Charlie Hebdo o el ritual de autoelogio occidental

Para los oligarcas europeos cualquier ocasión es buena, so pena de estar justificada, para dirigir desde las más altas tribunas un mensaje de unidad hacia el pueblo, esa abstracción hoy inexistente más que como masa ciudadana desconocida entre sí. Y esa justificación hoy día suele estar protagonizada por la arquetípica amenaza externa, ese Otro gran Mal, diferente, extranjero, que amenaza contra una identidad nacional obligatoria y ante el que sólo el Estado nos puede proteger.

Los atentados de Paris del 7 de enero, sin estar libres de las habituales sospechas sobre su verdadera autoría, han servido, en los hechos, como excusa para todo un ritual de autoalabanza occidental (lo que eleva aún más esas sospechas sobre su verdadero propósito). Los valores occidentales tales como la libertad de expresión o la libertad de culto, que en la práctica se traducen en una fingida libertad de acción y en el radicalismo estatalista (es decir, libertad ninguna), sólo sobreviven gracias al continuo homenaje que realizan las élites sobre ellos, y no existen en la práctica de nuestra vida cotidiana. Estos disvalores son realmente el sistema, tal y como vive dentro de nosotros, de cada uno, en nuestra conciencia. A través de la intervención del lenguaje, de hacer creer que blanco es negro, han logrado hacernos creer lo que nos venden, sin que necesitemos echar un ojo a nuestro alrededor más cercano para comprobar que las cosas son bien distintas.

fransia

La libertad de expresión no existe en nuestras sociedades. Su formulación, como derecho promulgado propio del Hombre sólo se produce en virtud de un acuerdo entre el individuo y el Estado, mediante el cuál la persona cede a la administración la gestión de su entorno y su propia energía a cambio de protección y cuidados. Lo que la teoría liberal olvida y, evidentemente, hace olvidar, es que dicho contrato no resulta en un acuerdo libre y pactado sino en una obligación inapelable, que por tanto puede ser calificada de secuestro. El individuo no elige su trato con el Estado sino que está obligado a inscribirse en su estructura, allá donde nazca. Por tanto, toda concesión que resulte de un pretendido Estado Social (un Estado que vela por sus individuos) en realidad es un dardo viciado que sólo responde a intereses de poder y dominio, pues la máxima ofrenda posible consistiría en otorgar la libertad de elección sobre nuestro modo de vida.

La libertad de expresión no es, siquiera, posible, intramuros de un Estado despótico y edulcorado con la amabilidad del neolenguaje ‘democrático’, pues allá adentro existe un culto obligatorio y unos límites que no se pueden sobrepasar. Su mención es ya un narcótico que no significa nada para las millones de personas que se reúnen bajo su causa, y que olvidan (que se les ha hecho olvidar) que libertad de expresión no puede tener condición, y que lo que es ante todo exigible no es un derecho canónico, mera fraseología vaciada de existencia de por sí, sino un clima de respeto y tolerancia con el hermano donde la palabra no pueda delinquir.

Aparte de la tragedia de la misma esencia de nuestras ideas, completamente vaciadas de sí mismas y sólo expuestas como cáscaras caducas que necesitan de barniz cada dos por tres, los atentados del Charlie Hebdo y todos los acontecimientos que elevan las conquistas occidentales sobre el mal en el mundo exponen de manera meridiana la mentalidad que se practica y que se obliga a practicar. Francia y sus semejantes han dejado bien claro que no quieren muertos dentro de sus fronteras, pero olvidan que su modo de vida (sí, no sólo el de sus élites inmisericordes sino también el de sus ciudadanos de a pie) condena a la esclavitud y a la muerte a miles de personas al día. No es cuestión de que otros maten y otros mueran, y sean muchos más que los muertos en París; es cuestión de la responsabilidad compartida que tenemos con todas esas otras muertes, y ante la limitada capacidad de acción que tenemos para cambiar esto, por lo menos, no hay que rendirse ante los embrujos del poder para erradicar todo sentimiento de culpa de nosotros, algo que consigue extinguiendo la posibilidad misma de contemplar el mundo en su realidad observable.

Este ‘no querer ver’ con ligereza se practica y se blinda la conciencia, y evidentemente ha sido inducido a la población por quienes se afanan en querer demostrar que el progreso occidental es el modelo de mundo entero y que es fruto ineludible de la historia misma. Esconden así la tan temida verdad: que nuestros paraísos occidentales son oasis en mitad de la aspereza de un mundo desertificado por nuestra demanda. La tan bien tenida tecnología y los sobrecogedores avances no son producto de un salto cuantitativo en la mente del Hombre sino que se producen gracias a la distribución geopolítica y el desarrollo y perfeccionamiento de las estructuras de expolio y dominio. Tanto es así que este ensueño de bienestar tiene fecha de caducidad, pues su misma artificialidad lo demanda. La degradación de la mente colectiva occidental impide constatar esta verdad a una gran mayoría de personas, que sólo creerían que todo ha sido un sueño una vez les golpeara la cruda realidad (y aun así surgiría un nuevo credo que respondería interesadamente); pero en nuestro presente más real podemos avanzar dicho descubrimiento y encontrar toda la ortodoxia institucional como una mentira excesivamente bien planificada. Para ello hay que apartarse de todos los discursos con foco en lo emocional que eleven las conquistas del Estado de Bienestar y, en general, del progresismo, y tras el elogio encontrar una interesada campaña por perpetuar tanto en la arquitectura material del mundo como en lo interior de nuestras conciencias la trágica y falaz modernidad.

