico, despistándose de otras cuestiones que quizás se alcanzasen sin contaminar.

La cuestión, entonces, pasa por denunciar las intenciones mediáticas y elaborar un concepto propio popular sobre estas sustancias, no dejar que se intervenga en su instauración. Esto, evidentemente, es de una dificultad tremenda, pues en cada hogar se colarán los discursos manufacturados a través del televisor, y en cada barrio esos conceptos se pondrán en común, algo que de hecho ya lleva sucediendo un tiempo. No es deseable la prohibición legal, pero la hoja de ruta que entraña la legalización es aún más temible. Necesitamos reapropiarnos de la multitud de usos posibles, tanto de estas sustancias como de otras similares. Lo lúdico puede tener lugar en una vida consciente, a condición de que ese divertimento no se haga a costa de nuestra propia presencia. Y compensado con una actividad de silencios, reflexión, retirada a uno mismo y, en fin, búsqueda ontológica, no como erudición insoportable sino caracterizada con la integridad de cada cuál, puede proporcionarnos una vida integral. Si nos rendimos a la deriva, por muchas vías, seguramente insospechadas, nos instruirán en comportamientos mitificados, anulando casi la capacidad de contestación, como adicción sociológica. Necesitamos revitalizarnos en complejidad y hacernos con la herramienta de la conciencia para esquivar las consignas panfletarias tanto como para facilitar una reflexión honda de la realidad. Sino, sólo nos quedará el canuto flaco, la imbecilidad tosca y la risa asegurada.

La marihuana viene a agravar toda esta situación, actualizando el proyecto de epicureísmo promocionado por los medios de poder, donde hedonismo y felicidad se igualen y se hagan totalidad de la vida, dejándose de lado todo lo demás que nos hace humanos. Entre ese resto de cosas, de existir, existe la posibilidad de disidencia real, y esto comporta un nuevo paso para impedirla a toda costa.

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(1) INFORME DE LA COMISIÓN GLOBAL DE POLÍTICAS DE DROGAS, 2012, donde se observa un discurso a modo de recomendación global de abordar el debate sobre la conveniencia de la legalización por comportar problemas añadidos, como el VIH o el narcotráfico. La justificación no repara en abusos, medias verdades y mitos sobre el consumo para, a fin de cuentas, promover una legalización ‘conveniente’.

El amor propio

Mucho para aprender de este fragmento. A veces mirarse en el espejo del mérito es la tentación más satisfactoria, pero he ahí la cuestión del desapego hasta de la propia comodidad para saltar más allá del Yo individuado. Practicamente todas las grandes tradiciones de sabiduría han recogido la necesidad de la negación del Yo como proceso de percepción de la Unidad, mas muy pocas veces se ha advertido que este proceso tiene sus trampas. Este fragmento contiene una concisa aproximación de la más típica y peligrosa, por honda, a la que por cierto, la modernidad invita desmesuradamente, y en la que no es muy difícil encontrar atrapados a muchos discursos espirituales contemporáneos.

‘Pasaste toda tu vida en la creencia de que estás completamente consagrado a los demás y nunca a ti mismo. Nada alimenta tanto la presunción como esta especie de testimonio interno de que uno está limpio de amor propio y siempre generosamente consagrado a sus semejantes. Mas toda esta devoción que parece ser para los demás es realmente para ti mismo. Tu amor propio llega a tal punto que estás felicitándote perpetuamente de estar libre de él; toda tu sensibilidad se alarma de que pudieses no estar plenamente satisfecho de ti mismo: esto está en la raíz de todos tus escrúpulos. Es el “Yo” lo que te pone tan alerta y sensible. Quieres que así Dios como el hombre estén siempre satisfechos de ti, y quieres estar satisfecho de ti mismo en todos tus tratos con Dios.

Además, no estás acostumbrado a contentarte con la simple buena voluntad; tu amor propio necesita una briosa emoción, un placer tranquilizador, alguna especie de excitación o encanto. Estás demasiado habituado a dejarte guiar por la imaginación y a suponer que tu mente y tu voluntad están inactivas, si no tiene conciencia de su obrar. Y así dependes de una especie de excitación semejante a la que despiertan las pasiones, o las representaciones teatrales. A fuerza de refinamiento caes en el extremo opuesto: una verdadera grosería de imaginación. Nada es más opuesto, no sólo a la vida de la fe, sino también a la verdadera prudencia. No hay ilusión más peligrosa que las fantasías con que la gente trata de evitar la ilusión. Es la imaginación lo que nos descarría, y la certidumbre que buscamos por medio de la imaginación, el sentimiento y el gusto es una de las más peligrosas fuentes de donde brota el fanatismo. Ésta es la sima de vanidad y corrupción que Dios querría que descubrieses en tu corazón; debes mirarla con la calma y la sencillez que corresponden a la verdadera humildad. Es mero amor propio el estar inconsolable al ver las propias imperfecciones; mas el encararse con ellas sin halagarlas ni tolerarlas, procurando corregirse sin volverse quisquilloso: esto es desear lo que es bueno por amor a lo bueno y a Dios.