Quienes acuden de buena fe a las llamadas francesas por la libertad ignoran la esencia brutal y genocida del tan aclamado laicismo. El republicanismo francés es un icono religioso bien venerado del progresismo con poder fetichista y la única libertad que suscribe es la libertad de la amoralidad: ejercer el poder. Para comprender esto es necesario descolgarse de la cosmovisión contemporánea que no ve más allá de los muros europeos otra cosa sino atraso. La izquierda tiene una especial relevancia en este proceso de desprogramación porque tiende a embaucar a quienes se cuestionan los discursos del poder con nuevas entelequias que terminan por redundar en más y peor dominación. Especialmente la izquierda ha operado en Francia con impunidad durante el siglo XX y continúa haciéndolo como vanguardia del pensamiento ‘divergente’ oficial, por lo que es completamente necesario negar la mayor y componer nuestra integridad en régimen de libertad suficiente. Sólo entonces tiene sentido defender las libertades del alma, propias no a la existencia del Hombre como ciudadano sino a sí mismo como ser en el mundo, y abandonar toda vía de hacerlo a través de la oficialidad tramposa.

Anuncios

El abrazo

El amor y el tiempo son dos dimensiones en constante fricción. El amor exige conservar y el tiempo dejar ir. Para el amor, la muerte es una experiencia traumática; no obstante, forma parte de las exigencias del tiempo. El amor resulta ser, en realidad, un duelo constante contra el tiempo, la mayor de todas las naturalezas.

Hay que entender el amor en sus múltiples manifestaciones. Por supuesto, existe un amor hecho tan vigoroso que consigue trascender al tiempo; uno que, cuando el apego hacia el otro ya no es lo sustantivo, el tiempo no discurre ni a su favor ni en su contra, sencillamente discurre y el amor con y sin él. Pero este es sólo un resultado del amor más puro sobre las personas y no explica su totalidad.

Abrazados

En la experiencia inmediata, nuestra forma de manejarnos en el mundo, el amor exige también vencer al tiempo. Toda la danza del cuerpo, sus idas y venidas, y también la danza de la mente, entre éste y aquél otro concepto, cuando rondan la idea del amor, debido a alguna persona, en el caso del cuerpo, o como reflexión en los salones del pensamiento, temen el discurrir y desean la quietud. En el pensamiento, la quietud es alguna suerte de verdad, saberse con firmeza sobre algún concepto donde refugiarse de lo desconocido. Se trata de asir mentalmente toda nuestra comprensión y apretarla contra nosotros, con pasión e incluso obcecación, con mucho apego, para sentirnos a salvo de lo incognoscible. Asimismo, en el cuerpo, esta fuerza que emana del apego y del miedo a la muerte, última consecuencia del tiempo, es el abrazo.

En el lenguaje del cuerpo, el abrazo ejemplifica con pasmosa teatralidad el deseo de permanencia. El aire que separa dos cuerpos es la imposibilidad de saber para nuestro pensamiento, y el encuentro en el abrazo la sensación de verdad, con la que querríamos yacer para siempre. En estas pequeñas trampas de un amor aún temporal, el abrazo es un primer paso, por acudir directamente de nuestra persona orgánica, a veces de forma insospechada, como un repentino deseo por descansar sobre el hombro del otro, sin más. Este amor es estrictamente afectivo; es carnal, pero no sexual. Representa el deseo de entendimiento de nuestra mente, ejecutado por nuestros músculos. En el abrazo existe la exigencia de entender y ser entendido, no siempre cumplida, tanto como en la verdad existe la exigencia de amar lo concebido, tampoco siempre cumplida. Quien ama, desea entender; quien entiende, desea amar. Esta pareja necesidad acompaña la acción humana de manera indisociable, porque la verdad y el abrazo son pequeñas defensas levantadas sobre la amenaza del tiempo.

Para quienes se aventuran en la senda del amor, el abrazo es una primera necesidad vital, y con él nos sumergimos en su abundancia y lloramos su ausencia. Quienes se descubren en la reflexión, la sensación de verdad, de haber topado con algo final, también es vital, y a ella le confiamos toda nuestra integridad, nos sentimos firmes cuando se confirma y débiles cuando no. Pero en el amor que finalmente ocurre más allá del tiempo, bajo otra consideración de la vida, el final del abrazo ya no es traumático. Asimismo, en la sabiduría que finalmente trasciende las aparentes verdades finales, saberse inseguro en el pensamiento, sin ningún concepto al que asirse con firmeza, produce paz donde antes producía zozobra. Estos nuevos vacíos que se abren, primero frente a nuestro amante, que se aleja ahora de nosotros tras habernos tocado, y en nuestra mente, por sabernos ignorantes en todo, son ahora abrazados con la misma pasión con la que antes nos asegurábamos esos besos y esa calma, y nos conducen a una nueva batalla en la infatigable resistencia a la experiencia humana, solitaria y desconocida, y también iluminada en compañía.

En estos extremos reina el silencio: tras nuestro abrazo, ya no hay sollozos, y tras dejar atrás lo que creíamos que era la verdad, ya no hay palabras.

La cuestión homosexual (1), religión de nuevo cuño

Hoy día resulta políticamente incorrecto desdecir en lo más mínimo a movimientos sociales como el homosexual o feminista, integrados en lo más hondo de las dinámicas de poder, por lo que todo análisis que no suscriba sus postulados está condenado a la marginalidad, el ataque y la contraofensiva. A pesar de ello, y precisamente por esta intransigencia detestable, mucho hay que decir al respecto.

El movimiento homosexual se articula como transversal a toda la estructura de la sociedad. Pretende ‘emancipar’ a los homosexuales de una represión casi congénita a las sociedades humanas del pasado y sólo mermada en el presente por su activismo político entregado. Pretende entregar los derechos del ‘estado social’ moderno como colectivo en minoría supuestamente dejado al margen de aquéllos. En su devenir histórico, el movimiento homosexual ha sido tenido por contracultural, poniéndose por excusa su supuesta moralidad traviesa y rebelde que enfrentaba, de nuevo, un eterno paradigma judeocristiano de agresiva intransigencia con las minorías maldichas (homosexuales, mujeres) y sometidas eternamente a través de toda nuestra historia. Sin intención de desmotar estos axiomas que justifican el griterío homosexual, a pesar de la gran cantidad de apuntes que recogen que dichas represiones, tanto la de las sexualidades minoritarias como la de las mujeres, no han sido eternas ni congénitas a nuestro existir como especie, propongo la prudencia de no deducir de la historia, ese pasado plural e incognoscible como totalidad si no como aproximación a través de los testimonios, principios totalizadores que orienten la acción con soberbia y obstinación.

El movimiento homosexual está plenamente inserto en las estructuras del poder y no desdice en lo mínimo a sus intereses estratégicos; más bien, los refuerza e incrementa. Lo contracultural que ha sido destacado de su actividad sólo debe ser entendido como un reduccionismo burdo y temerario de su moral con respecto a la moral reinante de la sociedad occidental de mitades de siglo XX, no como un moviemiento antisistema que pone en jaque a las estructuras del poder. La moral que prescribió el mundo homosexual articulado como movimiento activista durante sus inicios como fenómeno de masas era una de la desobediencia acrítica, muy de la mano de la mentalidad contracultural hippie, que tuvo su plétora en el libre albedrío anti-teleológico (sin fines, sin principios vertebradores, sin metas) y el hedonismo exacerbado como marca distintiva de las libertades individuales. La frivolización de las cuestiones corpóreas y el silencio sobre las demandas espirituales, si no su negación arrogante, del ser humano, no fueron impedimento para el triunfo de esta mentalidad excesivamente cosista, despreocupada de los problemas del mundo bajo supuestos compromisos etéreos que se desvanecían en la rutina de una juventud secuestrada en las primeras universidades ‘públicas’. La supuesta carga revolucionaria de las protestas de la posguerra quedó resumida en una idolatría por la cultura pop de supuestas figuras subersivas, especialmente en lo referente a la iconografía homosexual, como fuera Warhol, empapando los resortes del arte contemporáneo y viciándolo como trivialización también de cualquier cuestión trascendental en el arte. La emancipación que prometía el movimiento hippie resultó ser la integración de los colectivos feminista y homosexual al tren de la modernidad, lo que ha venido perfeccionandose desde entonces hasta la actualidad, donde el feminismo es una religión política obligatoria y la cuestión homosexual está cerca de serlo.

e

En la actualidad, la cuestión homosexual está monopolizada por las asociaciones, colectivos, partidos políticos y voces sociales totalmente dependientes y favorables al sistema de dominación. La cuestión homosexual está degradada a una defensa a ultranza de los ‘derechos sociales’ como garantía de libertad individual; se basa en una exhibición estrambótica del cuerpo y se canaliza a través de excentricidades que se dicen artísticas que renuevan ese criterio pseudorevolucionario de la subversión contra la moral ‘tradicionalista’ opresora. Lo homosexual es una cuestión del Estado de Bienestar y sólo compete las dimensiones corpóreas del Hombre; ni mención alguna a todo lo demás que compete una sexualidad diferente, que por experiencia propia afirmo ser mucho. La intelectualidad homosexual canonizada y culpable de la deriva de la defensa comunitaria de identidades diferentes vive a golpe de subvención creando productos de consumo de exaltación de lo estrafalario, como Almodóvar, José Carlos Plaza o Miguel Bosé, centrados de manera obsesiva en los mundos del sexo, las drogas, los abusos del lenguaje y la amoralidad nihilista hiperdegradante del ser humano. De hecho, el triunfo de estas industrias culturales no puede tomarse a la ligera, pues evidencia una apuesta del poder por insertar en el imaginario colectivo personajes como los de Almodóvar, quizás el cabeza de lista de la degradación de la homosexualidad a cuestiones genitales. La razón es evidente y se encuentra hoy día en las consecuencias de la homosexualización pautada. La identidad que incitan a forjarse estos relatos es una centrada en el hedonismo, el epicureísmo y la docilidad amaestrada; una personalidad cosista, excesivamente consumista, consagrada a las instituciones por ser quienes ‘emancipan’ y liberan del yugo humano sufrido durante…toda la historia de la humanidad. No en vano, las asociaciones de homosexuales y demás integridades sexuales proliferan a la vera del Estado, son subvencionadas y su actividad se centra en integrar en la política la concepción progresista del hombre gay moderno, de sensibilidad daliniana y debilidad congénita que acarrea incontables traumas de un pasado de desprecio, o la mujer lesbiana moderna, igualmente aupada como modelo de mujer empoderada, virilizada como potenciación de capacidades y deudora del feminismo, que la ha hecho ‘financieramente libre’. Así, el movimiento homosexual, tanto como el feminista, resulta ser una falsa trompeta que termina por reunir batallones de personas que claman dádivas al Estado ultraprotector bajo las que son ‘liberadas’.

Resulta llamativo acercarse a aquellas regiones del planeta donde la propaganda homosexual, de la mano de los productos culturales hiperpromocionados, además de la típica retahíla progresista-izquierdista que promete la liberación pletórica, total y permanente, no ha llegado. En esos lugares, como la ruralidad sudamericana, que es la que conozco de primera mano, no existe una concepción de la homosexualidad como integridad sexual unitaria. La monserga occidental vendrá a decir que allí donde no existe la movilización social todavía perdurará la represión brutal y desmedida. El problema de hacer universal este hecho, que es muy cierto en muchas partes del planeta, en el pasado y en el presente, radica en que sólo se esgrimen los beneficios del estado social como salvacionistas, que llegan para aniquilar algo así como la Inquisición medieval instaurada en estos lugares. La aniquilación de la diferencia que perpetra Occidente a través de este tipo de justificación no es nueva y es idéntica a la que esgrimen ONGs y por supuesto Naciones Unidas para dirigir sus misiones ‘de paz’ y cooperación. Este paternalismo institucional se apodera de las cuestiones y las transforma en herramientas de control social, y antepone este fin al verdaderamente preocupado por ayudar a las personas, por lo que es indeseable.