Fénelon

Masks

La necesidad de verdad

El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión

Simone Weil

Vivimos en un tiempo en el que la reflexión es repelida. La cultura de lo inmediato, junto con la reducción de lo inmediato a lo placentero para los sentidos, nos constriñen en un simulado abrazo de bienestar y progreso, atrapándonos con pequeños cepos que nos hacen cada día más incapaces de afrontar la realidad en su complejidad. La ausencia de lo reflexivo como ejercicio integral, característico de la vida moderna, inunda muchas más estancias de ésta de lo que pareciera; de hecho, en la espiritualidad y la filosofía, áreas donde pareciera que lo primario es la introspección contemplativa y la reflexión crítica constantes, la intervención de la modernidad ha hecho estragos.

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El eudemonismo (la justificación y búsqueda de la felicidad como meta en la vida) más simplón se ha apoderado de la inquietud espiritual de muchos, que consumen (literalmente, como productos de estantería) píldoras intelectuales que desglosan los pasos hacia un mañana feliz. El eudemonismo reinante hoy entre los conversos al New age o corrientes espirituales ultramodernas desprecia la categoría de verdad como sustantiva en la vida humana y posterga todo otro trabajo en pos de una felicidad aplicada, como utilitarismo ramplón y egoísta terrible, que hace de sus víctimas seres embrutecidos conducidos hacia una felicidad narcisista, vacía en lo demás, sólo provista del placer que supone ser feliz en no importa qué labores. Cuando la búsqueda de la felicidad desplaza la reflexión sobre los caminos por recorrer obtenemos por resultado la situación actual, grupos de gente convencidos de su espiritualidad comprometida y desarrollada que les catapulta hacia un cielo redentor como mérito por haber “despertado”. Pero sólo hace falta rasgar un poco en ese despertar para descubrir que nada recubre su laureada carrera más que el egotismo típico moderno.

La necesidad de verdad implica abrazar la vida en su complejidad manifiesta y tratar de entenderla no importa el resultado que se obtenga, placentero o no; se trata de intentar comprender por el mismo hecho de comprender, no como mecanismo para alcanzar un fin distinto. La felicidad como meta superior, por encima de cualquier otra y sin dejarse condicionar, es un cáncer que nos destruye como seres humanos y nos hace bobos, ineptos y necios, por no saber distinguir lo personal del entorno, lo deseable para uno y para el otro; por no saber integrar otros condicionantes a la cuestión humana, y sobre todo, por incapacitarnos frente a la vida, reduciéndola a nuestra interioridad cómoda, negando lo trágico y dramático que forma parte constante de la existencia. La felicidad, como categoría moral, mutila la experiencia humana y construye individuos cuya sonrisa autocomplaciente se derrumba en un hoyo mucho más profundo cuando la vida nos pone frente a situaciones fatales.

Simone Weil

Simone Weil

Este eudemonismo de manual es expresión de la deriva de zafiedad, conformismo y ramplonería propia de las filosofías de la modernidad, un presente cuyas formas aciagas de existencia impiden un compromiso mayoritario por la verdad y postergan todo pensamiento a justificar nuestro mundo. Las corrientes espirituales modernas, en su mayoría, se desarrollan sin una pretensión de tradicionalismo, es decir, de integración entre todas las facetas de la vida como comunión entre nuestro ser y existencia y entre nuestro bagaje y nuestro recorrido cultural. Mas bien, no buscan arraigar en ninguna tradición de sabiduría, pues éstas cada vez están más diluidas entre la gente común, extenuada en la maquinaria de la vida moderna, sin contacto con sus raíces más que como simulacro cultural. La desaprensión es incluso mayor gracias a la moda orientalista occidental que ha secuestrado las estanterías del presente y que provoca un rechazo tácito de nuestro mundo particular: un antitradicionalismo temerario, que nos cincela en el inconsciente lo inhumanos que nos enseñan a ser al rechazar nuestra esencia cultural concreta y al necesitar buscar una fuera. Las modas orientalistas, tomadas como alternativa a un silencio en las preguntas formuladas desde nuestra integridad occidental, conducen a un uso de aquéllas tipicamente epicúreo: la búsqueda de la felicidad en el placer hallado en las formas de vida actuales.