Existe una línea argumental que pretende denunciar que la proliferación de homosexuales en la actualidad de Occidente no es casual y que el entorno de productos culturales homosexualizados, tanto como de iconos públicos homosexuales, ha fomentado un acercamiento entre los mismos sexos. Me parece arrogante tanto la argumentación institucional, que aboga por que siempre han existido los mismos homosexuales, solo que ahora ya no están oprimidos (el mito del 10% de Alfred Kinsey), como la que establece que la homosexualidad es simplemente una moda promocionada por el poder con cualesquiera fines. Bajo sendas explicaciones se procede a una trivialización de la cuestión homosexual. Lo cierto es, no obstante, que existe una alta promoción institucional de los motivos homosexuales manufacturados, debido a que estos patrones de conducta refuerzan las posiciones de dominio, como ya se ha dicho. La cuestión homosexual, como se sabe, se dirime entre los polos biológico y social, siendo sus posturas exaltadas una reducción total, bien a la genética, bien al entorno. Seguramente la conjugación entre una predisposición genética y un entorno promocional son la llave, algo que no están por la labor de asumir las avanzadillas de cada credo político. Las asociaciones homosexuales niegan en rotundo el conductivismo social y se suman a la idea de que los homosexuales siempre han vivido recluidos, en mismo número. Lo único cierto es que no hay ninguna evidencia de ninguna u otra postura, más allá, claro, de los estudios científicos que se encargan por orden ministerial para probar una u otra cuestión con la rúbrica de poder de la ciencia.

Bandera_Gay,_Dia_del_Orgullo_Gay,_Madrid

Como hipérbole de la desmesura gay institucionalizada, que agrupa cada vez más voces conformes, tienen lugar las celebraciones de la temporada (ya no es un día sino una semana) del ‘Orgullo Gay’, término acuñado concienzudamente para hacer aflorar la defensa a ultranza de identidades manufacturadas, como se evidencia tras asistir a alguno de estos eventos. La publicidad ha triturado casi por completo la posibilidad de sentirse homosexual pero no representado por lo delirante de las propuestas verbeneras de carrozas y princesas atrofiadas. Lo homosexual es hoy una cuestión de manual, ya que integra ese arma de doble filo que consiste en sugerir subrepticiamente una represión atroz a menos que el colectivo se eleve casi en armas contra la intransigencia social superarraigada. Quienes no se sumen a los desfiles y a las publicaciones degradantes para el cultivo reflexivo son sugestionados de ser abandonados, personas sin voz social representativa que vele por su ‘seguridad’; y así, el despropósito del Orgullo Gay suma y suma personas que son forzadas subliminalmente a construir su identidad a través de las imágenes vertidas desde las carrozas. Los artífices detrás de estos eventos no son organizaciones altruistas ni libertadores innatos. En Madrid, es el Ayuntamiento, seguido de organizaciones estatales hiperfinanciadas, como AEGAL, apasionada de mercantilizar la causa homosexual, o FELGTB, cuyo presidente, Pedro Zerolo, ha sido caballo de batalla del PSOE en la causa homosexual, como ha sido costumbre en la izquierda y especialmente durante el gobierno de Zapatero. Este señor, sin desperdicio, se siente orgulloso de frases tales como “el gay es al homosexual lo que la feminista a la mujer; todos los gays son homosexuales, pero no todos los homosexuales son gays’, que subraya la concepción de ‘gay’ como personalidad comprometida que lucha (al modo que le parece bien al PSOE) por ‘la causa’. El movimiento homosexual es una industria multimillonaria a la que se adhieren todas las fuerzas políticas, como ha sucedido desde hace años con el feminismo, lo que vaticina su futuro inmediato: convertirlo en religión obligatoria. De hecho, el Ayuntamiento de Madrid recibe los beneficios de estas celebraciones mientras continúa su campaña electoralista de ‘restringir’ en lo poco importante la causa, de cara a su electorado, como hizo cuando multó a la organización por ‘contaminación acústica’ mientras llevaba a las arcas los resultados de una promoción mundial del evento, como puede leerse, año tras año, en su página web.

Fenómeno inducido o solamente aprovechado por el sistema, lo único cierto es que la homosexualidad está categorizada y homogeneizada alrededor de aspectos degradantes, que atomizan las relaciones y las conducen a la tan común promiscuidad típica del prototipo homosexual, donde el amor ya no es posible y el sexo es el verdadero objetivo, junto con una relación inhumana con el mundo vulgar apodado arte contemporáneo donde cualquier excentricidad tiene oportunidad de éxito si basa su haber en principios zoológicos. La estética, como apéndice de una libertad tenida por total en tanto uno se puede vestir u operar como desee, es el único valor que integra el homosexual manufacturado, que en lo personal guardará resquicios de su existencia humana pero que esta identidad universalizante oprime y no deja aflorar. Quizás las últimas cotas de la contrarevolución homosexual, en lo referido a las cuestiones sexuales, sea la transexualidad, que hoy día goza de un debate social sin precedentes y gana aceptación entre los colectivos institucionales que se adhieren irreflexivamente a la teoría del Doctor Money que dicta la naturaleza se puede equivocar y uno se puede sentir del sexo opuesto, incluso durante la adolescencia, cuando la conciencia ni siquiera tiene aún muestras de solidez. Por continuar la tradicicón de arribismos, el PSOE otorgó respaldo a la transexual Carla Antonelli como diputada por Madrid mientras se prometía que el cambio de sexo estaría financiado por la Seguridad Social, a la vez que la campaña mediática favorable a lo transexual y andrógino parece que se prepara, mientras que la cultural, de la mano, otra vez, de los delirios de Almodóvar, con ejemplos como ‘La piel que habito‘, ya ha comenzado.

El respeto de la diferencia (detestable es denominarlo diversidad – versiones de la misma cosa) en la integridad respecto a la sexualidad o cualquier otra preferencia es del todo respetable y exigible en un entorno social sano; pero la intervención oligárquica sobre la concepción social de estas cuestiones debe denunciarse sin cesar para poder reapropiarnos de todos los conceptos y decidir, en libertad, quiénes somos y quiénes queremos ser. Lo preocupante es que el crimen de intromisión ya no conoce límites y se realiza a todas horas desde varias bandas, incluidas las edades tempranas, que son las más frágiles, pues quién sabe si un condicionamiento temprano hace imposible establecer, una vez hechos adultos, si estamos más cerca de haber sido fabricados o de haber sido ‘nosotros mismos’.

Marihuana: legalización, docilidad y abuso mediático

Desde hace unos años diversas fuentes de autoridad internacional vienen apuntando la necesidad de abrir el debate sobre la legalización de algunas sustancias psicoactivas, como la marihuana (1). Esto, en realidad, quiere decir que desde hace poco tiempo tiene lugar una campaña de normalización y amaestramiento sobre esta sustancia ante no sólo su inminente legalización sino su premeditada promoción.

Hay que entender que los discursos liberalizadores esconden intenciones más amplias que lo concreto de sus propuestas. El pretexto liberalizador que se esgrime como defensa de la libertad total de tenencia, oda al libre albedrío infinito sobre el que descansa el cinismo moderno, significa, una vez más, un liberticidio llevado a la práctica. La prohibición legicentrista es del todo detestable, en esto y en todo, pues subraya el totalitarismo al que estamos sometidos, cuyos principios van maquillándose cada día más; ésta es la razón por la que la prohibición expresa empieza a resultar incómoda para los aparatos de poder, que verán necesario limitarla, como viene sucediendo en lo que resulta una parte sustantiva de la definición de ‘progresismo’. En la reducción de las prohibiciones antaño mantenidas, hoy se erigen los discursos de la permisividad plena; como digo, en primer orden, como estrategia del poder para invisibilizarse, pero también como un doble rasero; mientras la sociedad aplaude su profunda ‘libertad’, se instauran comportamientos cuya aplicación a una sociedad como la nuestra, desnutrida y airada, resultan devastadores.

Imagen

La legalización de la marihuana es un paso más en el cinismo monstruoso que nos somete; una nueva etapa que pretende superar la de la promoción indiscriminada del consumo de alcohol, un veneno químico y sociológico. La campaña procannábica que se avecina sacará a todas las tribunas las investigaciones científicas que prueben la presunta neutralidad médica del producto, y si no, se inventarán, dejando de nuevo claro que la ciencia, como secuestro institucional, no tiene ya nada que decir más que suscribir la rúbrica de lo conveniente para quien la controla. Huelga decir que la ciencia, como axioma inviolable del paradigma moderno, es una pieza indispensable para instaurar, como argumento de autoridad, comportamientos de peso en una sociedad convencida por insistencia en que todo es deducible a ojos de un microscopio. Esto, además de no ser cierto, pues le pese a quien le pese, seguimos nadando en un mar de incertidumbre gnoseológica, olvida el consenso que mantiene la comunidad científica como precepto de ley, que implica que nada pasará a los anales de la ciencia si no es consensuado por la comunidad, una comunidad inserta en la dinámica económica y política que no puede perturbar su curso. Esta connivencia se puede comprobar estudiando cómo cambian los recetarios sobre distintas cuestiones científicas según la concepción social de dichos objetos evoluciona en el tiempo. Además, en cuestiones que atañen a los estupefacientes, el caballo de batalla es la psiquiatría, seguramente la rama médica más demencial y delirante en su misma concepción, en tanto trituradora de la diferencia y unificadora por identidad forzada, que diagnostica enfermedades a gusto según el signo de los tiempos. La psiquiatría presume de haber encontrado la mente en el cuerpo, concretamente en el cerebro. Cree poder deducir lo mental de lo material, el trauma del tránsito neuronal, con un mapa cartesiano en mano, a través de una observación reduccionista, burda y tosca, que olvida otros planos de la existencia humana. Convierte en totalidad la evidente relación entre lo biológico y lo mental, relación que no implica que sean identidades, sino que efectivamente mantienen una relación. Su contribución positiva a la sociedad en el tratamiento concreto de algun caso no puede despistar el hecho de que, en esos casos, ese apoyo estará permitido por el poder, exactamente igual que la sanidad estatal repara tumores y otras deficiencias con un alto gasto para recolocar al enfermo como fuerza asalariada lo antes posible.

Tras una legalización inminente de la marihuana y otros similiares, en los próximos años, en un gran número de democracias occidentales, como sucede con el alcohol se prevé un doble discurso, propio del social-cinismo; en primer lugar, un mensaje institucional cauto, seguramente con campañas de ‘moderación’ y ‘responsabilidad’ en el uso, al mismo tiempo de un discurso mediático agresivo, donde distintos personajes publicitarios, en cine y televisión, comiencen a pasearse con las bolsas de hachís cargadas como trofeo de la nueva era ultrademocrática. Lo primero, la responsabilidad civil impulsada por las instituciones, quiere evidenciar una vigilancia fingida, una preocupación inexistente del gobierno por la salud pública; lo segundo, la campaña mediática transversal a todos los productos culturales y mantenida en el tiempo durante largo, es el verdadero objetivo y quiere impulsar su consumo desmedido, como ha sucedido con el alcohol, a modo de opiáceo para la conciencia.

Imagen

La marihuana es un catalizador de estados alterados de conciencia, pero no es suficiente: dichos estadios son facilmente accesibles a través del consumo de psicoactivos, como han sabido todas las grandes tradiciones de la humanidad, pero su mero consumo no catapulta la conciencia a experiencias trascendentales. De hecho, el uso lúdico de los psicoactivos ha sido minoritario en lo referente a la emancipación de las conciencias, siendo el uso sacramental o estrictamente personal el predominante. Desde luego, la campaña narcotizante efectuada sobre el acohol o tabaco, que vaticina cómo será la que llegue sobre la marihuana, jamás ha pretendido promocionar un uso contemplativo de las sustancias para, ocasionalmente, acceder a experiencias del espíritu. Ha basado su haber en reducir la concepción de las sustancias al ocio más embrutecedor cuya única misiva es lúdica, impersonal, arrogante con su potencialidad y jubilosa, sin afán superador o investigador. Lo mismo sucederá con la marihuana, con el agravante de la nueva publicidad hiperagresiva actualizada al nuevo tiempo y, además, el efecto más potente de esta sustancia respecto al alcohol, que tanto es capaz de impulsarnos más alto, en las dosis y bajo las convicciones adecuadas, como de sepultarnos en una docilidad aciaga y embobecida sin visos de contestación ante nada, como está previsto. La marihuana como acontecimiento lúdico es lo más parecido al ‘soma’ que vaticina Huxley. Las experiencias personales introspectivas, fruto nada más que de una inquietud humana por la vida, estarán restringidas por la conspiración del entorno, que haga identificar las sustancias sólo con determinados comportamientos, de la misma forma que ya casi nadie consume tabaco en soledad sino por vicio. Además, los espacios de silencio donde el consumo de psicoactivos florece en experiencias de aprendizaje están cada vez más limitados por lo mutilador de la vida moderna, que inunda de ruido todos los recovecos de la vida.