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Existe, de hecho, esa sumisión al momento, esa tarea irreflexiva de afrontar la vida moderna en su decadencia axiológica e intentar parchearla con narcóticos vendidos como exotismos. La tarea primordial que debemos afrontar no es, pues, salvaguardar nuestra difícil situación, sino deshacerla críticamente, algo que implica en una primera instancia intentar comprenderla, lo que demanda una necesidad de verdad, una exigencia por lo auténtico y lo real. Una vez comprendidas con mayor o menor atino, las realidades humanas pueden trascenderse en el pensamiento y debemos ser capaces de separar lo rescatable de nuestro pasado, que es mucho, para aplicarlo en nuestras vidas y proyectarlo en el futuro. Pero los mesías de la nueva era no están interesados en nada de ésto; nos enseñan que la felicidad “es una actitud”, reside “dentro de nosotros” y que es posible adaptar nuestra cotidianidad “a una espiritualidad feliz”. Todo ello conduce a una pasividad de las mentes, a una comodidad que sólo trabaja por amoldar nuestro día a día a esa supuesta espiritualidad comprometida. El resultado, claro, es tremendo: de repente amamos con más apego lo propio, no importa su calidad; de repente amamos con más entusiasmo nuestro futuro. Y no existe un juicio crítico. En otras palabras, no importa a lo que te dediques, no importa si tu compromiso en la vida es trivial o incluso dañino para ti y tus semejantes; no importa nada más que recordarte todas las noches un par de mantras modernos y podrás ser una persona feliz.

Existe, no obstante, un poso de verdad en estos preceptos por la felicidad, en esa llamada al optimismo, pero sólo si se toman como una actitud frente a la adversidad de la vida, una forma de superar los momentos tristes y no como una negación a afrontarlos. Una espiritualidad tan hueca y su promoción desmedida por las grandes empresas editoriales hace en su mayoría un flaco favor al lector, que termina por consumir filosofía y no practicar filosofía. Existen excepciones, personas que saben transmutar ese mensaje de alegría frente a la vida y separar la paja del grano; personas que saben encontrar la verdad relativa en estos mensajes e incluirla en una cosmovisión integral. Pero muchos no están dispuestos a sacrificar sus Yoes personales, su bienestar, logros profesionales, etc., en pos de una búsqueda tan ardua y tan poco placentera. Las estructuras de la modernidad no promocionan en nosotros una existencia integral, al contrario, segmentan la vida, y también el pensamiento. Por tanto, como fuerza contraria, debemos exigirnos una autenticidad en el pensamiento, un compromiso por la verdad, un esfuerzo por el saber y el practicar. El problema no es ese apego egoico a las facetas inmediatas de la existencia, esa zafiedad terrenal, algo que probablemente haya existido siempre como parte de nosotros, como tentación a dejarse llevar; el problema es que hoy, las labores que ocupan nuestra dimensión social, nuestra existencia moderna, inundan nuestro mundo interior de forma salvaje: trabajo, dinero, legislación, interés particular, competición, desamor, y largo etc.; terminan por impedir, en sí mismas, una espiritualidad comprometida, y encima nos hacen más deseable un discurso que justifique nuestro mundo de progresos en lugar de uno que lo cuestione. La necesidad de verdad es un esfuerzo titánico por lo real, lo auténtico y nuestra verdad particular; una escala moral que abraza todas las dimensiones de nuestra existencia y nos hace hábiles para la vida, alegre y amarga. Los discursos de los nuevos iluminados olvidan este desastre moderno, esta desacralización, pérdida de unidad y sentido, de la vida, y procuran sólo un decálogo para la felicidad. Así, ésta se construye sobre no importa qué cimientos, sepultado cada día mas hondo a la verdad como misión sustantiva del pensamiento. Sus propios postulados teóricos, la formulación de la felicidad o el placer como metas, se refutan a sí mismos cuando no consideran a la verdad como categoría superior en su axiología, pues toda formulación está hecha por ser considerada la más adecuada, la mejor forma de definir una realidad, y por tanto, tiene antes que nada pretensión de verdad.

mundo

Un mundo feliz, de Huxley, es la atinada y mordaz visión del futuro que le depara a una sociedad cuya única misiva es la felicidad, no importa si está siendo intervenida, y no importa, claro, sobre qué valores está construida. La felicidad como fin en sí misma es un cebo que se nos presenta desnudo pero que puede ser vilmente condicionado. Cualquiera puede obcecarse por su bienestar más bruto sin atender a la naturaleza de su propia vida. La apuesta por la felicidad como clave de bóveda del pensamiento es perder el rumbo axiológico, es supeditar todo otro valor a lo que en lo concreto de nuestra vida nos haga felices, y en la actualidad ello se traduce en un elogio fanático por las formas de vida del presente y el rechazo de todo pensamiento crítico que nos enseñe lo perverso e indeseable de muchas de nuestras prácticas modernas. “Sé feliz en tu puesto de trabajo”, “sonríe a tu jefe” son proclamas que anulan toda capacidad de entendimiento de las estructuras de las sociedades en que vivimos, repito, si son tenidas por totales, si no les precede una honda aprehensión del mundo. Huxley supo dramatizar esta situación hasta extremos hilarantes, pero los principios que vertebran su novela no son las filosofías del futuro, muy al contrario son los derroteros por los que los sabiondos de universidad y los nuevos místicos ya construyen sus discursos.