La legalización de la marihuana trae consigo un mayor acceso de la gente, que en una minoría tendrá en estas sustancias experiencias que nos construyen. Pero tal es la situación de las cosas, donde la capacidad de emancipación colectiva está más impedida que nunca, que al poder no le importa las averiguaciones místicas propias de minorías aisladas e incomunicadas; no le importará proveer las herramientas para ello, siendo la marihuana, a mi parecer, un producto de apoyo pero no fundamental para algunas de esas experiencias; no le importará pues no le compromete, aunque pareciera, sino que, además, a través de esta ingeniería social consigue crear la dependencia social en sustancias de evasión de la brutalidad cotidiana del trabajo, que la hagan más llevadera, a la vez que potencia los espacios de distensión y embriaguez, que se sabe funcionan de válvula de escape ante la indignación y hacen a las personas piltrafas humanas que regresan los lunes domesticados al trabajo, sólo con el anhelo del ‘tiempo libre’ como recompensa vital. El debate se encona en los usos modernos del ocio, evidentemente, y no podemos dejar de estudiar la campaña alcoholizante que ha tenido lugar en las últimas décadas,que ha convertido a la sociedad, especialmente la juventud, en una masa distraída por lo lúdico, despistándose de otras cuestiones que quizás se alcanzasen sin contaminar.

La cuestión, entonces, pasa por denunciar las intenciones mediáticas y elaborar un concepto propio popular sobre estas sustancias, no dejar que se intervenga en su instauración. Esto, evidentemente, es de una dificultad tremenda, pues en cada hogar se colarán los discursos manufacturados a través del televisor, y en cada barrio esos conceptos se pondrán en común, algo que de hecho ya lleva sucediendo un tiempo. No es deseable la prohibición legal, pero la hoja de ruta que entraña la legalización es aún más temible. Necesitamos reapropiarnos de la multitud de usos posibles, tanto de estas sustancias como de otras similares. Lo lúdico puede tener lugar en una vida consciente, a condición de que ese divertimento no se haga a costa de nuestra propia presencia. Y compensado con una actividad de silencios, reflexión, retirada a uno mismo y, en fin, búsqueda ontológica, no como erudición insoportable sino caracterizada con la integridad de cada cuál, puede proporcionarnos una vida integral. Si nos rendimos a la deriva, por muchas vías, seguramente insospechadas, nos instruirán en comportamientos mitificados, anulando casi la capacidad de contestación, como adicción sociológica. Necesitamos revitalizarnos en complejidad y hacernos con la herramienta de la conciencia para esquivar las consignas panfletarias tanto como para facilitar una reflexión honda de la realidad. Sino, sólo nos quedará el canuto flaco, la imbecilidad tosca y la risa asegurada.

 

La marihuana viene a agravar toda esta situación, actualizando el proyecto de epicureísmo promocionado por los medios de poder, donde hedonismo y felicidad se igualen y se hagan totalidad de la vida, dejándose de lado todo lo demás que nos hace humanos. Entre ese resto de cosas, de existir, existe la posibilidad de disidencia real, y esto comporta un nuevo paso para impedirla a toda costa.

_

(1) INFORME DE LA COMISIÓN GLOBAL DE POLÍTICAS DE DROGAS, 2012, donde se observa un discurso a modo de recomendación global de abordar el debate sobre la conveniencia de la legalización por comportar problemas añadidos, como el VIH o el narcotráfico. La justificación no repara en abusos, medias verdades y mitos sobre el consumo para, a fin de cuentas, promover una legalización ‘conveniente’.

El amor propio

Mucho para aprender de este fragmento. A veces mirarse en el espejo del mérito es la tentación más satisfactoria, pero he ahí la cuestión del desapego hasta de la propia comodidad para saltar más allá del Yo individuado. Practicamente todas las grandes tradiciones de sabiduría han recogido la necesidad de la negación del Yo como proceso de percepción de la Unidad, mas muy pocas veces se ha advertido que este proceso tiene sus trampas. Este fragmento contiene una concisa aproximación de la más típica y peligrosa, por honda, a la que por cierto, la modernidad invita desmesuradamente, y en la que no es muy difícil encontrar atrapados a muchos discursos espirituales contemporáneos.

‘Pasaste toda tu vida en la creencia de que estás completamente consagrado a los demás y nunca a ti mismo. Nada alimenta tanto la presunción como esta especie de testimonio interno de que uno está limpio de amor propio y siempre generosamente consagrado a sus semejantes. Mas toda esta devoción que parece ser para los demás es realmente para ti mismo. Tu amor propio llega a tal punto que estás felicitándote perpetuamente de estar libre de él; toda tu sensibilidad se alarma de que pudieses no estar plenamente satisfecho de ti mismo: esto está en la raíz de todos tus escrúpulos. Es el “Yo” lo que te pone tan alerta y sensible. Quieres que así Dios como el hombre estén siempre satisfechos de ti, y quieres estar satisfecho de ti mismo en todos tus tratos con Dios.

Además, no estás acostumbrado a contentarte con la simple buena voluntad; tu amor propio necesita una briosa emoción, un placer tranquilizador, alguna especie de excitación o encanto. Estás demasiado habituado a dejarte guiar por la imaginación y a suponer que tu mente y tu voluntad están inactivas, si no tiene conciencia de su obrar. Y así dependes de una especie de excitación semejante a la que despiertan las pasiones, o las representaciones teatrales. A fuerza de refinamiento caes en el extremo opuesto: una verdadera grosería de imaginación. Nada es más opuesto, no sólo a la vida de la fe, sino también a la verdadera prudencia. No hay ilusión más peligrosa que las fantasías con que la gente trata de evitar la ilusión. Es la imaginación lo que nos descarría, y la certidumbre que buscamos por medio de la imaginación, el sentimiento y el gusto es una de las más peligrosas fuentes de donde brota el fanatismo. Ésta es la sima de vanidad y corrupción que Dios querría que descubrieses en tu corazón; debes mirarla con la calma y la sencillez que corresponden a la verdadera humildad. Es mero amor propio el estar inconsolable al ver las propias imperfecciones; mas el encararse con ellas sin halagarlas ni tolerarlas, procurando corregirse sin volverse quisquilloso: esto es desear lo que es bueno por amor a lo bueno y a Dios.

Fénelon

Masks

La necesidad de verdad

El alma humana tiene necesidad de verdad y libertad de expresión

Simone Weil

Vivimos en un tiempo en el que la reflexión es repelida. La cultura de lo inmediato, junto con la reducción de lo inmediato a lo placentero para los sentidos, nos constriñen en un simulado abrazo de bienestar y progreso, proporcionándonos los pequeños cepos que nos hacen cada día más incapaces de afrontar la realidad en su complejidad. La ausencia de lo reflexivo como ejercicio integral, característico de la vida moderna, inunda muchas más estancias de ésta de lo que pareciera; de hecho, en la espiritualidad, aquella área donde pareciera que lo primario es la introspección contemplativa y la reflexión crítica constantes, la intervención de la modernidad ha hecho estragos.

Imagen

El eudemonismo (la búsqueda de la felicidad como fin en la vida) más simplón se ha apoderado de la inquietud espiritual de muchos y muchas, que consumen (además, literalmente, como productos de estantería) narcóticos espirituales que desglosan los pasos hacia un mañana feliz. El eudemonismo reinante hoy entre los conversos al New age o corrientes espirituales ultramodernas desprecia la categoría de verdad como sustantiva en la vida humana y posterga todo otro trabajo en pos de una felicidad aplicada, como utilitarismo ramplón y egoísta terrible, que hace de sus víctimas seres embrutecidos conducidos hacia una felicidad narcisista, vacía en lo demás, sólo provista del placer que supone ser feliz en no importa qué labores. Cuando la búsqueda de la felicidad desplaza la reflexión sobre los caminos por recorrer obtenemos por resultado la situación actual, grupos de gente convencidos de su espiritualidad comprometida y desarrollada que les catapulta hacia un cielo redentor como mérito por haber ‘despertado’. Pero sólo hace falta rasgar un poco en ese ‘despertar’ para descubrir que nada recubre su laureada carrera más que el egotismo típico moderno.

La necesidad de verdad implica abrazar la vida en su complejidad manifiesta y tratar de entenderla no importa el resultado que se obtenga, placentero o no; se trata de intentar comprender por el mismo hecho de comprender, no como mecanismo para alcanzar un fin distinto. La felicidad como meta superior, por encima de todo el resto y sin dejarse condicionar, es un cáncer que nos destruye como seres humanos y nos hace bobos, ineptos y necios, por no saber distinguir felicidad personal del entorno, por no saber integrar otros condicionantes a la misión humana, y sobre todo, por incapacitarnos frente a la vida, reduciéndola a nuestra interioridad y traicionando nuestro compromiso último de ‘ser para el mundo’. ‘El alma humana tiene necesidad de verdad’.

Simone Weil

Simone Weil

Existe una estrecha conexión entre este estado de cosas y la realidad actual. Las corrientes espirituales modernas, en su mayoría, nacen sin una pretensión de tradicionalismo, es decir, de integración entre todas las facetas de la vida como comunión entre nuestro ser y existencia, entre nuestro bagaje y nuestro recorrido. Incluso más allá, la moda orientalista típica occidental responde a un rechazo tácito de nuestro mundo, un antitradicionalismo temerario, que nos recuerda en lo inconsciente lo inhumanos que nos enseñan a ser al rechazar nuestra esencia cultural concreta y a necesitar buscar una fuera. Las modas orientalistas, tomadas como alternativa a un silencio en las preguntas formuladas a nuestra integridad occidental, conducen a un uso de aquéllas típicamente hedonista: la búsqueda del placer en las formas de vida actuales.

Imagen

Existe, de hecho, esa sumisión al momento, esa tarea irreflexiva de afrontar la vida moderna en su decadencia axiológica e intentar parchearla con narcóticos vendidos como exotismos. La tarea primordial no es pues salvaguardar nuestra hundida posición, sino deshacerla críticamente, lo que implica en una primera instancia intentar comprenderla, para una vez comprendida con mayor o menor atino, trascenderla en el pensamiento y ser capaces de separar lo rescatable de nuestro pasado, que es mucho, de las sombras del presente. En cambio, los mesías de la nueva era nos enseñan que la felicidad ‘es una actitud’, reside ‘dentro de nosotros’ y que es posible adaptar nuestra cotidianidad ‘a una espiritualidad feliz’. Todo ello, sin ser mentira, conduce a una pasividad de las mentes, a una comodidad que sólo trabaja por amoldar nuestro día a día a esa supuesta espiritualidad comprometida. El resultado, claro, es tremendo: de repente amamos con más apego lo propio, no importa su calidad; de repente amamos con más entusiasmo nuestro futuro. Y no existe un juicio crítico. En otras palabras, no importa a lo que te dediques, no importa si tu compromiso en la vida es trivial o incluso dañino para ti y tus semejantes; no importa nada más que recordarte todas las noches un par de mantras modernos y podrás ser una persona feliz.

La cuestión atañe, pues, la interpretación que se hace de los mensajes vertidos. Los nuevos gurús del siglo XXI hacen en su mayoría un flaco favor a las masas de gente perdidas, pues no les otorgan las herramientas para encontrarse, sinos sólo recetas para ser felices, como si ese estado final y encontrarse fueran idénticos. Entre los receptores de esta nueva cultura de masas existen excepciones que saben encontrar la verdad en estos mensajes e incluirla en una cosmovisión integral; pero la mayoría de las personas en la modernidad no están dispuestas a sacrificar sus Yoes personales y sociales en pos de una búsqueda comprometida. El problema no es ese apego egoico a las facetas inmediatas de la existencia, algo que probablemente haya existido siempre en una masa crítica de las sociedades; el problema es que hoy, las labores que ocupan las dimensiones sociales de las personas y las inundaciones que se producen en sus integridades personales (trabajo, dinero, competición, desamor, y largo etc.) impiden una espiritualidad comprometida. Los discursos de los nuevos iluminados olvidan el desastre moderno y procuran un decálogo para la felicidad, y así, ésta se construye sobre no importa qué cimientos, sepultado cada día mas hondo a la verdad como misión sustantiva del Hombre.

mundo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

‘Un mundo feliz‘, de Huxley, es la atinada y mordaz visión del futuro que le depara a una sociedad cuya única misiva es la felicidad, no importa si está siendo intervenida, y no importa, claro,sobre qué valores está construida. La felicidad como fin en sí misma es un cebo que se nos presenta desnudo y que puede ser condicionado vilmente. Las herramientas que permiten alcanzar una vida digna y libre en lo personal, de donde brota una verdadera felicidad sentida como propia, son las que construyen precisamente ese camino; son un medio y un fin en si mismas, y no son algo insólito, sino lo típicamente humano: amor, verdad, libertad. Del amor, la caridad; de la verdad, la reflexión; de la libertad, el respeto. La felicidad es un concepto manido que sugiere un escenario idílico, donde todo conspira a nuestro favor y no ‘falta nada’, esa concepción de ‘ya he llegado’. Resulta así mucho más apropiado el concepto de optimismo, lo que revaloriza lo referido a la actitud de la noción de ‘felicidad’. La actitud firme, sabia, el ‘saberse bien’ en el buen camino, permite recorrer las etapas de la vida con grandeza, no importando si su actualidad es melancólica, y con compromiso con ellas, no queriendo a toda costa la superación de lo ‘malo’ para llegar a lo ‘bueno’. Esta mutilación de la existencia humana, el desoír lo malo para mirar hacia lo bueno, impide a menudo un aprendizaje severo de esas etapas sentidas; impide, a fin de cuentas, construirnos como seres humanos decentes, enteros, propios.

La felicidad puede prepararnos una bella sepultura pero no puede librarnos de los enterradores. Existen muchas más fuerzas de las que pensamos conspirando hacia un mañana aciago, con voluntad o sin ella, siendo ya el presente un erial. Rescatar la sensatez de las garras de sus raptores es primordial. También lo es emancipar a las conciencias otorgando las herramientas y no dirigiendo hacia fines vacíos. La tarea de facilitación es inmensa, abarca aspectos muy personales, como el amor, y otros menos deseables, como el mismo sufrimiento, donde verdaderamente nos hacemos fuertes. Por que el mayor deseo no sea una sonrisa ingenua sino una conciencia pura.

Vislumbres de Verdad

all-seeing eye

Si en las horas de aburrida sobriedad del alma, en nuestra estancia en este mundo como seres durmientes, cuando las cadenas aún están atadas, cuando se quiere ver pero no se ve, se quiere oir pero no se oye, se quiere sentir pero no se siente; si en estos momentos de ensoñaciones, el goce por imaginar la divina inspiración es inmenso y podría abastecer a muchos de por vida, ¡qué grande será el que surja una vez se ve, una vez se oye, una vez se siente!

Cuando la percepción disuelve las limitaciones y en la hora de la Verdad somos uno con el todo, entonces, ¡qué enormidad habrá de ser! Los apuntes del sendero del mago indican una enormidad vacía, una en contradicción con su definición, pues no puede ser dicha, al menos en totalidad.

¡Si del dicho al hecho distara tan poco! La tentación de permanecer en la habladuría, la mano que apunta, y no peregrinar hasta el objeto, ¡ahí está lo complicado! Porque para dicho viaje dícese de necesitar poco más que voluntad, ese bien que no se compra, que emana como convicción. La senda del vidente quizás entrañe silencio, además, algo incómodo para los hombres dormidos: basta de descripciones, basta de elogios, basta del goce en su exhibición: tan sólo la contemplación en vacío, una vez uno es hecho polvo y ceniza y nada de sus intereses pretende promocionar su empoderamiento.

Pero, en las aproximaciones a la hora de la Verdad, en su entendimiento mental, existen pequeños atisbos de pureza, veladas rasgaduras que ofrecen luz a través de la tela del sueño. La inspiración que provoca y a la vez es causa de una de estas iluminaciones se torna inefable, con sorpresa, como un mutis trastornador para el escribidor, que todo lo pone en palabras. Porque en el albur de la noche se dan cita el ciego con los vestidos del señor, allí se encuentra el honor con la verdad, el rezo con la devoción, y momentaneamente se acarician, trayendo a la experiencia, supremo maestro, su certeza.

De lo hondo de las necias sombras se levanta entonces un suspiro embellecedor, de debajo del traje gris asoma la mano de Dios, que invita a subir, para inmediatamente desaparecer tras el velo del mundo. El tacto de nuestra sustancia es fugaz, sutil pero pleno, y al intentar abrazarlo se desvanece. Detrás de cada cortina se esconde, otra vez, esperando ser descubierta, la mano, aguardando ser señalada, con suerte durante más tiempo, y poder mostrarse, como amiga, y apuntar el camino secreto durante más tiempo, antes de que las nieblas del sueño se la vuelvan a llevar lejos.

De lo hondo del sentimiento de quien ha visto la trampa, desde la convicción de quien ha destapado la gran representación del mundo y conoció, breve e insuficiente, su bastidor; desde los vislumbres de Verdad, intuiciones del espíritu de la creación, se levanta la voluntad del peregrino, que por imitación, empieza a recorrer el mundo como una mano que va apartando para sí todas las cortinas, buscando siempre detrás, en los juegos de los dioses, los pedazos desprendidos de Verdad.